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El azafato (véase: auxiliar de vuelo) me pregunta si quiero algo de beber. Pienso que un whisky estaría bien. Cristina pide un botellín de agua mineral. Descarto la idea del whisky. Pido lo mismo que ella. La observo mientras lee el periódico. Está preciosa. Me gustaría dormir un poco. Es imposible. En una hora aterrizaremos en el aeropuerto de Heathrow. Tengo un montón de cosas en la cabeza y ninguna referente al trabajo que vamos a hacer.
Cristina y yo nos encontramos en la cola del mostrador de la compañía aérea. Evidentemente no tengo la confianza para haberla llamado por teléfono y haber quedado en algún otro sitio. Espero que eso cambie en este viaje. Tengo asumido que no va a pasar nada entre nosotros. Pero nada impedirá que me la trabaje con pico y pala. Torres más altas han caído. Ella llegó completamente dormida empujando lentamente su maleta de ruedas por la terminal. Pensé en ayudarla, pero preferí seguir en la cola y llamar su atención cuando estuviera más cerca. Iba vestida con traje de chaqueta y pantalón, muy ceñido, y sus gafas de sol. Yo estaba allí con mi traje y mi gabardina colgando del brazo que sujetaba mi maleta. La hice un gesto y se giró hacia mí. Sin quitarse sus gafas, se acercó. Tampoco me dio un beso de cortesía. Se disculpó, diciendo que no había pegado ojo en toda la noche y que no sería persona hasta que no llegáramos a Londres. Ya somos dos, dije yo. Embarcamos y subimos al avión. Me cuenta que ha tenido una bronca con su novio. Yo no puedo estar más interesado. También me cuenta que por la noche lo arreglaron y que ahora todo va estupendo. Poco a poco su humor va cambiando a mejor. Cuando el taxi nos lleva por Baker Street, ya está riéndose como es habitual. Al parecer encuentra a los ingleses muy graciosos.
La empresa está en plena city de Londres. En la zona de negocios. Llegamos con media hora de retraso. El tráfico, el aéreo y el otro, ya se sabe. Nos hacen las presentaciones de rigor y no me quedo con ninguno de los nombres. Dentro del equipo hay dos americanos. Más que un proyecto, en realidad es una especie de curso. Tenemos que hacer equipos de tres y no sé cómo acabo con los dos yanquis y Cristina acaba con un inglés alto y guapo y otro que no lo es tanto. Nos dividen y nos asignan a áreas diferentes. A mí me toca Logística y a ella Finanzas. Parte de las horas son comunes y otras son por cada departamento. Veo cómo mi idílica semana con Cristina se va por el desagüe.
Los americanos no paran de hablar todo el rato. Resulta que son de la misma ciudad, aunque uno trabaja en Nueva York y el otro en Houston. Me van a dar el curso. Las primeras horas son soporíferas. Presentación del proyecto y documentación. Y yo sin dormir.
Cada vez que estoy a punto de cerrar los ojos, me palpo el papel que llevo en el bolsillo del pantalón. Cuando no me ve nadie saco el papelillo disimuladamente y lo miro de nuevo. Es como si me quemara en el bolsillo. Solo es un nombre, una dirección y un teléfono. Solo eso. Pero no veo el momento de salir de aquí y marcar el número. Es estúpido poner todas mis esperanzas en algo así. Si a Vicente le asesinaron sería por algo.
Gracias a Dios es el único que ha corrido esa suerte. Con lo cual sería lógico pensar que Vicente era la pista correcta. Y Vicente me lleva hasta Londres y mi jefe me manda a Londres y Cristina viene conmigo, si eso no es una señal divina, ya me diréis qué lo es.
A la hora de comer vuelvo a juntarme con Cristina. Hablamos un ratito en español, mientras los demás se van sumando a la mesa. Comentamos lo soporífero de la charla, parece que nuestros compañeros son del mismo parecer. Uno de los dos americanos incluso dio una cabezadita. El inglés apuesto se sienta junto a Cristina. Yo estoy sentado enfrente. No le conozco y ya me cae mal.
Después de comer es aún peor. La charla continúa, presentación de PowerPoint tras presentación de PowerPoint. Todavía no nos hemos acercado a un ordenador. Mi capacidad de atención se toma unas vacaciones y comienzo a elucubrar. Decido hacer la llamada desde una cabina. Llamaré nada más salir del curso. Luego iré al hotel con Cristina y por la noche la invitaré a dar una vuelta por el Soho. Cenaremos en un restaurante exótico y luego vuelta al hotel.
La última presentación termina y ya tenemos un esquema global de lo que vamos a hacer y de cómo vamos a hacerlo. Tenemos cinco días para desarrollar el proyecto, en paralelo a las clases que nos dan. Quince años después he vuelto a la universidad. Solo uno de los asistentes es mayor que yo. Tiene pinta de gerente. Anda cerca de los cincuenta, supongo. Como ya he dicho, tengo mal ojo para las edades.
A la salida nos reunimos todos de nuevo y uno a uno vamos cogiendo taxis. El inglés apuesto cede el suyo a Cristina. Ella es tan maja que no lo acepta. ¡Adiós patán, soy yo el que se va al hotel con ella!
