En el infierno también se fuma 24
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Llamo a Raquel para adelantar nuestra cita, llegaré un par de horas antes. En la oficina no había quien trabajara. Un compañero está ahora mismo en Londres y no sabemos nada de él. He salido del trabajo a las tres disparado. Las ventajas del horario de verano. He ido a casa a comer y no podía estar más tiempo parado. Me he cambiado de ropa, me he puesto una camiseta y unos pantalones cortos. He intentado dormir la siesta. Ha sido imposible. Tampoco podía ver la televisión. Así que la he llamado y le he dicho que iba para su casa.

Me he bajado al coche un disco de Jane’s Addiction que hacía un montón de años que no escuchaba. Lo llevo puesto a todo volumen y llevo las ventanillas bajadas para que entre aire. Intento competir con unos chavales que llevan puesto el «reguetón» a todo volumen. Perry Farrell canta más alto. Acelero en cuanto el semáforo se pone en verde.

Llego al barrio de Raquel. Busco un sitio donde aparcar. Hoy hay suerte. Entre el mes que estamos y la hora hay un montón de sitios libres. Cierro con llave el coche y me acerco caminando hasta su bloque. Hay un tipo que camina delante de mí que me resulta familiar. Apreto el paso para verle la cara. Es Jaume. Me sorprendo al verle.

—Coño, Jaume, ¿qué haces tú por aquí?

Jaume se gira y se sorprende tanto como yo. Me estrecha la mano. De pronto hay algo que no encaja, como si estuviera fuera de lugar.

—Qué casualidad que coincidamos. Yo he venido a ver a un amigo. Ahora me han trasladado aquí a Madrid, te lo dije, ¿no? He sido un capullo. No te he llamado una sola vez desde que me fui. Pero tú tampoco lo has hecho, truhan. ¿Te va todo bien?

—Sí, bueno. Ninguno hemos llamado. Ya me conoces, soy un perro para esas cosas.

—Mira, ahora mismo tengo un poco de prisa, pero prometo llamarte un día de estos y tomamos una copa por los viejos tiempos. Sigues teniendo el mismo número, ¿no?

—Cuando quieras.

—Dame un abrazo, coño.

Nos abrazamos.

—Me alegro un montón de haberte visto.

—Yo también.

Se aleja de mí para cruzar la calle mientras se despide con la mano. Esa molesta sensación de que algo no encaja sigue punzándome en el estómago. Debería alegrarme de haber visto a un viejo amigo, pero hay algo que va mal. La extraña sensación en mi estómago. En mi cerebro las conexiones neuronales se disparan. Pienso en la razón por la que estoy aquí: el correo electrónico de Raquel. Pienso en mi respuesta: a las ocho en tu casa. Pienso en el encuentro con Vicente: un correo electrónico quedando en su casa. Pienso en lo que me dijo Robson: te encontramos a través de la dirección de tu empresa que venía en tu correo. Como una voz en mi cabeza de esas películas malas en las que de pronto aparece un flashback con un personaje recitando las malditas palabras. Pienso en quién puede tener acceso a mi correo y a mi contraseña además de mí: solo se me ocurre un nombre. Pienso en el día que murió Vicente: solo se me ocurre un nombre. Pienso en Múnich, pienso en mi estancia en Londres, pienso en que he tenido a mi enemigo muy cerca durante mucho tiempo: y solo se me ocurre un nombre.

—Jaume —grito al hombre que se aleja por la otra acera.

—Espera un momento —le digo mientras cruzo la calle a su encuentro.

Apenas hay nadie en la calle. Hace mucho calor para estar a la solana de Madrid a estas horas. Todo el mundo que no está trabajando debe estar en la playa, en la piscina o refugiado en su casa con el ventilador o el aire acondicionado.

—¿Sí? —me dice.

—Eres un cabrón. ¿Cómo has podido hacerme esto?

—¿De qué estás hablando?

—Vete a la mierda. —Aprieto el puño y le golpeo con fuerza en la cara.

