13
¿Sabéis esas veces, cuando todo está fatal? Crees que estás completamente hundido. Cuando has tocado fondo y, de pronto, el fondo se abre a tus pies para dejar ver que el abismo es mucho más grande. Y que tú vas de cabeza hacia él. Y en medio de la caída. Alguien te coge de la mano, te arrastra y te lleva de nuevo a la superficie. Y en la superficie el cielo es azul y el sol brilla con fuerza y el abismo no es más que un viejo recuerdo, casi olvidado. Pues así me siento yo.
Un momento caía al abismo y al siguiente salía a flote y veía la luz. Todo esto lleva a un sitio. No os preocupéis, solo hay que esperar un poco. Hoy he vuelto a nacer y no he sido el único. Me explico. Retrocedamos como si fuera el resumen de uno de esos viejos seriales:
Llego a la puerta de salida que conduce a unas escaleras que van a dar a la urbanización. Es una segunda planta bajo tierra. Abro la puerta metálica y la cierro detrás de mí. Subo los primeros pasos haciendo ruido con mis zapatos y vuelvo a bajarlos con el mayor sigilo del que soy capaz. Apoyo mi espalda contra la pared junto a la puerta. Cierro el puño con fuerza y espero. Los pasos se detienen junto a la puerta. Abro mi mano izquierda y cierro con más fuerza la derecha. El pomo de la puerta comienza a girarse. La puerta comienza a abrirse. Todo a cara o cruz. Si me equivoco seré un maldito maniaco, si acierto será mucho peor. Los goznes de la puerta emiten un chirrido interminable y la tímida luz del parking entra en las escaleras. Una mujer asoma su pierna por el umbral de la puerta. Mi mano izquierda se lanza al cuerpo de la mujer. Consigo agarrarla y con la fuerza del impulso, la empujo hasta la pared de debajo de las escaleras. Ella emite un quejido y sus ojos se abren como platos. Sitúo mi puño a la altura de su cara. Ella no tiene tiempo de reaccionar y se doblega.
—¿Qué coño quieres de mí? —le grito.
Vuelve a emitir un gemido. La poca luz de la escalera me deja ver su cara. Es la cara asustada de Raquel ante mi reacción. Por un momento aflojo la presión sobre su cuello. Mi mente paranoica me engaña de nuevo y juega conmigo. Creo que es Raquel, pero no lo es en realidad. ¿O sí?
No tengo tiempo de responder. Algo se clava en mis costillas y una descarga eléctrica me derrumba en el acto. Me retuerzo en el suelo. De mi boca cae baba y mis piernas no paran de temblar.
—Dios mío, ¿qué he hecho? —dice Raquel mientras se lleva las manos a la cara.
Se agacha a mi lado y me abre la boca con las manos. Lo hace para que pueda respirar porque estoy empezando a ponerme morado.
—¿Por qué has tenido que atacarme, idiota? —me dice, aunque apenas la escucho.
Me coge de los hombros e intenta sentarme en las escaleras. No puede conmigo. Enciende la luz para intentar ver mejor. Yo tengo un aspecto horrible. Sigo sin poder moverme, pero ya escucho bien.
—Pensé que te habían atacado y ahora venían a por mí. Perdóname, lo siento. Perdona. Perdona, perdona… Estúpido, ¿por qué me has atacado, maldita sea? Me has obligado a darte, yo no quería.
Intento mover la cabeza. No pasa nada, todo el mundo necesita que le electrocuten de vez en cuando para saber que le quieren. Me gustaría poder decírselo, pero solo balbuceo. Para llevar tres semanas muerta, tiene muy buen aspecto. Más de lo que se puede decir de mí.
Un par de minutos después comienzo a preguntar lentamente por lo sucedido.
—Siento haberte asustado y siento haberte hecho esto. Lo siento, de veras. No sé qué decir para que me perdones.
—Dime qué haces aquí. Empieza por explicarme por qué no estás muerta.
—Claro, tengo que explicarte todo. Pero salgamos de aquí, vayamos a tu casa o a un sitio más tranquilo.
—Espera, deja que coja fuerzas un rato más.
Raquel me quita la camisa y me quedo en cueros. Un gran moretón amenaza con extenderse en mi costado derecho. Raquel me lo toca y yo pego un alarido. Casi se me caen las lágrimas del dolor. Ella vuelve a decir que lo siente mucho. Me pregunta cómo me he hecho el resto de las heridas. Le contesto que primero pregunto yo y le pido que me traiga agua de la nevera. Ella obedece sumisa. En menos de un minuto ha vuelto con un vaso lleno de agua que deja sobre la mesa de cristal del salón. Me temo que hoy tampoco voy a pasar buena noche. Es tiempo de dar explicaciones:
—Siento no haberme puesto en contacto contigo antes, pero debía cerciorarme de que eras de fiar. Lo comprendes, ¿verdad? —habla despacio como si fuera una niña pequeña que está pidiendo perdón por cometer una travesura—. Después de lo que me habías contado, tenía perfecto derecho para sospechar de ti.
—Vaya, parece que eso no te importó a la hora de acostarte conmigo.
—Cuando me acosté contigo, todavía no tenía razones para sospechar de ti. Cuando llegué a casa y vi a mi mejor amiga hecha pedazos en el salón, sí.
—Joder, lo siento. Entonces fue ella y no tú…
—Me alegro, no, joder, lo siento. Me alegro de que no fueras tú, y lo siento por tu amiga.
—No te puedes imaginar la cantidad de veces que he pensado en ello durante estos días. Está claro que es a por mí, a por quien venían. Ella no tenía culpa de nada. Me siento fatal por eso.
