En el infierno también se fuma 18
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No esperaba la llamada de Lucía. De hecho, no esperaba verla nunca más. Cuando estuve en su casa, le había dejado mi tarjeta y luego ellos me mandaron las notas de Miguel Ángel. Seguía pensando que era de esas veces cuando te despides de alguien que te encantaría volver a ver, pero sabes que no pasará. Así que cuando anoche sonó el teléfono mientras cenaba con Raquel, me llevé una grata sorpresa cuando me dijo que era Lucía. Cuando me explicó el motivo de la llamada, la sorpresa se tornó en ingrata. Me pilló totalmente desprevenido. Nunca pensé que mi gremlin atacaría a Lucía.

Me llamaba desde el hospital. Me quedé pálido cuando me lo dijo: Nacho estaba ingresado en cuidados intensivos. Llevaba así una semana. Me levanté de la mesa y empecé a dar vueltas por toda la casa, teléfono en mano. Raquel comenzó a preocuparse por mi reacción.

—¿Qué es lo que pasa? —me dijo mientras me tiraba de la manga.

—¿Cómo ha sido?, ¿cuándo?, ¿tú estás bien? —Las preguntas se me amontonaban. Lucía, por el contrario, parecía calmada.

—Yo estoy bien y Nacho saldrá de esta. Los médicos han dicho que está estable. Probablemente en unas semanas le den el alta. Salió ayer de la UVI y hoy he estado hablando con él.

Si todo sigue normal, podrá volver a casa pronto.

—Eso es estupendo. ¿Tú qué tal te encuentras? ¿Necesitáis algo?

—La verdad es que sí. Te llamaba para pedirte un favor. Pasado mañana salgo para Madrid porque quiero que me ayudes con esto. Tú ya sabes de qué hablo.

—Sí, claro. No necesitas pedirme un favor para eso, estaré encantado de ayudarte.

Le pregunté que cuándo venía y que dónde iba a alojarse, ella me dijo que no quería ser una molestia y que ya había reservado una habitación en un hotel. Me pareció bien. Mi actual situación no se presta a más. Le pregunté a qué hora llegaba y si podía recogerla en la estación. Llegaría el martes por la mañana, me iba a ser imposible ir a buscarla a Atocha. De todas formas, le di la dirección de mi oficina. Prometí invitarla a comer y luego iría a buscarla al hotel. Raquel no perdía detalle de la conversación y sus caras cada vez eran más elocuentes. Me despedí de Lucía diciéndole que se cuidara mucho y dándole un beso virtual telefónico.

Cuando colgué tuve una pequeña discusión con Raquel hasta que le expliqué lo que había sucedido. Mi gremlin había atacado a Nacho y a Lucía y ambos habían salido con vida. Lucía no me había dicho nada más. Espero que me lo cuente todo en persona cuando comamos esta tarde.

Cristina está hablando conmigo y con Adela, estamos discutiendo un correo que nos ha llegado del sindicato. El teléfono de Adela comienza a sonar. Ella nos pide que esperemos un momento y atiende al teléfono.

—Sí, un momento. —Suelta el teléfono—. Es de abajo de seguridad, quieren hablar contigo.

Me quedo mirándola extrañado.

—¿Qué has hecho esta vez? —bromea Cristina.

Cojo el auricular y oigo hablar al guarda jurado de la entrada. Me pregunta si conozco a una tal Lucía Ballesteros. Le contesto que sí, que la deje pasar y cuelgo. Vuelvo al corrillo de Cristina y Adela sin decir nada. Las dos callan y se quedan mirándome.

—¿Y bien? —pregunta Cristina.

—Nada, es una amiga que ha venido a verme —digo poniéndome la chaqueta y caminando en dirección al ascensor.

Las dos me siguen con la mirada. Salgo de la oficina a la entrada. Además de una mesa con una recepcionista, hay una entrada con puertas de cristal que da al descansillo de las escaleras. El edificio se divide en dos alas. Enfrente de nuestra oficina, hay una empresa de marketing y publicidad y justo entre las dos una puerta con los baños en un lado y los dos ascensores en el otro. Justo cuando estoy cruzando las puertas de cristal, Lucía sale del ascensor. Viene cargada con una maleta y viste con una chaqueta y una camiseta ajustada por debajo. Lleva la melena recogida en una coleta y playeras con vaqueros. Está guapísima.

Salgo a su encuentro y me quedo parado enfrente de ella. Ella se queda igual, sin saber cómo reaccionar. Finalmente soy yo el que se acerca y le doy dos besos.

—Has llegado antes de tiempo.

—Increíble con RENFE, ¿verdad? No sabía qué hacer y como había quedado contigo aquí, me he dicho vamos a hacerle una visita —me dice mientras echa una ojeada a la venda que llevo en la mano.

—Genial, voy a decir que salgo a comer y hacer unos recados y en un segundo estoy contigo. Espera un momento aquí. —La hago pasar a la recepción y le digo que se siente en uno de los sillones si quiere.