Jaume retrocede y se cubre la cara. Le lanzo otro golpe a las costillas que él esquiva interponiendo el brazo. Le empujo y le tiro al suelo.

—¡Cambia, maldito cabrón!

—Te has vuelto loco.

Salto sobre él e intento clavarle mis zapatillas en el estómago. Me caigo sobre él. En el suelo comienzo a golpearle en el estómago, una y otra vez.

—¡Cambia, cambia, cambia, hijoputa! —le grito una y otra vez mientras le golpeo. Apenas se resiste. Con mis manos le aprieto la cara.

—Enséñame tu verdadera cara.

La escena resulta un poco ridícula, por suerte no hay testigos. Él no ofrece resistencia y yo me quedo sin fuerzas. Estoy sudando y jadeando. Me pongo a llorar sobre su pecho. Jaume me aparta con las manos y se pone en pie.

—Has perdido el juicio, puto tarado.

Ni siquiera puedo mirarle a la cara. Él se limpia la sangre de la boca con la manga del traje.

—Nunca has sabido quiénes eran tus amigos. Y mírate ahora. Te encerrarán por demente chiflado.

Le miro como no he mirado a nadie en mi vida. El corazón se me acelera. Intento pensar en algo rápido. Mis uñas se aferran al pavimento. Me levanto lentamente y me lanzo con todas mis fuerzas contra él. Nos estrellamos contra la luna de un coche aparcado. La pelea continúa sobre el capó del coche. En la refriega nuestros cuerpos giran y caemos de bruces contra el asfalto. Por fin Jaume contraataca. Consigue darme dos buenos puñetazos. Cuando le tengo más cerca, me aferro a él. Abro mi boca y con los dientes muerdo su labio. Cierro la mandíbula hasta que noto cómo la sangre y un trozo de su labio me llenan la boca. Él pone sus manos sobre mi pecho y me da un tremendo empujón. Tanto que salgo disparado y me estrello contra la acera. Él está rojo y tiene el labio colgando. Yo río como un loco, después de escupir el trozo de labio arrancado.

—¡Te he jodido, cabrón! ¿Qué harás ahora?

—Jobuta. —Apenas pronuncia las labiales—. Con todo lo que he hesho bor ti. Así me lo bagash.

Dejo de reír. Se ha estirado por completo y ahora parece más alto de lo que es normalmente.

—Eresh un deshagradecido, como todos losh de tu esbecie.

—¿Te pasa algo en la boca? No se te entiende bien.

Sonrío como un lunático. Jaume se acerca y me pisa la entrepierna. Aúllo de dolor.

—Eshtubido.

Se limpia la boca con la mano. Cuando vuelve a estar su boca al descubierto, está intacta. Solo queda un leve rastro de sangre, ninguna herida.

—Tachán. Nada por aquí, nada por allá —dice mientras sonríe—. ¿Crees de veras que puedes hacerme daño? ¿Cuántas veces tengo que salvarte el culo? Dime, ¿cuántas veces en los años que nos conocemos he dado la cara por ti? Me caíste bien. Sentí cierta debilidad por ti. No me preguntes por qué, en ocasiones me ocurre. Me encariño de alguna hormiga como tú… Ahora mismo, ya no tanto. Te dejé ir en Múnich. Claro que te vi. Me sorprendiste, no esperaba que estuvieras allí. Nunca debiste verme, aun así yo te dejé con vida. Y luego aquí en Madrid te salvé la vida. Joder, dime quién ha hecho algo así por ti en toda tu puta vida. Dímelo, en serio. Me he roto el culo por ti. Ya me había encontrado otras veces con esos cabrones de la hermandad. Ellos me obligaron a instalarme en Barcelona. Lo único que quería era hacer una vida normal. Estoy cansado de huir y esconderme, cansado de que me persigan y de tener miedo. Sois vosotros los que deberíais huir de mí. Hubo un tiempo en el que se me respetaba y adoraba. Y ahora, je, je, tengo que trabajar, incluso. Trabajar y aguantar a ingratos como tú. Te quité de en medio a Vicente. ¿Sabes que él hubiera acabado matándote? Te hice ese favor, pero noooooooo, tú no. Tú tenías que seguir jodiendo la marrana y seguir husmeando y hablando con gente sobre mí.

