20
Veo cómo Lucía se sube al tren en la estación de Atocha. Antes de irse me insiste una y otra vez en que la llame para cualquier cosa que necesite. Siente tenerse que ir, pero tiene que ocuparse de Nacho y, dada la situación tal y como estamos, aquí no sirve de gran ayuda.
Me pide que la mantenga informada de todo. Me estampa un besazo en las mejillas y me da un abrazo. Yo le digo que se dé prisa o el tren se irá sin ella.
Por la ventanilla me despide agitando la mano como si fuera una niña pequeña. En apariencia puede parecer una niña, nada más lejos de la realidad.
Ella vuelve a su casa y yo también, por fin. Llevo mi maleta de vuelta a mi casa. Ya no hay necesidad de refugiarme ni en casa de Raquel ni en la de mis padres. Robson y sus secuaces han dejado de ser un problema. Al menos de momento.
Entro en mi casa después de casi dos semanas. Da gusto volver a casa y ver que todo sigue en su sitio. Nadie la ha revuelto buscando nada, no hay cadáveres sobre el parqué, ni demonios, ni nada. Solo una capa de polvo y la suciedad habitual.
Me siento seguro de nuevo en casa. Aunque la amenaza de Robson fue clara, no le doy mucha importancia. A estas alturas Robson y los suyos estarán camino de vuelta a Londres con el rabo entre las piernas.
Me siento en mi sofá, estiro las piernas y me siento en la gloria.
Cristina me da dos besos cuando me ve entrar en la oficina. Está muy maja y cómplice. Me sorprende y me asusta. Por norma desconfío de los halagos. Seguro que detrás de todo esto hay algo malo. Siempre lo hay. Efectivamente, Adela me dice que Miguel quiere hablar conmigo, pero que ahora está ocupado. Ella me avisará.
Al entrar en el despacho de Miguel noto cómo la puerta se ondula justo antes de que yo la abra. Es apenas un ligero movimiento de la madera. Cierro los ojos y me los froto. Me duele un poco la cabeza. La puerta sigue delante mío cuando abro los ojos, sólida y robusta como debe ser. Entro al despacho de Miguel. Está sentado en su escritorio hablando a través de su móvil. Me hace un gesto para que me siente mientras él sigue hablando. Lo hago.
—Te llamo en un momento, ¿de acuerdo? Hasta luego. —Cuelga el teléfono y se queda mirándome en silencio.
Yo le miro directamente a los ojos, aunque algo detrás suyo me distrae.
—Estoy muy decepcionado contigo. A lo mejor es culpa mía por no haber tenido esta conversación antes…
Sé que Miguel sigue hablando, pero mi cerebro es incapaz de escucharle. Comienzo a mirar a mi alrededor. Todo parece temblar y agitarse. Miguel parece no darse cuenta de lo que está pasando. Su escritorio comienza a fluctuar, literalmente hace olas. Miro a través de la ventana. Sé que enfrente debería haber unos edificios. Lo sé porque siempre están ahí. Excepto ahora que hay una pared empapelada con un gusto pésimo en lugar de la ventana. Miguel sigue hablándome y yo sé que está delante mío, en alguna parte. Miro hacia atrás y veo el cuerpo de Doris tirado en el suelo y su cara ya no está en su sitio. La reconozco por el peinado y su vestido ensangrentado. Me agarro a la silla con fuerza. Sigue debajo mío. Me agarro a ella con todas mis fuerzas. El despacho de Miguel está ahí delante mío borroso en segundo plano. En primer plano y mucho más nítido estoy en otra habitación. Alguien más me habla aparte de Miguel. A este puedo escucharle mucho mejor porque es como si hablara directamente a mi cerebro. Me llama por mi nombre y me dice que mire, que todo esto es culpa mía.
La imagen es clara y forzosamente dolorosa. Delante mío está Robson de rodillas. Tiene la cara bañada en sangre. Unas manos con tan solo cuatro garras sujetan su cuello. Detrás de Robson hay unos ojos que me miran directamente.
