En Esta Vida No 01 MILENE
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En Esta Vida No

En Esta Vida No

Por Daniella Rey

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01 MILENE

Un matrimonio arreglado es lo que se esperaba de mí. Pertenezco a una de las cinco familias más importantes de la Outfit de Chicago. La organización criminal que domina la mitad de la ciudad. Cualquiera que pidiera mi mano sería gratamente recompensado con un lugar en la mesa del rey.

Pero después de mi accidente de auto, en el que no morí, pero sí perdí la movilidad de mis piernas, parece que mi padre tiene que rogar para que alguien siquiera considere mirarme sin lástima. No hablemos de una propuesta de matrimonio.

El que ahora no pueda caminar no me hace una inútil. Y mucho menos me resta valor. Tanto a ellos como al hombre que algún día me despose, se los voy a demostrar.

Este año mi padre por fin le cedió la cabeza de la familia a mi hermano y lo primero que Santino quiere hacer es encontrar un esposo para mí.

No tiene caso iniciar una discusión con él por eso, para esto nací. Lo acepté hace mucho tiempo y me preparé para mantener la cabeza en alto sin importar qué o quién se metiera entre mis piernas. Nunca se trata de amor, no en este mundo.

Santino también aceptó que nació para ser líder desde hace mucho tiempo. Es tan fuerte que solo quiero parecerme un poco a él.

—Buenos días, señorita, ya está listo su batido y el desayuno que solicitó —Ana, la chica del servicio, entra a mi habitación después de tocar—. Agregamos todos los suplementos que nos indicó esta semana.

—Gracias, Ana. Colócalo en la mesa. —Señalo la pequeña mesa que está instalada al fondo de mi habitación, justo al lado de mi piano.

Días como hoy, agradezco no haber perdido mis manos en ese accidente, ni su movilidad, porque aún puedo vivir a través de la música que toco, porque aún puedo hacer que mi cuerpo vibre con la intensidad de una nueva melodía.

Ana termina de colocar mi desayuno en su lugar. Soy muy religiosa con mis vitaminas. Dicen que la esperanza es la última que muere, y yo aún tengo un poco.

Salgo de la cama soportando mi peso en mis brazos, mientras dejo que mis pies bajen al suelo. Mi silla de ruedas está a solo un metro de distancia, puedo hacerlo. Ana cree que no, por eso se acerca para tratar de ayudarme.

—Déjame —le ordeno. Asiente con la cabeza y da un paso hacia atrás. Me apoyo en el dosel de la cama para sostener mi peso, hoy mis piernas se sienten como gelatina, pero sé que es un avance muy grande que aún pueda sentirlas.

Mis pies son fuertes, el problema está en mis rodillas. Logro sostenerme por más de dos segundos y empiezo a sonreír con una visión de mí consiguiéndolo por completo. Pero antes de poder hacer más, la sensación de un rayo me atraviesa las rodillas y me hace caer en la silla.

—Mierda —grito para mí misma.

No me voy a rendir. En esta vida no.

[•••]

Santino programó una reunión en mi casa de soltera. La llamo así, aunque solo estoy aquí porque es de una sola planta y no de tres pisos como nuestra casa familiar. Esa es la razón de que no me llamara a su nueva oficina, la que antes fue de papá y mucho antes, del abuelo Parisi.

Ha estado ocupado toda la semana y creo saber en qué.

No importa mucho lo que diga, ni a quien elija.

Conozco de sobra mi papel en todo esto. Ademas, los dos sabemos que no voy a agachar la cabeza, no soy cualquier princesa, y discapacitada o no, tengo más para ofrecer que la mayoría de las solteras de la organización.

—Hermana. —Santino extiende sus brazos y se inclina para besar mi mejilla—. Estás hermosa. —Me elogia como todo el tiempo y aprieta mis hombros a modo de abrazo.

—Gracias, tú igual. —Sonrío, apenas—. Pero no estás aquí para decirme lo bien que me veo, ¿o sí? —Mi tono es mordaz. Si antes del accidente no me quedaba callada, ahora lo hago mucho menos.

