02 DIEGO
Una despedida de soltero improvisada.
O, mejor dicho, una última noche en el club nocturno más popular y con las mujeres más finas y calientes de Chicago. Como futuro hombre casado, y con solo veinticinco años, se espera que sea fiel a mi esposa después de la boda.
A una esposa que no puede caminar. No sé por qué, pero esa información me hace algo. Aún no sé si es repulsión, lástima o miedo. Ni siquiera sé si Milene podrá…
Bueno, en todo caso le seré fiel a mi mano derecha después de la boda. No tiene por qué convertirse en un problema; solo son seis meses en los que pondré toda mi energía en restaurar el nombre de mi familia, después volveré a ser libre. Divorciado y libre.
Es el mismo Santino quien patrocina mi última noche de soltero. Con media botella de whisky en el sistema, estoy más que listo para tener mi último acostón casual. Repito: temporalmente.
Hago una seña con la mirada a la morena de cabello rizado y ojos verdes que está prácticamente desnuda delante de mí. Hace un rato que empezó a menear el trasero y ya se ganó ser el último en el que esté dentro esta noche.
Rápidamente y con movimientos torpes se baja de la mesa en la que estaba y se arrodilla entre mis piernas.
Me acaricia lentamente desde las rodillas hasta estar muy cerca de mi entrepierna.
Roza mi miembro casi erecto y sigue subiendo por mis abdominales hasta rodear mi cuello y pegar sus pechos plásticos en mi cara.
Acaricia mi nuca y acerca sus labios a mi oído.
—¿Quieres subir a una habitación, papi? Puedes usar cualquier parte de mi cuerpo. —Su voz es tan robótica, su frase tan estudiada, pero, a decir verdad, no hay nadie aquí que tenga su trasero, así que le diré que cierre la boca mientras me la cojo por detrás.
—Dirige el camino. Quiero la mejor habitación —ordeno. Su sonrisa se ensancha; casi puedo ver el signo de dólares reflejado en sus ojos.
Me levanto del sillón y dejo que la morena me guíe. Antes de salir del reservado, miro por encima de mi hombro a mi mejor amigo. Está sonriendo de lado, pero hay una advertencia silenciosa en su mirada.
—Te veré mañana en la iglesia —le prometo.
[•••]
Despierto en mi habitación con la luz del sol en su punto más alto, entrando por mi ventana y destrozando mi vista. Me duele la cabeza. No recuerdo nada después de haber llegado a casa y haberme terminado otra botella.
—¡Mi boda! —jadeo, incorporándome. Tengo que estar en la iglesia a las dos de la tarde en punto—. Mierda. Mierda.
Encuentro mi celular en la mesita de noche y… solo tengo treinta minutos para llegar.
—Maldición. —Tengo decenas de mensajes y llamadas perdidas. La mayoría de mi padre y otras más de Santino—. Puta mierda.
Me tomará al menos veinticinco minutos llegar a la iglesia; tengo que tomar una ducha exprés y salir cuanto antes de aquí.
Eso hago: me doy la ducha más rápida de la vida y me visto con el esmoquin negro que compré para hoy.
Me paso algo de crema por el cabello, un puñado de perfume y, sin más, salgo por la puerta .
Cinco minutos después regreso, porque olvidé los malditos anillos.
—Mierda, ahora sí llegaré tarde. Santino me va a matar.
Llego a la iglesia y me estaciono en medio de la calle. Le lanzo las llaves al primer idiota que veo para que me estacione el auto. Corro hacia la puerta de la iglesia; estoy cerca de poder entrar cuando Santino aparece y me hace caer al suelo con un puñetazo en la cara.
—Maldito bastardo, son casi las tres de la tarde. Tenías que estar aquí desde hace una hora —me grita con la mandíbula apretada, pero inmediatamente después me da la mano para levantarme del suelo.
Ignoro el ardor en mi mejilla y también que debería estarle regresando el golpe.
—No es lo que parece, lo juro. —Levanto las manos a modo de rendición—.
Me quedé dormido, no me di cuenta de la hora, hermano.
Lo siento. —No es justificación, pero al menos es la verdad.
Santino no me cree, al contrario, siento que se enoja más con cada segundo que pasa.
Esto no es bueno para ninguno de los dos.
—¿Tanto te cansó la maldita puta? —gruñe con los dientes apretados. Sacudo la cabeza, ojalá hubiera sido eso.
—¿Qué? No —le susurro a pesar de que nadie está cerca para vernos u oírnos. Si tan solo supiera que no pude aprovechar mi última noche de soltero. No pude tocar a esa mujer. Y no me gusta la razón.
—Entonces justifica que mi hermana haya tenido que esperarte a ti, en lugar de que tú la esperaras a ella. Maldita sea. —Mi amigo me sacude el polvo del traje mientras continúa gritando—. Te llamé toda la maldita mañana.
—Lo sé, por Dios. Juro que no era mi intención. —Miro a mi alrededor antes de preguntar—. ¿Dónde está tu hermana ?
Santino niega con la cabeza. Entiendo perfectamente su batalla interna. Soy un idiota.
—En el auto —gruñe—. Milene estaba segura de que no llegarías. Estaba lista para volver a casa cuando tu puto auto se atravesó.
