En el infierno también se fuma 5
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La estructura está casi intacta, aunque los muros están ennegrecidos. De lo que debió ser el tejado de la sacristía no quedan más que cenizas y de la propia sacristía apenas sigue en pie uno de los muros. Tampoco hay puertas ni ventanas. El fuego las devoró y ahora la luz entra libremente en el interior de la iglesia. Unas vallas rodean a la iglesia impidiendo el paso a los curiosos. He hecho más de quinientos kilómetros para ver esto. Me siento un poco capullo. Como uno de esos que detienen el coche para ver un accidente junto a la carretera. No puedo ni mirar a la gente que pasa a la cara (que por cierto es muy poca).

Seis horas en autocar y una comida frugal en Huesca. Dos horas de carretera en un coche de alquiler por carreteras regionales. Cada vez que me desviaba en dirección a este pueblo la carretera se estrechaba y los baches se hacían más grandes, hasta que llegué a un cartel que anunciaba una gasolinera y el camino hacia Burgo de Castro. Unos minutos después lo único que encontré fue un gran solar de color negro junto a la carretera. Parece ser que no fue la iglesia lo único que ardió.

Aparqué a la entrada del pueblo, que por otra parte es muy chiquitín, y tuve la sensación de entrar en una ciudad fantasma. Hay crespones colgando de cada balcón y de cada ventana. Parece que el pueblo entero haya muerto, no solo los que lo hicieron aquella noche, también todos los demás. Y lo entiendo. En un sitio así todo el mundo se conoce. Si no murió un familiar tuyo, entonces lo hizo tu vecino, tu amigo o con el que fuiste al colegio. Es duro coger la agenda de teléfonos y tachar veinte nombres de una vez. Por lo demás el resto del pueblo no acusa las heridas que la iglesia y la gasolinera. El puesto de la Guardia Civil está reformando la fachada, nada más. A lo tonto se me ha hecho casi la noche y no creo que tenga tiempo de llegar a Huesca antes de que anochezca. Pensé que me quedaría por aquí, tres o cuatro días haciendo turismo rural y ahora lo único que quiero es salir de aquí cuanto antes.

Noto como la gente me mira de reojo. Alguno lo hace con mala cara.

Las dos únicas tiendas de la plaza están cerrando. Comienzo a caminar en dirección a la salida del pueblo. Salgo por una de las callejuelas de la plaza. Una chavalilla muy mona se cruza en mi camino. Me quedo mirándola sin disimulo. Ella se da cuenta y sonríe desviando su mirada. Desde luego, la chica es guapa, pero no es eso lo que me ha hecho quedar como un idiota. Hay algo familiar en su cara. En mi cabeza hago una selección de información rápida hasta que vuelvo a encontrar el rostro de la chica. Me giro hacia ella y comienzo a seguirla. La chica lleva una bolsa de la compra y me lleva unos metros de distancia. Mi cerebro no da con su nombre, pero sí recuerdo algo que dijo. Una foto de ella en el periódico local me da la pista que necesitaba. No recuerdo el titular ni el nombre de ella, aunque sí recuerdo lo que decía. Exigía una investigación oficial y se negaba a que se echara tierra al asunto, insinuaba que lo sucedido iba más lejos de lo que se había contado en la versión oficial. Si hay alguien que puede ayudarme es ella. La sigo a través de la plaza y cuando sale por una de las calles. Ni siquiera sé qué voy a decirle. De todas formas, no me da tiempo a pensarlo porque se mete en una de las casas de la calle. Me quedo en medio de la calle vacía y sin saber qué hacer. Ya casi es de noche. Miro en dirección a la plaza y miro hacia la puerta en la que ha entrado la chica. Ya que estoy aquí…

Llamo a la puerta. No tiene timbre eléctrico ni nada parecido, así que golpeo mis nudillos contra el aluminio de la puerta. Espero pacientemente a que alguien abra. Parece que se toman su tiempo. Se oyen voces dentro de la casa. Al rato comienzo a oír cómo descorren los cerrojos y se abre la puerta. Un hombre en silla de ruedas aparece al otro lado de la puerta. El hombre debe tener unos diez años menos que yo. De todas formas, nunca se me ha dado bien calcular la edad de la gente. Algunas veces gente muy joven me parece mayor y viceversa. Dudo por un momento, quizás me he equivocado de casa. Ha sido una estupidez.

