EN EL SUEÑO DE LAS NUBES BLANCAS CAPÍTULO I
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EN EL SUEÑO DE LAS NUBES BLANCAS

EN EL SUEÑO DE LAS NUBES BLANCAS

Por Erina Alcala

© inepub.com

CAPÍTULO I

El sol apenas comenzó a asomar por el Aljarafe sevillano cuando el aroma del azahar se mezcló con el de la trama, la flor de los olivos que rodeaban la finca de los Santa Cruz.

María fue la primera en levantarse, como casi todos los días. Abrió la ventana de su habitación y respiró profundamente. A lo lejos se distinguía la silueta de Sevilla, aún envuelta en la tenue luz del amanecer. Aquella era la vida que conocía desde niña. Tranquila. Sencilla. Real.

Se vistió con unos vaqueros, una camiseta blanca y unas botas cómodas. Antes de bajar a la planta baja, llamó suavemente a la habitación contigua.

-¿Lola? Ya es hora.

Desde el otro lado solo obtuvo un murmullo ininteligible.

Sonrió.

-Cinco minutos ¿eh? Como siempre.

-Cinco de verdad…- respondió su hermana entre risas.

María bajó a la cocina, donde el aroma del café recién hecho, llenaba la casa.

-Buenos días Hija- saludó Carmen mientras colocaba pan tostado sobre la mesa.

-Buenos días, mamá.

Antonio apareció poco después con la misma serenidad que lo acompañaba desde hacía años.

-Hoy tenemos trabajo. Han terminado de recoger unas parcelas y quiero que pasemos por la almazara antes de comer.

-Allí estaremos- respondió María.

Unos minutos más tarde, apareció Lola, todavía acomodándose el pelo.

-Buenos días…¿No podíais haber esperado otros diez minutos?

-Llevamos esperándote toda la vida- bromeo su padre.

Las risas llenaron la cocina.

Aquellos pequeños momentos, eran el verdadero tesoro de la familia.

Después del desayuno, las dos hermanas salieron a la empresa familiar.

Mientras el coche avanzaba entre olivares interminables de aceituna de mesa, ninguna podía imaginar que a más de cinco mil kilómetros de distancia. Un despacho de abogados de Nueva York, acababa de iniciar los trámites para localizarlas.

En apenas unos días, recibirían una noticia que cambiaría el rumbo de su vida para siempre.

…

El aire de la mañana traía el perfume de los olivos y de la tierra recién trabajada. La almazara de los Santa Cruz ya estaba en marcha cuando María y Lola cruzaron la puerta principal.

Los empleados las saludaban con la cercanía de quien las había visto crecer.

-Buenos días, María.

-Buenos días, Lola

-¿Cómo va la mañana?

Ellas respondían una a una con una sonrisa. Allí no eran las hijas del dueño. Eran dos mujeres que habían aprendido desde pequeñas el oficio y que conocían a cada trabajador por su nombre.

María se dirigió directamente a la oficina. Revisó pedidos, comprobó exportaciones y organizó entregas previstas para aquella semana. Era metódica y ordenada; siempre encontraba una solución antes de que surgiera un problema.

Lola, en cambio, recorrió instalaciones. Habló con los operarios, saludó a los transportistas y se detuvo junto a un grupo de visitantes que realizaban una visita guiada por la almazara.

Le encantaba explicar cómo hacían cada variedad de aceitunas de mesa, desde que recogían hasta el envasado, en garrafas de plástico, en latas, en botes de cristal, todo de diversos tañamos.

Lo hacía con tanta pasión que muchos terminaban comprando más de lo que habían pensado.

A media mañana, las dos hermanas coincidieron en el patio.

-¿Café?- preguntó Lola.

-Siempre.

Se sentaron bajo la sombra de un viejo olivo.

-¿Nunca has pensado irte una temporada fuera?- peguntó Lola mientras removía el café.

María sonrió.

-¿Y dejar todo esto?

