En el infierno también se fuma 16
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La silla se ha quedado encajonada entre el quicio de la puerta y el saliente del merendero. Nacho tira con fuerza de la rueda, pero esta sigue rozando. Es una estupidez ponerse nervioso. No hay nada de qué preocuparse. No hay nadie en el merendero, aunque hace frío y hay bastante humedad. Nacho apenas lleva una camiseta y unos pantalones deportivos cortos. Con las manos se apoya en la jamba de la puerta para hacer palanca y poder balancearse. Un escalofrío le recorre los brazos. Estúpida silla de ruedas. Lleva cinco meses con ella y todavía no se acostumbra. Y Lucía ha salido. Comienza a hacer girar la rueda con fuerza. No hay manera, ni hacia adelante, ni hacia atrás. El crujir de la madera en el piso de arriba hace que Nacho se quede quieto y comience a mirar hacia el techo. Solo ha sido un ruido. La humedad los provoca en la madera. Un nuevo crujido, esta vez unos centímetros más lejos del primero. Pisadas. Eso es a lo que recuerdan a Nacho.

Primero había oído un golpe en el merendero, en la parte trasera de la planta baja de la casa. El merendero tiene un portón de hierro por el que antes se daba a la calle. Hace unos años los tíos de Lucía, los antiguos dueños de la casa, lo inutilizaron y bloquearon. Sigue teniendo dos grandes mesas de madera y sus respectivos bancos, pero ya nadie da cenas en él. En su lugar se apilan un montón de trastos viejos, casi todos son propiedad de los tíos de Lucía. También había algunas cosas que había dejado Nacho cuando se mudó a vivir con Lucía. Algún día no muy lejano también la silla de ruedas criaría polvo allí. Pero no hoy. Hoy iba a salir de esa ratonera y volver al salón costara lo que le costara. Un nuevo ruido le sobresalta. Algo ha caído en el piso de arriba. Tenía que reconocerlo, tenía miedo. Todo había cambiado desde aquella noche. A Nacho le parecía alucinante cómo Lucía seguía manteniendo la calma como si nada hubiera pasado. Él era incapaz. El menor ruido le inquietaba. Hasta hace unos meses no era capaz de ver un telediario sin echarse a llorar. Y esta es una de esas situaciones. Empieza a estar enfadado. Maldice en alto. Un segundo más tarde se arrepiente de haberlo hecho. Si de verdad alguien había entrado en la casa, ahora sabría que estaba ocupada. Y Lucía no está. Con un impulso irracional decide invocarla. Colgado de uno de los brazos de la silla, tiene un teléfono móvil. Busca en la agenda la L de Lucía y llama.

—Dime, cariño —contesta Lucía al otro lado de la línea. Nacho no puede verla, pero sabe que tiene una sonrisa en los labios.

—Me siento un idiota llamándote por una chorrada —se disculpa Nacho.

—¿Qué es lo que pasa?

—Nada. Creí haber oído a alguien que entraba en la casa y me he quedado atascado con la silla… y bueno, me entró miedo…

—Tranquilo, cariño. Estoy llegando. Ahora mismo estoy entrando en el pueblo. En un segundo estoy allí contigo.

—Gracias, Lucía. Es solo que me había puesto un poco nervioso. No tengas prisa, estoy bien.

—Vale. Ahora te veo. Un beso.

Nacho pulsa el botón que corta la llamada. Solo escuchar su voz le tranquiliza. Eso era lo que necesitaba. Solo eso. Sigue sentado en la misma postura. Forcejea con el marco de la puerta y cae al suelo. La silla cae con él.

—¡Mierda!

Se tumba boca arriba y con los brazos empuja la silla tirándola al merendero. Se lamenta por ello. Tenía que haber tirado hacia la casa. Otra vez va a tener el mismo problema. Ayudándose con los codos se vuelve a girar para arrastrarse hasta el salón. Nacho abre los ojos como platos cuando se gira y ve lo que tiene delante de él.

Lucía vuelve a subir el volumen de la radio después de hablar con Nacho. Le ha dejado preocupada. Desde que ha colgado a Nacho ha sentido como un hormigueo en la boca del estómago. Últimamente Nacho se comporta como un niño. Siempre ha sido un niño grande y gamberro y el estar en una silla de ruedas ha agudizado ese rasgo de su carácter. Hay que estar cuidando de él todo el día y Lucía está un poco cansada. No por su invalidez temporal sino por la forma de comportarse de Nacho. Esta vez ha sonado distinto. No ha querido dar importancia al asunto y eso no es propio de él.

Lucía acelera el coche. Al entrar en el pueblo se cruza con un viejo amigo que le saluda desde la acera. Lucía sigue conduciendo a gran velocidad una vez dentro de las callejuelas del pueblo. Por suerte no hay tráfico, ni peatón alguno en su camino. La calle de acceso a su casa es peatonal así que deja el coche en la calle contigua. Mira en la guantera y saca el glock. Era el arma reglamentaria de Nacho. Saca el cargador y comprueba que está completo. Quince balas. Vuelve a meter el cargador en la pistola. La quita el seguro y la amartilla para dejar una bala en la recámara. No es la primera vez que la usa. Guarda el arma bajo el chaleco. Sale del coche dejando las bolsas de la compra dentro.

Apenas está llegando a la casa cuando escucha gritar a Nacho. Es un grito prolongado de dolor. Sin pensarlo, Lucía abre la puerta de la casa. En una mano las llaves y en la otra empuña la pistola. Entra en la casa como un vendaval, pasa por el recibidor e irrumpe en el salón. Sin tiempo para calcular apunta a la cosa que está en el suelo sobre Nacho. Tampoco se para a pensar en lo que están viendo sus ojos porque su mente se resiste a creerlo. Dos disparos certeros. La cosa grita y se incorpora. Lucía sujeta el arma con ambas manos. Aunque no quiere verlo, Lucía se obliga a mirar. Uno de los disparos ha alcanzado a la cosa en pleno lomo y un borbotón de sangre ha salido de la herida. La criatura está completamente en pie, enfrente de ella. Debe de medir más de dos metros. A su lado ella parece diminuta.

—Apártate de él, hijo de puta —le grita Lucía a la criatura.

Por un momento parece que la cosa va a contestarla porque abre su boca y deja ver varias filas de dientes puntiagudos. También parece que hace un amago de sonrisa, justo antes de avanzar con sus pezuñas hacia Lucía.

Lucía dispara una sola vez. La bala alcanza en pleno rostro a la cosa. Si es que se puede decir rostro a algo así. La bala ha entrado por la boca y salido por una de las mejillas. Lucía continúa firme en su puesto, encañonando a la criatura. La criatura mira a Nacho que está tendido en el suelo y vuelve a mirar a Lucía. Ahora sí, sonríe dejando ver una multitud de dientes y haciendo que la herida de bala le deforme aún más la cara.

Las orejas puntiagudas se le contraen con el resto de la cara. Lucía procura centrarse en el objetivo y en no pensar en lo que ha sido de Nacho, ni en lo que puede ser de ella. Lucía apunta directamente a la cabeza y le mete a la criatura una bala justo debajo del globo ocular. La criatura grita y a Lucía se le encoge el alma con el grito. Comienza a disparar hasta vaciar el cargador.