CAPÍTULO V
Antes del amanecer, la habitación permanecía en silencio. La luz tenue de la ciudad se colaba entre las cortinas, dibujando sombras suaves sobre las paredes.
Mara abrió los ojos despacio. Durante unos segundos no se movió. Ryan seguía dormido a su lado, con una expresión mucho más relajada que la que mostraba cada día en la empresa.
Sonrió sin darse cuenta. El dolían todos los huesos. Tenía agujetas hasta en la lengua. Jamás pensó que él era así en la cama.
Nunca lo había imaginado así.; sin la seguridad del director general, sin el traje impecable, simplemente como un hombre que dormía tranquilo después de una noche que ambos sabían que recordarían.
Con cuidado, pasó los dedos por el dorso de su mano.
Ryan abrió los ojos lentamente.
-Buenos días- murmuró con voz ronca.
-Pensé que seguías dormido.
-Llevo un rato despierto… solo disfrutaba del momento.
María dejo escapar una risa tímida.
-¿Y me estabas observando?
-Sí, quería saber si te habías arrepentido. Creo que me pasé un poco anoche.
-Pues me da un poco de vergüenza- dijo María.
-A mi me da paz. Me relaja- y ella rio y bajó la mirada, incapaz de ocultar el rubor. Por haberse dejado llevar, por desconocerse en esa libertad que él le puso en bandeja.
Ryan levantó su barbilla suavemente.
-¿Te arrepientes?
María negó con la cabeza.
-Ni un solo segundo.
Él dejó caer la cabeza de nuevo. Y respiró aliviado.
-Yo tampoco.
Permanecieron unos instantes abrazados, sin necesidad de decir nada más. Nueva York comenzaba a despertar afuera y dentro de aquella habitación también, aunque pareciera que el tiempo se hubiese detenido, pero Ryan no y empezó de nuevo.
Se echó encima de ella y la penetró sin más mordiéndola, recordando parte de la noche mojándose libres, encajando sus cuerpos y apagando gritos con las bocas. Hasta que verdaderamente el tiempo se detuvo, feliz, blanco. Mojado y él la arrastró de nuevo a su pecho echándose a un lado.
-Buff. María, nena, cómo me pones. Y la besaban y acariciaban un rato. Sus caderas, su sexo mojado de él…
-Supongo que deberíamos volver a la realidad o no voy a poder andar Ryan- y él rio de verdad.
-La realidad seguirá ahí dentro de una hora.
-Eres un mal ejemplo para un director general- bromeó ella.
-Solo cuando estoy así contigo- y le pellizcó un pezón.
Ella soltó una carcajada y un gemido.
Le dio un beso breve antes de levantarse.
Mientras se preparaba para ir al apartamento, entró en la ducha de Ryan. Él miraba todos sus movimientos y cuando sintió el agua correr, se levantó de un golpe y se metió con ella.
-¡Ay dios qué susto, Ryan.!
-Sí, ven que eso te lo hago yo.
-No me fio un pelo.
-Haces bien- y la levantó a sus caderas la pegó a la pared y la penetró sin miramientos. Mordiendo sus pezones. El agua caía sobre sus cuerpos mojándolos doblemente. Fue rápido, salvaje…
Luego se enjabonaron y se secaron.
Mientras se vestían para volver al apartamento de ella, ambos sabían que algo había cambiado de verdad. Ya no se trataba solo de una química o atracción entre ellos nacida de bromas y reuniones. Habían empezado a confiar el uno en el otro de una forma mucho más profunda.
Pararon a desayunar y él la dejó en su puerta.
Y, aunque decidieron mantener su relación en secreto por el momento salvo su hermanos, los dos sabían que era difícil y sería complicado ocultar durante mucho tiempo la complicidad que había nacido entre ellos.
Cada mirada, cada sonrisa y cada pequeño gesto empezaría a delatarlos.
La besó en la puerta y se fue.
Cuando María entró al apartamento, no había nadie, ni su hermana siquiera.
La buscó en su ala y no había dormido allí. Y sonrió.
Se puso algo cómoda y se tumbo en el sofá cansada. Su cuerpo cansado, satisfecho y dolorido.
Se acurrucó en el gran sofá del salón esperándola. Y se quedó dormida.
Cuando despertó miró el móvil:
-No me esperes, me quedo con Ethan hasta mañana por la tarde. Iré después de la siesta. Pásalo bien con Ryan.
¡Pero si estaba sola!, se le ocurrió que no iba a pasar ese fin de semana sola, porque no se había llevado trabajo a casa.
