En el infierno también se fuma 3 #2
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Me resulta especialmente gracioso el de una chica (o al menos dice que es una chica) que me cuenta en un email larguísimo su experiencia con vampiros. La chica desnuda por completo su alma en el escrito. La pobre parece que está bastante loquita. Vicente De Felipe, así se llama el tipo con el que me voy a reunir esta tarde, también ha contestado y para mi desgracia me dice que nos reunamos en su casa. Le he contestado que de acuerdo. La casa está en el centro, lo he mirado en internet. No me fío un pelo. Y Jaume sigue sin aparecer. Creo que si sigo así me va a dar un infarto. Miguel aparece y me pregunta que si comenzamos ya. Le pido unos minutos más. No me siento capaz de defender el proyecto yo solo.

Jaume toca a la puerta, que está abierta.

—¿Puedo?

—Ay, Dios, pensé que no llegabas.

—Yo también. Ya sabes cómo es esto de los aviones.

—¿Tienes todo preparado?

Jaume no contesta, solo avanza hasta el despacho de Miguel.

Me cuesta encontrar aparcamiento. Doy vueltas y más vueltas y al final decido dejarlo en el parking de la plaza de las Descalzas e ir andando hasta allí. Son quince minutos andando, pero el paseo me viene bien. He tenido que salir una hora antes del trabajo para llegar a tiempo. Me he sentido estúpido dando explicaciones. No ha habido gran problema después de que todos hayan quedado encantados con la presentación de Jaume. Miguel nos ha felicitado y todo.

En la comida he estado hablando con Jaume y me ha contado lo que era un secreto a voces: va a dejar la compañía. Yo le he contado lo de mi viaje a Londres con Cristina. Sin que yo le dijera nada, él me ha contestado: «Esa chica tiene algo, ¿verdad?». «Supongo» ha sido mi respuesta.

Me detengo a mirar a los turistas en la Plaza Mayor. Viven en su mundo feliz de recuerdos fotográficos y memorias grabadas en video. Siempre me ha parecido un poco estúpido grabar el momento en lugar de vivirlo.

Salgo por una de las callejuelas para descubrir que me he equivocado. Callejeando doy con la dirección correcta. Justo delante del portal, paran varios autobuses. Llamo al tercero izquierda en el telefonillo. No contesta nadie. La puerta del portal está cerrada. Hago tiempo mirando cómo los conductores de autobuses se reúnen en uno de los vehículos. Un hombre sale del portal cargado con dos bolsas de basura. Le saludo y aprovecho que deja la puerta abierta para entrar. No quisiera pegarme un paseo hasta la tercera planta para nada. Hay un gran hueco en medio del rellano. Para variar, no hay ascensor. ¿Por qué la gente que conoces que no tiene ascensor en el edificio siempre vive en el tercero o el cuarto? ¿Por qué nunca en el primero?

Una vez arriba vuelvo a llamar al timbre. En realidad, no llego a llamar. Me detengo justo antes al ver que la puerta está entreabierta. Me lo pienso unos segundos y después llamo. No pasa nada. Ni un ruido, ni un perro, ni un gato. Nada. Miro hacia la otra puerta del rellano. Vuelvo a llamar. Esta vez me quedo con el dedo puesto. Miro de nuevo hacia atrás y entro en la casa empujando la puerta. Otra vez esa sensación que tira de mí. La casa huele a cerrada y a vieja. Hay un gran recibidor con un espejo y una estantería llena de libros. Un pasillo se abre a mi derecha y una puerta al frente. La puerta da a un salón. El salón también está lleno de libros, aparte de cuadros y figuras extrañas. Los muebles son viejos y la casa parece sucia.

No hay nadie. Vuelvo al pasillo. Avanzo por él. Algo llama mi atención: en la pared de la izquierda veo manchas de sangre. Salpicaduras pequeñas y más manchas en el suelo que llevan a una habitación. Hay un cuadro de Miguel Ángel tirado en el suelo y está medio roto, ese en el que se ve un hombre desnudo con los brazos abiertos dentro de un círculo.

