9 #2
He debido de anotar mal el número por teléfono, quizás no dijo thirteen sino thirty, porque el trece es una tienda de ultramarinos y está cerrada. Me alejo buscando el número treinta de la calle cuando veo un símbolo pintado en la puerta de al lado. Es un ankh. He hecho los deberes. El ankh es esa especie de cruz con un lazo en la parte superior, era el símbolo de la inmortalidad en el antiguo Egipto. Por alguna razón el nombre de la hermandad de Anubis me viene a la cabeza. Llamo al timbre de la puerta, que parece un anexo de la tienda, aunque tiene un timbre independiente. Espero unos segundos. Nadie sale a recibirme. Estoy tentado de buscar una cabina y volver a llamar por teléfono. Escucho un ruido metálico que viene del interior de la tienda. Alguien está abriendo los cierres.
Un rato después la puerta se entreabre y asoma la cabeza una pelirroja de unos cuarenta y muchos y con más maquillaje del que necesita.
—¿Es usted el que llamó por teléfono? —pregunta en un inglés difícil.
Le respondo que en efecto soy yo. Ella me invita a pasar. Abre la puerta un poco más y yo entro en la tienda. Apenas hay una luz que viene de una puerta y deja entrever el interior de la tienda. La mujer comienza a echar los cerrojos de nuevo.
—Adelante, pase hasta el fondo. Allí le espera mi marido.
Camino hacia la luz. Es un recibidor que da a unas escaleras. Comunica la tienda con un domicilio privado. A un lado hay una puerta con un cristal translúcido de la que sale más luz, al otro lado una puerta de madera y un buzón. Debe ser la puerta que da a la calle a la que llamé. Subo los dos peldaños hasta la casa. La puerta está entreabierta. Pregunto antes de entrar, una voz desde el interior me dice que pase. Entro a una sala de estar. La casa parece que fue amueblada hace veinte años. La televisión está encendida y la mesa parece estar dispuesta para tomar el té. Reconozco que esto no es lo que esperaba. Me imaginaba algo así como una vieja librería con telarañas en frente del British Museum, no una tienda de ultramarinos en un barrio de inmigrantes. Un hombre de unos cincuenta y muchos sale de la cocina llevando una bandeja con una tetera. Tiene el pelo gris y la cara colorada, un pequeño bigotito y lleva un chaleco sobre la camisa. Aunque está sonriente, tiene cara de tener muy mala leche. Me ofrece una taza de té. Le digo que no, gracias. Él insiste diciendo que está recién preparado. Deja la bandeja sobre la mesa y me invita a sentarme. Él lo hace en uno de los sillones. Yo lo hago en el sofá frente a él.
—¿Es usted el español?
—Supongo que sí. —Le sonrío—. Usted es el señor Robson.
—¿Qué le trae hasta Londres, si se puede saber? —me devuelve la sonrisa, hay algo en sus ojos…
—Básicamente, estoy de viaje de negocios. Pensé que usted podría ayudarme, pero creo que me he equivocado. Lo siento mucho. Siento haberles molestado —le digo poniéndome en pie.
—Quédese sentado donde está —contesta el hombre que de repente tiene un revólver en su mano derecha. No sé dónde lo tenía guardado, apenas ha hecho un movimiento y ya estaba ahí.
—Doris —alza la voz el hombre, a la vez que me apunta con el arma. Una puerta se abre y aparece un hombre negro vestido con ropa deportiva. Tiene la cabeza afeitada y no debe de tener más de veinticinco años.
—Esto debe ser un error… —comienzo a hablar hasta que los nudillos del negro me detienen. Me inclino sobre el sofá. El tipo se recrea golpeándome en los riñones. El hombre sigue llamando a Doris a gritos.
