En el infierno también se fuma 21
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Tengo las muñecas doloridas. Un dolor más que se suma al de la mano, al del costado, al de la nariz y al de la entrepierna. Estoy hecho toda una pequeña colección de dolores y heridas. Estoy esperando a que me dejen llamar a Raquel para que me venga a buscar. En un par de horas el juez de guardia espero que me conceda la libertad condicional. Me han fichado, me han tomado fotos. Me han encerrado en una celda con dos marroquíes, un africano subsahariano y un tipo que estaba sentado en el suelo. Parecía un tipo muy normal. Para nada un delincuente, lo que implica que en realidad era el más peligroso de los cinco. El subsahariano me pidió si tenía tabaco. Me costó entenderle. Apenas hablaba el idioma. Había estado llorando hace poco. Todavía tenía los rastros de lágrimas en la cara. Los marroquíes no paraban de hablar entre ellos. Y yo preferí no entablar conversación con el único español de la celda. Si está aquí es por algo serio.

Ahora me tienen esperando encerrado en una sala, sentado en una silla y apoyado los brazos en la mesa. No hay espejo como en las películas, solo una foto del rey y un póster del sindicato de la policía.

Creo que todavía no saben qué hacer conmigo. Difícilmente puedan acusarme de homicidio múltiple, aunque mis huellas estén en el cuchillo. Puede incluso que hayan atrapado al Gremlim, cosa que dudo mucho. Eso sería el final de mi calvario y tengo la sensación de que aún falta un rato para ese momento.

Se abre la puerta y entran dos hombres. Se presentan los dos. Solo me quedo con el nombre del primero: inspector Maello. Es el primero que comienza a hablar. Me pregunta si estoy bien y si necesito algo de beber. Me pregunta el nombre y a qué me dedico. Me hace sentir cómodo. Rápidamente desvía la conversación hacia qué es lo que estaba haciendo en el cine.

—Fui a ver una película. No era gran cosa, por cierto.

—¿Cómo te hiciste el corte en la mano? —me pregunta. Ya no tengo la venda y la herida está desnuda y a la vista de cualquiera. Tiene muy mala pinta.

—Me corté afeitándome.

El otro tipo que ha permanecido callado todo este tiempo se acerca a mí y comienza a preguntar a gritos por qué me he cargado a toda esa gente. No puedo por menos que reírme. Esta película ya la he visto. Es la del poli bueno y el poli malo, por el amor de Dios. Así se lo digo a Maello. Ni siquiera miro al otro tipo. Sé que con él no tengo ninguna oportunidad.

—Quiere saber por qué ha muerto esa gente y quién la ha asesinado. ¿Cómo le cuento mi historia sin que me encierren en un manicomio?

—Empieza por el principio —responde Maello—. Siempre es más fácil.

—Eso es fácil decirlo, hacerlo, no tanto. No sé si está acostumbrado a estas historias. A lo mejor resulta que sí. Aunque lo dudo mucho. Hasta hace tres meses yo creía que las cosas eran tal y como las vemos. Naces, creces, te buscas un trabajo, una mujer, hijos, un buen plan de pensiones y luego te mueres. Fin de la historia. Y resulta que no es así.

—Ah, ¿no?

—Para nada. Resulta que hay algunos que no se mueren, hay otros que se mueren y vuelven a vivir y otros que no sé muy bien si en realidad están vivos o muertos.

«…»

Maello me mira fijamente. El otro tipo da un rebufo.

—Sé que parece una locura y probablemente lo sea. En los últimos meses he visto y oído muchas cosas que me parecían una locura y que hoy me parecen normales. Lo de hoy ha sido con diferencia lo más fuerte.

—¿De verdad tenemos que escuchar cómo desvaría este hijo de puta? —suelta el otro tipo.

—¿Qué tiene que ver todo eso que me cuentas con el asesinato de al menos seis personas?

—Me dijo que empezara por el principio y eso estoy haciendo. Lo que voy a contarle no es fácil de asimilar. ¿Qué pensaría si le dijera que todo lo que le enseñaron de niño que era fantasía, resulta ser cierto? A lo mejor no todo. Pero mucho al menos. ¿Puedo hablar con usted a solas?

—Adelante, adelante —dice indignado el otro tipo mientras se levanta de la silla y sale de la sala.

—Le garantizo que estoy tan cuerdo como usted o él. Ya me gustaría haberme inventado todo. Hace tres meses estaba de viaje de negocios en Múnich. Y el jueves salí a cenar y tomar una copa con compañeros del trabajo. Cuando ellos se fueron me fui a tomar una última cerveza a un pub. Allí vi cómo «algo» asesinaba a cinco personas. Bueno, yo solo vi a cuatro. Lo puede comprobar, está en los periódicos. La policía alemana lo atribuye a una guerra de bandas y razón no les falta en cierto modo. El hecho me traumatizó, lo reconozco. Yo vivía en mi castillo seguro arropado por la rutina y esa noche mi mundo se hizo pedazos. Por alguna razón empecé a investigar el asunto. Y descubrí mucho más de lo que me hubiera gustado.

