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Temo seriamente por mi cordura, de verdad. Tengo ganas de ponerme a llorar y mandarlo todo al carajo. Hoy lo he hecho por un momento. Me metí en el baño durante el trabajo y me puse a llorar. Me supera, creí que podría con ello y no puedo, y encima me lo tengo que tragar. No tengo a nadie con quien desahogarme. A ratos creo que es algo médico, una especie de punzada en el corazón. Si estuviera realmente enfermo. Sería mejor así. Podría tener arreglo, entonces. Sé que no es así. Y no sé cómo arreglarlo. Estoy luchando por ver la luz al final del túnel, pero cada vez está más oscuro y es más estrecho.
Y cada día es peor. No sé dónde leí que en ningún lado nos dan un manual para vivir la vida. Desde luego haría las cosas más fáciles. Si supiera que tuviera que ir de A a B, pues lo intentaría. El problema es que no sé si donde estoy y de si A y B existen realmente. Adiós cordura, hola demencia. Si pudiera acudir a un psiquiatra, ¿qué obtendría a cambio? Pastillas para dormir. Si pudiera acudir a un cura, ¿qué obtendría a cambio? Diez padres nuestros y diez ave marías y la absolución de mis pecados. Si pudiera acudir a Cristina, ¿qué obtendría a cambio? No puedo acudir a Cristina.
Después de enterarme de la noticia de la muerte de Raquel, fui a una tienda de esas abiertas las veinticuatro horas y compré una botella de whisky. Llegué a casa y me la bebí prácticamente entera. Entre la resaca y las heridas de la paliza debía tener un aspecto lamentable al día siguiente porque Miguel me dijo que me tomara un par de días de descanso. Intenté resistirme, pero él insistió aún más. Me pasé los dos días en casa llorando. Me hizo bien. Tomé la decisión de olvidarme de todo. Me olvidaría de Vicente, de Robson y sus maníacos, de Lucía y su novio, del maldito gremlin y de Raquel. Era lo mejor que podía hacer. Así dejé correr los días.
Nunca he sido paranoico, pero en las últimas semanas me he convertido en el rey de los paranoicos. Creo que la gente (la que conozco y la que no también) habla de mí a mis espaldas. Creo que Cristina hace lo que hace para verme sufrir. Creo que todo es una farsa y que nada de lo que sucede es cierto. Hace semanas que no hablo con Manu, ni con el resto de mis amigos. He dejado de salir, más que del trabajo a casa y a hacer la compra.
Tampoco ayuda que alguien vaya por delante tuyo matando a la gente que podía ayudarte. Me pregunto si Robson y su pandilla estarán destripados a estas alturas. Sé que estoy jodido, pero no lo reconocería ni aunque me torturaran. Es mi cruz y voy a cargar con ella. Aunque cada vez pesa más.
Han pasado dos semanas desde que me enteré de lo de Raquel, leí en el periódico que la policía pensaba que se trataba de un crimen pasional. Por lo visto no habían identificado a la víctima. Se encontraba demasiado desfigurada. Tuvieron que identificarla por sus posesiones. Es triste, no tenía a nadie. Y yo no la pude ayudar. Probablemente la lancé en brazos de su asesino. Debería estar enfadado, y lo estoy. Debería estar furioso. Debería salir ahí fuera y dar caza a ese maldito bastardo. Ahora es algo personal. Sé que es lo que tengo que hacer y ni idea de cómo hacerlo.
