CAPÍTULO II
En el centro, el salón conectaba todo. Y la cocina abierta al salón con un isla enorme parecía compartida, como si recordara que , aunque todo estaba dividido, seguían siendo dos personas en el mismo punto de partida.
-Esto no está hecho para que vivíamos juntas…- dijo Lola probando el espacio con la voz.
-Está hecho para que no nos pisemos.
Se miraron un segundo.
No era una queja. Era una observación.
Un diseño demasiado inteligente como para ser inocente.
Cada una ocupó su ala. La que le gustaba. Dejaron las maletas, se dieron una ducha estrenando baños.
Tomaron algo de cena preparado en la cocina. Con una nota previa.
Y se fueron a dormir, cansadas.
-No te pierdas- dijo Lola bromeando. Me voy a mi casita- y se rieron.
Por la mañana se levantaron y se encontraron a Clara, que se presentó y que oyeron trastear en la cocina preparando un desayuno.
-Encantada Clara.
Les desharé las maletas y plancho la ropa si tiene alguna sucia- hay un cubo en sus baños. De momento me paga el abogado. Pero si quieren cambiar a otra persona.
-Para nada Clara. Si eras de nuestro tío, te quedas con nosotros, te subiremos el suelo, somos dos. Y nos explicarás cómo llevas tema tinte y compra. Y las horas que haces.
Y Clara se lo explicó, que ella tenía una llave del apartamento, que necesitaba sus teléfonos, que les daba el suyo, e intercambiaron todo.
Que hacía la cena porque a medio día se comía en la empresa o fuera, aunque estuviera al lado.
Que el tío le dejaba semanalmente una cierta cantidad de dinero y ella le dejaba el resto en el cajón de la mesita y las facturas.
Y que hacía cuatro horas, pero que necesitaría al menos seis.
-Pues seis Clara.
-Vengo a las ocho y me voy a las dos.
-Perfecto. Tú te repartes la casa como quieras. Mañana hablamos de dinero, cuando hablemos con el abogado. Vamos a desayunar y nos vestimos.
Cuando estaban acabando de vestirse, con uno de los trajes de oficina que tenían, sabiendo que debían ir de compras…
Clara llamó a la puerta.
-Cuando estén listas, el coche las espera.
-Pero si está al lado…
-No, está relativamente cerca, pero no al lado.
-Bueno.- dijo Lola.
El coche las llevó hacia el edificio de la empresa. Y esta vez ya no era una herencia.
Al bajar a la planta baja, un señor trajeado las saludó;
Buenos días. Soy Richard Coleman, abogado de la empresa. Y ellas le dieron ala mano. ¿Preparadas?
Las dos hermanas intercambiaron una mirada. Ninguna respondió enseguida. Aún les costaba creer que aquella visita no era un sueño.
-Supongo que sí- contestó Lola con una sonrisa nerviosa.
El coche negro las esperaba en la puerta. Mientras recorrían las Avenidas de Manhattan, Richard, les iba señalando algunos edificios.
-Su tío abuelo siempre decía que Nueva York no espera a nadie. Por eso aprendió a caminar al ritmo de esta ciudad.
Pocos minutos después, el coche se detuvo frente a un edificio de cristal de más de treinta plantas.
En la entrada, sobre una pared de mármol blanco, destacaban unas letras de acero pulido.
Santa Cruz Global Holdings.
Las dos se quedaron inmóviles.
-¿Eso… es nuestro?- susurró María.
-Desde hace una semana, sí.
Entraron al vestíbulo. El suelo brillaba como un espejo. Una enorme recepción presidía la entrada y varias personas levantaron la vista al verlas llegar..
Richard se acercó a la recepcionista.
-Buenas tardes. Las señoritas Santa Cruz.
La mujer sonrió inmediatamente.
-Bienvenidas. Llevábamos días esperándolas.
Aquellas palabras hicieron que las dos sintieran un escalofrío.
No eran unas visitantes.
Eran las nuevas propietarias.
Subieron en un ascensor privado hasta la planta veintiocho.
Cuando las puertas se abrieron apareció un amplio recibidor con paredes de madera clara, grandes ventanales y fotografías antiguas.
En una de ellas reconocieron enseguida al abuelo de joven, abrazado a otro hombre idéntico a él.
-Mi tío-…murmuró Lola.
Richard asintió.
-Su tío abuelo y el fundador de esta empresa con él, su pareja. Esa fotografía siempre presidió esta planta.
Cruzaron un pasillo mientras empleados salían discretamente de sus despachos para saludarlas con una mezcla de curiosidad.
Al llegar al final, Richard, abrió una gran puerta de madera.
-Permítanme enseñarles el despacho que perteneció al señor Andrés Santa Cruz durante más de cuarenta años.
