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Abro el correo. Me sorprendo al ver el remitente. Me ha llegado por mensajero. Lo recogió el portero por mí. Y hoy viernes me lo ha dado. Llevaba dos días esperando para dármelo. Ya se sabe que con estos horarios es difícil, le digo mientras me meto en el ascensor.
El correo es de Lucía. De Lucía y Nacho. Una vez dentro del ascensor apenas me contengo para abrirlo en cuanto se han cerrado las puertas. Dentro del sobre acolchado hay una carpeta de cartón que contiene varias páginas fotocopiadas, y atada con una goma a la carpeta, una carta. Apenas son unas líneas, un folio escrito por las dos caras. La letra parece de Lucía. Empieza excusándose por haber tardado tanto en mandarme esto. Explica que Nacho y ella estuvieron sopesando la conveniencia de darme esta información. Todo, claro, es una copia y por supuesto solo una parte de lo que tienen en su poder. Decidieron investigarme antes de confiar en mí. Parece que últimamente todo el mundo sigue la misma pauta. Siempre creí que era un tipo que inspiraba confianza. Raquel me investigó a fondo, mientras me vigilaba y se ponía a cubierto. Cuando comprobó que todo estaba en orden fue cuando decidió ponerse en contacto conmigo. Eso me alivió desde luego. No el que no confiara en mí, sino el saber que realmente no tenía nada que ver en la muerte de su amiga. Lucía y Nacho han debido pasar por algo parecido para confiarme esto, finalmente.
Abro la carpeta por completo. Es como un cuaderno de notas, contiene dibujos, trozos de libros, pasajes escritos a mano. Todo son copias del original. Todo me recuerda a los papeles de Vicente. En la nota que mandan Lucía y Nacho me cuentan su procedencia. Al parecer son parte de los restos de la biblioteca secreta del párroco muerto. Aunque la iglesia se incendió, no todo se quemó. El tipo tenía una cámara secreta que se comunicaba con su habitación. Allí guardaba la documentación y los hallazgos que había acumulado tras años de estudio. Todo el material es robado. Lucía burló el cordón policial al día siguiente de que todo saliera a la luz. Pensó que estaría más seguro en sus manos que en las de otras extrañas. También cree que me pueden ser más útiles a mí que a ellos. Al final de la carta han anotado el número de su teléfono móvil.
Estaba en lo cierto cuando pensaba que había encontrado dos aliados en ellos. Últimamente todo parece darme la razón. Los hados por fin se han apiadado de mí y me han favorecido. Que Raquel estuviera viva fue el detonante. Volví al trabajo con otra cara al día siguiente, después de semanas de parecer un muerto viviente. Sigo con la barba y con todas las heridas que tenía y una más: un tremendo cardenal en el costado que me duele horrores cuando me toco. Cada vez que me muevo, no hay una sola parte del cuerpo que no me duela. He perdido casi diez kilos en total. Y me da igual, es algo que llevo dentro. He vuelto al juego. Esta vez quiero ganar. Es curioso cómo funciona el ser humano.
Hoy estuve hablando durante el café con Cristina. Me dijo que había adelgazado y que me sentaba bien. Yo la conté finalmente que estoy con alguien. Quise seguir la vieja estratagema de darle celos. Y funcionó. Increíble.
Jamás la había visto tan interesada en mi vida sentimental. ¿Quién es? ¿Dónde la conocisteis?, ¿Lleváis mucho?, ¿Es guapa? Robson y sus secuaces no habrían hecho tantas preguntas. Me siento estúpidamente orgulloso. A gusto conmigo mismo como no recuerdo haberme sentido en años.