Al girarme en dirección a la recepción, he visto a Adela y Cristina como nos observan a través del cristal. He disimulado como que no las había visto. Cuando entro de nuevo a la oficina, ellas van corriendo camino de su sitio. Le digo a Adela que me ha surgido algo y que no volveré hasta las cuatro, que apunte si me llama alguien. Miro de soslayo a Cristina, está tecleando delante de su ordenador y parece muy concentrada. Voy hasta mi mesa y recojo el teléfono móvil y apago el ordenador.

Vuelvo a salir a la oficina. Todo el mundo parece muy ocupado en sus quehaceres. En otro tiempo me hubiera dado remordimientos salir de aquí tan de improvisto, hoy me importa un bledo lo que puedan pensar. Aunque los asuntos que voy a tratar son trágicos, no puedo por menos que estar encantado.

—Déjame que te lleve la maleta, la guardamos en mi coche —le digo a Lucía una vez que estoy a su lado.

—Ya la llevo yo.

Hoy he traído el coche y lo he aparcado en el parking privado que hay debajo del edificio. El ascensor comunica directamente con el parking, así que pulso el botón del sótano cuando entramos en el ascensor.

—¿El viaje bien entonces? —le pregunto.

—Sí, estupendo. He venido dormida casi todo el camino. Yo es montarme en algo que tenga ruedas y a los dos minutos estoy sopa.

—Podemos ir a tu hotel y dejar las cosas allí y así podemos ir a comer luego —insisto sin saber muy bien de qué hablar, cuando en realidad me muero de ganas porque me cuente todos los detalles.

—Como quieras. Aquí en Madrid mandas tú.

—Al hotel entonces.

El hotel no queda muy lejos del centro. Tiene buena pinta. Me disculpo una vez más por no ofrecer mi casa.

—No pasa nada. Aunque me invitaras no aceptaría. Así que no te molestes.

—Es que ahora estoy viviendo temporalmente en casa de una amiga, mientras pase todo esto. Luego te lo explico mejor —le digo.

Después de dejar el equipaje en la habitación del hotel, volvemos al coche y lo aparco en otro parking público. Le pregunto qué le apetece comer. Ella me contesta que le da igual, cualquier cosa estará bien. Está muy callada y se la ve preocupada. Es normal teniendo en cuenta que su novio está en la UVI debido a las heridas producidas por el ataque de un monstruo más viejo que la humanidad. Durante la comida seguimos bastante callados. Ella come muy rápido, como si tuviera prisa por acabar y se supone que el que tiene que volver a trabajar soy yo. Cuando el camarero trae los postres, ella ha empezado a soltarse un poco y me ha contado cómo está Nacho, que tiene heridas en el pecho y en una pierna. Las heridas no eran muy severas, pero como tardaron tanto en atenderle, hasta que pudieron llevarle a un hospital, la cosa había empeorado.

—No gana para disgustos el pobre —me dice.

Mi teléfono móvil comienza a vibrar. Es la tercera vez que Raquel me llama esta mañana. Hago un gesto a Lucía y cojo el teléfono.

—Dime.

—Soy yo, Raquel. ¿Ha llegado ya la tía esa?

—Sí, estoy ahora mismo con ella.

—¿Te ha contado lo que ha pasado?

—Todavía no. Y no lo hará nunca si sigues llamando cada media hora.

—Lo siento. Solo quería interesarme, no tenías por qué ponerte así.

—Vale, yo te llamaré, ok.

Me despido y cuelgo.

Desde que me he mudado a su casa, me está sacando de quicio y me obliga a ser antipático con ella. Podría estar ahora en mi casa con Lucía y, sin embargo, mi situación es muy diferente. Pido que me disculpe a Lucía, le digo que es una amiga que está en esto conmigo, y espero que retome la conversación donde lo había dejado. Ella fuerza una sonrisa y continúa hablando.

A ella no le había puesto una zarpa encima «esa cosa». Después de recibir varios balazos, retrocedió y subió a cuatro patas hasta la planta de arriba y desde allí salió por la ventana por la que había entrado, sin dejar rastro alguno más que la sangre que había desparramado en la casa. Lucía describe a la «cosa» y a mí no me cabe la menor duda. Es mi Gremlin. Ya no soy el único que lo ha visto y eso me pone de buen humor.

—Somos pocos los que le hemos visto y vivimos para contarlo. Has tenido mucha suerte —le digo.

—El que ha tenido suerte ha sido él, que se me acabaron las balas.

Esa es mi niña.

—Si me da un poco más de tiempo, ya no tendríamos problema del que hablar.

—No creo que las balas basten para matarlo. Ojalá sí, pero lo dudo mucho.

—¿Cómo vamos a cazarlo entonces? Pensé que tú tendrías la solución.

—Y la tendré, seguro. Ahora que estás tú aquí, entre los dos tendremos más posibilidades de atraparlo.

—Ni siquiera sabes lo que es, ¿verdad?

—Yo no, pero sé de alguien que sí.