—Nooooooooo. —Comienzo a chillar al tiempo que me levanto de un brinco de la silla.
La cosa sujeta con ambas manos la cabeza de Robson, este aún sigue con vida y balbucea algo. La cosa comienza a hacer presión sobre el cuello de Robson y este poco a poco se va desprendiendo de la cabeza. Primero son algunas venas y arterias las que revientan y después la piel y los músculos comienzan a desgarrarse hasta que la cabeza queda separada del resto del cuerpo.
Sigo chillando y noto cómo Miguel me agarra de los hombros. He caído al suelo y estoy de rodillas. La cosa vuelve a mirarme y sonríe:
—Esta tarde sesión de las siete, sala siete en el Odeón.
Miguel sigue hablándome, grita mi nombre. La realidad deja de temblar y el escritorio vuelve a estar en su sitio. También las paredes y los edificios de la ventana. Miro a Miguel y me pongo en pie. Trato de recuperar la respiración.
—¿Qué te ha pasado?, ¿estás bien?
—Ya ha pasado. Estoy bien. Ha sido solo una bajada de tensión.
—¿Una bajada de tensión? Has empezado a gritar y hablar como un poseso. Estás tomando drogas, ¿verdad?
—Lo siento, lo siento. No volverá a pasar. Tengo que resolver un asunto. Es cuestión de vida o muerte. —Le estrecho la mano y salgo de su despacho disparado. Salgo de su despacho mirando hacia el frente. Miguel me llama desde dentro. No tengo ninguna intención de detenerme.
En la sala de al lado estrenan el tercer episodio de la Guerra de las Galaxias, así que la sala está prácticamente vacía. Una pareja unos asientos más adelante y tres viejecillos unos asientos más atrás. Sala siete, sesión de las siete. Este cine está en pleno centro de Madrid. La película comienza y no lo hace del todo bien, se supone que tendría que ser divertida y, pese a lo nervioso que estoy, me estoy aburriendo. He decidido venir solo. Podía haber avisado a Raquel, pero creo que es mejor no meterla en esto. A Lucía le hubiera resultado imposible llegar a tiempo. He pasado por casa y me he guardado el cuchillo que tomé prestado de Robson y compañía. Sé que me estoy aferrando a un clavo ardiendo. Creo que es mejor que todo sea fruto de mi invención y que no aparezca mi cita.
No paro de mirar hacia la puerta de la entrada. La oscuridad de la sala impide ver los rostros al que entra, pero la pantalla ilumina la cara de los recién llegados. En realidad, no sé qué apariencia tiene mi cita. Es evidente que además de ser un monstruo bastante feo, es capaz de adoptar otras formas. Lo que no sabía hasta ahora es que también era capaz de comunicarse por medio de telepatía y de cambiar la realidad a su antojo. Desde luego la realidad ya no es lo que era.
El cuchillo me pesa bajo la americana, cada vez más. John Travolta y Uma Thurman bailan en la pantalla, pero sin el encanto que tenían hace diez años. Bostezo. Un par de chicos entran en la sala y vuelven a salir. Están jugando y yo me estoy cansando. La puerta se abre de nuevo. Me giro a ver quién es. Bingo.
Un tipo rubio y alto entra en la sala. Se detiene ante el pasillo.
Con la mirada me busca. Instintivamente le hago un gesto. El tipo se mueve lentamente y se acerca hasta mi butaca. Se sienta justo al lado. Me mira. Bueno, en realidad sus ojos me atraviesan como balas. El tipo sonríe. Deja asomar una dentadura blanca y perfecta.
—Al fin, nos conocemos —dice en un inglés muy correcto.
Por un momento tengo la tentación de salir corriendo. Y casi lo hago cuando él me tiende la mano.
—Ya te conocía —le respondo lo mejor que puedo.
Es cierto. Es el tipo que entró en la cervecería de Múnich, justo antes de que yo me fuera al baño. En cuanto le he visto lo he tenido claro. Era él.
—En Múnich, ¿recuerdas?
El tipo duda.
—¿No me viste entonces?