—¿Sí, en qué puedo ayudarle?

—Disculpe, debo haberme equivocado de casa…

—¿A quién está buscando?

Sonrío nervioso y avergonzado.

—La verdad es que estaba buscando a una mujer y me pareció que entraba aquí. Discúlpeme de nuevo. —Al decirlo no puedo evitar mirar hacia su silla de ruedas y noto cómo me sonrojo.

—Cariño, ¿quién era? —La voz viene del interior de la casa. Es la voz de una chica joven.

—No lo sé. Aún no me lo ha dicho. —El hombre de la silla de ruedas se queda mirándome, esperando una respuesta.

—Estoooo… yoooo.

—¿Eres periodista?

—No.

—¿Quieres hablar con Lucía?

—Creo que sí.

—Yo soy Nacho. —Me tiende la mano. Se la estrecho y le digo mi nombre. Nacho se retira del umbral y me deja espacio a la vez que me invita a entrar. Se lo agradezco y entro en la casa.

Nacho me hace pasar al salón, donde esperamos a Lucía.

—¿Quieres un vino o una cerveza? Yo me voy a tomar una.

—¡Oh! Gracias, voy a parecer un gorrón, pero sí me vendría bien una cervecita.

Nacho se pierde tras un mural. La casa también está en obras. Parece que han estado haciendo modificaciones para hacerla accesible para la silla de ruedas. Cuando me doy cuenta corro al encuentro con Nacho. Le encuentro en la cocina abriendo la puerta de la nevera. Saca un pack de seis latas de cerveza, al que le faltan dos. Se las pone en el regazo y me dice que le deje pasar. Me disculpo avergonzado de nuevo. Salgo al salón justo en el momento en que baja las escaleras Lucía. Me quedo quieto, rojo como un tomate. Ella se detiene y abre la boca para hablar. Nacho se adelanta y nos presenta.

—Ha venido ¿desde?…

—Madrid.

—Desde Madrid para hablar contigo. Y no es periodista. —Esto último lo dice con una sonrisa en los labios.

Supongo que vestido como voy y colgando con el portátil, no parezco el típico turista. Ella se acerca a saludarme. Es preciosa. Se ha cambiado, ahora lleva una camiseta vieja y unos pantalones cortos, lo que acentúa su belleza natural y espontánea. Es directa y sincera:

—¿Está aquí por lo que pasó?

—Supongo que sí.

—Y si no es periodista se puede saber a qué se dedica.

—Vamos, Lucía, no seas así. El hombre solo hace su trabajo.

—Perdona, pero es que si supieras la cantidad de gente que ha venido preguntando e incordiando todos estos meses. Y ahora que se había calmado la cosa. Apareces tú.

—Lo siento de veras, si no es buen momento me iré…

—Bueno, ya estás aquí, ¿no? Así que adelante. ¿Qué es lo que quieres saber?

—Me siento avergonzado. Esto es… Verán, no soy periodista, ni tampoco policía, ni nada de eso. Soy un tío normal. Creí que podían ayudarme contándome su experiencia. Eso es todo. Porque leí sobre usted en las noticias y me pareció que no se la había tratado bien y que quizás fuera usted la que tenía razón. Y no crean que soy un chiflado de esos que cree en cosas sobrenaturales, pero quizás las cosas no sean del todo como creíamos. Vaya, eso ha sonado a chiflado.

Nacho y Lucía sonríen.

