16
Una bofetada en la cara me despierta. Al segundo de abrir los ojos el dolor comienza otra vez. Doy un respingo. Estoy asustado. El corazón me late a toda prisa. Un montón de sensaciones comienzan a llegar a mi cabeza. Ninguna es buena. Miro al tipo que tengo delante. No sé quién es. Busco a mi alrededor a Robson y su cohorte.
—Ya ha llegado —me dice el hombre que me ha dado una bofetada, mientras sujeta un billete de veinte euros delante de mí—. Esto es lo que me debe por el viaje. Yo que usted, amigo, iría a un médico a que me mirasen ese corte.
El tipo se aleja de mí y vuelve a meterse en el taxi. Estoy sentado en un banco, pero ¿dónde? El lugar me resulta familiar. El dolor no deja que me concentre en los detalles. La mano sigue sangrando. Ya no puedo moverla. La zona me resulta familiar, empiezo a recordar. Aunque sigo mareado consigo ponerme en pie. Voy hasta el portal de Raquel y rezo porque esté en casa. Me parece increíble que haya tenido un segundo de lucidez antes de desmayarme y le haya dado la dirección de Raquel al taxista. Llamo al telefonillo dejando el dedo pulsado hasta que una voz contesta.
—Raquel, abre la puerta. —Intento vocalizar, pero tengo la sensación de que lo que sale de mi boca dista mucho de ser inteligible.
Un sonido eléctrico indica que la puerta está abierta. Por el telefonillo Raquel me pide que pase. La hago caso involuntariamente. Solo tengo que apoyarme en la puerta, dejarme caer y la puerta se abre.
Como si de una escena repetida se tratara, vuelvo a caer cuando la puerta de la casa de Raquel se abre. Esta vez choco contra el suelo. Raquel me agarra de la chaqueta y me arrastra hacia el interior de la casa. Poco más puedo hacer aparte de dejarme arrastrar.
—Te voy a manchar el suelo —le digo suplicante. En realidad, ya lo estoy manchando.
—Calla por Dios. —Se arrodilla a mi lado.
Me coge el brazo y me pide que abra la mano. Le digo que no puedo. Me gustaría, pero no puedo. Le muestro la palma de la mano y ella la toma con cuidado. Se levanta y al rato vuelve con un montón de botes, vendas y algodón. Me vuelve a tomar la mano y me dice:
—Esto te va a doler.
—Eso dicen todas. —Sonrío y acto seguido reprimo un chillido cuando el algodón empapado en alcohol comienza a presionarme la mano.
—¿Hace mucho que te has hecho esto?
—Ni idea. Media hora, una hora, tres… ni puta idea.
Miro hacia otro lado cuando veo que ha cogido una aguja e hilo de coser. Aprieto los dientes con fuerza. ¿Por qué coño no me desmayo ahora? Después de unos minutos tengo la mano completamente vendada y sigo sin poder moverla.
—Servirá para ir tirando, pero tienes que ir al médico igualmente.
Se está convirtiendo en una costumbre esto de que me machaquen y una mujer me cure las heridas. Una mala costumbre.
—¿Quién te ha hecho esto?
—Adivina.
Raquel se queda mirándome fijamente y para de guardar el instrumental con el que me ha curado. Espera una respuesta.
—Robson y sus perros ingleses.
—¿Robson? ¿Cómo ha dado contigo?
—Y en la cafetería donde desayuno. Supongo que me estaban siguiendo y esperaron a que me quedara solo para atacar.
—Te lo dije. Y tú creías que podías confiar en ellos. Malditos hijos de puta. Han intentado matarte dos veces, hay que hacer algo con ellos. Si los tuviera aquí delante, no sé de lo que sería capaz, te lo juro.
—Dame algo de beber, anda. ¿Tienes cerveza?
—¿Cerveza? Podrías desmayarte si tomas alcohol con toda la sangre que has perdido.
—Eso pretendo.