Nos inscribimos en el hotel. Nuestras habitaciones están una junto a la otra. Mientras ella deja las cosas en la suya, yo debería hacer lo mismo. Dejo la maleta en medio de la habitación, que por cierto está bastante bien. Esta vez la empresa se ha portado. Me cambio a la velocidad del rayo y bajo a la calle en busca de una de esas famosas cabinas rojas. No es la primera vez que estoy en Londres. De hecho, ya he estado antes tres veces, dos por trabajo y una de vacaciones. Esta es la primera vez que busco una cabina y no la encuentro. Después de dar vueltas y de preguntar por un teléfono público a varios… turistas, encuentro una. Estoy excitado como un niño la noche antes de Reyes. Toco el teléfono y busco las monedas en mi bolsillo. También funciona con euros, aunque me tomé la molestia de cambiar durante la comida. Saco el papel, que está arrugado y medio sudado. Todavía se pueden ver los números y el nombre. He traído un bolígrafo conmigo. Me relajo y tomo aire. Comienzo a marcar el número. Afuera el trasiego de gente es continuo. Suena un tono, otro y un tercero después. Al otro lado alguien contesta recitando el número de teléfono que estoy marcando. Es una mujer.
—¿Podría hablar con el señor Robson, Charles Robson? —pregunto en inglés.
—¿De parte de quién?
—Soy un amigo de un amigo suyo. El señor Vicente De Felipe. —Se lo deletreo.
—Espere un minuto —me dice y me deja colgado del teléfono durante un buen rato. Meto más centavos en la ranura. Me pregunto por qué demonios me complico tanto la vida y no llamo desde el teléfono de mi habitación del hotel.
Tras unos dos minutos de espera, vuelve a escucharse ruido al otro lado de la línea y una voz grave responde: «Hola, Mr. Robson al habla».
—Hola, señor Robson. Usted no me conoce, soy amigo de Vicente De Felipe. Él me dio su número de teléfono y me dijo que si venía a Londres tendría que hablar con usted. Así que eso estoy haciendo. Vengo de España y pensaba…
—Así que viene de España.
—Sí, llegué esta mañana. Sería posible concertar una cita con usted. Hay unas cuestiones que me gustaría tratar. En persona, no por teléfono.
—¡Ummm!, ya veo. Creo que sería posible que nos viéramos esta noche. Aquí en mi casa.
—¿Esta noche?
—Sí, ¿le viene mal? Podríamos quedar otro día.
—Esta noche está bien. —A la mierda mis planes con Cristina.
—¿Tiene mi dirección?
—No. Si fuera tan amable…
El tipo me da sus señas en su perfecto acento británico y me cita a las diez de la noche. Me despido hasta esta noche y cuelgo satisfecho.
Al rato de caminar de vuelta hacia el hotel, comienzo a extrañarme de lo fácil que ha sido todo. No me ha preguntado nada, ni para qué quería hablar con él, ni quién soy, ni de qué conozco a Vicente. Puede que piense que soy alguien de la hermandad. Eso sería perfecto.
Cristina está llamando a mi habitación cuando salgo del ascensor. Se da la vuelta al oírme llegar.
—No sabía que habías salido.
—Sí, he ido a hacer unos recados.
—Iba a preguntarte si cenábamos juntos.
MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA
—Uf, lo siento mucho. No puedo. Tengo un amigo que vive aquí en Londres y le he prometido que hoy cenaría en su casa. Qué rabia. Y tú vas a cenar sola.
—No importa, de todas formas, no iba a cenar mucho. Me tomaré algo en la habitación. Mi novio iba a llamarme a las diez y media, así que supongo que le esperaré.
—Claro. ¿Quieres tomar algo de todas formas?
—¿Cómo?
—Ahora, en la cafetería hasta la hora de la cena, unas cervecitas.
—Gracias. Lo dejaremos para mañana, mejor.
—Está bien, te veo mañana entonces a la hora del desayuno.
—Sí, claro. A las siete y media abajo. ¿Te parece bien?
—Por mí estupendo.
—Buenas noches, entonces, y diviértete.
—¿Cómo?
—Con tu amigo, en la cena.
—Ah, claro, se hará lo que se pueda.
Ella se mete de nuevo en su habitación y yo me meto en la mía. ¿Unas cervecitas?, ¿qué tengo quince años? Mira que digo chorradas. Nunca será mía.
Se me queda el culo caliente en el asiento. ¿A quién se le ocurrió hacer asientos de tela y poner la calefacción justo debajo? Una voz anuncia la parada de Balham. Es aquí donde me bajo. Subo el volumen del MP3 para subir los largos tramos de escaleras mecánicas. Para mi viaje a Inglaterra me he hecho una selección de viejos temas de Iron Maiden, de cuando era joven, heavy y tenía pelo en la cabeza. Me parecieron apropiados para Londres. La calle está a un kilómetro de la boca del metro. Fuera hace frío, camino deprisa esperando ir en la dirección correcta. Parece un barrio obrero. Camino por una pequeña avenida, que parece bastante comercial, aunque a esta hora la mayoría de las tiendas están cerradas. Llego hasta la calle sin tener que preguntar a nadie.