-No para siempre. Solo para conocer mundo.

-Viajar sí. Vivir lejos…no lo sé..

Lola miro al cielo.

-A veces pienso que la vida nos tiene preparado algo grande.

-Tú Lola, siempre pensando en aventuras.

-Y tú, siempre con los pies en al tierra. Por eso hacemos un buen equipo.

Las dos rieron.

Desde la oficina, Antonio las observaba con orgullo. Carmen acababa de llegar con unos dulces caseros para compartir con los trabajadores.

Era una familia unida, sin imaginar que el destino estaba escribiendo otra historia.

A miles de kilómetros de allí, en un elegante despacho de Manhattan, una secretaria terminó de revisar un expediente.

En la portada podía leerse:

María Santa Cruz.

Lola Santa Cruz.

El abogado cerró al carpeta y dijo con voz tranquila:

Es el momento. Localícenlas. Quiero hablar con ellas cuanto antes.

Sin saberlo, el pasado acababa de llamar a la puerta del futuro.

CAPÍTULO II

El teléfono, sonó a media mañana del día siguiente.

María estaba revisando unos albaranes en la oficina de la almazara cuando escuchó un tono insistente. Lola entró detrás de ella, aún con el pelo recogido a medias.

-¿Quién llama a estas horas?- murmuró Lola.

María miro la pantalla.

Número desconocido internacional.

Dudó un segundo antes de contestar.

-¿Sí?

Del otro lado, se escucho una voz clara, pausada, con acento extranjero.

-¿Hablo con la Señorita María o Lola Santa Cruz?

-Con María, soy yo.

-Mi nombre es Jonathan Miller. Abogado del despacho Miller libros, arte, una mesa de madera que parecía contar historias.

-Esto… es nuestro- susurró Lola casi sin creérselo.

En la mesa del salón había una carpeta negra.

Dentro: documentos, contratos y una carta.

La letra, era firme, conocida, como si el hermano del abuelo hubiera escrito cada palabra con la intención de ser recordado.

“Si estáis aquí, es porque habéis decidido aceptar lo que dejé. La empresa no es solo un negocio. Es una historia que no quise que muriera conmigo”

María pasó las páginas con cuidado. Nombres de la empresa, sedes, empleados, cifras, cuentas…todo demasiado grande para dos personas que venían de una vida completamente distinta.

-No es solo un apartamento- dijo María- es una vida entera.

Lola miro por la ventana otra vez.

-Y alguien quiere que la continuemos.

Un silencio largo.

Abajo, la ciudad seguía moviéndose como si nada. Arriba, ellas acababa de cruzar un punto sin retorno.

El silencio del apartamento no era cómodo, pero sí extraño. Demasiado grande para dos voces que todavía no se atrevían a ocuparlo del todo.

María, dejó la carpeta sobre la mesa. Las maletas aún estaban en el salón y el numero de la alarma en la mesita de entrad. La puso. Iban a descansar.

El apartamento no era solo grande. Estaba organizado de una forma demasiado precisa para ser casual.

El salón central, funcionaba como un eje. De allí nacían dos pasillos, perfectamente equilibrados, como si el apartamento hubiera sido diseñado para dos vidas paralelas.

Es como si estuviera dividido en dos alas tras la cocina comedor y salón…- murmuró Lola siguiendo con la mirada el pasillo de la derecha.

María avanzó al de la izquierda.

No son alas- dijo en voz baja- son caminos.

El pasillo izquierdo, llevaba a habitaciones más sobrias, tonos claros, menos ruido visual, la habitación principal enorme y doble con dos baños y vestidores. Tres dormitorios mas con duchas. Una sala y un gran despacho. Y un aseo entre la sala y el despacho.

El pasillo derecho era idéntico, pero distinto. Más luz. Más vida, más detalles cálidos, cuadros, textiles suaves. La habitación de Lola parecía más abierta, como si invitara a quedarse menos en el trabajo y más en la vida.