Comió algo porque se había pasado la hora de comer.
Cogió uno de los bolsos más grandes que tenía, y así en chándal y una muda de ropa, se recompuso un poco y volvió caminando al apartamento de Ryan.
Cuándo éste abrió la puerta, pensó que era su hermano y la vio allí y la miró con una amplia sonrisa.
-No compro biblias señorita.
-¡Qué tonto eres!, déjame pasar. No voy a venderte nada, pero nuestros hermanos van a pasar juntos hasta mañana después de la siesta y no voy a quedarme sola allí. Me pierdo.
-¿Y quieres perderte conmigo?
-Lo veo mejor plan, aunque tenga que ir en zapatillas a la empresa el lunes- y Ryan sonrió.
La cogió en alto y la besó, cerró al puerta, y la llevó al sofá.
-¿Has comido?
-Sí, he tomado algo, ¿y tú?
-También. ¿Café?
-Más tarde, después…
-Después de qué.
-Sé creativo.
-Ese departamento es de nuestros hermanos, nosotros dirigimos.
-Pues dirige… -y él se reía.
-Vaya, la jefa tiene sentido del humor y me deja.
-Ven aquí empleaducho y empezó a quitarle la camiseta y bajarle los pantalones.
Se quitó las zapatillas y ella también y se quedaron desnudos en el sofá.
-¿La jefa quiere arriba?
-Para empezar no está mal.
Y él se puso bocarriba y abrió los brazos y ella se metió dentro.
-El subdirector está duro.
-Sí, no me obedece demasiado cuando estás cerca.
-Pues tendré que bajarle la categoría. Y ella lo cogió y lo metió en su cuerpo y al principio se rieron del juego de palabras, pero después él la hizo cabalgar sobre su cuerpo una y otra vez, con ese movimiento de tetas que le encantaba.
-¡Ay dios María mujer!
-¿No te gusta?
-Aprendes rápido lo que a mi me gusta contigo.
-Vamos a dormir un ratito hasta el café. Y se puso a su lado.
El la besó, le dio la vuelta y la cogió por los pechos de forma posesiva.
-Nuestros hermanos no habían acabado.
-Por lo visto acaban mañana tras la siesta. Y no quiero estar sola en ese apartamento tan grande. Me da miedo.
-Yo no.
-Tú me produces otras emociones más satisfactorias.
-Me vas a salir y una jefa irónica, con lo seria que eres en el trabajo.
-Soy seria, como tú.
-Ummm. Qué bien hueles siempre.
Y ella le dijo la fragancia que había escogido de las que vendían.
Estuvieron un rato bromeando y riéndose y se quedaron dormidos un par de horas.
Y al despertar, vuelta a empezar, y así entre bromas, comidas, café y sexo, y dormir, estuvieron hasta que acabaron la siesta y tomaron café el domingo. La acompañó de nuevo a su apartamento.
Su hermana llegó a la media hora. Estaba duchada y con el pijama puesto.
Su hermana entró la saludó y fue corriendo al baño.
-Vaya hija.
-Ahora vengo.
Y salió al rato, duchada y con el camisón puesto.
Se tumbó en el otro sofá
-Venga cuenta María.
-Un finde semana intenso, de sexo. Genial, increíble, maravilloso.
-Pero si es muy serio Ryan.
-En la cama no.
-¡Joder hermana!. Me alegro.
-¿Y tú?
-Maravilloso. Es creativo. Medio Kama Sutra- y se reían… me duelen las piernas.
-Dímelo a mí, mañana tengo agujetas. Pero Lola, tengo algo de miedo. Ha sido muy intenso. Si nos enamoramos…
-¿Cómo la tiene?
-Lola que te estoy hablando de sentimientos. Que estás muy acelerada.
-Sí, ahora dime cómo la tiene, ¿grande como Ethan?
-Sí, está muy bien dotado.
-¡Qué suerte tenemos! Bueno, a tu respuesta. ¿Para qué piensas en eso?, solo hemos pasado un fin de semana, ¿por qué te preocupas tanto?, deja que pase el tiempo mujer. Lo que tenga que ser será, como decía el abuelo.
-¡Qué cansada estoy Lola!, mañana no voy a rendir.
-Rendiremos ya verás. ¿Qué vamos a cenar?
-No sé hay para hacer un bocadillo de pan de molde, una tortilla, hay pechugas, yogurt, fruta…
-Un sándwich y fruta, yo lo preparo.
-Dentro de una hora. Preparamos la ropa y cenamos. Vamos a llamar a casa.
-Vale, pon la video.
