En el infierno también se fuma 17
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Nunca he sido un hombre violento. Aquellos que me conocen pueden dar fe de ello. Todo hombre tiene un límite y hoy he llegado a ese límite. He pecado de confiado. Pensé que Robson y compañía no eran más que unos pobres diablos que estaban confundidos. Menosprecié el poder del fanatismo y ahora tengo que temer por mi vida. Y no estoy dispuesto a ello. Es demencial que alguien esté obsesionado con liquidarte sin motivo aparente. Tan solo porque creen que es lo correcto. He conseguido escapar con vida en dos ocasiones. No habrá una tercera. Estoy cansado de correr y esconderme. La próxima vez me enfrentaré a ellos. Seré yo el que golpee y haga las preguntas. Se acabó ser el ciudadano honrado que respeta la ley. No creo en la violencia, pero esta gente se merece una lección.

Estoy sentado en el coche, no hago más que darle vueltas. Raquel está metiendo las maletas en el maletero. Yo pongo en marcha el coche. Pongo algo de música y sigo pensando en esos bastardos. Tengo que dejar mi casa por temor a que vengan a por mí. Mientras esté de baja, estaré a salvo en el trabajo, pero ¿qué pasará después? Pensé que cuando me fui de Londres los dejé atrás. Pero han venido hasta Madrid a por mí. Han intentado matarme. No querían hacer preguntas, no querían intimidarme. Iban a matarme. Cuanto más lo pienso más me encabrono. Es algo que me supera.

Raquel monta en el asiento del copiloto. Arranco y salgo del aparcamiento.

—Puedes bajar eso un poco. Me está doliendo la cabeza.

Lo que suena es el último disco de System of a Down. Un disco que me ha dejado Hermida. Son bastante duros, en eso tiene razón Raquel. Pero son justo lo que necesito en este momento, a regañadientes bajo un poco el volumen. El cantante comienza a desgañitarse gritando y Raquel baja la ventanilla. Acelero el coche. Hoy hace un día precioso de mayo. Me apetece emborracharme y tirarme en un parque a dejar pasar el resto del día. Me apetece estar con Cristina. Me apetece coger el bate que hay en el maletero e ir a la búsqueda de Robson y abrirle la puta cabeza. Lo que no me apetece en absoluto es bajar la música. Respiro hondo y me callo la boca. Raquel no tiene la culpa de nada.

Es increíble lo molesto que puede ser llevar la mano como la llevo. Me cuesta conducir, apenas apoyo la palma izquierda y giro el volante con la otra mano. Es imposible dormir boca abajo abrazado a la almohada, ya que me aplasto la mano y tengo que dormir boca arriba. Practicar sexo resulta cuanto menos molesto. Cada vez que me golpeo con algo por error, veo las estrellas. Tomo analgésicos para calmar el dolor, cada ocho horas. Y no hablemos de teclear en un ordenador. Lo que más molesta de estos días que llevo de baja es no ver a Cristina. Ahora que estaba a punto de caramelo tengo que estar aquí encerrado en casa de Raquel. Apuesto que había discutido con el novio. En ese aspecto lo tengo más fácil, ya no tengo por qué acostarme con Raquel. Tengo una buena excusa.

Esta casa me asfixia y estar casi todo el día con Raquel también. Por lo menos me he traído el portátil de mi casa. He dado mil vueltas a los escritos de Vicente y de Miguel Ángel y solo he encontrado una conexión: Carrefour.

