En el infierno también se fuma 11
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Me entretengo un poco recogiendo mi maleta de la cinta. Cristina ya ha recogido la suya y sale de la sección de equipajes hacia la terminal. Voy corriendo hacia su lado, atropellándome los pies con las ruedas de la maleta. El aeropuerto está lleno de gente que va de un lado a otro. Son más de las siete, llegamos con una hora de retraso. En Londres llovía sin parar y tardamos un rato en despegar. Vuelvo el viernes bien tarde, el novio de Cristina está esperándola. Cristina se olvida de mí en cuanto ve que a lo lejos está su novio esperándola. Me despido de ella, pero ella ya corre hacia los brazos de su chico. Esto me duele más que la paliza que me dieron en Londres.

Busco un taxi para volver a casa. En el trayecto no paro de pensar en ella. La noche del miércoles fue genial, los dos hablando sin parar hasta las tantas de la mañana. Y el jueves, aunque estábamos todos juntos, ella acabó bailando conmigo. Es cierto que bailó con todos, pero conmigo bailó el último.

Llego a casa y tiro la maleta y la ropa que llevo puesta al suelo. Me echo en la cama con la sana intención de dormir hasta la mañana siguiente. El teléfono me despierta en dos ocasiones. Yo sigo en la cama, nada corre tanta prisa como para levantarme.

Llamo a Manu. Llamo a Antonio. Llamo a mis padres y les digo que el domingo como con ellos. Pongo al día mi vida social. Me da un gustazo volver a hablar con mis amigos y comprobar que nada ha cambiado. Aunque con Manu no hablo mucho porque está en el banco trabajando, me dice que es el último sábado que le toca, con Antonio me la tiro larga. Salgo a hacer la compra al súper de al lado. Hace un día estupendo. Vuelvo cargado de bolsas y lleno la nevera. Hago la colada y recojo la casa.

Saco la maquinilla para afeitarme y la vuelvo a dejar en su sitio. Así estoy mejor. Me ducho y me vuelvo a vestir. Me subo a la báscula, para comprobar que ya son ocho los kilos perdidos. A este paso voy a tener que tirar mi ropero y renovarlo entero.

Después de comer me conecto a internet. Raquel no está conectada. Como el resto de la semana. Tampoco ha contestado a mi correo.

Es estúpido, nos hemos acostado juntos y ni siquiera tengo su teléfono. Creía que no significaba nada para mí. Que me había pillado en un momento bajo. Y me muero de ganas de hablar con ella. Y me desespera abrir el messenger y no encontrarla allí. De hecho, no sé nada de ella desde la noche que nos acostamos. Puede que ella tampoco quisiera nada más. Entonces me habría convertido en un hombre objeto. Me descojono por dentro solo de pensarlo. Solo la he visto una vez en mi vida, y apenas hemos hablado por internet en unas cuantas ocasiones y siento que le echo de menos. Tampoco es eso. No le echo de menos en el sentido cariñoso, sino en el sentido de que algo terrible le ha pasado y ya no la veré más. Eso es. Algo que me sube desde las tripas me dice que las cosas no van bien. No he tenido el valor de volver a enfrentarme con Robson y sus secuaces. No soy un hombre de acción. No soy un héroe. Mi mayor hazaña ha sido pegar un puñetazo en la cara a una maruja inglesa. Soy un tipo normal que está metido en algo que le supera por mucho.

Esta mañana me he decidido, me he metido en el coche y ahora estoy buscando la calle donde vive Raquel. Todo este barrio es igual. Llevo dando vueltas media hora hasta que encuentro algo que me es familiar. Las calles son muy distintas a la luz del día. Aparco en un pequeño hueco cerca de su piso y sigo a pie. Un poco más arriba de la calle veo una ambulancia aparcada. Otra vez esa sensación en las tripas. Justo debajo del edificio de Raquel hay dos coches de la policía nacional parados en doble fila. Como una revelación divina mis peores temores se hacen certeza. Me detengo. Varias personas están en la calle observando. No llegan a ser una multitud, solo unos cuantos jubilados curiosos y algún despistado. Me sumo a ellos. Policías entran y salen del edificio, algunos visten de paisano. Así que debe de haber más coches estacionados en alguna parte cerca. Le pregunto a un anciano que está a mi lado si sabe lo que ha pasado.

—Han asesinado a una chica, parece ser. Están esperando a que venga el juez.

Ahí está mi certeza convertida en otro cadáver más. Una señora que nos escucha hablar se acerca y comenta:

—Era vecina mía. Vivía dos pisos más arriba. Yo no la conocía mucho, ¿sabe? Pero parecía buena chica. Una amiga mía, que vive en frente de ella, es la que ha llamado a la policía. Por lo visto llevaba muerta varios días. Dicen quienes lo han visto que era horrible.

El jubilado sigue hablando con la vecina cotilla, yo no tengo ganas de escuchar más. Tengo ganas de chillar. Tengo ganas de llorar. Me alejo de allí silenciosamente.

Ya me hago una imagen de lo ocurrido. Lo he visto en otras ocasiones antes y soy el único que ha sobrevivido. La mujer dijo: «Por lo visto llevaba muerta varios días», eso me descarta como sospechoso. Suena egoísta pero me da cierto alivio dentro de la tragedia. Esa porción de suelo firme que necesito para no volverme loco. A no ser que la matara la noche que estuve con ella… Ese pensamiento se me queda grabado en el cerebro.

Dios, esta pesadilla no va a acabar nunca.