—Amigo, podemos contarte muchas cosas que no creerías. De veras quieres saberlo —me dice Nacho.

—Por eso estoy aquí. Quiero saberlo todo y si puede ser con detalles, pues mucho mejor.

—Pues ponte cómodo porque la cosa va para largo —me contesta Lucía.

Me vuelvo a girar en la cama. La almohada huele a humedad y las sábanas y la colcha me oprimen un poco. La verdad es que son necesarias, porque ahora que ha anochecido hace un frío que pela. Me parece increíble que me hayan invitado a pasar la noche en su casa. A un completo desconocido. Esta gente tiene otro chip, desde luego. A mí no se me hubiera ocurrido en un millón de años. Alojar en mi casa a un completo desconocido que podría estar totalmente pirado, y que habla de monstruos caníbales. Definitivamente no.

Parece que el sueño me ha abandonado. Llevo cuatro noches durmiendo apenas unas pocas horas. La noche anterior a salir de viaje estuve hablando por messenger durante horas con Raquel. Hasta las cinco de la madrugada. Raquel es la chica que me mandó un correo y se metió en mi cuenta de Messenger. Me enseñó una foto suya por pantalla. No parece gran cosa. Al menos es una mujer. Hice que se pusiera la webcam para comprobar que era ella realmente la de la foto. Como ya he dicho, nada del otro mundo. Eso sí, consiguió mantenerme despierto durante horas. Empezamos hablando de fenómenos paranormales y acabamos hablando de los libros y de las películas que más nos habían gustado.

La chica se esforzaba en ser agradable. Al principio me dio un poco de pena. Se notaba que estaba desesperada por encontrar pareja, aunque fuera a una como yo. Después caí en la cuenta de que mi situación no era muy distinta de ella. Estoy enamorado de una tía que ni siquiera sabe que existo porque todos sus pensamientos los dedica a su novio.

Por el contrario, Raquel y yo hemos hablado desde la primera vez casi todos los días. Le he contado algunas de las cosas que he descubierto de los escritos de Vicente, y ella o bien parece interesada, o bien me sigue la corriente porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Es la primera vez desde que conozco a Cristina que no es ella quien ocupa mis pensamientos al estar en la cama. Y es absurdo porque ni siquiera conozco a Raquel y por lo que he visto tiene cero atractivo. Ni siquiera he pensado en Lucía. Y eso que es tentador. Pensar que duerme al otro lado de la pared. Tantas mujeres en mi vida y ninguna se interesa por mí. Me río entre las sábanas.

Lucía, vaya mujeraza. Apenas levanta el metro y medio del suelo y tiene cara de niña, pero apuesto a que tiene más pelotas que Nacho y yo juntos. No hace falta creer lo que me han contado para saberlo, solo hay que mirarla durante unos minutos. Y no es que sea masculina. Nada más lejos de la realidad. Al contrario, es especialmente sensual, solo que tiene eso que yo llamo «feminidad masculina». Es de ese tipo de mujeres que es como un hombre, pero con todo en su sitio. Cristina también es un poco así. Y no quiero que se me entienda mal. No soy machista. No es que las mujeres tengan que ser débiles ni nada de eso, es solo que algunas son bastante más fuertes que el resto de los mortales. Una fortaleza emocional que es capaz de tumbar a cualquiera. Una fortaleza que no vi nunca en ningún hombre. Y eso me hace sentir bien.

Desde hace casi un mes tengo la sensación de haber entrado en una partida que lleva mucho tiempo jugándose y cuyas reglas desconozco. Ni siquiera sé qué cartas tengo, pero por primera vez siento que ahora tengo dos compañeros, dos aliados. Hoy me siento un poco menos solo. Y un poco más protegido. Sobre todo, después de oír de los labios de Lucía y Nacho su historia.

