8
—De eso hace siete años, ya —me dice Raquel muy convencida.
El café se me ha quedado frío. Llevo veinte minutos atónito. Su recreación es espeluznante. Es capaz de recordar cada detalle, es minuciosa hasta el extremo. O bien ha contado muchas veces su historia y la tiene muy preparada o la rememora cada día que pasa.
—¿Y bien? —vuelvo a preguntar—. ¿Qué pasó entonces?
—Me llevaron hasta Guadarrama. Allí fuimos hasta la casa socorro. Por entonces, no estaban muy de moda los móviles. Yo me quedé en la enfermería y una ambulancia fue a buscar a Adolfo. Nunca le encontraron.
—No me jodas.
—El coche estaba allí, pero ni rastro de Adolfo. Supusieron que ambos habíamos sufrido una conmoción por el accidente. Y pensaron que aparecería tarde o temprano, desorientado o en estado de shock. Así pasaron unos días y seguía sin haber noticias de él. Yo sabía que nunca aparecería, así que me dediqué lo que me quedaba de tiempo a buscar al tipo que lo mató. Al principio no quise verlo. Era una locura. Después se fue haciendo cada vez más y más obvio. Podía engañarme a mí misma, pero la realidad seguía estando ahí, a mi ligue se lo había cargado un vampiro. La noche, el golpe en el coche, el mordisco en la yugular y la sangre. Todo encajaba. Tiene gracia cuando leí tu mensaje en internet, me vi a mí misma hace siete años. Estabas pasando por lo mismo que había pasado yo. Por eso creo que hemos conectado. Tenemos algo en común muy fuerte.
—Mira, Raquel, no te equivoques. En absoluto creo que lo que te pasó a ti es parecido a lo que me ha pasado a mí. Puede parecerlo, estoy de acuerdo. Hay similitudes. Y una gran diferencia. Lo que yo vi no era humano, era una especie de animal, un monstruo, lo que quieras excepto un hombre. Puede que lo que tú viste no fuera nada más que un maldito psicópata que asesinó a tu novio. Puede que incluso mi caso sea igual y tengas razón. No lo sé.
—¿Lo ves? Eres igual que yo. Eres un escéptico. Aunque los hechos te digan lo contrario te niegas a aceptarlo. Es una actitud muy comprensible…
—No me psicoanalices, por favor.
Me estoy poniendo nervioso. Me da miedo pensar que tiene razón. Mi café está vacío. Busco a la camarera con la mirada.
—¿Cómo sabes que estudié psicología? Soy traductora, pero eso es lo que estudié.
—Lo dije por decir.
—¡Ah! —Se queda callada durante unos segundos, hasta que llega la camarera y le pido otro café—. Tú me dijiste que eras informático, ¿no?
—Programador, analista… esto, sí, informático. Trabajo en una consultoría. Estoy todo el día viajando de un sitio a otro, de un cliente a otro. Se puede decir que trabajo en varias empresas.
—Parece interesante.
—No lo es. Llevo doce años así y cada día se hace más insoportable.
Sonrío e intento quitarle hierro al asunto, sonriendo. Es la primera vez que le cuento a alguien lo que siento realmente. Ni siquiera había hablado de esto con Manu.
—Me quejo como todo el mundo, si tuviera el mejor trabajo del mundo, también me quejaría. Soy de los que nunca está contento con lo que tiene.
Ella sonríe y deja sus dientecillos al descubierto. Es delgaducha y muy poquita cosa. Es morena y tiene el pelo cardado, pómulos muy salientes y más pellejo que carne.
Viste todo de negro, incluido un abrigo que podría haber usado mi abuela. Aun así, me siento cómodo con ella. No solo no me juzga, sino que, incomprensiblemente, parece sentir cierta admiración por mí. Cuando llega la hora de pagar, la invito a los cafés y los bollos que nos hemos tomado. Al final no hemos ido al cine como habíamos planeado. No me ha importado, ni siquiera he mirado el reloj como suelo hacer en estos casos.
Seguimos andando calle de Princesa hacia abajo. La pregunto cómo ha venido y dónde vive. Me dice que en metro y la dirección. Está bastante lejos para ir ahora. Se ha hecho tarde y yo tengo que madrugar. Mañana cojo un avión. De todas formas, te acerco a casa, le digo. Ella no se resiste.
Una vez en el coche la pregunto si puedo poner música. Sus gustos son parecidos a los míos. Por un momento me imagino que chocamos con su vampiro. Como si la historia que me ha contado se repitiera, esta vez conmigo.
Una media hora más tarde aparco junto a su casa. Hasta aquí hemos llegado. Los dos nos quedamos callados, sin saber muy bien qué decir. Puesto que esto no era una cita, no hay necesidad de decir, ya te llamaré, ni esas chorradas. Ella rompe el hielo:
—Me lo he pasado muy bien.
—Sí, ha estado bien.
—¿Quieres subir a tomar la última copa?
Me quedo callado, noto cómo comienzo a ponerme colorado. El coche está parado y las llaves siguen en el contacto.
—Verás, es que tengo que madrugar mañana, salgo de viaje para Londres. Ya te lo dije. Allí intentaré hablar con el tipo ese, a ver si me lleva a algún sitio.
—Será solo un ratito. Si quieres tengo cerveza sin alcohol.
—Está bien. Un ratito solo.
Soy despreciable. Me siento fatal. Sí, me he acostado con ella. Hacía casi tres años que no estaba con una mujer, y ella debía de andar parecido. Ha sido algo salvaje. Según salimos del coche y subimos a su casa, comenzamos a besarnos y un segundo más tarde estaba desnudo en su cama diciéndola cosas que no siento. Al menos no por ella. Me siento como una mierda. Necesitaba echar un polvo, he visto la oportunidad y lo he hecho. ¿Por qué entonces me siento tan mal?
Por lo demás, el sexo ha sido genial. O no me acordaba de lo bueno que era o ella es realmente buena en la cama. Me inclino hacia la primera opción. No voy a dar detalles de lo sucedido. Eso queda entre ella, yo y la cámara de video. No. Es broma. Ha sido genial. Lo que temo es que ella sienta algo más de lo que yo siento. Parece alguien muy débil y vulnerable. No quisiera hacerle daño.
Son las tres de la mañana cuando llego a casa. Y mañana tengo que levantarme a las seis si quiero coger el vuelo de las ocho y media.
Una vez en la cama sigo con mi problema de insomnio. No paro de darle vueltas al asunto. A los asuntos.
Me pregunto:
Si Cristina será la mitad de buena en la cama que Raquel. Ella no lo necesita, es un ángel. Y con estar abrazado a ella es suficiente para hacer a un hombre feliz.
Me pregunto:
Vampiros, muertos vivientes, demonios sumerios, ¿en qué se va a convertir mi vida? ¿En un episodio de «Embrujadas»? Si sigo así podré escribir un libro de cuentos de terror o uno sobre psicología avanzada sobre tipos trastornados que necesitan desahogarse.
Me pregunto:
¿Podré dormir una hora al menos antes de que tenga que levantarme?