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Sucedió el verano pasado en un pueblo de Huesca. La versión oficial (me he molestado en buscarla) es que la iglesia se prendió fuego debido a una representación teatral que se hacía en ella y murieron más de ochenta personas. La extraoficial habla de una panda de fanáticos encapuchados pertenecientes a alguna secta que llegaron al pueblo y comenzaron a degollar a todo aquel que se cruzaba en su camino y, cuando la gente se refugió en la iglesia, estos la prendieron fuego. La Guardia Civil llegó y les dio caza; aun así, varios guardias civiles resultaron muertos. En total, más de cien muertos. Y luego está la versión de internet que circula por correos electrónicos, ya convertida en leyenda urbana. Esta cuesta un poco más asimilarla, ya que habla de caballeros templarios que se levantan de su tumba y liquidan en una noche a medio pueblo en una orgía de sangre y fuego. En esta los muertos llegan a trescientos. Esta última versión me habría parecido una mamarrachada la semana pasada, pero ahora por alguna razón me parece que tiene sentido. Lo que está claro es que pasara lo que pasara la prensa no le dio mucho bombo y eso que estas cosas les encantan.
El teléfono me arranca de mis elucubraciones esotéricas. Es Emilio. Él y su mujer han quedado con Manu en un bar del centro. Alberto y Diana ya lo saben. Yo tengo que avisar a Antonio. Le digo que, de acuerdo, que en un rato lo llamo. Cuando cuelgo a Emilio me doy cuenta de que son las cuatro y media de la tarde. Ni he comido ni me he vestido. Me estiro y me desentumezco un poco. Bajo a un bar que hay cerca de casa a ver si me pueden hacer un buen bocata con todo. Me lo subo y sigo delante del ordenador. Cambio de música. Pongo a Johnny Cash, que canta con su guitarra sobre el fin del mundo mientras me sumerjo en las cloacas de la red. Por alguna razón me parece apropiado.
Hay toda una panda de fanáticos anunciando el Armagedón. Los signos son evidentes, según ellos. Dios se ha cansado de nosotros. Ya le hemos hinchado las pelotas lo suficiente y los cuatro jinetes del Apocalipsis recorren el planeta. Me pregunto si alguno tiene forma de gremlin gigante. Esta gente necesita echar un polvo. Con urgencia.
Pienso en qué biblioteca tendrán algo que me sea de utilidad. Pienso en mitología, cuentos populares y leyendas. Pienso en la Biblia y el Corán. En todos ellos hay monstruos. ¿Será mi gremlin homicida alguno de ellos? Ahora que lo pienso bien, yo también necesito echar un polvo. Con urgencia.
Una hora más tarde estoy en una librería del centro, cargando con varios libros de leyendas, mitología y uno del tarot. Vaya títulos: El libro tibetano de los muertos, un clásico según el dependiente. Demonológica para principiantes: nunca se sabe. Solo me falta comprarme un gato negro para parecer un maldito pirado.
Vuelvo corriendo a casa, la M-30 está impracticable. Le piso al llegar al barrio. Casi no tengo tiempo para arreglarme y llegar a donde hemos quedado. Mierda, y no he llamado a Antonio. Marco el número en el móvil mientras subo del aparcamiento. Antonio me dice que ya le ha llamado Manu.
—Bueno, entonces allí nos vemos.
Le cuelgo sabiendo que llegaré tarde. Llego a casa y me desnudo hasta llegar a la ducha. Me relajo con el agua caliente. Cálmate un poco, tío. El mundo seguirá girando, aunque no hagas nada. Dios, tengo que hacer algo con esta tripa.
Las luces brillan y la gente baila. Yo apenas escucho a Diana mientras me cuenta algo. Es algo de sus niños. Hay cierta edad en la que los amigos solo hablan de sus hijos y sus hipotecas. Todos tenemos una copa en la mano. Acabo la mía en unos tragos. Lo necesitaba. No es lo mismo contar a unos pirados a los que no vas a ver en tu vida a través del teclado lo que te ha pasado, que contárselo a tus amigos. No creo que estén preparados todavía para oírlo. Podría contar una versión edulcorada, sin monstruos. Estoy intentando que mi mundo no se venga abajo, pero se hace francamente difícil. La mujer de Emilio me saca a bailar en una canción, tan solo para comprobar lo pato que soy. Se cansa pronto. Hoy soy probablemente la peor compañía del mundo. Comienzo a buscar entre la gente a alguien sospechoso. Algún indicio, algo que me diga que no me estoy volviendo loco.