—Ahora en serio. ¿Quién te ha hecho eso? A mí puedes contármelo —me dice Cristina, una vez que nos hemos quedado a solas.
—¿En qué andas metido? A mí no me puedes engañarme. Somos amigos, ¿no?
¿Solo amigos?, ¿y desde cuándo? Me entran ganas de decirle. Había pensado en una excusa oficial, pero no había pensado que tendría que rendir cuentas a Cristina. En el fondo me encanta que se ponga así.
—En Londres no te pegaron unos skins, ¿verdad?
—No.
—Si no quieres contármelo lo entiendo —me dice distanciando su cuerpo del mío.
—Está bien, pero de esto chitón. Te acuerdas de que te dije que iba a cenar con un amigo cuando me dieron la paliza. Pues no era tan amigo, y él mismo me atacó el otro día. Perdona que no te cuente en qué estoy metido, pero es mejor para ti no saber nada. Quizás si te invitara una noche a cenar y me pasara con el vino, podría soltarme la lengua. ¿Qué me dices?
—Digo que quién se puede negar a que la inviten a cenar. Aunque para eso no tienes que andar haciéndote el misterioso. ¿Quién iba a decir que eras un cajón lleno de sorpresas?
¿He sido el único que ha oído eso?
—Hecho entonces. Te debo una cena.
—Ciao, entonces.
Me da un beso en la mejilla y se aleja hacia su mesa. Yo tengo que apoyarme en la máquina de café para no desmayarme. El corazón se me encoje por momentos. Esta vez por razones distintas a las de últimamente.
Bajo a la primera planta, hacia la sección de Juan Hermida. Quiero darle las gracias:
—Me salvaste la vida y yo te dejé tirado.
—Qué exagerado eres. Ni yo te salvé la vida, ni tú me dejaste tirado. Hice lo que cualquiera hubiera hecho.
—Cualquiera no. Allí había un montón de gente y nadie hizo nada.
—Bueno, no sé.
Me acerco a él torpemente e intento darle un abrazo. No sé por qué lo hago, porque normalmente no soy así. Él tampoco sabe cómo reaccionar. Finalmente apoya sus manos sobre mi espalda y me da una palmada. Nos separamos.
—Muchas gracias de veras. Te debo una.
—Tú el próximo día que salgamos me pagas las copas y en paz.
Salgo bastante contento de la oficina. Me han ido bien las cosas después de todo. El médico me dijo que el corte no había afectado a ninguna arteria, por eso no me desangré. Tampoco a ningún nervio importante, así que tendré que llevar estas dos semanas de reposo total de la mano, pero luego podré ir usándola poco a poco. Tengo cita para dos semanas con la doctora que me atendió. Tendré que llevar la venda un par de meses y me ha dado dos semanas de baja. Miguel, mi jefe, se lo ha tomado muy bien. Me ha dicho que lo necesitaba y yo no he sabido qué contestarle. Las dos semanas pueden ser prorrogables a una tercera. Todo el mundo se ha interesado por mí, haciendo preguntas, diciendo pobrecillo y vaya susto nos has dado. Yo le he quitado hierro al asunto y he ido enseñando mi cicatriz a todo aquel que me lo pedía. Resulta que las cicatrices son sexis. Y luego está Cristina.
Sin proponérmelo, la he invitado a cenar y ella ha aceptado. Me ha salido espontáneamente. Ha sido un impulso y ha funcionado. Por un momento casi estoy agradecido a Robson por haberme rajado la mano, si eso significa que tengo una posibilidad con Cristina, entonces que la próxima vez me corte la mano.
