7
Se sentía cansada y con sueño. Estaba loca por llegar a casa. El chico había intentado ser agradable durante toda la tarde, lo había intentado de veras. Pero a ella no le había convencido. Y no es que no fuera guapo, el chico era majete. Era que no había nada que se la moviera por dentro. Y si no lo había, no tenía nada que hacer entonces. Él conducía mientras ella miraba por la ventanilla. Habían ido a comer y pasar el día a un pueblo de la sierra y ahora estaban de regreso. Ya era de noche. Ella llevaba un rato sin hablar y el chico intentaba romper el hielo sacando conversación. No le estaba prestando atención realmente hasta que en medio de la frase dijo «Ostia, puta».
Ella se giró para ver la cara del chico y no vio lo que tenían delante, pero sí que lo escuchó. Y lo sintió. Un fuerte golpe metálico que hizo temblar al coche. Llevaba el cinturón de seguridad puesto, lo que no impidió que su frente se estrellara contra el parabrisas. El chico había frenado en seco. Y el coche se detuvo unos treinta metros después. Además de frenar, derrapó un poco a la derecha hasta salirse a la cuneta. El chico no se golpeó porque se había agarrado con fuerza al volante. Cuando ella se incorporó, el coche ya estaba parado. El chico estaba maldiciendo y le preguntaba una y otra vez si estaba bien. Ella estaba aturdida y le dolía la frente, pero estaba bien. El parabrisas no estaba bien. Tampoco lo estaba la parte delantera del coche. El parabrisas tenía una gran grieta en el centro y el capó del coche se había arrugado como si se hubieran estrellado contra un árbol.
—No lo he visto, estaba parado en medio de la carretera y no se apartó.
Ella no sabía de qué estaba hablando.
—Tengo que salir a ver qué le ha pasado, ¿tú estás bien? Lo he atropellado, dios mío.
—¿Qué?, oh sí, está bien.
Las palabras «¿De qué hablas?» se quedaron en la cabeza de ella. El chico se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta del coche. Ella todavía no sabía de qué estaba hablando. Parece que habían atropellado a alguien. Por el golpe que tenía el coche, debía ser un animal, una vaca o algo así. Ella se quitó el cinto y salió del coche también.
Efectivamente, unos metros más atrás había algo en la carretera. Parecía un hombre. El chico estaba más cerca y podía verlo bien.
—Quédate en el coche —le gritó el chico. Y eso debió haber hecho ella.
El chico se acercó hasta lo que parecía el cuerpo de un hombre tirado sobre la carretera. En ese momento no pasaba ni un coche. Ni en una dirección, ni en otra. Ella no sabía qué hacer, se estaba poniendo muy nerviosa. Quería pedir ayuda.
El chico se acercó hasta el hombre hasta ponerse de rodillas junto a él. Estaba diciendo algo, pero ella no podía escucharlo. Ella se llevó las manos a la boca para no gritar. El chico, por el contrario, no tuvo tiempo de hacer nada. Una mano le agarró el cuello y tiró de él hacia abajo con una fuerza endemoniada.
El chico cedió por completo, en realidad, sus huesos cedieron por él. Ella tampoco escuchó el crujir de huesos rotos. Lo que sí que vio fue cómo el hombre que estaba tumbado en el suelo se levantaba y acercaba su mandíbula al cuello del chico y se lo arrancaba de un solo mordisco. Luego escupió el pellejo arrancado. Y se limitó a abrir la boca para beber la sangre que salía directamente de la garganta del chico. Así estuvo bastante tiempo. De todas formas, ella ya no estaba mirando: corría como una loca a lo largo de la carretera. Alejándose del coche todo lo que sus piernas podían. El hombre atropellado entonces se levantó y comenzó a correr hacia ella. Ella se giró para verle, pero las luces del coche jugaban en su contra. Solo alumbraban la silueta del hombre que cada vez estaba más cerca.
Al girar la curva, las luces de un coche le deslumbraron. Tropezó y se dio de bruces contra el asfalto. El coche que venía directo a ella tuvo que maniobrar para no atropellarla. El chirriar de ruedas y de neumáticos, quemando la carretera, llenó la noche. La chica volvió a ponerse en pie. El conductor del vehículo y el acompañante de la parte de atrás habían abierto sus puertas para ver lo que pasaba. El conductor se quedó mirando al coche abandonado en la cuneta que estaba unos metros más adelante. La mujer que iba detrás, por el contrario, había salido del coche e iba al encuentro de la chica que corría hacia ella. El conductor preguntó a la mujer qué hacía. La mujer abrazó a la chica que no dejaba de llorar.
—Sacadme de aquí, por Dios —comenzó a gritar la chica.
La mujer miró a su marido, el conductor. Una tercera persona salió del coche. Era otro hombre e iba sentado junto al conductor.
—Tranquilízate, por favor. ¿Has tenido un accidente? —intentó calmar la mujer mientras abrazaba a la chica.
—Nos matará si no nos vamos, ya.
Al escuchar esto, el conductor se puso en guardia y le pidió a su esposa que entrara en el coche. Comenzó a mirar más adelante en la oscura carretera. Parecía que había algo en el suelo. Parecía un cuerpo. Ahora ordenaba a su mujer que entrara en el coche. Su mujer protestó. No podían dejarla allí. La chica no dejaba de llorar y de suplicar que se la llevaran. La mujer le dijo que si se calmaba la dejaría entrar en el coche. La chica, que estaba pálida y cubierta de lágrimas, se tapó la boca con las manos. El conductor maldijo a su mujer y le pidió que entrara en el coche de una vez. La mujer lo hizo, pero llevaba consigo de la mano a la chica. Cuando entraron en el coche, el conductor puso en marcha el vehículo. El acompañante del conductor preguntó qué es lo que le había pasado a la chica. El conductor dijo que cuando llegaran al siguiente pueblo pararían y avisarían a la policía. La chica cerró el seguro de la puerta y se quedó mirando la carretera. La mujer siguió tomándole de la mano y pidiéndole que se calmase.
—¿Hay alguien más contigo? —preguntó la mujer.
La chica negó con la cabeza. El coche avanzaba lentamente. Tanto el conductor como el otro hombre se quedaron observando el accidente. La chica miró por la ventanilla, mientras su mano soltaba la de la mujer para tocar el cristal. Un cuerpo en el suelo y una figura en pie junto a él. La chica miró por el cristal trasero el tiempo suficiente para ver la cara del hombre. Estaba sonriendo.