—Déjame hablar con ella —pido. No sé qué le voy a decir. No le he dicho nada desde nuestra fiesta de compromiso hace dos semanas. Y antes de eso no creo haber compartido con ella más allá de un saludo educado.
Nunca pensé que fuera ella la mujer con la que algún día me casara. Ahora es la mejor oportunidad que tengo y me temo que la estoy arruinando.
Santino suspira.
—Déjalo así. Ya estás aquí. Terminemos con esto —gruñe, y con eso abre la puerta de la iglesia para dejarme entrar.
MILENE
Estaba segura de que Diego no llegaría a nuestra boda. Cientos de razones para que él decidiera no aceptar esto pasaron por mi cabeza. La número uno y la que más me duele: no quiere a una lisiada.
No es como que yo lo quiera a él, pero sí me interesaba lo que vendría después de cumplir con ese matrimonio.
Santino no me dejó marchar. Yo no quería esperar un minuto más cuando el auto de Diego se detuvo en medio de la calle; se bajó y corrió hasta la puerta de la iglesia, donde mi hermano lo tumbó de un puñetazo .
No me gustó ver a Diego en el piso. Se dijeron un par de palabras y supe, en la mirada que me lanzó mi hermano, que la boda se llevaría a cabo.
—Bien —digo para mí misma.
Reviso mi maquillaje en el espejo mientras Diego entra a la iglesia y mi hermano es quien viene por mí para llevarme. No quiero hacer esto. No así, pero me tragaré la humillación si con eso aseguro mi boleto a la libertad.
Me tomo los pocos minutos del auto a la iglesia para estabilizar a mi mente y los comentarios que sigue lanzándome.
Hoy es el día de mi boda. Hoy dejo de ser Milene Parisi para ser Milene Romano. Milene de Diego Romano .
Mi hermano empuja mi silla y demasiado rápido entramos a la iglesia.
Solo me permito bajar la mirada una vez, y es para mirar mi vestido; es elegante y muy hermoso.
Con clase. Lo que se espera que alguien como yo use este día.
La tela se pega a todo lo largo de mi cuerpo, acentúa todas mis curvas, en especial la de mi enorme trasero.
Es una pena que nadie pueda verlo.
Se me instala un nudo en la garganta porque nunca pensé que llegaría al día de mi boda en una silla de ruedas. Sé que soy fuerte, pero no soporto las miradas de lástima. Y lo peor de todo es que esa mirada es la que veo ahora en los ojos de Diego. Idiota.
Mi hermano sigue empujando mi silla con la cabeza en alto, como todo el jefe de familia que es. Yo cuento los segundos para que esta farsa termine.
Solo hemos llegado a la mitad del pasillo cuando se detiene de golpe. No entiendo el por qué, hasta que levanto la mirada y es para ver a Diego, que se acerca demasiado rápido a nosotros.
Dios, ¿qué está pasando ahora? Desvío la mirada de nuevo, intentando bloquear mis emociones y los murmullos que llegan a mis oídos. Hasta que escucho su voz y me obligo a mirarlo de nuevo, a Diego.
—Quiero llevarla —dice mi futuro esposo.
Dos palabras. Solo dos palabras salen de sus labios y hace que toda la iglesia se quede en completo silencio. No cabe duda de que, aunque su apellido está en la cuerda floja, tiene toda la fuerza que se necesita para liderar en este mundo.
—Instala una silla para Milene al frente, yo la llevaré desde aquí. —Da la orden y mi hermano vacila, no necesito mirar en su dirección para saber que lo ha tomado por sorpresa—. Ahora, Santino.
Diego gruñe la orden. Tan fuerte que incluso siento mi estómago vibrar. Santino hace lo mismo con un sonido fuerte que sale de su boca, pero por fin se mueve. Nos rodea y desaparece en el frente.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le pregunto a Diego cuando se inclina y pone sus manos en los brazos de mi silla.
Sus pozos azules están mirando a los míos.
—Callando las bocas de todos. —Sonríe y, santa madre de Dios, esa es una sonrisa.
Trago saliva y asiento a la pregunta silenciosa que me hace. Me toma una mano y la sube para que rodee su cuello; después, me levanta con una mano puesta en mi espalda y la otra debajo de mis corvas.
—¿Te duele algo? —susurra la pregunta muy cerca de mi oído. Niego con la cabeza—. Usa tus palabras, Milene.
Algo pasa dentro de mí cuando dice mi nombre. Una corriente eléctrica recorre cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
—Estoy bien —digo, perdida en el color de sus ojos.
—Perdón por llegar tarde. —Se disculpa en un susurro aún más bajo. Ya que todos los presentes tienen los ojos fijos en nosotros.
No entiendo por qué está siendo amable conmigo. No esperaba que lo fuera. Este solo es un matrimonio de nombre, ¿verdad? Además, con sus acciones ya ha dejado claro que le molesta ver mi silla de ruedas.
Como al resto del mundo.
—Ya estás aquí —digo, habiendo recuperado el control de mis emociones. Me mira por dos largos segundos, pero termina asintiendo con la cabeza.
Llegamos al frente, donde el cura ya nos espera con impaciencia, pero Diego aún no me ha bajado de sus brazos.
No pensará en cargarme toda la ceremonia, ¿o sí?