En Esta Vida No 03 MILENE #2
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03 MILENE #2

—Gracias. —Se encoge de hombros como si no tuviera importancia—. Tengo mucho tiempo libre por aquí.

Nos quedamos en medio del vestíbulo por un instante y ninguno de los dos dice nada. Me obligo a tragar saliva y a quitar los ojos de los suyos.

—Guíame —le pido.

Milene parpadea tres veces seguidas y quita una de sus manos en mi cuello para apuntar con ella.

—En la parte de atrás está la cocina y el comedor. A tu izquierda está la sala y esa puerta de ahí es la biblioteca. Dentro de la biblioteca hay otra puerta que da a una pequeña oficina; siéntete libre de usarla.

—Muchas gracias. —Me río. Su mirada regresa a la mía y sus mejillas se sonrojan .

—Puedo seguir mañana. Supongo que ya te cansaste de sostenerme. —Se remueve en mis brazos y afloja sus manos en mi cuello.

Ajusto mi agarre en su pequeño cuerpo y le demuestro que aún puedo sostenerla.

—Podría cargarte por horas y no causarías la más mínima molestia, Milene. —Separa sus labios por un instante y la vista hace que mi sangre fluya en una sola dirección—. Continúa —le pido en un tono ronco.

Asiente.

—La puerta de la derecha lleva a la piscina cerrada y al gimnasio.

—Asiento en comprensión—. Las habitaciones están en esa dirección.

—Apunta a un pasillo delante de nosotros—.

En total son cinco habitaciones, un cuarto de entretenimiento y otras más disponibles para lo que necesites.

La mía es la más grande, pero puedes elegir para ti la que más te guste.

Me explica y empiezo a caminar por el pasillo.

—Tú me dices dónde me detengo.

—Justo aquí. Mi habitación es la del centro, del lado derecho. —Pone la mano en el picaporte y la abre para mí.

Lo primero que miro es la gran cama con dosel estilo princesa, llena de almohadas mullidas. Me quedo parado en el centro de la habitación de mi esposa cuando veo el piano de cola en color blanco en la esquina, frente a la ventana.

—No sabía que tocabas el piano —digo, mientras la imagino tocando una melodía lenta y profunda. Como la que bailamos en nuestra boda, aunque tal vez una un poco más oscura; Milene da esas vibras.

—Creo que conoces muy poco de mí, Diego. —De nuevo ese maldito tono. Le gusta mucho hacerme sentir mal .

—Tienes razón, Milene. Y me disculpo por eso. Pero ahora tenemos todo el tiempo del mundo para conocernos —digo en un intento de relajarla. No busco tener una esposa amargada.

—Bueno, en realidad solo tenemos seis meses. —Me recuerda nuestro plazo, y trago saliva.

—Sí, tienes razón —susurro las palabras—. De igual forma, creo que podemos… —Sacudo la cabeza; en realidad no sé lo que estaba a punto de decir.

La acerco a su cama y la siento en ella. Se queda en el borde y frunce el ceño.

—¿Pasa algo? —pregunto.

Miro la duda en sus ojos y lo mucho que le molesta depender de los demás. Al parecer ya tenemos algo en común.

—Las muchachas del servicio ya no están dentro de la casa —busca detrás de mí. Creo que espera que alguien la salve de pedirme un favor; quiero reírme, pero me contengo.

—Ajá. ¿Qué necesitas de mí? —Me aseguro de dejar clara la última palabra. También sé cómo jugar.

—Mi vestido… no puedo quitármelo.

«Mierda» .

Trago un nudo grande.

—Claro, yo te ayudo. —Camino hasta quedar entre sus piernas—. ¿Qué tengo que hacer?

—Los botones de mi espalda, por favor. —Me pide y miro la vergüenza en su rostro. Le sienta bien sonrojarse. Yo le sonrío y asiento.

Termino de acercarme y separo un poco sus piernas para quedar más cerca. Sisea con mi toque y me paralizo. ¿Sintió eso?

—Milene, ¿sentiste eso? —le pregunto.

—Mucho — responde.

Toco la piel de sus piernas con mis nudillos por encima de su estrecho vestido; no tenía idea de que podía sentir. En realidad, no sé lo que creía que pasaba con ella o cómo funciona su cuerpo después de su accidente.

—¿Te duele? —Niega con la cabeza. Su respiración es ligeramente más acelerada—. ¿Qué pasó? —Es muy ambigua la pregunta, pero no sé cómo hacerla de otra forma.

—Son mis rodillas; no tienen la fuerza de antes. —Me explica en medio de un susurro.

—Entiendo.

Ya no son mis nudillos; ahora es mi mano completa rodeando cada una de sus piernas. Levanto la mirada y encuentro a mi esposa con los ojos cerrados, con su cabeza echada hacia atrás y respirando con dificultad.

Mierda. Mierda. Quiero más de ese gesto de placer.

Mis manos suben por su costado hasta su cadera, donde clavo mis dedos provocando que los labios de Milene se separen ligeramente. Ideas de mis dientes sobre ellos… mi miembro dentro de ella. Dios. Esto no está bien. ¿O sí?

Sacudo el pensamiento, pero mis manos parecen tener mente propia porque siguen subiendo por su cintura y por el valle entre sus pechos. Sus pezones están erectos y llamando a que los pruebe; no hay nada que me lo impida, somos esposos. Y es solo sexo. ¿Verdad?

La rodeo con una mano y empiezo a romper cada uno de esos botones.

Son muchos y pequeños; si me tomo mi tiempo no terminaré nunca.

Con la otra mano ahueco uno de sus pechos; son firmes y duros.

La cabeza de Milene regresa a su sitio cuando, tomando lo que quiero, mi inclino y muerdo fuerte en su pezón.

—¿Qué haces? —jadea la pregunta.

—¿Quieres que me detenga? —Ya no hay duda de lo que quiero, y ella siente la prueba clavarse en la parte más baja de su estómago .

Niega con la cabeza muy lentamente. A sus mejillas regresa el color rosado, solo que esta vez es más intenso. Más caliente. Me enderezo en toda mi altura.

—Ya me cansé de estos botones —digo, antes de tomar ambos pliegues del vestido y rasgarlo por la mitad.

Milene jadea cuando el vestido se amontona en su cintura, dejando la parte superior de su hermoso cuerpo expuesta.

Desnuda.

Perfecta.

—Dime algo, Milene. —Me acerco a su cara, rodeo su cuello con una mano rozando su mandíbula en el camino. La obligo a verme a los ojos para la siguiente pregunta. Sé que veré la verdad en ellos—. ¿Te guardaste para mí?