EN EL SUEÑO DE LAS NUBES BLANCAS CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Las semanas fueron pasando con rapidez. María y Lola, asistieron a reuniones, revisaron informes, conocieron a fondo el funcionamiento de la empresa, visitaron la fábrica de las afueras… todo.

Poco a poco dejaron de ser las “herederas”, para convertirse en dos mujeres que querían ganarse el respeto de todos con trabajo y dedicación.

Los empleados empezaban a acudir a ellas para resolver pequeñas dudas. Los directores ya no hablaban únicamente con el abogado; también buscaban sus opiniones.

Una mañana, al terminar una sesión de formación, el abogado las reunió en la sala de juntas.

-Creo que ha llegado el momento de dar el siguiente paso.

Las dos se miraron con ilusión.

-Ya conocéis la empresa. Nunca se deja de aprender, pero la base ya la tenéis. Desde hoy comenzareis a trabajar en vuestro propio despacho.

Las condujo hasta la última planta.

Frente a la gran puerta de madrera oscura de su tío abuelo, había una placa nueva.

Dirección Ejecutiva.

Al abrirla, ambas se quedaron por unos segundos sin decir una palabra.

Había cambiado. Igual de enorme y luminoso, rodeado con cristaleras con vistas a Manhattan.

En el centro una amplia zona de trabajo compartida con dos mesas enfrentadas, pensadas para facilitar que trabajaran juntas cada día.

A la derecha, se encontraba el espacio de María, equipada con varias pantallas, una gran mesa de reuniones y acceso directo a la documentación financiera y estratégica de la empresa.

A la izquierda estaba el de Lola, preparado para los proyectos de imagen, desarrollo productivo, creatividad y comunicación corporativa.

Entre ambas zonas había una mesa redonda para reuniones rápidas, una biblioteca con archivos históricos de la compañía y una pequeña zona de descanso con cafetera y sofá. Y un aseo para ambas, con un vestidor.

No existían paredes entres ellas. Solo un gran espacio abierto.

-Así podéis tomar decisiones juntas siempre que sea necesario- explicó el abogado- tendréis responsabilidades diferentes, pero una única dirección.

María recorrió lentamente el despacho.

-Es impresionante…

Lola pasó la mano por la madera de su escritorio.

-Creo que todavía no somos conscientes de todo lo que tenemos entre manos.

…

A partir de aquel día comenzaron las reuniones de trabajo reales.

María empezaba a estudiar presupuestos, inversiones, expansión internacional y resultados de cada división de la empresa. Descubrió que le apasionaba analizar cifras y encontrar soluciones para mejorar el rendimiento.

Lola, por su parte, se implicó en el desarrollo de nuevos productos, campañas de imagen y estrategias comerciales. Su creatividad sorprendía incluso a los responsables con más experiencia.

Ryan, como director comercial, seguía supervisando grandes decisiones de la compañía. Varias veces al día pasaba por el despacho para revisar informes o comentar con ellas asuntos importantes, sobre todo con María

Ethan hacía lo mismo desde el área creativa. Sus reuniones con Lola se hicieron cada vez más frecuentes, ya que muchas de las nuevas campañas requerían trabajar codo con codo.

Las conversaciones con ellos eran profesionales, aunque las bromas entre los cuatro, comenzaban a surgir con naturalidad.

La empresa ya no los veía como dos directivos y dos herederas..

Empezaban a funcionar como un verdadero equipo.

…

Tres semanas después, el despacho de María y Lola parecía suyo.

Sobre las mesas había fotografías de su familia, varias plantas que Lola había insistido en comprar y dos tazas de café que nunca permanecían llenas demasiado tiempo.

Aquella tarde de viernes revisaban los últimos documentos de la semana.

-Si firmamos esto, ya podemos irnos- dijo María, cerrando una carpeta.

-Cinco minutos más y prometo no volver a mirar un informe hasta el lunes.

En ese momento llamaron suavemente a la puerta.

-¿Se puede?

Entró sin la chaqueta del traje y con las mangas de la camisa remangadas. Era Ethan. Como si éste hubiera decidido dar por terminada la jornada también.

-Buenas noticias. Ryan acaba de decretar el fin oficial del trabajo por hoy.

Lola arqueo una ceja.

-¿El director general puede hacer eso?

-Es una de las pocas ventajas de ser el jefe.

Las dos rieron.

Un instante después apareció Ryan con una carpeta en la mano.

-Veo que Ethan se me ha adelantado.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

-No contiene trabajo, podéis estar tranquilas. Solo quería comprobar que habíais terminado.

María sonrió.

-Hace exactamente treinta segundos.

-Perfecto, entonces, no acepto excusas.

Las hermanas se miraron sin entender.

-Lleváis casi un mes en Nueva York- continuó Ryan- y apenas conocéis algo mas que el apartamento y la empresa.

-Eso es culpa vuestra- respondió Lola con una sonrisa divertida- Nos habéis tenido muy ocupadas.

-Por eso precisamente queremos compensaros.

Ethan cruzó los brazos.

-Esta noche no seréis las propietarias de la empresa.

-Ni nosotros los directivos- añadió Ryan.

-Solo cuatro personas que van a disfrutar de la ciudad.

María dudó unos segundos.

-¿Y si nos reconocen empleados de la empresa?