El silencio llenó la estancia.
Era un despacho elegante, luminoso, sobrio. Frente al enorme ventanal se extendía todo el perfil de Manhattan.
Sobre la mesa permanecía una estilográfica, una agenda cerrada y una fotografía enmarcada.
En ella aparecían el abuelo, Andrés y dos pequeños niños en un pueblo andaluz muchos años atrás.
María se acercó despacio.
-Nunca dejo de mirar a casa.
Richard sonrió.
-Jamás. Decía que éxito solo tenía sentido si uno recordaba de dónde venía.
Lola acaricio con la yema de los dedos el respaldo del sillón.
-Da un poco de miedo sentarse aquí.
-No tiene que hacerlo hoy- respondió el abogado- hoy solo quiero que conozcan la empresa. Mañana empezarán las presentaciones con el equipo directivo. Hoy simplemente es el primer contacto.
Las hermanas se acercaron al ventanal.
A miles de kilómetros de Camas, Sevilla, contemplaban una ciudad inmensa que, sin haberlo buscado nunca, acababa de convertirse también en parte de su vida.
La mañana siguiente, Lola y María llegaron a la empresa poco antes de las nueve.
Esta vez, entraron con menos nervios, aunque seguían sintiendo el peso de todas las miradas.
Richard Coleman las esperaba en el vestíbulo.
-Buenos días. Hoy conocerán a las personas que llevan años dirigiendo el día a día de la empresa.
Subieron a la planta veintinueve.
Al abrirse las puertas del ascensor, una secretaría les sonrió.
-Buenos días, señoritas Santa Cruz. Todos las están esperando.
Richard, abrió las puertas de la gran sala de juntas.
Una mesa ovalada ocupaba el centro. Alrededor de ella había doce personas, hombres y mujeres de distintas edades. Algunos se levantaron de inmediato para saludarlas; otros permanecieron sentados observándolas con discreción.
-Buenos días a todos- dijo Richard. Es un placer presentarles a las nuevas propietarias de Santa Cruz Global Holdings: Lola y María Santa Cruz.
Se hizo un breve silencio.
El primero en acercarse fue un señor de unos sesenta años, de cabello completamente blanco.
-Soy Thomas Bennett. Director financiero. Trabajé con don Andrés durante treinta y cinco años. Bienvenidas. Su tío abuelo hablaba mucho de su familia.
Las dos le estrecharon la mano con una sonrisa. Después fueron presentándose uno a uno los responsables de operaciones, tecnología, recursos humanos, inversiones, asuntos jurídicos y expansión internacional.
El ambiente era correcto, educado y profesional.
Sin embargo, no todos, ocultaban sus dudas.
Un hombre de cincuenta años, impecablemente vestido, tomó la palabra.
-Soy Michael Harrisón, director de operaciones.
Miró unos segundos a las hermanas antes de continuar.
-Espero que no les moleste mi sinceridad. Esta empresa factura miles de millones de dólares al año. Muchos llevamos aquí media vida. Nos gustaría saber exactamente cuál será es su papel.
Richard, hizo ademán de responder, pero Lola levantó suavemente la mano.
-No, déjeme contestar.
Se hizo un silencio absoluto.
-Entiendo perfectamente su pregunta, señor Harrison. Si yo estuviera en su lugar, probablemente pensaría lo mismo.
Varias personas asintieron sin darse cuenta.
-No hemos venido creyendo que lo sabemos todo. Sería una imprudencia por nuestra parte. Ustedes conocen esta empresa mucho mejor que nosotras.
María continuó…
-Nuestro primer trabajo, será escuchar, aprender y comprender cómo funciona cada departamento. No vamos a tomar decisiones precipitadas ni a cambiar nada por orgullo.
Las miradas empezaron a relajarse.
-Solo les pedimos la oportunidad de demostrar que respetamos el legado de nuestro tío abuelo tanto como ustedes.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente fue Thomas Bennet quien rompió el silencio.
-Creo que el señor Andrés habría sonreído al escuchar esas palabras.
Poco a poco aparecieron las sonrisas alrededor de la mesa.
La reunión continuó durante más de dos horas.
Cuando terminó, Richard, acompañó a las hermanas hasta el antiguo despacho del fundador.
-Han empezado mucho mejor de lo que imaginaba.
María respiró profundamente.
-Pues yo siento que aún no sabemos ni dónde estamos.
Richard sonrió.
-Por eso creo que pueden llegar muy lejos. Los que creen saberlo todo suelen cometer los peores errores.
Las dos hermanas se acercaron de nuevo al gran ventanal.
Abajo, Manhattan seguía moviéndose con la misma velocidad de siempre, pero ahora, ya no eran unas visitantes.
Aquella empresa, poco a poco, iba a convertirse en su hogar.