25
Hace un calor asfixiante. No entiendo cómo puede vivir la gente en un sitio como este. El termómetro marca una temperatura. Son grados Fahrenheit, así que no tengo ni idea de cuánto son ciento siete grados, deben ser muchos. Estoy empapado en sudor. El camarero me pone una cerveza. Me dice que son tres dólares con quince. Le pago. El ventilador del techo gira, pero parece de adorno. En la pantalla del televisor que hay colgado en una de las paredes emiten imágenes de un puente derribado. Una tragedia en el puente de la I-35W en Minneapolis. Al parecer hay varios muertos.
Todavía ando atolondrado por el jet lag y por un momento pensé que se trataba de una película, no de las noticias. Lucía y Nacho están en su habitación durmiendo. El viaje ha sido largo y cansado. Yo no podía dormir a esta hora con tanto sol y tanto calor. Sé que me convendría, pero no podía. Esta tarde tenemos mucho que hacer. Me parece increíble lo poco que nos ha costado conseguir las armas. Esta tarde voy a matar a un dios.
Me parece increíble mirándolo con perspectiva. Parece que fue hace mil años cuando dejé la empresa y no hace ni dos años. Más o menos el tiempo que llevo saliendo con Cristina. Yo dejé la empresa y ella dejó a su novio. Fue un trato justo. Dejar el trabajo fue lo mejor que pude hacer. En el momento que me liberé de la presión de tenerla a mi lado, me dio fuerzas para poder decirle lo que sentía por ella. Por no hablar de la indemnización que conseguí por despido improcedente. Porque sí, conseguí que Miguel me echara. Entre la indemnización y el paro que me quedó he montado mi propio negocio. Se acabó la consultoría.
Entro en la tienda. No he sido el único que ha montado su propio negocio. A Jaume también le han ido bien las cosas.
—Está cerrado —grita Jaume desde el interior del mostrador, al oír las campanillas de la puerta. Lo hace con un perfecto acento del Medio Oeste. Está de espaldas colocando unas cajas subido a una escalera.
—¿Qué tal funciona una tienda de deportes en medio de la nada? —Respondo.
Jaume se gira y se queda pálido antes de que pueda decir nada.
—Hola, Jaume, James o prefieres que te llame Moloch. ¿Cuál de todos tus nombres te sienta mejor?
—Has venido.
—¿Te sorprende? Te dije que te encontraría allá donde fueras. Reconozco que no esperaba algo así —digo señalando con ambas manos la tienda—. No es propio de un dios como tú. ¡Ah! Se me olvidaba que pasabas de eso, que querías ser uno más. Soy el mensajero que trae las malas noticias: no eres uno más. Perdiste tu oportunidad el día que decidiste darte un banquete con aquella gente en Múnich.
—Veo que has mejorado tu oratoria desde que no nos vemos —dice mientras sale del mostrador y se acerca a mí.
—He aprendido muchas cosas desde la última vez que nos vimos.
—Aún te quedan muchas cosas que aprender para llegar a donde estoy yo.
—Puede que no tanto. ¿Sabes? Al principio pensé que sería imposible matarte. Tú eras un dios y yo solo un simple mortal. ¿Cómo podría yo hacer una cosa así? Después, unos buenos amigos me enseñaron que hasta los dioses tienen puntos débiles y a la vez que te busqué a lo largo y ancho del planeta, también busqué una forma de acabar contigo. ¿Y sabes lo mejor de todo?, que la encontré.
Su cara cambia de color de nuevo. Retrocede un par de pasos. La campanilla de la puerta de la entrada vuelve a sonar. No necesito girarme para ver a Lucía y a Nacho entrar y echar el cierre.
—Supongo que ya conoces a estos dos, estuviste en su casa una vez. Hacen una pareja encantadora, ¿a que sí?
—¿De qué va todo esto?
—Va de que esta es la última vez que nos vemos las caras, fijo.
Lucía y Nacho dejan ver las escopetas del calibre doce que llevaban ocultas. Nacho carga la suya, soltando un cartucho al aire.
—Chicos, no sé qué os habrá contado el chiflado este, pero a quien deberíais estar apuntando es a él, no a mí.
—Esta vez tu labia y tu buena presencia no te van a salvar, Jaime, o como demonios te llames.
—Bajad las armas, chicos, estáis cometiendo un error.
—Como vuelvas a llamarme chico otra vez, lo que voy a hacer es metértela por el culo —contesta bastante enfadada Lucía.