Ryan se encogió de hombros.

Pues si eso pasa, pensarán que su jefes también tienen derecho a descansar y pasarlo bien.

Las dos terminaron de recoger sus cosas.

-Danos una hora para cambiarnos en casa.

-Os recogemos allí a las siete y media- dijo Ethan.

Los hermanos no vivían lejos y tenían cada uno un apartamento exclusivo en esa zona. Con sus sueldos podían permitírselo, aunque con dos años ya de hipoteca por pagar, y vivían en el mismo edificio, dos apartamentos uno al lado del otro en la planta quince del edifico de enfrente a la empresa.

Cuando la puerta se cerró, Lola dejó el bolso sobre el sofá.

-¿Te has dado cuenta?

-¿De qué?

-Es la primera vez que nos invitan a salir sin reuniones de por medio. Eso quiere decir que no salen con nadie. Y Ethan me gusta tanto…

María sonrió con esa mezcla de ilusión y nervios que empezaba a resultarle familiar, porque sabía que esos dos se gustaban. Y que a ella le gustaba Ryan. Pero Ryan, era más difícil de descifrar.

-Creo que esta noche va a ser diferente.

A las siete y media en punto sonó el timbre del apartamento.

Ryan y Ethan esperaban al otro lado de la puerta con un aspecto mucho más informal del habitual. Vaqueros oscuros, camisas sencillas y una sonrisa que parecía haber dejado el trabajo atrás.

Cuando Lola abrió la puerta, Ethan no puso evitar quedarse un segundo en silencio.

Ella llevaba un vestido azul marino sencillo, el pelo suelto y apenas un maquillaje ligero,

-Estás… muy guapa.

Lola notó como se le escapaba una sonrisa.

-Gracias.

Ryan levanto la vista justo cuando María salía del pasillo.

Vestía un conjunto blanco de pantalón y blusa que realzaba su elegancia natural.

Durante un instante olvidó incluso lo que iba a decir.

-Vaya…

María bajó la mirada, algo sonrojada.

-¿Eso significa que puedo salir así?

Ryan sonrió.

-Significa que si no nos vamos ya, Ethan y yo llegaremos tarde a la reserva.

Las risas rompieron cualquier atisbo de incomodidad.

La noche acababa de empezar. Y, por primera vez desde que sus caminos se habían cruzado, ninguno de ellos cuatro pensaba en balances, contratos, o reuniones.

Solo en disfrutar de la compañía.

…

Durante las dos semanas siguientes, las tardes de los viernes dejaron de pertenecer a la empresa.

Casi sin darse cuenta, los cuatro habían creado una pequeña tradición.

Un viernes descubrieron un acogedor restaurante italiano dónde terminaron horas riendo las ocurrencias de Ethan.

Otras recorrieron las calles iluminadas de Tim Square, mezclándose con los turistas.

Central Park al atardecer, museos, un musical en Broadway y un partido de beisbol desde las gradas del Madison Square Garden.

Las conversaciones dejaron de girar en torno al trabajo y se tornaron más familiares, hablaban de la infancia, de sus sueños, de los viajes que les quedaban por hacer y de los miedos que nunca habían confesado a nadie.

Ryan descubrió que María era mucho más divertida e irónica de lo que aparentaba cuando se olvidaba de las responsabilidades. Ella por su parte encontró en él a un hombre tranquilo, protector, que sabía escuchar y con un sentido del humor tan discreto como inteligente.

Mientras tanto, Ethan y Lola parecían incapaces de pasar una tarde sin lanzarse pullas. Discutían por cualquier tontería y competían en todo y acababan riendo antes de que ninguno quisiera reconocer que el otro tenía razón.

Los empleados comenzaron a comentar siempre con discreción, que era habitual ver salir a los cuatro juntos los viernes por la tarde.

Nadie les daba importancia. Formaban un buen equipo, dentro y fuera de la empresa, una amistad que parecía consolidarse con rapidez.

Fue precisamente Ryan quien una tarde, rompió aquella costumbre.

-Se me ocurre una idea- comento mientras acababan de cenar.

Los tres miraron con curiosidad.

Llevamos semanas saliendo todos juntos. ¿Y si cambiamos un poco?

-¿Qué estás pensando?- preguntó Ethan.

Ryan sonrió con naturalidad.

-María comento hace unos días que le gustaría visitar la biblioteca pública y después subir al mirador de Rockefeller Center al anochecer. A mí también me apetece.

María lo miró sorprendida.

No imaginaba que hubiera recordado aquél comentario hecho casi sin pensar.

Ethan entonces, se volvió hacía Lola.

-Y tú dijiste que querías recorrer Soho sin prisas y terminar comprando algo que no necesitas.

Lola soltó una carcajada.

-Eso sí que suena un plan perfecto.

Los cuatro intercambiaron una mirada cómplice.

Sin proponérselo acababan de dividirse por parejas.

O proponiéndoselo.

Y a ninguno le pareció mala idea. Todo los contrario.

…

Y ese viernes María salió con Ryan y Lola con Ethan.

María iba un poco tímida, como si le faltara alguien en quien apoyarse o esconderse. Ryan era un chico alto, fuerte, inteligente y con esa mirada directa que te atravesaba y a ella le gustaba.