Y así llegó el día siguiente.
Ambas parejas se miraron, se sonrieron, y se besaron en los labios cuando estaban a solas.
Y así transcurrían las semanas.
Trabajaban mucho durante la semana, aprendían mucho de ellos y de todos, consultaban al abogado algunos temas. Su casa era preciosa, Clara la chica que cuidaba la casa era maravillosa y todo estaba siempre perfecto, la cena hecha.
Y tenían a sus maravillosos hombres los fines de semana, a veces, dos días, a veces una noche. A veces incluso iban al apartamento de ellas a trabajar en proyectos que no se podían dejar.
Nunca habían sido tan felices. Todo iba de maravilla.
…
Pasaron los meses, y la Navidad llegó a Nueva York.
La ciudad se vistió de Navidad.
Las avenidas brillaban con miles de luces, los escaparates competían entre sí, por ser los más espectaculares, y una fina capa de nieve cubría los jardines de la ciudad.
Aquella noche, la empresa celebraba su tradicional gala navideña a la que Lola y María iban a asistir por primera vez.
Se celebraba en uno de los hoteles más exclusivos de Manhattan.
Lola y María, terminaron de arreglarse con ayuda de Clara, que se quedó esa tarde y no dejaba de emocionarse al verlas.
-Cuando llegasteis hace meses, erais dos chicas con una maleta. Mirad ahora… parecéis las dueñas de Nueva York.
Las dos rieron y la abrazaron, la querían como un familiar más.
Lola llevaba un elegante vestido azul oscuro, sencillo pero sofisticado. Ethan no pudo apartar la vista de ella cuando la vio aparecer, porque quedaron allí en el hotel.
-No pienso dejar que nadie baile contigo esta noche- le dijo.
-¿Eso es una amenaza o una invitación?- dijo Lola.
-Las dos cosas.
Y se rieron.
María eligió un vestido granate que realzaba su naturalidad. Ryan, como siempre impecable con un esmoquin negro, permaneció unos segundos en silencio al verla bajar de la escalera.
-¿Tan mal me queda?- preguntó ella divertida.
Ryan negó despacio.
-No… Estoy intentando recordar cómo respirar.
María sonrió y le ofreció la mano.
-Pues será mejor que aprendas antes de llegar.
Entraron en el gran salón entre aplausos y saludos. Música en directo, mesas perfectamente decoradas, enormes árboles de Navidad y empleados disfrutando de una noche diferente.
Ryan fue saludando a directivos, inversores y colaboradores, todos acompañados de novias, mujeres o parejas.
Ethan hacía lo mismo, aunque con su estilo mucho más desenfadado.
Después del discurso de agradecimiento, comenzó la cena.
Todo transcurría con normalidad, hasta que la puerta principal volvió a abrirse.
Una mujer alta, de cabello castaño perfectamente peinado y un vestido negro de corte clásico cruzó el salón con la seguridad de quién estaba acostumbrada a llamar la atención sin buscarla.
Ryan la vio.
Y, por primera vez en muchos meses, su sonrisa desapareció.
-No puede ser…- murmuró.
María siguió su mirada.
-¿La conoces?
Ryan asintió despacio.
-Sí.
La mujer se acercó directamente a ellos.
-Buenas noches, Ryan.
Su voz seguía siendo cálida, familiar.
Él respondió con educación.
-Victoria…
Ella sonrió.
-Hace demasiado tiempo.
Después miró a María de arriba abajo, sin perder la elegancia.
María sostuvo la mirada con serenidad.
-Y tú debes ser Victoria. Me alegra conocerte. Ryan hablaba muy bien de las personas cuando realmente le importaban.
Ryan carraspeó.
-Victoria…
Ella sonrió con una mezcla de nostalgia y picardía.
-Tranquilo. Solo estoy recordando viejos tiempos. Estoy con mi empresa en la sala de al lado y supe que estabas aquí.
María notó un pequeño nudo en es estómago.
No era una mujer desagradable. Precisamente ese era el problema.
Era guapa.
Inteligente.
Segura de sí misma.
Y conocía un Ryan del que ella apenas había oído hablar.
Antes de marcharse, ella volvió a mirar a Ryan.
-Luego me gustaría robarte unos minutos. Tenemos mucho de qué hablar.
Ryan respondió con una simple inclinación de cabeza.
María sonrió… pero por primera vez desde que habían empezado su historia, sintió un leve pinchazo de inseguridad.
Y Ryan al notar cómo ella retiraba la mano de la suya, comprendió que aquella noche acababa de complicarse.