En el infierno también se fuma 19
81%

19

Llevamos media hora dando vueltas con el coche buscando aparcamiento. Madrid es una ciudad maldita para encontrar aparcamiento, le digo a Lucía. Justo antes de perder los nervios con el maldito coche, decido aparcar en la Cuesta de la Vega. Está a unos quince minutos de donde vamos, pero merece la pena. Lucía me dice que espere un momento antes de salir del coche. Abre su bolso y saca un pequeño revólver plateado del interior.

—Es un 38 —me dice sujetándolo con mucho cuidado. Me ofrece el arma—. Puede que sea tomar demasiadas precauciones. Mejor pasarse, en estos casos nunca se sabe lo que vamos a encontrarnos.

Cojo el arma y la sopeso durante unos segundos. Se la vuelvo a dar.

—Gracias, pero yo paso. He llegado hasta aquí sin usar esto y así voy a seguir. Además, ni siquiera sé usarla, ni creo que vayamos a necesitarla.

—Como quieras.

Al salir del coche, me doy cuenta de que me sobra la mitad de la ropa. Son las once de la mañana y hace un sol espléndido. Esta mañana he tenido que llamar al trabajo y decir que me encontraba mal y que no iría a trabajar. Creo que no ha colado. Adela me ha dicho que Miguel no se lo iba a tomar nada bien.

Subimos lo que queda de cuesta hasta la catedral de la Almudena y desde allí vamos hacia la Plaza Mayor siguiendo la Calle Mayor. Raquel y yo cenamos con ella y la pusimos al corriente de todo lo ocurrido. Conseguí que Lucía se riera a gusto cuando conté nuestra pequeña aventura en Carrefour. En ese momento me pareció estar otra vez en la casa del pueblo de Lucía, hablando, bebiendo y riendo como si nos conociéramos de toda la vida. Raquel no me dijo nada después, pero noté cierta tirantez entre ellas. Creo que Raquel estaba celosa.

—¿Qué tal pasaste la noche? —pregunto para dar un poco de conversación.

—Muy bien, gracias. El hotel muy bien. Oye, ¿qué te hace pensar que encontraremos algo que nos sea útil, si ya estuviste una vez y no encontraste nada? —me pregunta cerca de la Plaza Mayor.

—Recuerda, la otra vez tuve que salir de allí corriendo. Pero Vicente parecía que sabía de lo que hablaba y, si no lo he encontrado en los archivos, puede que sigan en la casa. Tengo un presentimiento. —Anoche le conté todo lo que sabía y me había pasado hasta el momento. No tenía miedo de pensar si me creería o no. Le hablé de Vicente y de la hermandad de Anubis, y de lo sucedido a Raquel y a su amiga.

Salimos de la plaza por una de las callejuelas y justo cuando estamos fuera de la plaza, en la bocacalle que da a Bailén, me detengo en seco. Con el brazo hago pararse a Lucía. Me giro y me pongo delante de ella.

—¿Ves a esa mujer que va con una bolsa del Corte Inglés?

Lucía mira por encima mío poniéndose de puntillas.

—¿La vieja?

—Esa. Es Doris. De la hermandad de Anubis.

—Síguela y dime a dónde va. Yo te seguiré desde un poco más lejos.

Doris ya está doblando la esquina de la bocacalle en dirección a la casa de Vicente. Me giro para verla desaparecer por la esquina.

—Supongo que ya no hace falta que la sigas. Ya sabemos dónde va.

Lucía me mira esperando una explicación.

—Debí imaginármelo. Hoy los dioses están con nosotros. ¿Dónde se van a quedar sino tres ingleses que llegan a Madrid? En la casa de su hermano, camarada o lo que fuera.

Avanzamos con paso decidido hacia el portal de Vicente. La miro de reojo. No puedo evitarlo. Hay en ella algo especial que me atrae de forma irracional. Sé que no tengo ninguna posibilidad y no estoy seguro de que quisiera esa oportunidad. No es que deba lealtad a Nacho ni nada por el estilo, sino que creo que ellos dos deben estar juntos. Como si estuviese escrito en alguna parte que así debe ser.