Y ahora llego a casa y me encuentro con noticias de Lucía. Estoy en racha. A priori a mí tampoco me dicen nada todos estos papeles. Todo es cuestión de leerlos con detenimiento. Al menos tengo algo con lo que empezar. Y es bastante, más de cien páginas. Sumadas a las más de trescientas de Vicente hacen una buena colección. Me pregunto si hablará de la inmortalidad en sus páginas. Cuando estuve en su casa Lucía y Nacho me contaron que el tipo estaba obsesionado con la muerte y la vida eterna y estaba convencido de que encontrando el Santo Grial lo conseguiría. Otro que había leído demasiadas veces El Código Da Vinci. Sin duda este estaba mucho más colgado que Vicente ya que no le importó sacrificar a cientos de personas con tal de conseguirlo. La idea de unos esqueletos con armaduras andando por ahí sigue resultándome cómica, más que aterradora. Pero Nacho y Lucía aseguran que sucedió, así que… Espero encontrar la respuesta en estas páginas.
Lucía y Nacho han hecho un trabajo espléndido, se han molestado en realizar un estudio de Miguel Ángel, que así se llamaba el cura loco. Un estudio digno de un psicólogo.
Miguel Ángel tenía treinta y ocho años. Había nacido en Río de la Plata, en Argentina. Nació en el seno de una familia acaudalada de españoles que habían emigrado a Argentina. Sus padres de fuertes creencias religiosas educaron a Miguel Ángel en el catolicismo más ferviente. Y pronto lo mandaron a estudiar al seminario. Miguel Ángel fue un niño introvertido, sin apenas amigos. La fuerte disciplina aplicada por su padre y, posteriormente, en el seminario marcaron profundamente el carácter de Miguel Ángel. Esto es una nota personal de Lucía. Está subrayada y puesta entre admiraciones. Se produjo una dicotomía entre los impulsos de este y la fuerte represión a la que se veía sometido. En su cabeza imágenes de un sadismo extremo se mezclaban con el delirio que le producía el poder dominar a los demás. Su fantasía más recurrente: infligir dolor sin ser castigado. Pero la realidad era que Miguel Ángel era un hombre tranquilo, de modales exquisitos y siempre servicial. Todos los vecinos del pueblo así lo aseguraban.
La siguiente parte está sacada de las páginas del diario de Miguel Ángel: En el seminario intentó mantener relaciones sexuales con otro joven, pero no fueron todo lo satisfactorias que cabía esperar. Probó entonces a acostarse con una prostituta con parecido resultado. Miguel Ángel no encontraba solución a aquella pulsión inconfesable que sentía dentro y que no sabía cómo acallar. Se masturbaba constantemente sin éxito. Una tarde tras las oraciones y antes de la cena, en un cobertizo del seminario, su fallido amante seminarista le confesó que estaba enamorado de él. Miguel Ángel no sabía muy bien cómo reaccionar así que le rechazó con desprecio consiguiendo que el joven le pidiese perdón y que le suplicara. Miguel Ángel apartó de un empujón al joven que cayó al suelo y se quedó tendido, llorando. Miguel Ángel contempló al joven y al instante tuvo una erección.
Durante su estancia en el seminario Miguel Ángel tuvo ocasión de leer mucho y muy variado. La biblioteca jesuita tenía valiosos volúmenes que habían estado allí desde que los españoles los trajeran hacía cuatro siglos. Comenzó a interesarse por aquellos documentos que nunca se estudian y que normalmente se mantienen guardados bajo llave. Cuando su investigación quedó atascada pidió a sus padres que le dejaran viajar a España a estudiar Teología. Sabía que solo en España, Francia o el Vaticano podría encontrar lo que andaba buscando. Miguel Ángel vio cumplido su deseo y vino a España a estudiar Teología con los jesuitas. A todas luces su vocación como cura estaba clara para sus maestros, nada más lejos en la intención de Miguel Ángel. Pero se dejaba querer. En España continuó con sus estudios e investigaciones que le llevaron a recorrer medio país. Entonces llegó el momento que había estado postergando, debía convertirse en sacerdote. Miguel Ángel movió sus hilos y consiguió que le destinaran de nuevo a Argentina, donde nunca llegó. Pasó varios años vagando de pueblo en pueblo ejerciendo a veces de profesor, otras de cura. Siempre continuando con su investigación. Que incluso le llevó unos meses al sur de Francia. Modificó su acento, su físico y se ordenó a sí mismo sacerdote.
