6
Me levanto y el suelo está frío. Rápidamente alcanzo los calcetines y me los pongo. Lo mismo hago con el resto de la ropa. Son las nueve y media. Es pronto teniendo en cuenta la hora a la que me acosté ayer. Hace un rato que escucho ruidos en el piso de abajo. Estaba esperando a que se despertaran para levantarme yo. No quisiera abusar más de mi estancia.
Recojo la ropa y la meto en la maleta.
Guardo el portátil y cojo la gabardina. Me la cuelgo del brazo y cojo mis bártulos. Con dificultad consigo abrir la puerta y salir al pasillo. Es peor aún cuando intento cerrar la habitación. En el pasillo hace un poco menos de frío y huele a… Respiro profundamente intentando identificar el olor. Huele a pan recién hecho y huele francamente bien.
Bajo las escaleras hasta el salón y allí apoyo las cosas en la mesa y una de las sillas. Intento hacer el menor ruido posible. Aunque no es necesario, de la cocina provienen ruidos de cacharros y el sonido de una radio encendida. Están dando las noticias. Me acerco a la cocina y me quedo en el umbral.
—Hola, buenos días.
—¡Oh!, hola, buenos días. Pasa y siéntate, no te quedes ahí.
Lucía está de pie junto a la pila. Solo lleva puesta una camiseta larga, unas zapatillas de andar por casa y unos calcetines de lana muy gordos que le llegan hasta casi la rodilla. Se gira al oírme y me hace un gesto con la mano para que me siente.
—Creía que estabais los dos levantados —digo sonrojándome. Me resulta violento estar a solas con ella, con tan poca ropa. Intento no fijarme en sus piernas. Es condenadamente difícil.
—Ahora bajará, un momentito y te sirvo el desayuno.
—No quisiera abusar, bastante habéis hecho con dejarme pasar la noche aquí. Buscaré una cafetería, muchas gracias.
—Ni se te ocurra. Me sentaría ofendida. Tú desayunas con nosotros y si después te quieres ir pues ¡ale!, te vas y punto.
No puedo evitar reírme. No es lo que dice sino cómo lo dice. Me siento en la mesita de la cocina y apoyo los codos en el hule.
—Está bien. ¿Qué es lo que huele tan bien?
—Tortitas, las he hecho yo. Es lo único que aprendí a hacer en Londres. ¿Las quieres con leche o con chocolate?
—Con chocolate sería maravilloso.
Ella ríe. Y de la planta de arriba comienzan a oírse los gritos de Nacho maldiciendo. Rápidamente me pongo de pie y hago el amago de ir a ayudarle. Lucía me detiene posando su mano en mi hombro. Me dice que no con la cabeza y me sirve una taza con chocolate humeante. Mientras pone un plato en el centro de la mesa con las tortitas, Nacho entra con la silla de ruedas golpeando los marcos de la puerta y sin parar de maldecir. Lucía se hace la despistada. Nacho no deja de resoplar hasta que se ha situado frente a la mesa.
—Buenas. Perdóname, pero es que esta mierda… —señala la silla con las manos.
—No pasa nada. Buenos días.
Lucía se acerca para servir a Nacho y se agacha para darle un beso mientras le da los buenos días.
—¿Has dormido bien? —me pregunta Nacho, al rato de estar los tres devorando el desayuno en silencio.
—Sí, estupendo. He pasado un poco de frío, pero luego me he echado otra manta y he dormido como un tronco el resto de la noche.
—Es que aquí por las noches refresca.
—Y por el día —le corrige Lucía.
—¿Qué vas a hacer?, ¿te vas a quedar por aquí? No es que esté metiéndote prisa ni nada. Solo pregunto.
—Me iré en un ratillo. Creo que ya he terminado por aquí. Antes eso sí, me gustaría ver el castillo.
—Es una pena que la única imagen del pueblo que te lleves es la que te hemos contado nosotros, te faltan muchas cosas por ver —contesta Lucía—. Luego te indico cómo llegar al castillo.
—Otra vez será.
Después de despedirme de Lucía y Nacho y decirles que si algún día están de paso por Madrid tienen mi casa a su disposición, vuelvo a por el coche de alquiler. Me cuesta arrancarlo. Ha estado a la intemperie toda la noche y ahora se resiente. Me cuesta un rato encontrar el desvío que conduce al bosque y de allí al castillo. A través de los claros de los árboles puedo ver a lo lejos lo que un día fue una fortaleza templaria. Como puedo comprobar poco después hoy solo quedan unos cuantos muros en pie y una almena, el resto son piedras y vegetación. Dejo el coche en la misma puerta. No hay un guarda, ni un vigilante en la puerta, así que entro.
No es nada espectacular, apenas un par de estancias están más o menos conservadas. Si había una cripta no consigo encontrarla. Sinceramente no sé muy bien qué esperaba encontrar con mi visita. Una pista, una señal. Nada en realidad. Me voy del pueblo con una sensación de fracaso. Bueno no del todo, he conocido a un par de personas interesantes.
Me paso lo que queda de Semana Santa tirado en casa. Después de volver de Huesca, me tiré en la cama y no me levanté hasta dieciséis horas después. He vuelto a hablar con Raquel varias veces, ella insiste en quedar a tomar un café y charlar tranquilamente. Al final he cedido. Mi única condición ha sido que la cafetería no fuera Starbucks. Soy débil, ya lo sé. He quedado para el domingo, sabiendo que el lunes tengo que madrugar para coger un avión a Londres. Esta tarde he hablado por teléfono con Manu, ha sido raro solo hace unos días que no nos vemos, pero me sentía extraño hablando con él. Me habla de cosas que se supone que tengo que saber pero que por alguna razón no recuerdo. Le pregunté si había averiguado algo de lo que le pedí. Me contesta que no.