—Vete a la mierda.

Jaume se acerca y me toca con dos dedos en la cabeza. Un dolor terrible y profundo me perfora el cerebro. Me sacude el cuerpo de arriba a abajo. Ni siquiera puedo gritar. Me paraliza el dolor. Jaume retira sus dedos y el dolor cesa. Me derrumbo en la acera.

—Cállate mientras hablo. Escucha por una puta vez en tu vida. Debería meter mis dedos en tu puta cabeza y lobotomizarte. Eso debería hacer. —Se detiene y mira en todas direcciones, incrédulo—. Y, sin embargo, te voy a dejar ir. Te voy a dar una última oportunidad porque me caes bien. ¿Qué se le va a hacer? Soy así.

Se arrodilla a mi lado y coloca su cara sobre la mía.

Aprieta los dientes y estira el cuello. Un montón de pequeños cambios comienzan a recorrerle la cara. Es como ver trabajar a un cirujano plástico invisible en directo. Los huesos se cambian de lugar, la piel se abre y se regenera una nueva. El proceso parece doloroso porque Moloch se agarra al suelo con fuerza. Ya no es Jaume. Es el alemán de la cervecera de Múnich, es el alemán de la matanza del Odeón. Es Moloch. Es un puto dios sumerio muerto.

—Adiós.

Tardo unos minutos en poderme mover. Unos críos pasan a mi lado y se ríen. Mis músculos se desentumecen poco a poco. No hay rastro del anteriormente conocido como Jaume Martorell, alias Moloch, también conocido como «mi gremlin». Me pongo en pie. Solo rezo a Dios porque no le haya hecho nada a Raquel. Cojeo hasta su portal y llamo. No contesta nadie. Comienzo a pulsar los botones de todos los telefonillos del bloque, hasta que alguien me abre.

Subo en el ascensor hasta el octavo piso. He llamado al móvil de Raquel, pero tampoco lo coge nadie. Dios, no permitas que la mate. Sé que no creo en ti, pero te lo pido de todo corazón. Déjala vivir. Salgo del ascensor y me quedo con el dedo pegado al timbre de la casa de Raquel. Comienzo a aporrear la puerta mientras maldigo a gritos. De pronto la puerta se abre y aparece Raquel envuelta en un albornoz. Me pongo de rodillas delante de ella mientras se me saltan las lágrimas.

—Estás viva.

—Estaba en la ducha, por eso no te he oído.

Comienzo a reír a carcajadas mientras ella cierra la puerta.

—¿Qué te pasa?

Sigo riendo como un loco y le pido que espere un momentito. Vuelvo a sacar el teléfono móvil y busco el número de Jaume. Le llamo. La llamada da señal. Jaume contesta.

—¿Qué es lo que quieres?

—¿Te acuerdas de que me dijiste que me dabas una última oportunidad? Bien, pues yo no te la voy a dar. Hoy te vas, y te escaparás, pero te encontraré. Tarde o temprano. Suena a amenaza y lo es. No te dejaré con vida. Te arrepentirás de haberme dejado vivir en aquel bar y de haberme dejado con vida hoy. Dices que lo hiciste por mí. Porque te caía bien, por eso no me mataste aquel día. Tú siempre me has caído bien, incluso te he llegado a considerar un amigo. Pero el día que nos volvamos a ver será el último para ti. No hay mundo suficiente para que te escondas.

Jaume ríe al otro lado de la línea.

—Siempre has sido un fanfarrón, un perro ladrador que nunca ha mordido.

—Piensa lo que quieras. Te encontraré y te mataré. Por los viejos tiempos. Recuérdalo cada vez que intentes hacer algo que no debas. Me dejaste vivir dos veces. Yo no cometeré ese error.

—Hasta luego, amigo mío.

—Adiós, amigo.

Sí, ya sé. ¿Qué puedo decir? Siempre he sido muy fan de Rio Rojo. Me quedo con el teléfono comunicando en la mano.