Vicente había dejado escrito «INVESTIGAR CARREFOUR» y en los escritos de Miguel Ángel se hace varias veces referencia, cuando se habla de los templarios, a la palabra Carrefour. Claro que está en francés, y en francés significa cruce de caminos y en algunas ocasiones cruz, por lo visto a la orden del temple se la conocía también como Carrefour ya que su símbolo era una cruz. En español Cruzados, no solo eran los que iban a las cruzadas sino aquellos que iban «cruzados», es decir, con una cruz en su indumentaria. ¿Es acaso Carrefour un reducto de los caballeros templarios que han llegado a nuestros días? Miguel Ángel estaba convencido de que las leyendas sobre estos eran ciertas y que en verdad ocultaban un gran secreto. Por otro lado, Vicente odiaba al cristianismo en general y a la Iglesia Católica en particular. En su ateísmo ambos creían en unos dioses más antiguos que la historia con la diferencia de que Vicente era un devoto seguidor y Miguel Ángel era alguien capaz de pactar con el diablo para conseguir sus fines. En el fondo no eran más que dos caras de la misma moneda. Yo carezco de la fe de Vicente y de la ambición de Miguel Ángel.

Los días pasan y yo me desespero. Entre el aburrimiento que me produce esta situación y el deterioro mental al que me estoy viendo sometido, no se me ocurre otra cosa que continuar la investigación de Vicente De Felipe y visitar Carrefour. Cual Quijote y Sancho, convenzo a Raquel para que se líe la manta a la cabeza y nos lancemos contra los molinos de viento que son las multinacionales. Convencidos de que ocultan algo, nos presentamos en la sede en Madrid de Carrefour. Mi intención es la de hablar con el director general, de ahí para arriba. Llegamos a la recepción y conseguimos pasar un primer control. Una chica muy amable nos atiende en la recepción impidiéndonos el paso. Para ello intento provocar una reacción mencionando a la hermandad de Anubis. Resultado: después de esperar en una salita con revistas del año pasado durante tres horas, la misma señorita muy amable nos invita a irnos. Yo no me dejo amilanar y decido entrar por la fuerza en el edificio y llegar hasta el meollo del asunto. Esa es mi intención hasta que los guardas de seguridad me sacan de allí en volandas. Se molestan en enseñarme la puerta de la calle y arrojarme a través de ella. No me extenderé en vergonzosos detalles. Fin de la investigación Carrefour.

Al principio es imperceptible. Sigo con mis cosas como si no pasara nada. Poco después comienza un hormigueo en el interior de la mano. Hormigueo es una buena descripción pues se trata de eso: como si una hormiga recorriera la herida con sus patitas. Comienza siendo un cosquilleo y va aumentando poco a poco como si la hormiguita se multiplicara y se dedicara a meter sus patas por cada pliegue de la epidermis, rascando allí donde hay más terminaciones nerviosas. Poco a poco lo que había comenzado siendo un hormigueo va pasando a ser un picor molesto.

Las hormigas se organizan y pasan al ataque mordiendo una y cada una de las terminaciones nerviosas que tiene la mano, a lo largo y ancho de la herida cosida con puntos. Y el picor se hace quemazón. Y de ahí al dolor insoportable solo hay un paso. Me muero por levantar la venda y rascarme la herida. Pensándolo mejor, debería arrancarme la venda y rascarme hasta que se pasase el picor. Sé que no puedo hacerlo, así que me tomo un analgésico. A los dos minutos me tomo otro y lo combino con un antiinflamatorio. Nada hace efecto. Levanto un poco la venda y soplo ligeramente la herida con la esperanza de que esto alivie un poco el picor. Raquel está dando clase y faltan horas para que llegue. Llevo todo el día dando vueltas por la casa sin saber qué hacer, como las hormigas sobre la herida. Tengo ganas de arrancarme a bocados la venda y comenzar a lamerme la herida. Rascarla si es necesario. Pensándolo bien, la mejor opción sería directamente cortarme la mano. Tal cual, a la altura de la muñeca. El dolor sería más soportable. Lo peor de todo es cuando empieza a picarme por las noches. Duermo en una habitación separada de Raquel. La herida ha sido la excusa perfecta. Abro el cajón donde Raquel guarda los medicamentos, lo desordeno entero buscando algo que me pueda calmar. Comienzo a buscar marihuana, hachís o cualquier otro tipo de droga que alguien como Raquel pueda tener. Lo único que encuentro es Valium. La ansiedad no cesa y el picor va en aumento. Vuelvo a considerar la idea de cortarme la mano. Voy hasta la cocina y miro en la nevera. Ni siquiera tiene cerveza.