Santino endereza su columna a toda su altura. Se lleva las manos a la espalda y su rostro toma seriedad.

Aquí vamos.

—No, tienes razón. La verdad es que he venido porque por fin he elegido un esposo para ti. —No titubea. Admiro eso de él; cuando cree tener la razón no descansa hasta que todos crean que es así como debe de ser.

Presiono el botón de mi silla de ruedas para retroceder un poco, después giro en dirección de la barra de licores. No acostumbro mezclar alcohol con mis nuevos medicamentos, pero siento que hoy lo necesito.

Saber qué pasará, y llegar ahí, son cosas muy diferentes. Me pregunto quién será el soldado con aspiraciones dentro de la organización que me necesita.

—Muy bien, dime ¿qué viejo soldado te ha convencido de dejarlo llegar a la mesa? —le pregunto a mi hermano después de sacar una botella de vino del minibar y servirme una copa generosa.

Santino suspira .

—Yo tomaré algo más fuerte, si no te molesta —me dice después de alcanzarme.

Se sirve un trago de whisky—. Por cierto, no es ningún viejo, Milene.

No te haría eso. Lo sabes. —Tiene razón.

Nunca me ha dado motivos para creer que haría algo para perjudicarme o simplemente molestarme—.

En realidad, tiene la misma edad que yo.

Levanto las cejas hasta el nacimiento de mi cabello.

—¿De tu edad? ¿Me vas a casar con un soldado de tu edad? —Niego con la cabeza. Eso es solo cinco años mayor que yo—. Debe estar muy necesitado —murmuro para mí misma—. ¿Quién de tu edad querría unir su vida a la de una lisiada? Espera… ¿También le faltan partes del cuerpo o algo así?

—¡Milene! —Santino usa su tono de advertencia y termina su bebida—. No es un soldado, por cierto.

¿No? ¿Un ejecutor entonces? No le pregunto eso. En cambio, decido hacer la pregunta más importante.

—¿Y qué fue lo que le prometiste a cambio de casarse conmigo?

—¡¡Milene!! —Esa es la segunda advertencia.

—Santino, por Dios. No le des más vueltas al asunto. —Me cruzo de brazos. Esta reunión ya duró demasiado. Tengo una sesión de terapia a la que asistir.

Eso no lo digo. Nadie cree que pueda recuperarme, de ser así no me dejarían hacer esto por mi cuenta. Nadie espera que algún día pueda tener una vida normal, así que guardo mis progresos para mí sola.

—Tú sabes que un matrimonio arreglado es lo que se esperaba de ti, esto no es de ahora. Incluso antes de tu accidente sabías que cuando cumplieras los dieciocho pasaría, ahora tienes veinte y… —Su tono se apaga inmediatamente después de mencionar mi accidente .

—No me estoy quejando de eso, Santino —lo interrumpo—. Me citaste en mi propia casa para decir algo. Así que solo dilo para que los dos podamos seguir con nuestras vidas.

—Maldita sea, Milene, ¿tú crees que es fácil para mí verte en esa silla? Sé que lo parece, pero no eres la única que está sufriendo. —Y con ese grito me da la tercera y última advertencia.

No digo nada, le doy un trago más a mi copa de vino mientras mi hermano se pasa las manos por la cabeza hasta que empieza a caminar en círculos delante de mí. Toma una respiración profunda y por fin lo dice.

—Es Diego.

—¿Diego Romano?

—Te casarás con mi mejor amigo. Sí, con Diego —suelta nervioso.

—¿Te has vuelto loco? Santino, no voy a casarme con tu mejor amigo. No necesito la lástima de nadie y menos la de él.

—No es lástima, Milene, sé que puede parecerte una locura, pero ese no es el punto de tu boda con él. —Se sirve otro trago, está más nervioso de lo que deja ver—. Él te necesita. Diego necesita este matrimonio. Eso significa que se portará bien contigo por el tiempo que he estipulado.

