En el infierno también se fuma 22
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Salgo del ascensor y me dirijo hacia la recepción. En cuanto pongo un pie en la oficina todos los ojos se clavan en mí. Se hace un silencio sepulcral. Me quedo parado un momento. Todo el mundo me está mirando, algunos lo hacen de reojo, otros han dejado aquello que estaban haciendo para mirarme de arriba a abajo. Supongo que a estas alturas ya se han enterado todos de lo sucedido. Por lo visto he salido en las noticias y todo. El sospechoso de la matanza del Odeón. Así me llamaron. Después han corregido. Esta mañana ya era otro el sospechoso, pero el daño está hecho. Lo he leído en un periódico gratuito mientras venía de camino. Si en el periódico no dan mi nombre es porque cerraron la edición antes de tiempo. Para eso está la televisión y las ediciones digitales de internet. Mientras Maello me interrogaba, medio país me tenía por un psicópata. Cuando llegué a casa ya eran las doce de la noche y en la edición nocturna del telediario salían las imágenes del cine. Seis muertos en total.

Me acerco hasta mi despacho. Todo el mundo sigue pendiente de lo que hago. Cada uno me mira de forma distinta. Me imagino que a la gente que le caía bien, pensará que soy inocente y aquellos que no les caía bien… Supongo que ahora tienen un motivo para ello. Son las diez de la mañana y he dormido en mi cama de un tirón. Se puede decir que estoy descansado. Me acerco hasta mi escritorio y me siento en la silla. Enciendo el ordenador. Ni siquiera recuerdo qué es en lo que estaba trabajando. Es como si de ayer a hoy hubieran pasado años.

Tengo varios correos pendientes por leer. Del jefe, de contabilidad, de Hermida, del cliente para el que trabajé el mes pasado. Me quedo pensando en algo que dijo Robson. He olvidado algo importante y no consigo recordar qué es. Lo mejor que puedo hacer es ponerme manos a la obra.

Alguien da con sus nudillos en la mampara. Es Cristina. Le digo que pase. Me pregunta qué tal estoy y apoya su lindo culito en mi mesa. Justo a mi lado. Me dice que ha debido de ser terrible. Le digo que no lo recuerdo mucho. Miento y le digo que me han dicho que es fruto del shock. Ella me dice que su novio está de viaje y que está sola en casa.

—Había pensado en que podíamos hacer en mi casa esa cena que tenemos pendiente.

—Por mí estupendo.

—¿Mañana te viene bien?

—Contigo me viene bien siempre.

Ella ríe y me llama bobo. Se pone en pie y se va. Tengo la sensación de que nada de lo que me ha pasado en las últimas veinticuatro horas es real. Golpeo la mesa. Solo para comprobar que me hago daño en los nudillos.

El haber estado en la cárcel acusado de asesinato me da una nueva aureola. Nunca lo hubiera pensado. Ahora mismo me parece todo una mierda.

Vuelven a llamar a mi puerta, esta vez es mi jefe, Miguel. Me levanto y le ofrezco mi silla. Él contesta que no es necesario que será solo un momento. Primero me pregunta si no me importa que me haga una pregunta personal. Le digo que adelante.

—¿Estás tomando drogas?

Solo de escucharlo me echo a reír. Rápidamente contesto que no. Entonces él me pide si puedo pasar una revisión médica. Me lo está ordenando, no me lo está pidiendo. Acepto y le digo que las últimas semanas he pasado por una especie de depresión. He estado sometido a muchas presiones y a una situación familiar y personal muy agobiante. Y que ya se ha terminado. Sé las mentiras que tengo que contar para que se sienta más seguro. No tendrá más quejas de mí, le digo.

—Eso espero de veras. Porque si no, tendría que tomar una decisión que no me gustaría tener que tomar. Lleva con nosotros muchos años y sería una pena que esta relación terminase así.

Miguel sale del despacho y yo me quedo solo delante de la pantalla del ordenador pensando en qué voy a hacer.

Dos días después Lucía me llama desde Huesca:

—¿Qué tal ha ido el enfrentamiento con nuestro amigo?

—Francamente mal. Me pateó el culo y tuve que salir corriendo.

—Eso les pasa a los mejores. La próxima vez no estarás solo. Yo estaré contigo para darle una lección a ese monstruo.

—Lo siento, vi la oportunidad de ir a por él y me cegué. Debí haberte llamado y pedirte ayuda, pero quise llevarme toda la gloria y me llevé toda la mierda.

Ella sonríe al otro lado de la línea.

—Aparte de eso, ¿qué tal estás tú?

—Un poco jodido, pero lo llevo como puedo. En el trabajo me están poniendo las cosas difíciles y hay una chica…

—¿Hay una chica? Eso es nuevo. ¿No seré yo?

Sonrío.

—¿Quieres ser tú?

—No.

—Bien, porque no eres tú. Es una compañera de trabajo. No sé qué me vuelve más loco, si ella o el jodido demonio. Mañana he quedado para cenar con ella.

Sigo hablando de mis cosas con Lucía. Me siento cómodo hablando con ella, es como si fuera amiga mía de toda la vida. Noto cómo con ella puedo abrirme realmente como soy. Le cuento toda la historia de Cristina. Ella me recomienda que le diga lo que siento. No tengo nada que perder, dice. Si ella siente lo mismo, pues perfecto, y si no es así, por lo menos me habré quitado el peso de encima. Tengo que darle la razón.

—Tienes un sexto sentido.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es verdad. El sentido común. No te creas que todo el mundo lo tiene. De hecho, yo mismo ando bastante falto de él.

—¿Qué te parece si el fin de semana vienes a vernos a Nacho y a mí? Le van a dar el alta y me lo podré llevar a casa, pero este fin de semana todavía estamos en Huesca. ¿Qué te parece?

—Me parece que lo voy a hacer.

—Te esperamos, entonces, y me cuentas qué tal te ha ido con esa chica.

Cada vez que entro en la bañera me viene a la cabeza la imagen de mí mismo cayendo y rompiéndome la crisma, en distintas posiciones, resbalo y me golpeo la cabeza… La muerte de los famosos, golpe en la cabeza en la bañera, al rato me tranquilizo porque yo no soy famoso y sigo duchándome tranquilamente. Intento ponerme lo más guapo que puedo. Esta noche he quedado con Cristina.