Llegamos a la puerta del portal, le digo a Lucía que prefiero no hacer mucho ruido, también le digo que esos tíos que están arriba son peligrosos. Que no se deje engañar por su aspecto. Ella me contesta que ya es mayorcita para saber esas cosas. Se lleva la mano a la chaqueta vaquera donde guarda la pistola automática. Esperamos en la calle tranquilamente a que alguien entre o salga. Otra vez hay suerte, no nos lleva más de dos minutos entrar al edificio. Cuando entramos, voy a ponerme como guía, pero es Lucía quien se sitúa delante mío. «Tercer piso», le susurro y alzo tres dedos de mi mano sana. Avanzamos con sigilo. Cosa harto difícil ya que la madera de los escalones cruje a cada paso que damos. En el tercer piso nos detenemos ante la puerta de la izquierda.

—Tú dirás —me pregunta Lucía.

Pulso el timbre de la puerta y esperamos. Se oyen voces en inglés. Están discutiendo. Pasa un ratito antes de que se escuchen pasos que se dirigen hacia la puerta. Yo me he escondido detrás del muro. Lejos del ángulo de visión de la mirilla. Lucía está parada de pie en frente de la puerta silbando. ¿He dicho ya que está preciosa?

La puerta se abre por unos segundos y unos centímetros. Es el tiempo y el espacio que necesito para poner mi pie y mi brazo en el hueco que se ha abierto. Doris había empezado a decir algo. De un empujón intento abrir más la puerta.

Doris empieza a chillar y a pedir ayuda mientras con todo su cuerpo hace fuerza para cerrar la puerta. Desde el otro lado Lucía y yo la imitamos, pero en sentido contrario. Mi mano sana se aferra al canto de la puerta para ser arañada por las largas uñas de Doris. Ya me he cansado. Con el hombro descargo todas mis fuerzas en un solo golpe. La puerta cede y Doris retrocede andando hacia atrás. Con la mano abro la puerta por completo. Doris parece aterrorizada. Justo detrás de ella está Robson, que sostiene un cuchillo en su mano. Ambos son conscientes de que es demasiado tarde. Lucía empuña la pistola en alto. Obliga a soltar el cuchillo a Vicente y que de una patada lo tire hasta la entrada. Robson obedece. Es el cuchillo de mango extraño que estaba en la habitación donde encontré muerto a Vicente. Lucía entra la primera y ellos siguen retrocediendo a su paso. Recojo el cuchillo, me lo guardo en el cinto y avanzo por la entrada hasta el salón. Paul está sentado en el sofá. Lucía apunta con la pistola a los tres ingleses. Doris y Robson están juntos de pie a la entrada del salón, junto a una de las estanterías llenas de libros. Doris corre a refugiarse detrás del sofá y de Paul.

—Dame la pistola —le digo a Lucía.

—Creí que me habías dicho que no querías usar esto.

—Dame la pistola, coño.

Ella refunfuña y me acerca el arma a regañadientes. Su mirada me dice «a ver qué vas a hacer con ella». Lucía saca el revólver de la chaqueta y sigue apuntando a los tipos. Agarro la pistola con fuerza. Le sujeto por la parte alta de la culata. Charles Robson abre los ojos de par en par. Está tan asustado como yo lo estuve en su casa.

—Por favor… —comienza a decir.

De un golpe rápido le clavo la culata en plena cara. Charles emite un quejido de dolor. No me parece lo suficientemente sufrido, así que comienzo a golpearle sin parar en la cara y la cabeza con la pistola. Hasta que Lucía me agarra el brazo y me detiene. Robson se tambalea y choca con la estantería tirando unos cuantos libros. Sigue andando y cae sobre un sillón.

—Perdona, se me ha ido la cabeza, es que no sabes las ganas que tenía a este cabrón.

—Sí, bueno, ya basta, ¿vale?

Charles está acurrucado en el sillón, se tapa la cara con las manos. Tiene la cara ensangrentada. Me he pasado un poco. Reconozco en su cara las huellas de mi enemigo. No dejes salir a la bestia, que siga dormida. Escóndela y que nadie la vea.

