En el infierno también se fuma 15
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A diez centímetros de la pantalla y menos aún de mi compañero de la derecha y de mi compañero de la izquierda. El respaldo de mi silla choca con el respaldo de la silla de otro analista. Él y otros cuatro están reunidos con la jefa de proyecto. Los cinco están sentados alrededor de una mesa en el centro de una habitación de un piso en el centro de Madrid. Rodeándoles, ¿o son ellos los que nos acosan?, estamos más de veinte programadores y analistas, con nuestras sillas pegadas a las mesas y mi barriga pegada a la mesa. El aire acondicionado no funciona. La máquina de café está rota. Estas son las ventajas de trabajar para un cliente.

Estoy aquí para apagar fuegos, literalmente. El proyecto no va a cumplir los plazos de entrega previstos y me necesitaban urgentemente. Así que aquí me encuentro rodeado de programadores recién incorporados que todavía hacen chistes sobre las madres de los otros. Me siento como en la guardería. Aun así consiguen arrancarme más de una sonrisa.

Tampoco tengo teléfono disponible, así que llamo desde mi móvil a Manu. Quedamos el jueves para cenar los cuatro. Él y su nueva novia y Raquel y yo. Manu y yo hemos decidido que ya es hora de que conozcamos a nuestras respectivas chicas. Yo le he asegurado que Raquel no es mi novia, sino alguien con quien me acuesto de vez en cuando. Él se ha reído. Es inútil intentar explicarle la naturaleza de nuestra relación. Estamos solos, desesperados y nos hemos embarcado en una aventura juntos. Cuando todo esto pase, todo volverá a la normalidad. Ella por su camino y yo por el de Cristina. Lo tengo muy claro.

Es difícil definir lo que siento por Raquel. En cualquier caso, no es amor. Comparto con ella algo que difícilmente podría compartir con alguien más. Le he dejado algunos de los escritos de Vicente y Miguel Ángel. Quiero ver qué opina. Ella es mucho más receptiva que yo.

He estado pensando que es absurdo desesperarme porque no avanzo en la investigación. Tengo todo el tiempo del mundo. A Miguel Ángel le llevo treinta años y acabó siendo el responsable de cientos de muertes. La diferencia está en que él ya estaba loco cuando empezó y yo creo que no. Además, no estoy solo, Raquel me ayuda. Llegado el momento incluso podría acudir a Lucía y Nacho. Lo que quiero decir es que no tengo prisa. Esperaré pacientemente hasta que mi Gremlim caiga. Si no es esta semana, será el mes que viene, si no el año que viene. Al final le atraparé.

Manu está haciendo una imitación de Gollum y los cuatro nos partimos de risa. Hemos empezado hablando de las obras en Madrid y del incordio que son y hemos acabado cagándonos en el alcalde. Manu imita a Gollum, y al igual que en la película del Señor de los Anillos tiene dos personalidades. Una buena, que quiere al amo Gallardón y a sus obras, y otra mala, que odia al maldito y sus atascos, y su M-30 soterrada. Lo hace francamente bien. Imita la voz y los gestos. Su novia se atraganta con la copa de vino de la risa. La gente de las otras mesas nos está mirando. Manu sigue con su imitación y cada vez alza más la voz, hasta que él mismo acaba riéndose. Pedimos otra botella de vino al camarero.

—Ha estado muy bien. Tenemos que repetirlo —dice Rocío.

Y tiene razón.

—Cuando queráis —le contesto.

—Este fin de semana nos bajamos al sur, pero el siguiente estamos libres —responde Manu abrazando a Rocío. Nos damos los besos de despedida y cada pareja se aleja a su respectivo coche. De camino al mío le pregunto a Raquel, que por qué está tan callada.

—¿Acaso no te lo has pasado bien? No ha sido tan malo como esperabas.

—No es eso. Es tan solo que todavía no estoy preparada para esta clase de vida social y tampoco entiendo cómo puedes estarlo tú.

—Si no me emborrachara y me echara unas risas cada vez que tengo ocasión acabaría como Vicente, o peor aún como Miguel Ángel. No puedo vivir veinticuatro horas al día amargado. Tengo que permitirme pequeñas diversiones para equilibrar la balanza. Un buen disco, una buena peli, una buena cena como la de hoy. Un rato con los amigos, cualquier cosilla.

—¿Entra el sexo dentro de esas pequeñas diversiones tuyas?

Me sonrojo.

—Claro.

—Pues esta noche vas a tener que esforzarte por hacerme olvidarme a mí de todo.

Estoy terminando mi café, los demás han subido ya a la oficina y Juan ha ido al baño. Es genial estar de vuelta en la oficina. Solo he estado una semana fuera, sustituyendo en un proyecto a una compañera que estaba de vacaciones.

Uno de esos que se definen normalmente como «marrones». De esos que sales a las tantas de la noche, no apuntas las horas y trabajas contrarreloj.

