En el infierno también se fuma 3
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Veo que ha sido usted sensato y ha decidido contestar a mi carta. Le urjo a celebrar un encuentro en la mayor brevedad posible. Hay varias cuestiones que debemos tratar. Propongo como fecha este miércoles a las 19:30. Si accediera a dicha reunión y estuviera de acuerdo con la fecha escogida, le ruego encarecidamente que me lo haga saber a través de un correo electrónico. Entonces yo le comunicaré el lugar de la reunión.

Se despide, afectuosamente: Un amigo.

Lo vuelvo a leer y no me lo creo. ¿En qué estaba pensando cuando le contesté? Adela entra en el despacho y yo me pongo colorado. Torpemente intento cambiar de ventana en el portátil para que no vea lo que leo.

—Miguel me ha pedido los informes de Múnich, ¿qué le digo?

—Ahora se los mando yo por mail, gracias.

—Ok.

Sale del despacho tan rápido como entró. Creo que estoy colorado. Me siento avergonzado leyendo estas cosas. Me pregunto si ella se habrá dado cuenta. He entrado en el juego y ahora no sé cómo salir.

Llegué a casa el domingo por la noche y me puse a contestar al tipo del demonio sumerio. Y esta mañana me ha contestado él. Sin querer puse que vivo en Madrid y al parecer él también.

He de centrarme en mi trabajo. El jefe me ha pedido el informe y yo no tengo nada, me confié pensando que Jaume me lo mandaría y Jaume todavía no me ha mandado nada. Le telefoneo. Le llamo directamente al móvil.

—Perdona, estoy reunido, ahora te llamo.

Me quedo con el auricular en el oído y con cara de gilipollas. ¿Qué le voy a decir ahora a Miguel?

Voy a la máquina a por un café. En el camino me cruzo con Cristina que me saluda con una sonrisa. En otro momento habría caído rendido ante ella, ahora tengo prisa. La saludo con prisas y paso de largo.

Cuando vuelvo al despacho el teléfono está sonando. Es Jaume:

—Dime, ¿qué querías?

—El informe de Múnich, dijiste que…

—Dios, es verdad, qué despiste. Ahora mismo te lo mando. ¿Te lo ha pedido Miguel?

—Me ha dicho que se lo lleve, sí.

—Te lo estoy mandando ahora mismo. Y perdona, tengo la cabeza en otra parte.

—No te preocupes, yo llevo todo el día así.

Le cuelgo y miro en el ordenador. Un nuevo mensaje. Abro el fichero y empiezo a corregirlo. Lo adorno un poco. Más que nada por darle un repaso antes de presentárselo a Miguel.

Entro en el despacho de Miguel, es cuatro o cinco veces más grande que el mío, a diferencia del mío las paredes llegan hasta el techo, está completamente cerrado y está decorado con más gusto (y más pasta también). Lo primero que me dice es que quería hablar conmigo. No me gusta cuando alguien te dice «Quería hablar contigo», y mucho menos si ese es tu jefe. Tiene una proposición que hacerme. Ha pensado en que puedo dejar de lado el proyecto de Múnich y que Jaume se encargue de ello, de momento. Yo protesto tímidamente ante la perspectiva de quedarme sin Jaume y el cambio de compañero. Comienza a hablar de una pequeña compañía inglesa que está desarrollando un software que va a ser revolucionario. Y quiere que yo lo estudie. Intento protestar de nuevo, pero él me corta de inmediato. Se supone que esto es bueno para mi carrera profesional.

—Nada, ya lo he decidido. El día veintiocho viajáis a Londres.

Y yo que pensaba alargar mis vacaciones de Semana Santa. Miguel no me dice mucho más. Soy yo el que tengo que preguntar.

—Has dicho viajáis…

—Ah, no te lo había dicho, vas con Cristina Díaz.

Le paso el informe a Hermida y a sus compañeros. Les doy unas breves instrucciones de lo que tienen que hacer. En petit comité le cuento a Hermida que se mire la documentación de los programas que usamos para los franceses, creo que os serviría de gran ayuda, le digo. También le paso una copia del pirata de Springsteen. Él me lo agradece. Me ha traído un disco de rarezas de Guns N’ Roses. Me quedo alucinado y le pregunto dónde lo ha conseguido. Recuerdo haber tenido una copia en cinta hace unos catorce años. Él me dice que se lo pasó un amigo. Hablamos un rato sobre el fin de semana. Él lo ha pasado en Segovia de comida con unos amigos. Un rato después ya estoy de vuelta a mi sector. Allí me espera Cristina. Está sentada en su mesa, tecleando algo en el ordenador. El pulso se me acelera. Otra vez tengo la molesta sensación de que me ruborizo. Lo mismo que cuando Adela entró esta mañana en mi despacho. La misma que cuando Miguel me dijo que mi compañera sería Cristina. Es como un regalo envenenado.

Ella debía saberlo antes que yo, por eso estaba así de simpática conmigo esta mañana. No sé ni qué decirle.

