En Esta Vida No 02 DIEGO #2
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02 DIEGO #2

—Sean todos bienvenidos a la casa de Dios. Estamos hoy aquí para unir en sagrado matrimonio la vida de Milene Parisi y Diego Romano. —Pasan un par de minutos antes de que el cura nos pida a todos sentarnos. Es entonces cuando mi prometido me deposita en la silla que mi hermano trajo hasta aquí.

—Perdona. —La palabra sale de mi boca sin que me dé cuenta. Y me hace sentir más avergonzada por haberlo dicho que por en realidad creer que lo había cansado.

Diego me mira con una ceja levantada, con curiosidad; después regresa toda su atención al frente. La verdad es que no pongo mucha atención a lo que se está diciendo; hay algo oprimiendo en la boca del estómago que me impide pensar o escuchar.

Cuando llega el momento de intercambiar anillos espero que el momento pase rápido, pero de nuevo me sorprendo cuando Diego baja una rodilla al suelo para estar al nivel de la silla. Repite las palabras que el cura le dice, pero no escucho una sola de ellas.

Me repito que esto no es real. Parece mucho, pero no lo es. Es el papel que tiene que interpretar y solo eso.

Cuando es mi turno de ponerle su anillo de bodas, me aclaro la garganta y también repito las palabras que se me dicen. Cuando termino y lo miro a la cara, encuentro una sonrisa divertida en sus labios. Frunzo el ceño porque no sé qué es lo divertido en esto.

—Bien, ahora los declaro marido y mujer. Diego, puedes besar a tu esposa. —Santa mierda, me había olvidado de esta parte. Por el rabillo del ojo miro a mi hermano, que está unos metros detrás de Diego con una sonrisa en la boca.

Bueno, tengo que confiar. Regreso mi mirada a Diego; me está sonriendo, de nuevo. Es muy extraño verlo así. No sabía siquiera que podía sonreír.

Se pone de pie en lugar de inclinarse para besarme en esta posición, y algo parecido a la vergüenza me sube a las mejillas. Me atrevo a mirar hacia arriba al mismo tiempo que él toma una de mis manos para que rodee su cuello. Lo hago, de nuevo.

Él me sostiene de la cintura con una sola mano, exponiendo todo lo largo de mi cuerpo en posición vertical; mis pies no tocan el suelo, estoy en el aire, siendo sostenida solo por su mano.

Entonces, con su mano libre, levanta levemente mi barbilla y me besa. Y no es nada parecido a lo que había imaginado. Pero sin duda es mejor.

Soy consciente de que he guardado por veinte años mi cuerpo completo para este momento. Mi marido siempre estuvo destinado a tener todas mis primeras veces. Y, al menos, mi primer beso ya es suyo. De diego.

DIEGO

Tengo que hacer que este día sea especial para Milene. Tal vez sea lo único que pueda darle en nuestro tiempo juntos, así que lo haré.

Cuando el padre nos declara marido y mujer, veo cómo el color rosa pinta las mejillas de Milene. Mi espos a . Eso me hace sonreír por segunda vez en este día. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice; no es como que haya muchas cosas buenas en mi vida.

Me enderezo en toda mi altura y hago lo mismo que cuando caminé con ella hacia el altar: hago que rodee mi cuello y la sostengo de la espalda baja con una sola mano. Sus pies no tocan el suelo y su cara está a escasos centímetros de la mía.

La tomo de la barbilla y sus ojos, tan únicos y brillantes, de un hermoso color cobre, me recuerdan por qué no pude hacer nada anoche.

Cerraba los ojos y solo podía ver la mirada que me dio al poner en su dedo el anillo de compromiso que compré para ella. Eso mató mi erección y no pude continuar. También por eso me emborraché hasta desmayarme una vez que llegué a mi departamento.

Ahora los tengo de nuevo frente a mí, mirándome solo a mí.

Una respiración entrecortada sale de sus labios cuando cierro la distancia y pego mis labios con los suyos.

No dura mucho, solo lo suficiente para que los aplausos empiecen detrás de nosotros.

Y para que yo sienta lo suaves que son sus labios, el sabor dulce de su piel y el aroma a rosas que despide.

Me separo de ella y veo que sigue sorprendida. No estoy seguro de qué espera de esta boda, pero yo espero haberlo hecho bien hasta ahora. No le deseo ningún mal y merece pasarla bien.

—Ahora voy a llevarte a mi auto. Muero de hambre, así que vayamos a esa recepción de boda —suelto juguetón, y ella responde con una sonrisa tímida.

Entonces, cambio mi agarre en ella para levantarla al estilo nupcial. Los aplausos se intensifican a medida que camino por el pasillo.

Milene empieza a agachar la mirada y, no me gusta .

—Levanta la cabeza. Deja que te miren por lo que eres y por lo que vales y no por lo que te falta —ordeno y me siento bien cuando me hace caso.

Parece que hoy es el día de los sonrojos, porque sus mejillas se vuelven a pintar de un hermoso rosado. Trata de ocultar una sonrisa, pero falla. Y debo reconocer que me gusta.

Una vez afuera de la iglesia, la llevo hasta mi auto y la dejo en el asiento del pasajero.

—Lo siento, hoy no traje chofer. —Me disculpo después de abrochar su cinturón. Cierro su puerta y rodeo el capó de mi Mercedes. Siento su mirada atravesar el cristal y quemar mi costado.

Necesito aligerar un poco el ambiente, no recuerdo si alguna vez estuve solo con ella en alguna situación, cual fuera. Ahora es mi esposa y una sensación extraña empieza a recorrerme el pecho.

Subo, enciendo el motor y acelero.

—¿Te gustan las hamburguesas? —pregunto de repente.

—¿Disculpa? —Una Milene sorprendida se gira en su asiento para mirarme.

—No eres vegetariana o algo así, ¿verdad? —Espero con todas mis fuerzas que no lo sea.

—No, no lo soy —responde y suelto una sonrisa agradecido. Mierda estoy sonriendo de nuevo, y hace meses que no lo hacía. No desde que mi hermana se fue.

—¿Quieres parar por una hamburguesa de camino a la recepción? La verdad es que me muero de hambre. —Me doy cuenta de que me está siendo muy fácil conversar con ella.

—Está bien, también tengo un poco de hambre. Alguien me hizo esperar. —Regresa su vista al frente después de lanzar ese pequeño reclamo.

Casi me río en voz alta. la Milene de la que tengo pequeños destellos mientras creció, está de vuelta. Me gusta.

—Vamos entonces.

Piso el acelerador mucho más allá del límite y sonrío por lo que la velocidad le hace a mi cuerpo. Hasta que miro las uñas de Milene clavándose en sus piernas; tiene los ojos cerrados y no creo que esté respirando.

¡Dios! Lo había olvidado. Su accidente fue en auto.

—Mierda, Milene. Lo siento —grito al tiempo que reduzco la velocidad y encuentro un lugar para estacionarme. Apago el motor del auto y me arranco el cinturón de seguridad—. Milene, lo siento. Lo olvidé por completo. Discúlpame, por favor.

Ella niega con la cabeza, pero su cara está tomando un color azul. Maldita sea, no está respirando. Le arranco el cinturón de seguridad.

—Oye, Milene, mírame. Estás bien, todo está bien. Estoy aquí. —La tomo de las mejillas. Necesito que me mire. Necesito que vuelva. No lo hace—. Mierda. ¿Qué hago?

Entonces, cierro la distancia entre nosotros y pego mi boca con la suya.