Tomo el metro en dirección a la casa de Raquel. Me he mudado a su casa, provisionalmente. Llevo dos días en su casa, llevo ropa que me ha dejado Raquel (por cierto, todo el mundo en el trabajo se quedó con la boca abierta al verme llegar con esta pinta, incluso Miguel se lo pensó dos veces antes de darme la mano). Hasta me ha dado llaves de su casa. Tampoco tengo el coche, está aparcado en el parking de mi casa. Dormimos en camas separadas, no quiero que se convierta en algo que no es. Estoy agradecido por darme cobijo y por ayudarme como lo está haciendo. Nada más. Seguimos acostándonos juntos y eso es algo que tengo que cortar. El solo hecho de pensar que voy a salir con Cristina mientras me acuesto con Raquel, me da escalofríos. Esta tarde pensamos ir a mi casa a coger todo lo que necesito. Si Robson y compañía dieron conmigo en el trabajo es razonable que hayan averiguado dónde vivo y también es razonable que estén esperándome. He telefoneado a mis padres para tranquilizarles y decirles que no se acerquen a mi casa que están pintándola. No quiero que mis padres se encuentren con Robson y sus acólitos. Mi intención no es enfrentarme a ellos directamente. Todavía no, para eso hay tiempo.
Raquel es traductora y normalmente trabaja en casa, pero da clases de inglés para ejecutivos algunos días a la semana.
Hoy es uno de esos días. He comido de camino hacia aquí, al salir del trabajo, y ya se me está haciendo larga la espera. Estar en una casa extraña me hace sentirme incómodo. Siento que no tengo la suficiente confianza para hacer lo que estoy haciendo. Siempre me ha pasado: no me gusta que me dejen solo en una casa que no es la mía. No por lo que vaya a hacer yo, sino por lo que puedan pensar las personas que viven en esa casa. Me imagino en su situación y no me gustaría, así que… y ya llevo dos días en su casa. Lo que pasa es que casi todo el tiempo ha estado ella conmigo. No veo el momento de volver a mi casita. Y Raquel sigue sin llegar. Pongo la televisión. No tiene televisión de pago. La apago. Busco en su librería algo que leer. «El Gran libro de los Hechizos», «Los Brujos y su mundo», «El Gran libro de la magia y la brujería». Demasiado para mí. Cojo un libro de humor para descubrir a los cinco minutos que el que no está de humor soy yo. Me asomo al balcón. Tampoco hay suerte. La vista da al bloque de enfrente y poco más. Vuelvo al salón. Solo han pasado trece minutos desde que miré la última vez el reloj. Entro en su habitación, que es donde está el equipo de música, los discos y el ordenador. Al segundo salgo de nuevo. Me siento un intruso.
Dos horas más tarde las llaves de Raquel comienzan a abrir la puerta de la entrada. Me levanto como un cohete y voy a su encuentro.
—Vámonos, yo ya estoy listo.
—¡Qué prisas! Deja que me cambie, que acabo de llegar.
Va vestida con un traje de chaqueta y pantalón. Supuestamente va más arreglada que de costumbre, pero le queda aún peor que como viste normalmente.
—Y no se te olvide el aturdidor —le recuerdo.
Espero un rato más hasta que se cambia y cargamos con una maleta cada uno y con una bolsa grande de deporte, yo. El trayecto en metro se hace insoportable. Tenemos que hacer tres transbordos y después sus buenos diez minutos a pie hasta mi casa. Ella en el vagón comienza a contarme cosas del trabajo, de la gente a la que da clase. No solemos hablar de estas cosas tan triviales normalmente y me aburre.
La maleta no es de ruedas y pesa una tonelada vacía, no quiero imaginar cuando la llenemos.
—¿Cuál es el plan? —me pregunta.
—¿Qué plan? Llegamos, que no vemos a nadie sospechoso, y créeme que estos tíos no pasan desapercibidos, pues entramos en casa, recogemos las cosas y nos largamos. Que están por ahí esperando, pues nos largamos y punto.
—Vaya, no se puede decir que sea el colmo de la previsión y la elaboración.
—La sencillez es lo que funciona en estos casos.
—Espero que tengas razón.
No contesto nada porque ya estamos llegando a mi bloque. Me paro y le digo que me dé su maleta. Le doy mis llaves.