—Paul, tíralo al suelo —le ordena al joven de color. Por alguna razón la frase me resulta graciosa y sonrío al caer al suelo. Abro la boca para enseñar los dientes manchados de sangre. Esto enfurece al hombre de la pistola que comienza a gritar como un poseso. De lo que dice apenas entiendo los malditos y los tacos. Sea lo que sea está realmente cabreado. Paul me sacude una patada para que deje de sonreír. Lo hago de inmediato. Me ha dolido de veras. Me ha golpeado en pleno estómago. Escupo un poco de sangre. El hombre del arma me apunta con ella y me dice que si vuelvo a escupir en su alfombra, me mata de una puta vez. No me gusta la idea, así que le pido disculpas.
—No volverá a pasar.
—Quiero que contestes a unas preguntas y que lo hagas diciendo la verdad, si no quieres que Paul te haga más daño. ¿Para quién trabajas?
—OK. Colaboraré, pero no me peguen más —lo digo de corazón, aunque en inglés me queda un poco sarcástico. Paul me vuelve a sacudir una bofetada. Y yo vuelvo a escupir en la alfombra.
El hombre de la pistola está rojo de rabia, comienza a escupir al gritar, me llama de todo y nada bonito.
—Jódete. —Las palabras salen de mi boca, pero yo juraría que no las he invocado.
El hombre dispara el revólver una única ocasión. Paul está tan cerca de mí que es él quien recibe el balazo. La bala le da en todo el muslo. Pasa muy cerca de mi cabeza, pero es él quien se derrumba maldiciendo. El supuesto señor Robson comienza, entonces, a disparar como un loco. Me agacho todo lo que puedo, utilizando de escudo a Paul. Hoy los dioses me acompañan. Ninguna de las balas me roza siquiera. El hombre se queda sin munición en el sexto disparo. Su puntería deja mucho que desear. El hombre saca el tambor del revólver y comienza a cargar las balas de nuevo. Los segundos necesarios para que yo salga por la puerta que he entrado. A mi espalda escucho al hombre maldecir y después nuevos disparos, en ese momento ya estoy de nuevo en la tienda. Las luces siguen apagadas. Camino hacia la puerta y Doris surge de la oscuridad para ponerse en mi camino. Me llama maldito hijo de perra y lanza sus uñas contra mi cara. Aprieto el puño y descargo con todas las ganas un puñetazo en su cara. Parece que Doris no se lo esperaba porque cae de culo y se estrella contra un expositor. Me disculpo en español, como si fueran a entenderme. Intento abrir la puerta de la calle. Está cerrada. Tiro del cerrojo y consigo sacarlo del riel. El marido de Doris grita detrás de mí, también lo hace Doris. Me pongo nervioso y no consigo atinar para abrir la puerta. Los gritos de Paul y del pistolero no cesan. Doris se está incorporando. Al final la puerta cede y se abre. Salgo corriendo de la tienda. No me paro a mirar si el pistolero o Doris están detrás mío. Corro lo más rápido que soy capaz.
El calor del interior del metro me sienta como una patada en el estómago. Una vez dentro del vagón, empieza a dolerme todo el cuerpo.
Estoy sangrando de la nariz y el labio. Con un pañuelo contengo la hemorragia e intento no manchar el asiento. Tengo un arañazo que cruza la frente y escuece cada vez más.
Unos jamaicanos me miran fijamente. No sé si son jamaicanos, pero como los tres llevan los gorros típicos y las trenzas rastas, pues como si lo fueran. Les devuelvo la mirada desafiante. Uno de ellos se levanta y se acerca a mí. Me preparo para lo peor.
—¿Necesita ayuda, señor? —pronuncia en el peor inglés del mundo.
—No, gracias. —Le sonrió, enseñando mis dientes manchados en sangre.
El jamaicano vuelve con sus amigos y continúan hablando, olvidándose de mí.
Llego al hotel una hora más tarde. Ya no sangro, pero me sigue doliendo todo. Al pasar junto a la puerta de Cristina me detengo. Me la imagino en la cama dormida y desnuda. Me imagino a mí mismo besando su piel desnuda. Un escozor punzante me recorre el labio. Me llevo el pañuelo ensangrentado a la boca. Meto la tarjeta en la ranura y entro en mi habitación.