En Esta Vida No 03 MILENE
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03 MILENE

Cuando mi ahora esposo da el primer acelerón, mi estómago quiere regresar lo que tiene dentro. No es mucho, pero aparte de eso, mis uñas se clavan en la piel de mis piernas hasta que siento que la atravieso.

—Mierda, mierda. Lo siento —grita Diego al mismo tiempo que frena su auto.

Se estaciona, pero no puedo hacer que mi cuerpo reaccione. El accidente de hace casi dos años… Dios, fue toda mi culpa. Diego apaga el motor del auto y no me doy cuenta de cuando se quita el cinturón de seguridad, hasta que me arranca el mío.

—Milene, lo siento, lo olvidé por completo. Discúlpame, por favor. —Escucho mucha culpa en su voz.

Niego con la cabeza y solo entonces me doy cuenta de que no estoy respirando. Intento hacerlo, pero mi cuerpo no responde. Estoy por empezar a hiperventilar; la vista delante de mí se hace oscura.

—Oye, Milene, mírame. Estás bien, todo está bien. Estoy aquí. —Sus manos buscan mis mejillas para obligarme a reaccionar. No puedo—. Mierda. ¿Qué hago?

No siento nada hasta que, por segunda vez en menos de veinte minutos, Diego pega su boca con la mía.

Es como una ola golpeándome en el pecho, el aire por fin entra en mis pulmones; ese beso me trae de regreso. El sabor de sus labios y la presión que hacen en los míos… lo hace.

Me llevo la mano a la garganta, me tomo un momento para estabilizar a mi mente y a mi cuerpo. Ya no estoy en ese auto, ya no estoy cayendo en ese barranco. Ya no tengo las rodillas prensadas por el asiento de mi chofer.

Diego, a mi lado, se deja caer en su respaldo y se lleva las manos a la cara.

—Dios, Milene, lo siento tanto, te prometo que no era mi intención. —Se disculpa, puedo sentir toda la preocupación en su tono de voz.

Encuentro la mía después de un momento:

—Está bien, no… no te disculpes. No es tu culpa. —Me las arreglo para sonar tranquila, aunque ya sé que esta será una noche difícil.

Sus ojos en los míos me dan una emoción que no logro identificar.

—¿Estás bien? ¿Quieres regresar? —pregunta, mirando por el espejo retrovisor. Niego con la cabeza y me obligo a sonreír. Ya tendré tiempo más tarde para torturarme por seguir así de dañada.

—No, está bien. Aún me gustaría esa hamburguesa. —Tengo que actuar un poco, pero sé hacerlo. No volveré a mostrar debilidad delante de nadie, ni siquiera delante de mi esposo.

—¿Estás segura?

Asiento con una sonrisa. Parece que me cree. Entonces, enciende su auto y reanuda el camino a una velocidad traumáticamente lenta. No le digo nada por eso. Recargo mi cabeza en el cristal de la ventana y me desconecto del mundo por un rato.

Llegamos al autoservicio, ordenamos y, una vez que tenemos la comida, Diego busca un lugar para estacionarse.

Él es el primero en empezar a comer; con la primera mordida cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, dejando a la vista su manzana de Adán y el inicio de un tatuaje en el lateral de su cuello .

Un gemido de placer sale de su cuerpo y no me doy cuenta de cuándo mis piernas se mueven, buscándose entre sí.

—Esto está delicioso —dice, y regresa sus ojos a los míos. Me descubre con la boca medio abierta. Diego se paraliza con la ceja enarcada en mi dirección.

Me aclaro la garganta y soy yo la que rompe el contacto visual para tomar una papa frita y un trago de nuestra bebida. Seguimos comiendo en silencio. Bueno, yo lo hago; Diego terminó la suya de dos mordidas. Cuando me siento satisfecha, aún me queda la mitad de mi hamburguesa.

Levanto la vista y veo que mi esposo me está mirando, con una mezcla de profundidad y diversión. Empieza a ponerme nerviosa.

—Estoy llena, si quieres… —Extiendo la mitad de mi hamburguesa en su dirección. Pienso que la va a tomar, pero me sorprende cuando se inclina y la come directamente de mis manos.

Suelto un ruidito de sorpresa cuando casi muerde uno de mis dedos. Me guiña un ojo y enciende el auto antes de terminar de tragar.

—Creo que se van a preguntar dónde estamos. —Explica un poco serio—. No quiero que Santino me mate por esconder a la novia de su propia boda antes de que pueda restaurar el apellido Romano dentro de la organización.

Y con eso, recuerdo el único propósito de mi matrimonio. Soy un acuerdo comercial. Una garantía. Y solo eso.

Llegamos después de unos minutos al salón de la recepción. Como dijo Diego, Santino ya está afuera con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Mi hermano me ayuda a salir del auto después de tener un duelo de miradas con mi esposo. Diego prepara mi silla. Ya la empiezo a mirar con odio. Suspiro y trato de concentrarme en mi propia razón para estar haciendo esto.

Entramos después de ser anunciados y recorremos toda la pista tomados de la mano, como dos enamorados, hasta llegar a la mesa en el centro del lugar preparada para nosotros. Ignoro que, mientras avanzamos, la gente murmura cosas como:

«Es una lástima»

«Lo que tiene que soportar»

«Ese chico se merece algo mejor»

Solo seis meses y seré libre, puedo con esto. Yo seré libre.

