10
Cristina está desayunando un zumo con tostadas. Está preciosa, recién levantada sin maquillar ni nada. Me acerco a ella. Ella no me ve hasta que no aparto una silla de su mesa para sentarme.
—Ay Dios, ¿qué te ha pasado?
Por un momento me quedo en blanco y no sé qué contestar.
—Ayer cuando volvía de casa de mi amigo, me intentaron atracar unos skinheads.
Cristina se acerca y sin querer me toca la cara con las manos. Yo emito un estúpido quejido.
—Pobrecito, ¿te llevo al médico?
—Si no ha sido nada. Unos cuantos puñetazos y unos arañazos.
—Eso por no hacerme caso —de repente parece ofendida—. Si te hubieras quedado cenando conmigo en el hotel nada de esto habría pasado. ¿Qué vamos a decirle ahora a Miguel? ¿Cómo vas a ir así a trabajar?
—¿De verdad estoy tan mal?
—Parece que te hubiera pasado un camión por encima.
Ayer en el espejo no parecía tan grave. Ahora que me doy cuenta las eses no las pronuncio del todo bien, suenan a una «sh», me noto el labio hinchado.
—Deberías ir a un hospital. Te llamo a un taxi.
—De verdad, estoy bien, no te molestes.
Tardo varios minutos en convencerla de que estoy bien y que no necesito ver a un médico. Me gustaría contarle la verdad. Si hay alguien con quien me gustaría compartirlo en este mundo es con ella. Curiosamente a la única que puedo contárselo es a Raquel y ahora está a muchos kilómetros de aquí.
En su habitación, Cristina me hace unas curas con agua oxigenada. Yo me quejo como un niño pequeño y ella me pide que me calle. Media hora más tarde estamos de nuevo en el curso. Ella con su inglés, yo con mis americanos. Todo el mundo pregunta qué me ha pasado. Soy el tema de conversación durante la comida. Se me ocurren muchas mejores situaciones para que hablen de mí. Pero por alguna extraña razón, sobrevivir a una supuesta paliza de unos skinheads me ha convertido en una especie de héroe nacional.
El día se me hace interminable. Intento centrarme en el proyecto. Soy capaz. Lo he hecho otras veces. Soy bueno en mi trabajo. Seguimos sin ver un ordenador. Estamos en la fase de diseño y mi cabeza sigue muy lejos. Miro el reloj una y otra vez. Los americanos no hacen más que discutir entre ellos. Yo tengo que tomar partido por alguno de los dos, si consigo centrarme en lo que tengo que hacer.
En el taxi pregunto a Cristina si vamos a cenar juntos esta noche. Ella me contesta que no puede, ha quedado con sus compañeros de proyecto. Acto seguido comienza a contarme lo divertido que es el inglés apuesto. Ahora es él quien la hace reír y yo soy el que se muere de envidia por dentro. El que va a cenar solo esta noche.
Por la noche intento conectarme desde mi portátil, en la cafetería del hotel. Busco a Raquel en el Messenger, su estado es no disponible. Me muero de ganas de hablar con ella y no hay manera. Subo decepcionado hasta mi habitación. Pongo la tele un rato. En la BBC dan la versión inglesa de «La Isla de los famosos», me quedo un rato viéndolo hasta que me entra sueño. Hoy voy a dormir por fin.
El proyecto avanza por fin. Las clases que nos dan por la mañana por fin están dando resultados, a partir del jueves tenemos que unir las respectivas áreas en una que gestione las demás. Y el viernes volvemos a Madrid. Sigo sin saber nada de Raquel.
—¿Estás casado? —me pregunta.
Yo me quedo helado. Hoy, después de tres días, por fin he conseguido estar un buen rato a solas con Cristina. Fue ella misma la que tomó la iniciativa proponiéndome que tomáramos una copa antes de cenar. Afuera está lloviendo desde esta mañana, así que optamos por quedarnos en la cafetería del hotel. Pensábamos cenar fuera, ir a algún sitio recomendado, pero la lluvia de Londres manda. Cristina me hablaba de otra compañera, una inglesa que la está sacando de quicio. Yo le he contado mis experiencias con los americanos y ella se ha partido de risa. Y sin venir a cuento ahora pregunta que si estoy casado. Me quedo pálido y tardo en responder.
—Qué tonta soy, claro que no. ¿Dónde está el anillo sino? —dice alegremente—. Yo me caso el año que viene.
—Ya.
—Qué tonta estoy, claro que lo sabías. Llevamos casi dos años bajo el mismo techo y casi no hemos hablado de otra cosa que no sea el trabajo. Por eso te preguntaba si estabas, ya sabes, con alguien…
—Ahora mismo no.
—¿Alguien en perspectiva? —Me da un codazo cómplice.
—La verdad es que sí, pero ella ni sabe que existo.
—Pues debería saberlo. Esas cosas es mejor no retenerlas. Yo es que cuando me pongo empiezo a hablar de mis cosas y no paro. Así que cuéntame algo de ti.
—¿Qué quieres que te cuente?
—No sé, lo que sea. Algo que me entretenga.
—¡Oh!
Estalla en una carcajada al ver la expresión de terror de mi cara.
—Es broma. Tenías que haberte visto. Es verdad, estamos con otras personas, en realidad compartimos un trozo de vida con ellas y no sabemos nada los unos de los otros. Es muy triste. ¿No te parece?
—Supongo.
—Pues lo es y punto.
Mientras lo dice arruga la nariz y me da un manotazo en el muslo. Yo me río y me olvido de que el resto del mundo existe.
Hemos quedado para cenar todos juntos. Mañana es el último día y cada uno vuelve a su casa. Antes de ir a buscar a Cristina a su habitación bajo a recepción a conectarme con el portátil. Tampoco hay suerte en el Messenger. Ni rastro de Raquel. Decidido mandarle un correo que no dice mucho más que a ver si nos vemos y hablamos. Hay varias cosas que quiero comentar con ella.
Todavía no he tenido ocasión de pensar lo que pasó la noche del lunes. Pensaba discutirlo con Raquel, pero sigo sin poder contactar con ella.
Se me ocurre que sería razonable pensar que Robson y compañía ya estaban al corriente de la muerte de Vicente. Y también sería razonable que pensaran que yo era el asesino. Así que en realidad lo que intentaron fue ajustarme las cuentas. Yo en su caso hubiera hecho lo mismo. Su error fue precipitarse demasiado. Si hubieran sido más pacientes, ahora a lo mejor estaba hecho pedacitos en algún vertedero a las afueras de Londres. Tuve suerte de salir con vida. Joder, tuve una suerte increíble. Debería intentar volver a la tienda y ajustarles yo las cuentas. Podría denunciarlos a la policía, pero entonces tendría que responder a muchas preguntas.