En el infierno también se fuma Sabbath Bloody Sabbath — Black Sabbath #2
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Sabbath Bloody Sabbath — Black Sabbath #2

Llegamos a Madrid sobre las once, me da pena el pobre Jaume, después de la reunión que tenemos en la oficina, él se tiene que coger otro avión a Barcelona. En el taxi de camino a la oficina me comenta qué le ha parecido el viaje. Se le ve desencantado. Y aunque él no me ha dicho nada, ha llegado a mis oídos que se va a marchar a la competencia. Le deseo mucha suerte, solo le echo en cara que no tenga la confianza para decírmelo personalmente después de tres años de trabajar juntos. Así es el mundo de los negocios. Avanzamos por la Castellana, en Madrid hace un sol radiante, aunque la temperatura también es baja. En casa de nuevo. Sonrío y se lo digo a Jaume. Habla por ti, me dice. Me río y le pido que me disculpe, no lo había pensado. Al pasar cerca de lo que fue el edificio Windsor me quedo mirándolo. Ahora es algo grotesco. Parece el esqueleto carbonizado de un titán. Se quemó hace unas semanas y todavía no saben por qué. Un edificio de treinta y dos plantas en pleno centro de Madrid ardió hasta los cimientos y nadie sabe cómo ha pasado. La verdad es que las imágenes eran espectaculares, lo vi por televisión, como media España. Jaume comenta que ellos también tienen sus cositas, a nosotros se nos queman los edificios y a ellos se les vienen abajo. Lo dice porque hace unas semanas se vinieron abajo unas cuantas casas en el barrio del Carmelo, por culpa de las obras subterráneas del metro. Quien esté libre de culpa que tire la primera casa. Por fin llegamos a nuestro destino.

La verdad es que no me he preparado lo que voy a decir a mi jefe. Confiaba en que Jaume hablara por mí y ese no va a ser el caso hoy. Así que en el ascensor me hago un esquema mental de lo que voy a decirles. No os aburriré con el trabajo que desempeño, solo unas pocas observaciones. Me dedico básicamente a ver qué sistema de trabajo tienen nuestros clientes para crear luego una aplicación de software que les ayude a hacer más fácil su trabajo. Suena bien, ¿eh? ¿Y qué puedo contarles de mi viaje a Múnich? Pues no mucho. Básicamente podemos reutilizar un programa que ya hicimos para una empresa francesa, claro que eso me lo callo. Y en lugar de eso soltaré frases hechas con un montón de términos en inglés para quedar bien y aparentar que hemos trabajado mucho. Jaume y yo salimos del ascensor, todavía cargados con las maletas. Las dejamos en mi «despacho». Mi despacho: un cubículo de unos pocos metros cuadrados con un par de mamparas que me aíslan un poco del resto. Justo al entrar a mi despacho veo de refilón a Cristina. Le digo a Jaume que se ponga cómodo y que si quiere que le traiga algo. Me pide un botellín de agua. Yo voy a la mesa de Adela, mi soporte, y le pido por favor si me puede conseguir un botellín de agua y unos donuts o algo, le doy diez euros y pongo la más encantadora de mis sonrisas. Ella me da la bienvenida y me dice que hará lo que pueda, le digo que después avise a Miguel Suárez de que ya estamos aquí. Busco con la mirada a Cristina. No está en su mesa. Me vuelvo al despacho y me encuentro que Jaume se ha puesto realmente cómodo. Está sentado en mi mesa y está hablando por teléfono. Al parecer con su mujer. Me dice con los labios «Es personal». Cierro y me doy la vuelta. Voy hasta la mesa de Adela, también está al teléfono, le cojo los diez euros y me voy a la zona de «vending». Hay que joderse que haya que llamar a la zona donde se echa el cigarrillo y el café, «vending», con lo bonito que es «sala de máquinas». Bueno, pues voy a las máquinas de donuts y cafés. Justo cuando entro yo sale Cristina. Si me ha visto no se ha dado por aludida. Que el donut sea con chocolate.

Últimamente me está entrando complejo de hombre invisible. Saco los donuts de la máquina y me olvido del botellín de Jaume, así que vuelta al vending.

Cuando paso al lado de Adela me dice que ya ha avisado a Miguel, en un cuarto de hora en su despacho. ¿Podré desayunar en paz? Jaume sigue al teléfono, le digo por gestos que continúe y me lanzo a abrir el paquete de donuts. Mmmmmmmmmmm. Creía que iba a morir de inanición. Sé que no le viene bien a mi tripa, ni a mi dieta, ni a mis arterias, pero qué se le va a hacer. Dejo las gafas sobre el escritorio y me siento en la otra silla. Algo así como el recuerdo de una resaca se cruza por mi cabeza. Jaume me dice que ya está listo.