Más felicitaciones falsas llegan a nuestra mesa, así que mantengo una sonrisa cortés congelada en el rostro. Si en algo acertó mi esposo, es en que no les voy a dar el gusto de verme derrumbada.

Se supone que hoy es el mejor día de mi vida. Se supone que soy la mujer más feliz del mundo. Se supone…

Por un momento, mi mente se olvida del hombre que tengo a mi lado y dejo que imagine lo que será mi vida en los próximos meses. Santino dijo que Diego me trataría bien, mas no dijo si seríamos un matrimonio real.

¿Puedo siquiera esperarlo?

Suspiro porque, aunque hace tiempo que no pienso en eso, admito que antes del accidente lo hice. Me guardé porque eso es lo que se esperaba, pero nunca fui ignorante a la vida marital, ni a la noche de bodas de la que todas las mujeres hablan dentro de la organización.

Sé que somos anticuados en muchos sentidos; uno de esos es la virginidad en las mujeres. El sentimiento de que somos una posesión para los hombres es uno más dentro de la enorme lista.

Se hace un gran silencio y noto la mirada de todos los invitados puestas en mí. Enderezo mi postura para encontrar a Diego, mi esposo, rodear la mesa y detenerse delante de mí. Se inclina solo un poco y me susurra al oído :

—¿Me permites nuestro primer baile como marido y mujer? —pregunta con un atisbo de sonrisa en sus labios.

—¿Estás de broma? —le respondo sin deshacer mi sonrisa falsa.

—No, Milene, no es ninguna broma. Todos están esperando este momento; se los vamos a dar. —Finalmente deja ver esa vena mandona que sabía que tenía—. Lo haremos como en la iglesia, yo te llevaré.

Supongo que no tengo otra opción. Suspiro y asiento.

Mi esposo toma mi mano y la lleva a su cuello para que lo rodee; lo hago con ambas manos y él me sujeta de la cintura y me levanta como si no pesara nada.

Me sostiene con ambas manos, rodeándome con un toque firme; no me pega por completo a su cuerpo.

Entonces nos lleva hasta el centro de la pista.

Con el ritmo lento de Thinking Out Loud «patético, si me lo preguntan», Diego termina de acercar nuestros cuerpos.

Me sostiene por la parte más baja de mi espalda.

No sé cómo lo consigo, pero muevo mis pies, de modo que cada uno está sobre los suyos.

Siento un poco de estabilidad y Diego se sorprende tanto como yo.

—¿Tú hiciste eso? Creí que… —No termina la pregunta. Me encojo de hombros.

—Creo que sí —susurro. Diego desvía la mirada y seguimos con el tonto baile sin que ninguno diga nada por lo que parecen uno segundos extremadamente largos.

Me pierdo en la letra de la canción y no me imagino sintiéndome así de enamorada alguna vez.

—Milene. —Me llama de pronto sobresaltándome. Mis ojos vuelven a los de mi esposo «sí, ya sé que lo he llamado mi esposo una docena de veces»—, no hemos hablado de lo que sigue después de hoy.

—Lo sé —respondo con molestia antes de poder controlar el tono. No sé por qué me afecta tanto. Es solo un contrato.

—Es mi culpa. Debí buscarte en las dos semanas siguientes al compromiso.

—No, no debías —digo a la defensiva. No sé qué pasa conmigo ahora mismo. He pasado por tantas emociones distintas desde que abrí los ojos esta mañana, que ya no sé cuál es la real. Cierro los ojos antes de volverlo a intentar—. Lo siento. ¿Qué quieres saber?

—Santino me dijo que tienes una casa de una sola planta. No quiero sacarte de tu comodidad, creo que lo mejor será que me mude contigo.

«Disculpa, ¿qué?»

Parpadeo muchas veces antes de poder hacer la pregunta.

—¿Quieres vivir conmigo?

—Somos esposos ahora. Es lo que se espera.

Claro.

—¿Santino te lo está exigiendo? Mira, yo sé perfectamente lo que vas a conseguir de este matrimonio. No tienes que…

—Santino no puede exigirme nada. Sí, se me ofreció esta oportunidad y el beneficio que conlleva ser tu esposo, pero yo fui el que aceptó. —Gruñe un poco al final de eso. Sus ojos no dejan los míos y sus manos no dejan de sostenerme.

No respondo; la canción está a punto de terminar.

—Entonces, te mudarás a mi casa. —No es una pregunta.

—Es eso o tú te mudas a mi pent-house en el centro de la ciudad. —Se encoge de hombros el muy idiota. Sabe que no lo haré.

Niego con la cabeza.

—No puedo. —Me quema sentirme débil e inútil—. Tengo una rutina establecida y terap…

Me quedo callada antes de terminar la palabra. No quería exponer esa parte de mi día a día, y esperaba que no lo supiera nunca. Estoy segura de que será igual que mis padres y pensará que solo pierdo el tiempo .

—Milene, no voy a molestarte. Ni siquiera notarás que estoy ahí. —Termina cuando me lleva de regreso a la silla.

Sí, eso es lo que me temo.

DIEGO

La casa de Milene es impresionante; no le pide nada a una de dos o tres plantas. Esto me dice lo independiente y capaz que es. Llegamos a ella ya entrada la noche y, como no me gusta la cara que pone cada vez que tiene que sentarse en esa silla de ruedas, la llevo en brazos al interior.

—Has hecho un gran trabajo con esta casa. —La elogio. Siento que es lo mínimo que puedo hacer. Yo ni siquiera me encargo de mi propio departamento; tengo gente que lo hace por mí.