—Adiós, Jaume. No puedo decir que fue un placer.
—Un momento, esto es un asesinato a sangre fría. Una ejecución.
—Llámalo como quieras. De cualquier forma, vas a irte al infierno.
—Un momento… —Jaume avanza hacia mí un par de pasos y es lo que necesita Nacho para apuntarle y disparar una sola vez.
Yo retrocedo un paso. Jaume lo hace bastante más. Justo hasta golpearse con un estante repleto de pelotas de baloncesto. Lucía suelta un gritito. Y baja su arma, se va a acercar para ver el estado de Jaume, pero Nacho le detiene con la mano. Jaume permanece inmóvil en el suelo. Tiene una herida bastante grande que le baja del hombro izquierdo hasta el pecho.
—¿Y si te has equivocado? —comienza a decir Lucía.
Yo también lo pienso. Lo he pensado millones de veces. Esta vez tengo razón.
Sin apenas hacer movimiento corporal alguno, Jaume se pone en pie.
—¿Qué coño os creíais? Esos juguetitos vuestros no pueden ni arañarme. Muchos antes lo han intentado, mucho mejor preparados que vosotros.
Jaume comienza a avanzar en dirección a Lucía. Mientras camina, una masa de carne revienta en su pecho como una burbuja. Una lengua de músculo y cartílago se enrolla sobre la herida y comienza a cubrirla. La lengua absorbe la abundante sangre derramada y en apenas unos segundos ya no hay herida visible. Jaume ríe.
—Lo has conseguido, me has hinchado las pelotas de verdad. Y hacía cientos de años que no lo conseguía nadie. Voy a disfrutar con esto.
—Lo dudo mucho.
Jaume me mira extrañado, su gesto ha cambiado. Algo intenta asomar por él, literalmente. Las venas se le dilatan y parecen a punto de reventar. Un pómulo lo hace y una sustancia marrón comienza a supurar por la herida.
—¿Qué me habéis hecho?
—¿Crees que te lo diría? Me tienes en más alta estima de la que merezco.
Un alarido sale de la boca de Jaume. Algo que ninguno de los tres habíamos escuchado jamás. Algo parecido a lo que escuchó Lucía el día que le disparó en su casa. Y que esperemos no tengamos que escuchar nunca más. Los tres retrocedemos del dolor agudo con que nos golpea los oídos. El espectáculo que viene a continuación es aún peor. Las tripas y los intestinos de Jaume se desparraman por el suelo, pero son mucho más grandes de lo que cabría suponer. De la espalda comienzan a salirle tres brazos, de apariencia animal más que humana. Su cara es una pulpa de carne ensangrentada. Como la que vi cuando realizó la metamorfosis delante de mí. A diferencia de la anterior ocasión, esta vez parece que no va a terminar nunca. Aparecen varios rostros en su cabeza, todos ellos indefinidos. Las piernas que intentan sujetar el resto del cuerpo ceden convertidas en un gran músculo que se desgarra a medida que va creciendo.
Ninguno de nosotros puede evitar el gesto de asco. El que peor lo lleva es Nacho.
La sustancia marrón avanza a lo largo y ancho de lo que fue el cuerpo de Jaume como si de una gangrena se tratara. El olor ahora es insoportable. Algo entre húmedo y podrido. Poco a poco «la cosa» va dejando de agitarse y va perdiendo volumen para convertirse en algo semilíquido y de un feo color.
Esto tarda varios minutos. Nacho y Lucía ya se han cansado del espectáculo y se han dado la vuelta mientras se encienden un cigarrillo. Yo he sacado un pañuelo del bolsillo y me tapo la cara con él. El asco y la repugnancia van dejando paso al aburrimiento. Nadie nos dijo que el proceso sería tan tedioso. Cuando hacen estas cosas en las películas, el monstruo apenas tarda unos segundos en derretirse y nosotros llevamos aquí más de una hora. Lo que fue Jaume sigue haciendo burbujitas y esporádicos cambios de estructura espongiforme. A la media hora Lucía comienza a disparar contra lo que quedaba, a ver si así se acelera el proceso. Seguimos igual.
Nacho y Lucía se han sentado en la escalera juntos al fondo del local. Yo me acerco a ellos en silencio. Lucía sale del abrazo de Nacho cuando me ve llegar:
—Si la próxima vez desconfío de ti, te dejo que me des una patada en el culo.
Una sonrisa se dibuja en mi cara.
Fin