Doris, que hasta el momento había permanecido callada, explota de repente al ver a su marido sangrando sobre el sillón y lanza sus uñas contra la cara de Lucía gritando como una posesa. Lucía detiene el ataque con un efectivo culatazo en las narices de Doris. Una vez Doris se ha doblado sobre sí misma y puesto de rodillas, Lucía le sacude la mejor patada de karate que un servidor recuerde. Doris se desploma sobre el suelo inconsciente. Lucía se incorpora y dice en inglés que ahora nos vamos a calmar todos. Es asombroso cómo mantiene la calma. Como si todos los días se enfrentara a situaciones así.

—Queremos respuestas y queremos la verdad. ¿Tuvisteis algo que ver con la muerte de Vicente? —pregunto alzando la voz.

Robson mira confuso a sus compañeros. Doris sigue tumbada en el suelo. Paul le mira y le pregunta qué es lo que está pasando mientras se apoya en una de las muletas. Me acerco a él y se la quito de las manos. Golpeo con el tacón del zapato la pierna escayolada.

Paul aúlla. He descascarillado el yeso.

—¿Por qué cojones intentáis matarme? Hablad de una puta vez, estúpidos, o juro que no volveréis a ver la lluvia de Londres nunca más.

Paul es el primero que empieza a hablar, lo hace entre sollozos. Cuesta entenderle. Dice que él es solo un iniciado en la logia que apenas sabe nada de lo que está pasando. Robson le mira con cara de asco y le dice que cierre el pico. «Cierra tú el pico», le contesto a Robson apuntándole con la pistola. Paul sigue hablando: Charles y Doris le contaron que yo había asesinado a uno de los miembros de la hermandad aquí en España y que debían deshacerse de mí. Antes tenían que saber para quién trabajaba.

—Yo no maté a Vicente, idiotas. Uno de vuestros dioses lo hizo porque Vicente quiso prevenirme contra él.

Robson comienza a reírse.

—Vicente tenía orden de matarte. Yo mismo le di esa orden. Estabas armando mucho jaleo. Te acercabas demasiado a la verdad y decidimos quitarte de en medio.

—Yo creía que queríais extender vuestro culto.

—Cuando llegue el momento del Mesías. Y todavía no ha llegado ese momento. Vicente te trajo hasta aquí para matarte, pero está claro que tú te adelantaste. Solo tenía tu correo electrónico, así que te tendí una trampa. Si hubiéramos sabido dónde vivías, ya estarías muerto. Y ahora ya puedes matarnos a los tres porque si no nosotros no te dejaremos que te salgas con la tuya.

Noto cómo Lucía clava su mirada en mí.

—Cuando llegué aquí, Vicente ya estaba muerto. Créelo o no, me da igual. Aun así, hay algo que no me queda claro. ¿Cómo me encontrasteis entonces?

—Por tu empresa. La próxima vez no mandes correos con la dirección de tu empresa.

—Entonces Vicente no sabía nada.

Robson vuelve a reír:

—Claro que no, idiota.

Esta vez es Lucía la que le sacude un puñetazo en el estómago.

—Estamos como al principio. Joder, qué mierda. Pensé que estos tíos sabrían algo —comienzo a quejarme nada más salir de la casa del difunto Vicente.

—Puede que lo sepan y no hablen.

—¿Crees que después de la paliza que les hemos dado no hablarían?

—Estoy segura. Estos tíos tienen la voluntad de matar y de morir si hace falta por la causa. Aunque les hubiéramos torturado hasta la muerte no habrían dicho ni mu.

—¿Alguna vez has matado a un hombre? —pregunto nervioso.

—Solo he matado a un hombre en mi vida y créeme, se lo merecía. Oye, una cosa. Antes de continuar con esto quiero que quede bien claro. No pienso embarcarme en una cruzada contra el mal, ni nada parecido. Si tú y tu amiga creéis que es así, no lo es. Vamos a cazar a ese monstruo tuyo y punto. Después me volveré a casa con Nacho.

—Exacto, la vieja y buena venganza.

—No es eso. Se trata de proteger a aquellos que quiero, no de venganza.

—Era broma. Ya lo sé. Es que siempre he deseado decir esa frase.

Lucía sonríe.

—Haríamos buena pareja.

—Ya estoy cogida.