Siempre pensé que me había visto.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —dice.
—¿Cómo que quiero de ti? Eres tú quien se ha puesto en contacto conmigo. Por cierto, podías haberte ahorrado el espectáculo de esta mañana y haber sido un poco más clásico, con una llamada de teléfono o una carta hubiera bastado. Además, eres tú quien me ha estado buscando todo este tiempo y matado a toda esa gente.
—¿Así lo crees? Yo creo que ha sido al revés y eres tú quien me ha estado buscando y has hecho que muriera toda esa gente para hablar conmigo. Voy a darte una última oportunidad: sal de la sala, sal del cine. No mires atrás. Vuelve a casa y olvida todo lo que ha pasado. Reorganiza tu vida, compra en Ikea si quieres. Olvídalo todo y no vuelvas a pensar en ello. Créeme, es la mejor opción que tienes.
—¿Cuál es la otra opción? Solo por curiosidad.
—Morir aquí y ahora, junto a toda esta gente. Por si tu vida no te importa lo suficiente.
—Vaya, eso no es lo que se dice una amplia gama de posibilidades.
—¿Te parece gracioso? ¿La vida de esta gente te parece un chiste? Te aseguro que no estoy bromeando.
—Para el carro. Todavía no he decidido. ¿Qué hay de ti?, ¿qué pasará contigo si me voy?
—Volveré al sitio de donde vengo y nunca más oirás hablar de mí.
—¿Y qué hay de todas esas personas que has matado? ¿Quién les hará justicia?
—Están muertas, ya nadie les hará justicia nunca más. Olvídalo.
—¿Y qué me dices de las que mates en el futuro? ¿Acaso no seré responsable yo también?
—Tienes remordimientos de conciencia. Haces bien. Muchas de las personas que han muerto lo hicieron gracias a tu obstinada actitud. Si te hubieras quedado callado como todo el mundo y no hubieras seguido husmeando, ahora estarían vivas. Y si sigues haciéndolo, seguirán muriendo otras. Por el contrario, si te vas y lo dejas, no habrá más muertes. Te doy mi palabra, se ha acabado. En este juego no puedes ganar, hazme caso. Te ofrezco la mejor posibilidad.
—Pero…
—Olvídalo. Si no te sientes capaz de hacerlo por ti mismo, puedo ayudarte. Puedo hacer que olvides todo si lo deseas.
—Déjalo, correré el riesgo.
—Efectivamente, el riesgo lo corres tú, no yo. Quiero que entiendas esto perfectamente. A mí no me pasará nada y tú sufrirás como jamás pensaste que podrías.
—Entonces…
Me abre hueco moviendo sus piernas para que yo salga al pasillo. Me pongo en pie y salgo de la fila. Le miro, él me mira a mí. Hay algo en sus ojos. Algo que me empuja a obedecerle. Como si mi fuerza de voluntad fuera de plastilina. Avanzo por el pasillo. Él se queda mirando la película como si nada. Pienso en sus ojos y de pronto comprendo. Vuelvo a salir del baño del bar de Múnich y me vuelvo a encontrar con la mirada de esos ojos. Esta vez la cara es mucho más horrible. Y vuelvo a ver otros ojos. Esta vez no tienen brillo en la mirada. Están muertos. Son los de la pobre chica que está siendo devorada sobre la barra.
Estoy a unos centímetros de la puerta de la salida de emergencia ligeramente señalizada. Me detengo en la oscuridad. ¿Voy a ser un cobarde el resto de mi vida? Me niego a que la respuesta sea un sí. Meto la mano en la americana y vuelvo corriendo a mi asiento. Mis dedos tocan el mango del cuchillo. Hoy habrá fiesta en el infierno. Recorro los últimos metros a zancadas. Mientras saco el cuchillo a relucir, el tipo se levanta de su asiento. Arqueo el brazo buscando un fuerte golpe. Y lo encuentro. Vaya que si lo encuentro. El puño del tipo se estrella en mis narices y me derriba del golpe.