Cada palabra que dice lo hace más confuso para mí.

—¿Hay un plazo? —pregunto con voz aguda. No sé si eso es algo bueno o malo.

—Estarán casados por al menos seis meses.

Ese será el tiempo que Diego tendrá para reafirmar su lealtad y la de su familia con la organización.

—Hay una sonrisa en la boca de mi hermano, supongo que él considera que se trata de algo bueno—.

Si después de eso alguno de los dos quiere el divorcio, le será concedido.

Ahora lo entiendo. Este matrimonio sólo servirá para que la familia de Diego recupere lo que perdieron después de la traición de su hermana.

Sabía que al tener este apellido yo terminaría siendo de utilidad para alguien de rango menor, pero no esperaba que después de hacer todo el trabajo, sería desechada.

—Así que lo liberarás de la tortura de tenerme como esposa después de seis meses —expongo los hechos y no puedo controlar el nudo que se hace en mi garganta ni el tono de decepción con el que salen mis palabras.

No estoy poniendo atención a mi entorno, cuando miro a Santino arrodillado delante de mí.

—Esto no es para Diego, Milene. Lo del plazo de seis meses es solo para ti.

—No estoy entendiendo. —Enarco una ceja.

—Hablé con el jefe. Serás libre después de cumplir con ese tiempo de matrimonio.

Me río en voz alta. No puede estar hablando en serio.

—La libertad no existe en nuestro mundo, hermano —suelto entre risas. Es la verdad. No hay precedentes, incluso la hermana de Diego tuvo que huir para hacer su vida.

—Tú la tendrás. —Me promete, y algo en sus ojos que son un reflejo idéntico de los míos, me hace creerle.

Aún es pronto para celebrar, pero de ser cierto eso de la libertad... sé exactamente a dónde quiero ir.

[•••]

No he visto a mi ahora prometido desde el último evento social al que pude entrar caminando, y de eso ya hace más de un año. Hace apenas dos semanas se me dio la noticia de mi matrimonio con fecha de caducidad, y hoy Santino dará una fiesta de compromiso para Diego y para mí.

No he estado en público por una razón y que hoy sea yo el centro de atención me está poniendo nerviosa. No soporto la cara de lástima que las mujeres me dan. Y mucho menos lo despectivos que pueden ser los más viejos .

Atravieso sola las puertas de mi antiguo hogar. Mi madre y mi padre me reciben, cada uno con una mano en mis hombros y sonrisas tensas.

Lo único que lamento es tener que ver a todos por encima de mí. Pareciera que verme en una silla le da el poder a todo el mundo de sentirse superiores. Y eso es incluso con las aún solteras en el mercado.

Son simple ganado, al igual que yo. Ninguna es mejor que otra.

Es el precio de nacer en la mafia. Pero si Santino tiene razón, en poco tiempo seré la primera en salir de esta vida.

Ser libre es un concepto ambiguo y fantasioso, pero espero llegar al momento en que no sea más una fantasía, y sea tan real que pueda saborearla en el aire.

—Mamá, papá, gracias por prestar la casa familiar para mi fiesta de compromiso. —Sonrío de la única forma que sé: con falsa alegría.

—Nuestro Santino se encargó de todo. —Enfatiza mi madre.

—Agradezcamos entonces al gran Santino —digo con un sarcasmo que no se le escapa a ninguno de los dos.

Rápidamente mi mamá entra en modo señora de la mafia.

—No todos tenemos que estar tristes por lo que te pasó, Milene.

—Mi mamá truena con la autoridad que le da ser la señora Parisi.

Su matrimonio también fue un arreglo y parece disfrutar de todo esto más que cualquiera—.

Estás con vida, y un buen y apuesto muchacho accedió a casarse contigo, a pesar de…

Mi madre traga saliva cuando, por primera vez desde que llegué, mira más abajo de mi cara; a mis piernas paralizadas. Se aclara la garganta y rápidamente mira hacia otra parte. No tolera verme sentada. También por eso terminé mudándome de aquí.