Es genial estar de vuelta con mis compañeros y de vuelta con Cristina. Es estupendo salir a tomar el café a media mañana. Todo perfectamente normal, como cualquier otro día de trabajo si no fuera porque justo cuando estoy dejando la taza de nuevo en la mesa me encuentro con la punta de una muleta. De un golpe tira mi taza al suelo. Levanto la vista y allí está Paul, apoyado en una sola muleta y apuntándome a la cara con otra. A su derecha está Doris y a su izquierda Charles. Los tres me miran amenazantes y yo no puedo creérmelo. ¿Qué hacen estos tres pedazos de mierdas en la cafetería donde almuerzo todos los días?

—Salgamos afuera —dice Charles Robson con toda cortesía, pero a mí me suena a macarra de barrio.

Me quedo mirándolos, inmóvil. No sé qué hacer, ni qué decir.

—No armes un escándalo, por favor. Somos gente civilizada. —El tipo habla en inglés sin levantar sospechas entre el resto de los clientes.

—¿Quiénes vosotros? No me hagas reír. —Río sonoramente.

Todavía no sé si estoy más asustado o cabreado. Se me pasa por la cabeza tirarle el café a la cara. Lo que no serviría de mucho, ya que se ha quedado frío. Además, está servido en vaso de plástico con lo que tampoco se lo puedo estampar en la cocorota. Que es lo que realmente quiero hacer. Estos tíos han conseguido hincharme las pelotas de verdad. No sé cómo demonios han dado conmigo, pero van a lamentarlo. Me levanto y salgo en dirección opuesta a la suya. Paul avanza el primero con sus muletas. Tiene una escayola en el pie donde le alcanzó la bala. Por un momento pienso en sacudirle una patada en la pierna herida y salir corriendo. Eso sería posponer lo inevitable. Los tres caminan detrás de mí y en un ejercicio de habilidad Robson se coloca delante de mí. Abre la puerta de la cafetería y sale el primero. Detrás voy yo y Paul y Doris al final. No he puesto dos pasos en la calle cuando noto como Paul me clava la muleta en toda la espalda. Me ha golpeado con todas sus fuerzas que no son pocas y me ha pillado desprevenido. Yo doy con mis rodillas en plena Castellana. Me llevo las manos a la espalda y me giro para ver a Paul golpearme otra vez con la muleta. Esta vez en plena cara. Noto como la mandíbula cruje. La gente que había alrededor nuestro se aparta rápidamente. Plena mañana, plena Castellana y nadie hace nada para echarme una mano. Me encuentro mareado. Doris se parapeta detrás de Paul y me mira con una sonrisa vengativa. Echo mi cuerpo hacia atrás y doy con Robson. Me agarro a su camisa con fuerza. Intento sacudirle torpemente un puñetazo en el estómago. Algo me corta la mano. El dolor es agudo y punzante, le suelto en acto reflejo. Me miro la mano, estoy sangrando. El cabrón me ha cortado con algo.

—Acaba el trabajo, Paul —le grita Robson, ante la pequeña multitud que se ha congregado a ver mi funeral. Apoyo la mano ensangrentada en la acera. Me quedo de rodillas esperando el golpe final de Paul. Vaya un rival que he sido. Siempre pensé que llegado el momento estaría a la altura. Supongo que me equivoqué.

Juan ha salido de la cafetería y les está gritando que me dejen en paz. No lo hace en el idioma correcto. Robson le enseña la navaja y le dice que se largue. Get the fuck out of here, para ser más concretos. Juan le contesta en inglés y les dice que ha avisado a la policía. Levanta amenazadoramente su teléfono móvil como si se tratase de algún tipo de arma. Paul se gira hacia Hermida. Entre los espectadores se alzan varias voces insultando a los tres hijos de la gran bretaña. No siento la mano y tengo la espalda quebrada por la mitad. Aun así, me levanto y decidido a hacer mía la frase «El que sale vivo de una batalla lucha dos veces» me pongo a correr en dirección a los juzgados de Plaza Castilla. Allí siempre hay policías vigilando. Siento dejar a Juan solo, de verdad. Pero no puedo pensar en otra cosa que no sea salir de aquí como alma que seguramente se lleve el diablo.

Cuando dejo de correr, noto que todo el mundo me está mirando. Tengo la camisa empapada de sangre. La mano me abrasa. Los pulmones me queman. Un gargajo se atraganta en mi garganta luchando por salir. Escupo sangre mezclada con baba. Siento como si con cada pulsación el puño fuera a estallarme. El dolor me sube por el brazo. Intento mover los dedos. Solo consigo encogerme de dolor. Comienzo a sentir un picor que me sube por el cuello. Me estoy mareando. Noto como la cabeza se me va. Intento levantar la mano y llamar a un taxi. Me tambaleo hasta el borde del bulevar. Pasan varios taxis. Ninguno para. Meto la mano ensangrentada en el bolsillo de la chaqueta y me abrocho para ocultar los rastros de sangre con el azul marino de la chaqueta. Un taxi para junto a mí, entro, le doy la dirección de Raquel y me desmayo en el asiento.