—Mala opción. La peor de todas. —Esto lo dice mientras me clava el tacón de la bota en la entrepierna.
El dolor es insoportable, suelto el cuchillo, me llevo las manos a las partes y cierro los ojos. Los gritos comienzan. Estoy sangrando de la nariz. Intento ponerme en pie para ver lo que sucede. Una chica no para de gritar. Cuando consigo ponerme de rodillas veo cómo algo arranca el cuello del chico de adelante de un solo mordisco. Un chorro de sangre sale de la yugular del chico y va a parar a la ropa del alemán. Por cierto, es la ropa lo único que conserva de la apariencia del alemán porque ahora su cabeza es la de mi viejo amigo el gremlin. Con la mano derecha destroza la cara de la chica, que por fin deja de gritar. Los tres que están detrás mío comienzan a hacerlo ahora. Veo el cuchillo en el suelo e intento alcanzarlo. Una vez más, él es más rápido que yo. Y de un nuevo manotazo salgo despedido contra las butacas. Él corre hacia los viejos con el machete en alto. De un salto avanza por las butacas hasta llegar a la altura de los ancianos, salta entre asiento y asiento como si fuera una gacela, y entonces deja caer el cuchillo un montón de veces. Dejo de mirar cuando la sangre comienza a salpicar al patio de butacas. Corro una vez más, esta vez no miro hacia atrás. Solo pienso en la salida de emergencia. Choco con ella y del golpe se abre. Un gran pasillo mal iluminado se abre ante mí. Corro con todas mis fuerzas intentando reprimir el dolor de la entrepierna.
Salgo a la calle. La luz del sol me hace daño en los ojos. Me cubro. Veo a un policía que se dirige hacia mí. Le digo que corra que… no puedo decir nada más. El policía, que es un chico joven de no más de veinticinco años, ha desenfundado un revólver y me apunta con él. Retrocedo alarmado y tropiezo con mis propios pies. El chaval comienza a gritar que me esté quieto. Yo así me quedo, no ha pasado ni medio segundo y un segundo policía me apunta con otra arma. Me llevo las manos a la cabeza. El otro policía, unos años mayor que el primero, guarda su arma y saca unas esposas. Me dice que me tumbe boca abajo. Estos dos han llegado tarde a la película y no se han enterado ni del NODO.
Es una estupidez intentar convencerles de que al que buscan sigue dentro y probablemente ahora se esté largando por otra puerta. Me tumban a la fuerza, de un manotazo mi boca besa el suelo. Me esposan y me levantan con rudeza. El otro sigue apuntándome con el revólver. Parecen desorientados. Uno me lleva hasta el coche y me mete dentro de un empujón. Una vez dentro veo por la ventanilla cómo llegan dos coches patrulla más. No oigo lo que hablan con mis captores. Tres policías uniformados entran en el cine. Vais a necesitar mucho más que eso para atrapar a vuestro asesino. Oigo el sonido de las ambulancias del SAMUR. Comienza a salir más gente por la puerta de emergencia. Los tres policías hacen lo que pueden por contenerles. Me miro las esposas. Están bien prietas. Me dejo caer sobre el asiento. Tengo que pensar en lo que voy a decirles si no quiero que me encierren en el manicomio. El coche es incómodo. Me imagino que está buscado deliberadamente.
Vuelvo a mirar por la ventanilla. Las ambulancias ya han llegado y la calle se ha llenado de luces y ruidos. Espero que alguien haya sobrevivido. Porque si no me lo van a cargar todo a mí. Me hacen esperar varios minutos y veo desfilar en camilla a varios heridos. Por lo que veo desde aquí, hay pocas esperanzas de que salgan con vida. Me extraña que tarden tanto en llevarme a comisaría. Aunque la verdad es que no tengo ni idea de cómo funcionan estas cosas. Un policía de paisano se acerca con los que me detuvieron hasta el coche. Me mira a través de la ventanilla. Yo procuro parecer serio y preocupado. Hago un gesto de saludo. Les dice algo a los otros policías, los dos se meten en el coche de inmediato y arrancan.