En una reunión con el obispo de la diócesis en la que participaban todos los curas de las congregaciones aragonesas, Miguel Ángel conoció a don Mariano. Un cura, ya anciano, que pertenecía a Burgo de Castro. Según Nacho y Lucía, don Mariano era un encanto de persona. Cuando el cura regresaba a su pueblo Miguel Ángel le siguió hasta los baños en la estación de autobuses de Zaragoza. Mientras don Mariano se lavaba tranquilamente las manos en el lavabo, Miguel Ángel vestido de calle y con una peluca se situó detrás de él y le clavó una navaja con un sistema que él mismo había fabricado. La hoja permanecía oculta dentro de la manga de la camisa hasta que un mecanismo la hacía salir. Miguel Ángel apuñaló al viejo cura en el costado tres veces. El hombre intentó resistirse y se asió al lavabo. Miguel Ángel le dio una cuarta puñalada en el estómago que hizo que empezara a sangrar y a manchar el suelo del baño. De un empujón Miguel Ángel arrojó al cura contra la puerta de uno de los retretes. La puerta se abrió y el cura cayó sobre la taza. Miguel Ángel entró en el retrete y cerró la puerta. Nadie le había visto. Una vez dentro cerró con tranco la puerta. El cura estaba sentado sobre la taza del váter todavía agonizante. Miguel Ángel le bajó los pantalones y le quitó el poco dinero que llevaba encima. Le bajó los calzoncillos y le dejó desnudo de cintura para abajo. El viejo comenzó a balbucear cuando alguien entró en el baño.
Miguel Ángel de un tajo rebanó el pescuezo del viejo cura, luego esperó a que el baño se vaciara y salió cerrando la puerta detrás de él. No encontraron al cura hasta dos horas después, cuando Miguel Ángel ya estaba muy lejos de allí. La policía consideró el asesinato como un crimen sexual. Un cura sexagenario desnudo en el retrete de una estación de autobuses, apuñalado hasta desangrarlo. Da que pensar. La Iglesia no quiso dar publicidad al asunto y todo se llevó con el mayor secretismo posible. Miguel Ángel solicitó el puesto del malogrado don Mariano. Y así estuvo siete meses, siendo el mejor párroco que había tenido Burgo de Castro.
A finales de julio del año pasado sus investigaciones habían concluido, había dado con lo que estaba buscando: la fuente de la eterna juventud y de poder absoluto, el Santo Grial de la última cena encontrado por los templarios en Tierra Santa durante las cruzadas y escondido en alguna parte del norte de España. O eso creía yo. Según los papeles de Miguel Ángel el secreto de los templarios, el grial, no se trata del cáliz que contiene la sangre de Cristo. El grial es el contenedor de la sangre de los dioses. De unos dioses anteriores a los hombres. Unos dioses anteriores a la historia y a todo lo que el hombre conozca. Unos dioses ya olvidados. Me sorprende leer esto. Vicente también creía en unos dioses ancestrales. Un escalofrío me recorre la espalda solo de pensar en la posibilidad de que alguno de los dos estuviera en lo cierto.
El grial con la sangre inmortal fue escondido y su paradero exacto solo conocían sus últimos custodios, los templarios del castillo de Burgo de Castro. Que estos llevaran más de setecientos años muertos no achantó a Miguel Ángel. Gracias a sus investigaciones Miguel Ángel había dado con un conjuro que reanimaba a los muertos. Vuelvo a leer el párrafo varias veces. Las palabras «conjuro que reanima a los muertos» me resultan ridículas. Yo, un ateo convencido, ¿voy ahora a creer en conjuros que resucitan a los muertos y en dioses más viejos que la Tierra? Para colmo Lucía y Nacho han omitido las páginas en las que se describía el conjuro. En la siguiente página, hay una nota a bolígrafo: «¿No pensarías que íbamos a conservar algo tan peligroso?». Sonrío y sigo leyendo.