Me siento delante del ordenador y sigo leyendo las páginas de Vicente, algo debe haber dentro que tenga valor. Aunque a mí solo me parezcan los delirios de un loco. En un momento de la lectura, el texto se interrumpe. La siguiente línea es:
INVESTIGAR CARREFOUR
No quiero imaginarme qué tipo de complot podría tramar Carrefour para un tipo como Vicente que cree que el Vaticano tiene asesinos a sueldo trabajando para ellos. Algún tipo de maquiavélico plan para hacernos comprar en sus establecimientos en lugar de en la competencia. O quizás estén compinchados con el Vaticano y en realidad los hipermercados son tapaderas para algo mucho más peligroso. Seamos serios, por favor. Me había prometido a mí mismo que me olvidaría de todo. Pero soy incapaz. Vuelve a mí una y otra vez. Llevo semanas andando de un lado a otro ausente. Miguel, mi jefe, me ha dado un toque de atención. El otro día me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, ni siquiera pude inventarme algo que le distrajera. Sospecho que cree que tomo drogas. De momento, no me ha asignado a ningún proyecto. Así que sigo en la oficina, sufriendo cada día que veo pasar a Cristina a mi lado. Ella ha vuelto a su actitud de siempre. Como si no hubiéramos compartido nada en Londres.
El otro día Jaume estuvo en la oficina, vino a despedirse. Abrimos botellas de champán y todo. Al parecer se traslada a Madrid con su mujer definitivamente. Ha conseguido un puesto de gerente en una multinacional. Todo el mundo le felicitó. Yo le dije que le echaría de menos, él me respondió que daba asco verme. Me dijo que estaba muy desmejorado. Serán las noches sin dormir, contesté bromeando. Ha sido el mejor día que recuerdo en mucho tiempo. Supongo que relacionarme con la gente era lo que necesitaba. Hasta lo he pasado bien bromeando con los compañeros de trabajo. Después fuimos a tomar unas copas y llegué medio borracho a casa. Cristina se fue antes que yo. Tenía cosas que hacer. Apenas hablé un par de minutos con ella.
Puede que Jaume tenga algo de razón. Me he dejado barba, disimula los moretones y las cicatrices que tengo desde el viaje a Londres. He perdido nueve kilos. Supongo que debería estar preocupado, pero me siento mucho mejor así. Mi barriga casi ha desaparecido. En su lugar me cuelgan varios pellejos fofos y nada estéticos.
Paranoia. Curiosa palabra. Ilusión de carácter persecutorio o de grandeza, que conduce a una progresiva destrucción de la personalidad. ¿Cuál es el colmo de un paranoico? Pues que en realidad le persigan. Y si en realidad me persiguen, ya no sería un paranoico. Es la mejor excusa del paranoico, lo reconozco. Como el ludópata que sigue perdiendo hasta lo que no tiene. Porque piensa: ¿y si en la siguiente gano? Sería estúpido retirarse ahora. Paranoico soy entonces. De momento no oigo voces en mi cabeza, ni me habla el perro de la vecina, pero desde que salí del coche en el parking privado que lleva a mi casa, alguien me sigue. Lo hace mal. Escucho sus pasos. Y no es la primera vez esta semana. Puede que las pisadas sean parte de mis alucinaciones auditivas. Llego a la puerta de salida que conduce a unas escaleras que van a dar a la urbanización. Es una segunda planta bajo tierra. Abro la puerta metálica y la cierro detrás de mí. Subo los primeros pasos haciendo ruido con mis zapatos y vuelvo a bajarlos con el mayor sigilo del que soy capaz. Apoyo mi espalda contra la pared junto a la puerta. Cierro el puño con fuerza y espero. Los pasos se detienen junto a la puerta. Abro mi mano izquierda y cierro con más fuerza la derecha. El pomo de la puerta comienza a girarse. La puerta comienza a abrirse. Todo a cara o cruz. Si me equivoco seré un maldito maníaco, si acierto será mucho peor. Los goznes de la puerta chirrían y la tímida luz del parking entra en las escaleras. Alguien asoma su pierna por el umbral de la puerta. Mi mano izquierda se lanza al cuerpo del intruso. Consigo agarrarlo y con la fuerza del impulso, le empujo hasta la pared de debajo de las escaleras.
Situó mi puño a la altura de su cara. El intruso no tiene tiempo de reaccionar y se doblega.
—¿Qué coño quieres de mí? —Escupo al intruso en la cara.
El intruso solo emite un gemido. La poca luz de la escalera me deja ver su cara. Es la cara de un muerto.