—Sube hasta la puerta y llama. Asegúrate de que no hay nadie dentro, si hace falta pones el oído en la puerta. A ti no te conocen, así que no tienes nada que temer; si te abren la puerta, di que eres mi vecina y que venías a por aceite o algo. Si no hay nadie, entonces me haces una llamada perdida y yo voy con las maletas. Pero que quede claro: no entres hasta que llegue yo.
—A sus órdenes, Aníbal —me contesta con sorna mientras me hace el saludo militar.
La observo como se aleja y cargo con todas las maletas hacia una cafetería que hay enfrente. Es mejor que no me quede en la calle. Me pido una caña y dejo los trastos en una mesa en la que me siento. Son las cinco y media de la tarde y el bar está casi vacío. Apenas he dado tres sorbos a la cerveza, el vibrador comienza a desplazar el teléfono móvil por la mesa. Es Raquel, dejo que suene tres veces, en el tercer toque se para. Vuelvo a cargar con todo y pago la caña al camarero, mientras me la termino de un trago.
El portero me abre la puerta. Se lo agradezco y paso al portal. El portero es un señor que ya debería estar jubilado y que vive en la torre. Se saca un buen sueldo extra solo por estar sentado todo el día en la portería y fregar de vez en cuando la escalera.
—¿De viaje, eh? —me pregunta.
—Pues sí. Me viene usted que ni pintado. ¿Sabe si ha preguntado alguien por mí las últimas semanas? ¿Alguien extranjero?
—No que yo sepa, y ya sabe que me paso casi todo el día aquí.
—Sí, ya, y que viniera alguien de fuera, un matrimonio inglés con un negro con la pierna escayolada hasta aquí arriba. ¿Puede ser?
—Je, je, je. Me acordaría de algo así.
—Sí, supongo, muchas gracias.
Me imagino a los Robson en el aeropuerto con las bolsas de turistas y al otro con las muletas y sin hablar una pizca de español. La imagen es ciertamente cómica si no fuera porque son unos hijos de puta.
El portero me ayuda a meter las maletas en el ascensor. Se queda sorprendido al comprobar que están vacías. Cierro la puerta del ascensor y pulso el botón de la planta. Sería muy descabellado pensar que Robson y compañía entraron por la noche en mi casa y llevan dos días haciendo de okupas. Cosas peores he visto. En una de las maletas he guardado un bate de béisbol que Raquel y yo hemos comprado para la ocasión. Si me encuentro con el cabrón de Robson juro que le abro la cabeza. Cojo el bate con las dos manos. Llego a mi planta. Raquel abre la puerta y me pilla desprevenido. Entre los dos sacamos las maletas. Me está costando horrores cargar con ellas con la mano izquierda tal y como la tengo.
—Estás segura de que no hay nadie, entonces.
—Segurísima.
Meto la llave en la cerradura lentamente y hago girar la llave. La puerta se abre. Raquel está detrás de mí empuñando el bate. Guardo las llaves en el bolsillo y saco con mi mano derecha el aturdidor eléctrico. Entro primero en la casa. Avanzo sigilosamente por el salón. Entra mucha luz por las ventanas. Raquel entra ahora. Yo he pasado la cocina de largo, ella abre la puerta empujándola con el bate. En el salón no hay nadie. Y tampoco hay rastros de que haya pasado nadie por aquí. Recorremos la casa buscando algún rastro.
—Aquí no ha entrado nadie.
—Mi casa la habían puesto patas arriba, aparte de lo que le hicieron a ella.
—Cuando pasó lo de tu casa, Robson y compañía todavía no habían entrado en el juego. Estos trabajan de forma distinta. Mucho más chapucera, gracias a Dios. No sé cómo dieron conmigo allí y no han sido capaces de encontrarme en mi propia casa y me da igual. Aprovechémoslo. Ayúdame a llenar las maletas y larguémonos de aquí.