Miguel asiente en silencio a nuestra presentación. Parece que por ahora le hemos convencido. Jaume tiene mucha labia para estas cosas. Es de esas personas que saben hacer atractivas las cosas por muy aburridas que sean. A mí me gustaría poder ser también así. A veces tengo la sensación de que consigo hacer aburrido hasta lo que me apasiona. Hay personas que son comunicativas y otras que no. Jaume lo es, yo no. Por eso sigo en el puesto que sigo después de tantos años. Falta de carisma. Lo prefiero así, tengo las responsabilidades justas y un horario bastante decente. Suena a justificación y quizás lo sea.

Reafirmo prácticamente todo lo que dice Jaume y Miguel queda satisfecho. Aunque en mi cabeza surgen cientos de interrogantes y cabos sin atar que se transformarán en una buena factura telefónica con Alemania. Miguel nos convoca para otra reunión a mitad de la semana que viene y esta vez quiere ver papeles sobre la mesa. Jaume le contesta que no habrá problema. Creo que hacemos buen equipo: yo pienso y él habla por mí. Le voy a echar de menos si se va.

Nos despedimos de Miguel hasta la semana que viene y le deseamos buen fin de semana. Jaume sale en unos minutos de vuelta a Barajas. Yo tengo que recoger unas cuantas cosas y luego me iré a casa. Hoy es viernes y el horario de oficina es hasta las tres. Tengo toda la tarde libre.

Salgo de mi despacho y encuentro a Jaume hablando con Cristina. En realidad, está hablando con varias de las chicas de la oficina, me fijo en cómo le observan, todas embelesadas mientras ríen sus gracias. Me acerco a ellos y pregunto de qué hablan. Jaume me contesta que estaba contando lo contento que se pone de ver a tanta chica guapa en el trabajo. Así da gusto venir a trabajar a Madrid, dice. Sé que, evidentemente, no estaba contando eso, de todas formas, el halago ha funcionado. Jaume se despide diciendo que si sigue aquí perderá el avión de vuelta. Todas se despiden de él amablemente y yo le digo que le acompaño al ascensor. En el trayecto le comento que el lunes le pasaré los informes por correo electrónico, él me dice que sin problema, que en cuanto pueda me contesta. Me pregunta si voy a hacer algo el fin de semana, le contesto que probablemente el sábado salga con los amigos. Nos despedimos hasta el miércoles y él se va en el ascensor.

Vuelvo la vista atrás con la esperanza de encontrar la mirada de Cristina. No hay suerte, está hablando con Adela. Me doy cuenta de que he olvidado la gabardina y vuelvo a mi despacho. Al cruzarme con Cristina desvío la mirada de sus ojazos. Este juego es un poco estúpido. En el fondo sé que ella no tiene el más mínimo interés, aun así alimento mis esperanzas con cada gesto, cada palabra, cada sonrisa de Cristina. Es absurdo por muchas razones y la principal es que se va a casar en unos meses. Ya tiene fecha y todo. Lleva con el mismo novio siete años. Yo la conozco hace dos. Y desde el primer día que puso los pies en esta oficina, yo vivo en un infierno. Porque en eso se ha convertido mi vida. Ella es la razón por la que no quiero irme a trabajar a otra empresa. Es la razón por la que me levanto cada mañana y vengo con ganas a trabajar. Es la razón por la que mi vida tiene un poco más de sentido. Y también es la razón de mis penas y de mi angustia. Fuente y solución de todos mis problemas. Esa es Cristina.

Finalmente salgo con mi maleta, mi gabardina y me despido de todos deseándoles buen fin de semana. Adela se despide igualmente y Cristina con un breve hasta luego. Antes de llegar al ascensor me encuentro con Hermida. Hermida es un informático que ha entrado hace unos pocos meses con el que me llevo muy bien. Me pregunta qué tal me ha ido por la tierra de las frankfurts. Le contesto que bien, que he comprado un pirata de Springsteen que ya le pasaré. Él me contesta que ya está esperándolo. Es fan del boss igual que yo.

Cojo el metro de vuelta a casa. No me gusta dejar el coche varios días aparcado en el centro cuando me voy de viaje, así que el metro es un mal menor. Es entretenido observar a la gente que viaja en él. Justo cuando me voy a tener que bajar de parada consigo asiento. Ya se sabe, la ley de Murphy.