Manu en la barra me habla de la chica con la que estuvo ayer. Me dice que le gusta de veras. Quiero centrarme en lo que dice. Parecer realmente interesado. Mi cabeza está en otro lado. Le digo que eso está bien y me pido otra copa. Si no consigo olvidarlo, por lo menos me alcoholizaré.
Creo que estoy borracho. Estoy mareado y se me va la lengua al hablar y acabo de decirle a Antonio que no estoy borracho. Prueba definitiva de que lo estoy. La última vez que estuve así murieron asesinadas cinco personas, ¿qué pasará hoy?
Me levanto de la cama. El sol entra con ganas a través de las persianas. Me duele la cabeza. Son las dos de la tarde. No creáis que esto es habitual en mí. Soy un bebedor social. Nada más. Fines de semana, cenas especiales y acontecimientos sociales. El resto del tiempo soy abstemio. Me tomo un gelocatil.
El dolor se ha ido, el mareo permanece. Recuerdo que Emilio, Mari, Alberto y Diana se fueron y me quedé con Antonio y con Manu y que fuimos a tomar otra a un bar de Huertas. Lo que no recuerdo es quién condujo ni quién me trajo a casa.
«Tiene dos mensajes sin leer». Muchas gracias. Vaya, uno de los tipos ha respondido a mi petición de traducción del mensaje. Abro el correo. Es un mail largo. Mosquis. Os he dicho que he visto todos los episodios de Los Simpson varias veces, ¿no? Pues eso. Respondiendo a la petición que hiciste ayer… bla, bla, bla… probablemente no creerás estas palabras… bla, bla, bla… escritas en una lengua muerta (¿por qué todas estas cosas siempre están escritas en lenguas muertas?, por el amor de Dios si todo el mundo habla inglés)… de hace más de tres mil años antes de Cristo…, en la antigua Mesopotamia se creía…
Y finaliza diciendo:
Estás en grave peligro. Te recomiendo que te pongas en contacto lo más breve posible conmigo.
No firma la carta.
Lo que hace la gente por una mamada. Maldito chiflado. Ni siquiera me cuenta lo que dice el mensaje, para eso tengo que reunirme con él personalmente. Ya me lo conozco yo eso. También vi esa película.
Por la forma de escribir, el tipo pasa de los cincuenta y muchos y está muy solo. Ni siquiera deja una dirección, ni un teléfono, solo su dirección de correo. Por lo menos es discreto. Estando en la situación que estoy, me encuentro abierto a casi todo, pero no puede ser tan típico como un demonio sumerio o algo por el estilo (es lo que suele ser en estos casos en las películas). Bueno, a lo mejor un demonio sumerio en una cervecería de Múnich no es lo que diríamos típico, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que yo suelo votar al PP, menos en las últimas que voté al PSOE, conduzco un Audi, soy del Madrid, pago la hipoteca de mi casa regularmente, no creo demasiado en Dios y en que haya algo después de morirnos, y me niego a creer en demonios sumerios. Es una cuestión de principios. Sería como aceptar que la tierra es plana.
El tipo también pide a los creadores de la web que retiren la foto por su bien en varios mensajes. Escribe bien, podría llegar a engañar a alguien más influenciable. Hay que tener cuidado con esta gente.
Apago el ordenador y me voy a vestir. He decidido ir a comer a casa de mis padres. Antes les telefoneo. Están encantados con la idea. Bajo al aparcamiento. El Audi está allí. Así que yo traje el coche de vuelta. Qué inconsciencia más grande.
Paso el resto de la tarde del domingo en casa de mis padres. A mi madre se le ha ido la mano con la sal, cada día está peor. Después de comer me echo una siesta en mi vieja cama. Me sienta bastante bien. A media tarde vemos el partido del Madrid. Mi madre es la que más grita de los tres. Ella es quien hace la cena, esta vez el pescado está en su punto. Un rato después me despido de ellos. Mi madre intenta convencerme para que me quede a dormir, yo le contesto que mañana tengo que madrugar. Les beso y me voy. A ver si consigo dormir esta noche.