Entro en la habitación. Ya lo esperaba. La escena me es extrañamente familiar. Hay un cuerpo en el suelo y sangre por todas partes. Esta película ya la he visto y definitivamente no es una comedia. El viejo Vicente está boca abajo. Digo viejo porque tiene el pelo blanco, aunque no puedo verle la cara. El resto del cuarto es todo un desorden. Además de la sangre, hay libros rotos y páginas arrancadas por todas partes. Hay un machete en la mesa. Tiene una rara empuñadura. Está intacto, quiero decir que no está manchado de sangre. Juraría que es a por lo que corría Vicente. Mis suelas vuelven a estar manchadas de sangre. Me agacho para examinar al viejo. Tiene las mismas heridas que recuerdo del bar. Mi gremlin ha vuelto a hacer de las suyas. Intento concentrarme y pensar con calma. No va a pasarme como en el bar, esta vez me tomaré mi tiempo. Si es necesario, esperaré aquí a la policía. Parece que, aparte de matarle, quien lo hizo buscaba algo. Probablemente lo mismo que yo. Se me ha adelantado. En casa pensaré en los porqués tranquilamente; ahora importan los cómos. A ver si todos los episodios de CSI que he visto han servido de algo. Toco el cuerpo del viejo. Vicente de Felipe está muerto y está frío. Hace rato que se le cargaron. Por el olor, diría que menos de doce horas. Todavía no ha empezado a descomponerse. Busco algún reloj en su muñeca. No lleva. Tampoco hay uno roto en el suelo marcando la hora de la muerte. Doy la vuelta al cuerpo. Tiene una herida en el cuello y la camisa desgarrada. Varias heridas longitudinales le atraviesan el pecho. Las heridas son profundas. Los órganos internos parecen estar en su sitio. Descartada la muerte natural. Descartada, también, la muerte por arma de fuego y tampoco creo que las heridas sean fruto de un arma blanca. Me inclino por las garras afiladas. Busco en sus bolsillos. Nada que me pueda dar una pista. Estoy desconcertado. Seguro que aquí hay un millón de pistas, pero yo soy incapaz de verlas. Miro hacia el escritorio: el ordenador está apagado. Lo enciendo. Me pide una contraseña. Confío en que el viejo no fuera un paranoico y le doy a la tecla de enter. Y me deja entrar. Por salvapantallas tiene un dibujo de Anubis, el dios egipcio con cuerpo de hombre y cabeza de chacal. Hay varias carpetas en el escritorio y enlaces a internet. Nada parece importante. Entro en la carpeta de Mis Documentos. Bingo. Busco el pincho en mi bolsillo. Por suerte no lo he dejado en el trabajo. Meto la memoria flash (pincho para los amigos) en el puerto USB y copio los archivos en él. Mensaje de error: la carpeta que se llama «La hermandad de Anubis» no me permite el acceso. Me pide una contraseña. No tengo ni el tiempo ni la paciencia para encontrarla. Me quedo con lo que tengo, ya lo miraré en casa. Antes de salir doy una vuelta por la casa esperando encontrar algo que me sea de utilidad. La búsqueda resulta ser inútil, y cada minuto que paso aquí dentro más me expongo a ser descubierto.

Salgo de la casa en el momento justo que una señora entra en el apartamento de enfrente. La señora se me queda mirando. Esta película también la vi, y era de Hitchcock. Esa en la que confunden al héroe con el asesino y le acusan injustamente. Desvío la mirada de la señora, demasiado tarde. Podría reconocerme con los ojos cerrados entre una multitud. Me siento culpable. Agacho la cabeza y bajo corriendo por las escaleras. Sigo corriendo en la calle y lo hago hasta que me quedo sin respiración. En Arenal me paro a descansar, no me relajo hasta que no me meto en el coche y lo pongo en marcha. Salgo del parking a toda velocidad. Algo en las tripas me dice que esto ha sido solo el prólogo de lo que va a suceder.