Decidí que ella no será digna de verme el día en que por fin me levante. Afortunadamente, mi hermano llega y la salva. No a mí, a ella. Ella es la que necesita que la salven .

—Estás absolutamente hermosa, Milene. Diego es un hombre muy afortunado. —Me guiña un ojo. Yo pongo los míos en blanco.

Tengo un cuerpo esbelto y soy más alta que el promedio.

Estoy usando un vestido azul noche de satén con escote asimétrico que se pega a todo lo largo de mi cuerpo, con una abertura que deja a la vista toda mi pierna izquierda.

Y sentada, puedo decir que es todo un espectáculo a la vista.

Aun así, sé que mi hermano exagera un poco cada vez que me llama hermosa.

Estoy muy lejos de ser la más bonita del lugar.

No es como si fuera muy importante la belleza en este mundo; importan los apellidos, importa la lealtad.

Mi cabello castaño claro está suelto en ondas de sirena y mi maquillaje es oscuro y pronunciado. Encontrarán todo menos debilidad o delicadeza en mí.

—Antes de empezar con la fiesta, necesito que me acompañes al estudio, Milene. —Me pide Santino en un tono más serio, yo asiento con la cabeza.

Antes de que intente dirigir mi silla de ruedas y me haga sentir como una inútil, me encargo yo misma de avanzar entre la multitud que cada vez se hace más grande en el salón principal. Llegamos al estudio del primer piso y Santino se adelanta para abrir la puerta y darme acceso.

Una vez dentro, detengo mi silla de golpe cuando miro que, frente a la ventana del fondo, usando un traje azul de tres piezas a medida de ese cuerpo enorme y musculoso, está mi prometido.

Diego Romano.

Santino cierra la puerta del estudio y es entonces cuando Diego se da la vuelta. Pero antes de eso, mira por encima del hombro y tengo que tragar saliva.

Lo primero que noto son sus impresionantes brazos y hombros.

Recuerdo escuchar que él y mi hermano se juntaban a diario en el gimnasio de la organización, pero juro que esos músculos no son normales.

Su impecable camisa blanca, su corbata color rojo sangre, las venas de su cuello y esa manzana de Adán… Algo dentro de mí se estremece.

Diego empieza a caminar en mi dirección y yo aún no he visto más arriba de su cuello.

Llega a mí con pasos largos y lentos. Tengo que estirar mucho mi cuello para poder mirarlo a la cara.

Parece notar mi movimiento, porque empieza a encogerse un poco antes de bajar una rodilla al suelo.

Me trago un jadeo cuando saca una caja pequeña de la bolsa interior de su saco.

—Milene —dice mi nombre con reverencia y respeto. Algo en eso hace que la piel entera de mi cuerpo reaccione erizándose como nunca antes.

—Diego —digo su nombre saboreando cada letra en mi boca.

Su lengua sale disparada para humedecer sus labios y de repente tengo mucha sed. Sus labios empiezan a moverse, pero la sangre me late tan fuerte dentro de los oídos que no logro escuchar nada hasta que abre la caja y mi corazón, que no estaba listo realmente… deja de latir.

Es un anillo de oro blanco con incrustaciones de diamantes en toda la banda. En el centro, un hermoso rubí en forma de gota. Un rubí enorme.

—Es precioso —susurro antes de darme cuenta.

—Es para ti —dice en un tono más juguetón y extiende su mano para que le dé la mía. Diego la toma y, después de sacar el anillo de su caja, lo sube por mi dedo anular.

Admiro el anillo por más tiempo de lo que creo que es permitido. Es mi hermano el que se aclara la garganta detrás de mí y me hace volver.

—Todo listo —declara Santino.

Entonces, por primera vez en mucho tiempo, veo directamente a los ojos de mi prometido.

No lo hubiera hecho.

Son dos pozos azules de los que no sé si alguna vez podré salir.