En el infierno también se fuma Sabbath Bloody Sabbath — Black Sabbath #3
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Sabbath Bloody Sabbath — Black Sabbath #3

Me preparo la comida en casa, pasta de sobre y un filete casi crudo. Tiene delito que después de diez años viviendo solo no sepa cocinar un filete en condiciones. Después de comer me quedo dormido viendo la televisión. Apenas son unos veinte minutos, pero me despejan del cansancio que acumulaba del viaje.

Decido ir a hacer la compra de la semana (una costumbre heredada de mis padres) y me voy hasta el Carrefour de Ciudad de la Imagen. Mucho más vacío y tranquilo que el resto de los que conozco. Durante toda la tarde tengo el síndrome de supermercado. Esa sensación como la del día siguiente de una gran fiesta. No es resaca, es como un sentimiento de vacío que viene de las tripas. La sensación de haber perdido algo y no saber muy bien el qué. El síndrome se acrecienta recorriendo los pasillos del hipermercado. Las hileras de productos perfectamente alineadas me dan náuseas. Las ofertas de la semana terminan por hacerlo insoportable. De vuelta en el coche sigo dándole vueltas al asunto. No pienso demasiado en Cristina, que es normalmente quien me produce esta sensación.

En casa coloco las cosas en la nevera y en la despensa. Llamo a mis padres por teléfono para decirles que ya he llegado y que me pasaré más tarde a verlos. Llamo a Manu y le pregunto si va a hacer algo hoy. Me dice que ha quedado con una amiga, pero que Antonio le ha llamado y que mañana quedaremos todos. Me pregunta qué tal por Alemania. Le contesto que nada del otro mundo. Cuelgo.

Es una putada llegar a mi edad y seguir soltero, la mayoría de mis amigos se han casado y tienen hijos. Y no hay que imaginarse mucho la cantidad de veces que nos vemos al año. Así que la única solución suele ser los amigos que siguen solteros y hoy no ha habido suerte, así que este viernes me toca casa. No me quejo. En realidad, no tengo muchas ganas de salir. Es más bien por charlar un rato con alguien. Me pondré una peli. Tengo una pila de DVDs sin abrir de la última vez que fui de compras en Londres. Y he traído dos más de Alemania.

Antes de cenar voy a casa de mis padres. Está solo mi padre, me dice que mi madre ha ido con unas amigas a no sé dónde. No le presto mucha atención, él tampoco a mí. Está pintando un castillo hecho por él mismo en madera y corcho. Estoy una media hora en su casa y la verdad es que no nos contamos mucho. La verdad es que el hombre está muy mayor ya. Viendo que mi madre no llega, decido irme a casa. Él me invita a quedarme a cenar, pero le digo que ya la tengo preparada en casa. Y es verdad. He comprado unas pizzas en el supermercado.

En el coche de vuelta a casa voy escuchando la radio. Después de un rato me aburre. Pongo el disco que he comprado en Alemania, un disco pirata en directo de Bruce Springsteen. No suena mal, para ser un pirata.

Al llegar a casa consulto mi correo: el ordinario y el electrónico. Cartas de bancos y ofertas de pornografía gratuita. Escasa oferta. Lo mismo me ofrece la televisión. Nada. Pruebo con los canales digitales. Veo un rato Los Simpson, ya había visto este capítulo antes. Saco la pizza del horno y me pongo el DVD.

Durante la peli suena el teléfono, es mi madre para preguntarme qué tal el viaje. Me cuenta dónde ha ido con las amigas y yo intento deshacerme de ella cuanto antes. La peli está interesante.

Al rato me suena el móvil, es Manu. Me dice que ha dejado a su amiga en casa y que si me apetece tomarme una cerveza. Le digo que no, que estoy en pijama y que ya no tengo ganas. En cuanto acabe la peli me voy a la cama. Si me dejan terminarla.

Un poquito antes del final me quedo dormido. Me estaba gustando, pero el sueño ha podido conmigo. Decido acabar de verla mañana. Recojo la mesa y pongo el lavavajillas de la comida. Son casi las doce de la noche. Estoy agotado.

Abro la cama para meterme dentro. Vaya día, creía que no se acabaría nunca. Y mañana es sábado. No pongo el despertador. Voy a pegarle una paliza a la cama, dormiré hasta reventar. Apago la luz y me estiro en la cama. Pienso en Cristina y a los dos segundos vuelvo a levantarme.

¿A quién pretendo engañar? Voy a la mesilla de noche y cojo el teléfono móvil. ¿Realmente quiero ver lo que hay guardado dentro? No sería mejor que todo fuera fruto de la pesadilla de una mala digestión. Visto ahora desde Madrid, en mi casa, me parece una tontería siquiera mirar si hice alguna foto ayer. ¿Qué tengo que ganar con ello? Nada. ¿Qué tengo que perder? La cordura. Está claro, paso de ello. Vuelvo a dejar el teléfono en su sitio. La foto es la única prueba física que tengo de que anoche pasó lo que creo que pasó. A lo mejor no hay ninguna foto en el teléfono, o no había luz y no se puede ver nada, a lo mejor… Menú, ver imágenes, última foto, mierda.

Uno puede intentar engañar a los demás y aparentar que no ha pasado nada, pero nunca podemos engañarnos a nosotros mismos. La prueba está en la pantalla del teléfono, la calidad es mala y hay poca luz. Pon todas las pegas que quieras, la realidad sigue estando ahí. La foto no miente. Una pared de color verde con símbolos y letras dibujadas sobre ella, en la foto parecen de color negro. Yo sé que no eran de ese color. Ahora sí que voy a vomitar.