Ambos parecen lo suficientemente sensatos como para no inventársela. De hecho, son los más sensatos que me he encontrado desde que empecé mi investigación. Creen sinceramente en su historia. Otra cosa es si realmente sucedió lo que creen. Hasta a mí, un pobre loco que está obsesionado con un gremlin devorador de hombres de cinco mil años de edad, me cuesta creer el relato de Lucía y Nacho.

Hicieron falta varias rondas de cervezas para que empezaran a soltarse realmente. Primero me presenté, les conté cómo había oído hablar de ellos y les conté mi experiencia. Parecían bastante escépticos. Y no les culpo. Pero seguimos hablando y conectamos. Hay gente con la que te llevas bien, hay gente con la que te llevas mal, otros con los que no te llevas y otros con los que simplemente conectas. Como si pertenecierais a una misma raza. El bagaje cultural común, experiencias vividas, simpatía… Quizás nos conocimos en otra vida, no lo sé, pero pasa.

Era medianoche y estábamos un poco borrachos cuando empezaron a hablarme de la noche de marras. Antes me habían contado un poco su vida (yo había hecho lo mismo). Lucía era huérfana desde hacía muchos años, y vivía con sus tíos hasta que un día decidió irse a trabajar a Londres y allí estuvo cinco años hasta que decidió volver para arreglar un tema de tierras, del que no quisieron hablarme. El caso es que el mismo día que llegó al pueblo, esa noche ocurrió todo. Nacho era guardia civil y trabajaba aquí en Burgo de Castro en la casa cuartel de la Guardia Civil. Os podéis imaginar en qué momento acabó en silla de ruedas. La historia, como ya he dicho, resulta bastante difícil de creer: caballeros templarios resucitados de sus tumbas y que pasan a espada a la mitad del pueblo. Al parecer el culpable no es un ente paranormal ni un demonio, sino que fue un tipejo que se hizo pasar por el párroco del pueblo. Este tipo al parecer tenía poderes paranormales de algún tipo porque «reanimó» los cuerpos de una cripta y los lanzó contra las gentes del pueblo en una especie de venganza. Es difícil juzgarles ya que están hablando de la muerte de sus familiares y amigos. Y no sé qué motivos puede tener alguien para inventarse una cosa así, a no ser que esté mal de la azotea.

Era la noche de fiestas del pueblo y casi todo el mundo iba disfrazado como en la Edad Media, así que al principio nadie prestó mucha atención a los caballeros recién llegados. Iban encapuchados y con armaduras con lo cual no levantaron sospechas. Aunque ya habían sembrado el pánico a las afueras del pueblo haciendo saltar por los aires la gasolinera. Los jinetes se mezclaron entre la fiesta y de pronto desenvainaron sus espadas y comenzaron a asesinar a todo aquel que se les acercaba. La gente intentó huir sin mucho éxito y varios grupos se refugiaron en la iglesia y en el cuartel. Lucía lo hizo en la iglesia y fue donde descubrió que el cura estaba detrás de todo. Y aunque le atraparon, consiguió escapar asesinando a un hombre. Ambos intentaron enfrentarse a los caballeros inútilmente. Eran inmunes a las balas. «Lo intentamos de veras, créeme» me dijo Nacho. Me cuentan con modestia que lo único que pudieron hacer entonces fue matar al cura, y al salir el sol todo había terminado. La pesadilla acabó igual que había empezado.

Puede que el cura fuera como un súper telequinético capaz de mover cosas con la mente, me dicen no muy convencidos. Por alguna razón eso suena menos descabellado que resucitar a los muertos. Sospecho que en este punto me ocultan algo. Saben algo más, pero callan, deben tener sus razones.

La conversación dura hasta altas horas de la madrugada, y ahora estoy aquí en la cama, a punto de que salga el sol y sin sueño. En mi cabeza imágenes de encapuchados a caballo blandiendo espadas y cortando cabezas y en medio de ellas Lucía escopeta en mano jugando al «Tiro al templario». Nacho está a sus pies herido. No creo que fuera así en absoluto, pero así es como lo veo yo.