Tendría que poder bromear con ella como hace Jaume, pero las palabras se atascan en mi garganta y lo máximo que consigo es un balbuceo. No es la primera vez que me pasa. Debe pensar que soy medio subnormal.

Creo que no he dicho todavía cómo es Cristina. Intentaré ser objetivo, aunque eso es bastante difícil si la conoces, ya que es un encanto. Por lo menos cuando quiere serlo. Eso me gusta. Es ese tipo de mujer que te llama la atención, no porque sea un bellezón, ni tenga un cuerpo escultural ni nada parecido (aunque es guapa y tiene un tipo estupendo), sino porque tiene algo, que no sé cómo denominar. Atrae solo con su presencia y el encanto no se estropea cuando hablas con ella. Al revés, eso solo reafirma tu idea de que si te lo pidiera morirías por ella. Bueno, muy objetivo no he sido. No me lo tengáis en cuenta.

Cristina me mira directamente a los ojos y hace un gesto para que me acerque. ¿Podré soportar una semana a solas con ella sin perder la poca cordura que me queda? Allí voy yo como un torete, dispuesto a estrellarme contra el burladero. Y me estrello, vaya que si me estrello. No veo al chico que reparte el correo ni el carrito que va por delante. Y me pego un rodillazo con él que me hace perder el equilibrio y caerme de culo. Cristina se parte de risa y luego acude en mi auxilio, sin dejar de reír eso sí. Creo que es la primera vez que Cristina se ríe «conmigo».

—¿Te has hecho daño?

—Apenas —digo, rojo como un tomate en parte por el dolor de la pierna y en parte por la vergüenza.

—Pero hombre, ¿es que no me has visto o qué? —dice el del correo.

Balbuceo.

Llego a casa agotado. Dejo el maletín y el abrigo en el sofá y me tumbo enfrente de la televisión. Busco en ella algo entretenido que ver. Después del día que llevo no me apetece sentarme delante del ordenador a seguir buscando a mi gremlin homicida (véase también Demonio Sumerio). En un rato vendrá Manu a buscarme. Y si no descanso un poco no voy a ser persona. Después de mi brillante acercamiento a Cristina, estuvimos hablando mientras tomábamos un café del viaje a Inglaterra, ella estaba mucho más al corriente que yo. Me dijo de comer juntos para hablar de ello. No es la primera vez que comemos juntos, de hecho, hemos comido juntos muchas veces. Pero siempre con más gente alrededor. Me sorprendió cuando Adela la llamó para ir a comer con ella y con el resto y ella contestó que no, que comía conmigo. Algo por dentro se me disparó. Me gustó la sensación.

Durante la comida con Cristina me llamó Manu y me dijo que tenía que hablar conmigo, si podíamos quedar esa tarde. Sin problemas. Le dije que pasara a buscarme y aquí estoy esperándole.

Manu llega media hora más tarde, cuando yo ya me he puesto cómodo. Le digo que suba que le invito a una cerveza, pero en casa. Nos tiramos hablando el resto de la tarde hasta que se hace bien tarde. Manu necesitaba hablar con alguien igual que yo. Hace unos meses que dejó a su novia, con la que llevaba un montón de años viviendo juntos y planeaban casarse. Y lleva una época bastante fastidiado. Aunque ahora parece que todo ha cambiado. Empieza a hablarme de la chica que ha conocido, con la que quedó el viernes y volvió a quedar ayer parece ser. Me dice que está como obsesionado, que se siente como un quinceañero (que me va a contar). Parece muy contento y me alegro por él un montón. Después de tres cervezas los dos estamos riendo como idiotas y recordando batallitas. Le pregunto si quiere que prepare algo de cenar, él mira el reloj y dice que no, que mañana madruga. Manu trabaja en un banco y entra una hora antes que yo. Le despido y me preparo una tortilla rápida.

Conecto el portátil a la red. Comienzo a escribir el mail:

De acuerdo el miércoles a las 19:30, me parece buena fecha. Podríamos quedar en la cafetería Rodilla de la plaza de Lima. Si le parece bien.

Un saludo

Firmo con mi nombre.

Eso está bien, un sitio público, concurrido. Seguro y a la vista de todo el mundo. Se lo mando a mi «amigo de la red». No sé por qué hago esto porque en realidad él no me ha dicho nada que me fuera de ayuda. Lo único es que parece creer en mí. Si el tipo no es un lunático, le contaré mi historia, me desahogaré y todos felices. Olvidaré lo ocurrido y pensaré en algo más práctico del tipo de cómo meterme en las bragas de Cristina. Esa es buena idea. Esta noche voy a dormir como un bebé.

Falta una hora para la reunión con Miguel y Jaume todavía no ha llegado. Hace horas que salió de Barcelona, lo he comprobado. Estoy de los nervios. Para colmo hoy Cristina está más guapa que nunca. Parece que de pronto todo el mundo se ha puesto de acuerdo y han empezado a contestarme en los foros. Es como si hubiera iniciado una revolución. Ayer comenzaron a llegar mensajes al foro contestándome. De repente todo el mundo ha visto a mi gremlin en una ocasión. Algunos de ellos parecen personas cabales. Yo lo era hace menos de una semana.