—¿Qué tal te va? —me pregunta.
Yo me quejo como siempre de que se me acaban las vacaciones y de que me tengo que ir la semana que viene a Inglaterra.
—Eres un gruñón.
—Sí, es que estaba aquí tirado sin hacer nada y se está muy a gusto la verdad.
—Ya tenemos fecha fija para el traslado a Majadahonda…
—¿Para? —Lo que decía, no sé de qué me está hablando.
—Para irme con Marta… esto, con Rocío que me diga.
—Joder como se te escape eso delante de ella. —Marta es su ex y Rocío debe ser su nueva novia de la que recuerdo que me haya hablado. Lo de que fueran tan en serio es nuevo para mí.
—Ya te digo el otro día llamé Marta a Rocío, pero no se enteró… menos mal. —Se queda callado—. La costumbre.
—¿En plena faena?
—No, menos mal, en casa de Rocío.
—Ah bueno, peor sería si no. No hay nada que siente peor que eso.
—Pues eso que el 1 de julio nos vamos definitivamente a Majadahonda.
—A vivir —apuntilla, ya que yo no digo nada.
—Cómo me alegro. ¿Aunque no es un poco pronto?
—No. Estamos decididos lo que nunca me ha pasado con Marta.
—¿Y si os vais de alquiler qué vas a hacer con tu piso?
—Pues si todo va bien tampoco me gustaría tardar mucho en comprar algo, vender el mío y comprarnos algo en condiciones.
—¡Coño! si todavía no te has ido a vivir y ya estás pensando en comprarte un piso con ella.
—No puedo tardar mucho, el dinero entre los dos ya lo tenemos con mi piso y lo que tiene ahorrado ella, pero preferimos convivir unos meses, pero con idea de comprar algo si nos va bien. Idealmente en febrero del año que viene, es cuando quiero.
—Ya, eso sí. —¿Qué voy a decir si no? ¿Que es una locura ir tan deprisa? Si lo pienso bien y Cristina me lo pidiera, haría lo mismo que él.
—Estaba un poco preocupado por el tiempo que llevamos, pero tenemos muchas ganas de ir y ya no somos unos niños para andarnos por las ramas, más que nada para estar juntos…
Me carcajeo y casi suelto el móvil.
—¡No es solo por el sexo, ojo! Es por la necesidad de compartir el máximo tiempo juntos.
—Sí, sé a qué te refieres. Parecéis dos quinceañeros.
—Ya te digo, oye, el que está ilocalizable es Antonio.
—Yo hace un huevo que no hablo con él y otro que no lo veo.
—Me voy a ver un rato a Rocío y después hemos quedado con unas amigas suyas, azafatas de vuelo argentinas, que están en Madrid. Suena bien, ¿eh?
Me río:
—Azafatas y argentinas suena francamente bien. Es una pena que ahora estés emparejado, si no me apuntaba.
—Pues yo estoy cansadísimo, no tengo ganas de jarana.
—No vas a dar palique, es una pena. Podías hablar a alguna de mí.
—Sí, bueno, hablamos. ¿Ok?
Así se queda la conversación.
Me miro al espejo. ¿Soy yo ese? ¿Cuándo me ha crecido toda esa barba? La verdad es que no me queda mal. Disimula la papada. La barriga es la que no hay forma de disimularla. Aunque creo que he adelgazado en esta semana y pico. Por lo demás estoy hecho una mierda. Me duele todo, tengo ojeras, tengo sueño, tengo hambre y ganas de no hacer nada, tengo pesadillas, tengo que darme una ducha, tengo que asearme, tengo que vestirme, tengo que ponerme guapo y tengo una cita.
Dios mío, ¿he dicho yo eso? Realmente no es una cita. No es una cita amorosa. He quedado con Raquel, así que no es una cita de verdad. Es parte de mi investigación. Como cuando quedé con Vicente. Espera, eso no. Espero que no sea como esa vez. No quiero que sea como esa vez. De ninguna forma.
Me peso en la báscula. Dos kilos menos desde la última vez. Lo que hacen cuatro desde que volví de Múnich. Estoy empezando a preocuparme. No por el físico, nunca me importó. Últimamente no duermo más que unas cuatro horas. Me paso las noches en vela y cuando duermo no paro de tener pesadillas. El resto del día me lo paso tirado sin hacer nada. Para eso están las vacaciones, me engaño a mí mismo. Desde que volví de Huesca no he tenido muchas ganas de nada, reconozco que estoy decepcionado. Mis pesquisas han resultado inútiles. No he sido capaz de averiguar nada en absoluto. Quizás me sobrevalore. He intentado seguir leyendo los escritos de Vicente, pero me aburro con facilidad. Mis únicos momentos de entretenimiento han sido las conversaciones por messenger con Raquel. La verdad es que es fácil coger cariño a la chica. Y ni siquiera la conozco. Una noche me puso la cámara para que pudiera verla mientras hablábamos. Creo que eso ya lo he dicho. Es poca cosa, la verdad. Morena y más bien feíta de cara. Vestía de negro, así que tengo poco más que contar. El caso es que al final consiguió hacerme quedar con ella. En principio vamos a ver una película y tomar un café. Esto no es una cita. No por mi parte, al menos. Si es necesario me lo tatuaré en el pecho.
He quedado con Raquel en una hora y media en la Plaza de los Cubos. Y sigo mirándome al espejo, esperando a que me crezca el pelo.