—No tienes por qué sentirte culpable. Tú no hiciste nada. Si algo he aprendido de todo esto es que no somos nosotros los culpables. El único responsable es el asesino. No importa lo que hiciéramos o dejáramos de hacer. Nosotros no los matamos.
Mientras se lo digo, me doy cuenta de que es así.
—Es irónico, ¿sabes? Había discutido con su novio porque la pegaba y vino a mi casa en busca de refugio. Yo le dije que se podía quedar los días que quisiera. Y cuando volví de trabajar me encontré con aquello…
—Si no quieres, no tienes por qué contármelo.
—Sí que quiero. Lo necesito. Necesito sacármelo de dentro.
—Sé lo que quieres decir.
—Fue muy raro. Ni siquiera grité. Entré y vi toda esa sangre y me senté en medio del salón. Era horrible. Había trozos de ella por todo el cuarto. Como si hubiera explotado una bomba que llevaba en su interior. Me crucé de brazos y me quedé allí llorando. Tenía que haber llamado a un médico o a la policía.
Hacer algo en lugar de quedarme allí llorando. Se me fue la cabeza. No sé cuánto tiempo estuve así. Solo sé que me puse en pie de nuevo y me marché de allí tan lejos como pude.
Quiero darle un abrazo o intentar consolarla de alguna forma. Torpemente abro los brazos y ella se arroja en ellos. No llora, solo se aprieta a mí fuertemente. Intenta no tocar mis heridas. Esta es la sensación a la que me refería hace un rato. Raquel no lo sabe, pero no solo ha salvado su vida. También ha salvado la mía, aunque haya tenido que emplear una pistola de descargas eléctricas para conseguirlo.
—Contraté a un detective para que te siguiera —dice Raquel, mientras posa su cuerpo desnudo sobre el mío.
—Lo sabía —digo riendo—. Sabía que no era un paranoico.
—Te investigué a fondo, ¿sabes? Hice que comprobaran que realmente estabas en Londres cuando mataron a Carmen. Necesitaba saber que no estabas implicado. ¿Sabes lo que realmente hizo que creyera en ti?
Hago un gesto negativo con la cabeza. Ella apoya sus huesudos codos en mi pecho.
—Saber tu nombre y dónde vivías.
Desde que me mudé a vivir aquí me ha pasado cientos de veces. Cada vez que doy mi dirección a alguien se me queda mirando incrédulo, pensando que le tomo el pelo. Lo mismo si tengo que rellenar algún formulario. Mis padres eran de Carabanchel de toda la vida y cuando me independicé no quise irme muy lejos. Compré un piso seminuevo en una calle comercial del barrio. Casi todo con casas nuevas y urbanizaciones. La zona me gustó, el piso me gustó y no le di más importancia. El resto del mundo no piensa lo mismo.
—Salvador del Mundo número 12. Eso me convenció de que eras quien estaba buscando —dice orgullosa Raquel.
Supongo que debe ser como un reclamo para todos los chiflados necesitados de experiencias místicas de este mundo. Me pregunto a quién se le ocurriría bautizar una calle con ese nombre.
—Yo también tengo cosas que contarte de Londres. He tenido ciertas aventurillas.
Me mira airada, casi con enfado. No sé qué entiende por aventurillas, Raquel. Ni por qué tendría que enfadarse.
—Deja que te explique. Fui a ver al tal Robson como te dije. Y no fue como esperaba, desde luego. No es que fuera bienvenido precisamente.
—Por eso estás lleno de cardenales y moretones.
Me miro el cuerpo.
—Pues sí. Esa es la razón. Apenas llegué a la casa de Robson, él y su mujer me recibieron con otro joven de color que empezó a golpearme en cuanto se lo ordenó Robson. Quien por cierto me apuntaba con una pistola.
—¿Una pistola? Para un momento y cuéntamelo como si fuera tonta.
Eso hago, intento recordar todo lo sucedido en Londres, omitiendo cualquier alusión a Cristina.
—¿Crees que están implicados en todo esto?
—Lo dudo mucho. Parecían aficionados. Tengo la sensación de que ellos estaban tan desesperados como nosotros. Quizás más. Es una pena, podríamos haber compartido información.
—¿Crees eso de veras o lo dices por tranquilizarme? Yo creo que son una panda de fanáticos y que te habrían matado sin dudarlo si no llegas a escaparte. Puede que hasta ellos mismos mataran a Vicente.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque a Vicente le mató la misma cosa que vi en Múnich y desde luego aquellos tres no habrían tenido ninguna oportunidad ante aquello. Lo más probable es que pensaran que yo había matado a Vicente. No parecían sicarios, ni matones. Solo gente normal.
—La gente normal es la peor.
—Quiero decir que no me esperaba algo así. Por supuesto, si hubiera pensado que corría peligro de algún tipo jamás hubiera acudido a la cita. ¿Cómo explicarlo? Me parecieron cutres.
—¿Cutres?, ¿en qué sentido?
—No sé. La mujer era una maruja y el tipo era un viejo inglés con pinta de borrachín. Desde luego no es lo que uno se imagina cuando piensa en un culto secreto. Y el joven negro, era eso, un chaval sacado de la calle.
—Olvida todo lo que sabes. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Todo lo que nos han contado es mentira. Tú mismo me lo has dicho: los monstruos existen. Tú lo has visto. Yo lo he visto y el resto del universo hace oídos sordos. ¿Crees que los que mandan no lo saben? Claro que lo saben y les importa un carajo. La policía debe tener informes, los servicios secretos, yo qué sé… Está claro que los que dirigen el cotarro manejan información privilegiada y la ocultan a la opinión pública.
—Puede.
—Es así. Estas cosas no se pueden ocultar. Tarde o temprano tienen que salir a la luz. Y también creo que ha llegado el momento.