Entro en una tienda de alimentación. Un amable chino me vende tres litros de cerveza. Cuando estoy pagando, me fijo en los licores de alta graduación que guarda en una estantería. Le pido una botella de whisky.

Sé que no es buena idea mezclar analgésicos y alcohol. De eso trata. Quiero perder el conocimiento. Cualquier cosa antes que esto. Comienzo a beber. Me sirvo un vaso de cerveza. En unos minutos he terminado con la primera botella de cerveza y abro la botella de whisky, me sirvo un dedal y me lo bebo de un trago. Comienzo a notar un mareo, es agradable. Un nuevo dedal de whisky. Visito el baño. Pongo la tele y por primera vez en meses la encuentro divertida. Estoy riéndome a carcajadas cuando llega Raquel. Entra sin decir nada y no es hasta que empieza a ver cómo he revuelto la casa que comienza a chillarme. Al principio me da un poco igual. Incluso lo encuentro gracioso que me eche la bronca. Sin darme cuenta, comienzo a gritar yo también. Nos enzarzamos en una discusión. Le digo algo de que no la necesito a ella ni a su puta casa y salgo del piso dando un portazo.

Me siento en un banco del parque a pensar. Creo que estoy muy borracho. Respiro fuerte y me cuesta concentrarme en algo que no sea estar enfadado.

—El mundo entero se puede ir al carajo, no pienso salvarlo. No me merece la pena y además no me apetece —le digo a una señora que se queda mirándome al pasar a mi lado. Ahora mismo no sé por qué he empezado a discutir con Raquel. Cuando se me pase un poco la borrachera, volveré y le pediré perdón. Al fin y al cabo, necesito un sitio donde pasar la noche.

Hoy me he afeitado y me he cortado el pelo casi al cero. Me he pesado, he perdido once kilos desde marzo. Mañana vuelvo al trabajo después de que ayer me quitaran los puntos y me vendaran de nuevo la mano. Estos días sin Cristina se me han hecho eternos. Ir a trabajar vendrá bien para mi salud mental. Casi veinticuatro horas al día de Raquel agotan a cualquiera y sé que yo no he sido mejor compañía para ella. Ella también está deseando que yo vuelva a casa. Así que he telefoneado a mis padres para decirles que me voy a vivir unos días con ellos. Les he dicho que continúan las obras en el piso y que pasaré una temporada con ellos. Quizás es lo que debía de haber hecho desde el principio.

Esta mañana he llorado en el trabajo. Fui hasta el baño, me encerré en un retrete y me puse a llorar. ¿Qué cojones es esto, la menopausia o qué? Puedo darme los caprichos que quiero, por un tiempo pensé que eso era suficiente. Y no lo es en absoluto. ¿De qué sirve tener un buen trabajo, bien pagado y estabilidad económica? A la mierda todo eso. Estoy jodido. Mi vida es una mierda, habréis oído eso un millón de veces. Alguno hasta lo habrá pensado. Bien, es cierto. La pregunta no es qué voy a hacer para cambiarlo, la pregunta es por qué cojones voy a tolerarlo. Estoy cansado de ser el bufón. Esta vez es en serio. Voy a devolverlas todas juntas. No os asustéis, no se trata de ir con un fusil al trabajo y liarse a tiros. Tampoco de poner bombas. Eso es poco elegante. Quiero derribar esta sociedad desde sus cimientos, quiero que se venga abajo. Sueno como un fanático radical. Hay veces en las que hay que serlo. He tragado demasiada mierda y ya me he atragantado.

A Cristina la van a dar por el culo (aunque me hubiera gustado hacerlo a mí), voy a dejar esta maldita empresa y les pondré de rodillas, lo mismo haré con la hermandad de Anubis y su puta madre, si tengo que pasar por encima de los dioses, lo haré, y si estás ahí afuera escuchando, jodido gremlin, date por muerto, no te vas a salir con la tuya. Disculpad el lenguaje. Mañana se me habrá pasado.