El tipo que lo hizo es un tipo alto, rubio, ojos claros, alemán para más señas.

Maello se lleva la mano a la barbilla y su cuerpo se arquea hacia el mío. He dado con el dato clave. Tienen otro sospechoso y ese es el correcto. Maello no necesita saber nada de demonios sumerios, ni de hermandades adoradoras de dioses muertos, ni nada parecido.

—Como le he dicho, llevo varios meses investigándole y hoy conseguí dar con él. Aunque sería más correcto decir que él dio conmigo. Me amenazó con matarme si no le dejaba en paz. A mí y a todos los presentes en la sala. Yo intenté salir corriendo para acudir a ustedes, a la policía, y el asesino me alcanzó. Me golpeó en la nariz. —Me señaló la nariz herida—. Perdí el equilibrio y vi cómo sacó un cuchillo y comenzó a dar machetazos a diestro y siniestro. Sentí pánico y escapé por la salida de emergencia. Allí sus amables compañeros me tomaron por el asesino, me golpearon de nuevo, me esposaron y me trajeron aquí. ¿Por qué en vez de perder el tiempo conmigo no le buscan a él?

—¿Puede darme más datos sobre ese supuesto alemán psicópata? Su nombre, dirección, ¿algo que nos sea útil para localizarle?

—Lo siento. He sido tan inútil, que él me encontró a mí.

—¿Estaría dispuesto a firmar una declaración con lo que me ha contado?

—Por supuesto que no. Si le he contado todo esto es porque no hay un abogado, ni un juez presente. Si han grabado esta conversación tampoco servirá como prueba. Tan solo necesitaba desahogarme y tú me has parecido el más adecuado. Lo único que sacarán de mí es que fui a ver una película y de repente un tío comenzó a matar a los que estábamos allí. Por suerte yo logré escapar. Eso y la descripción del asesino. Nada más.

—No sé qué decir, nunca me ha pasado algo así. No sé si levantarme y soltarte una hostia o creerte. El caso es que tenemos testigos que vieron salir del cine a un tipo alto y rubio y que dicen que iba cubierto de sangre. Lo que confirma tu cuartada. Si me entero de que estáis compinchados, lo vas a pasar mal. Por tu bien espero que no. A mí no me toma el pelo ni Dios. ¿Está claro? Ahora puede acompañarme, el juez le tomará declaración y podrá marcharse a casa.

Parece buen tipo, aunque se le ve bastante jodido. Intenta parecer el policía duro y a veces lo consigue. Aunque en el fondo creo, por cómo me mira, que cree en mi historia.

—Gracias, inspector Maello —le digo—. No le decepcionaré.

Raquel está fuera esperándome. Se abraza a mí. Comienza a darme un beso, yo respondo brevemente y después la aparto.

—Estaba muerta de miedo. Pensaba que te habían herido.

—Estoy bien, más encabronado que nunca, pero bien.

—¿Por qué te han detenido?

—¿No lo sabes?, por los asesinatos del cine. He estado cara a cara con el trasgo. Incluso he hablado con él.

A Raquel no le gusta que le llame Gremlim, no le parece serio. Cree que Trasgo es un nombre más apropiado.

—¿Por qué no me llamaste para que te acompañara?

—No podía hacer eso. Era demasiado peligroso. Lo comprendes, ¿no?

—¿Era peligroso y corriste a enfrentarte a él tú solo?

—Era algo que tenía que hacer. En cualquier caso, no ha servido de nada, sigue suelto y ha matado a seis personas más. Nueve, probablemente también haya matado a Robson y compañía. Esto se ha descontrolado y no sé cómo detenerlo.

Ella me abraza fuerte.

—Yo te ayudaré.

—No lo harás. Mira, he sido bastante cabrón contigo y si estoy a tiempo de arreglarlo, voy a intentar hacerlo. Eres alguien muy especial y no quiero que te hagan daño. Tampoco quiero hacértelo yo. No quiero que nos veamos más. A ti no te lo parecerá ahora mismo. Pero créeme, es mejor así.

—Vaya, se te ve muy decidido. ¿Podré al menos llamarte o hablar por messenger de vez en cuando contigo? Al menos concédeme saber el final de todo. O lo que sea que va a pasar… O es un adiós definitivo.

—No me gustan los adioses definitivos. Considéralo un hasta luego.

Tomamos un taxi y la dejo en casa. En el taxi, ninguno dice nada. Cuando llegamos a su casa, ella se baja y me da un beso en la mejilla.

—Hasta la vista entonces —me dice y cierra la puerta del coche.