En el infierno también se fuma
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Sabbath Bloody Sabbath — Black Sabbath
Esto no es verdad, esto no está pasando. Estoy ya en mi hotel, en la cama, borracho y durmiendo. Pero esto no está pasando. Repito, esto no está pasando. Hacía un segundo estaba meando en el baño de una cervecería del centro de Múnich y ahora salgo y enfrente mío hay un tipo tirado en el suelo, tiene en el cuello una herida abierta de unos veinte centímetros. No tiene buena pinta, el tipo tampoco. De hecho, parece bastante muerto. Y no es el único. Una chica rubia que hacía unos minutos coqueteaba con algunos clientes ahora está desparramada por la barra. Tiene las entrañas por fuera y algo se las está comiendo. Como esto no está pasando me doy la vuelta y vuelvo a entrar en el baño. Me encierro en el retrete y espero a que los gritos cesen. Me siento en la taza del váter. Repaso mentalmente las cosas que tengo que hacer mañana. La primera es coger el avión de vuelta a Madrid. La segunda es tirar estos pantalones y la tercera olvidarme de lo que acabo de ver.
Me quedo sentado unos diez minutos. Miro en el teléfono móvil la hora. Hace siete minutos que no se escucha nada. Estoy dispuesto a quedarme aquí sentado hasta mañana si hace falta. Esta película ya la he visto. Ahora es cuando la incauta víctima abre la puerta del baño pensando que ya ha pasado todo y el monstruo sale de repente y se la come. Por no haberse estado quieto, y por impaciente. Pues como estoy en la habitación 237 del hotel Regent, tumbado en la cama, y soñando que estoy encerrado en el retrete me pongo a jugar con mi teléfono. Busco en el menú de juegos alguno que parezca entretenido. Es la primera vez en mi vida que lo uso. También es la primera vez en mi vida que espero en el baño a que un monstruo acabe de darse un banquete en un bar. Siempre hay una primera vez para todo, supongo.
Ha pasado más de media hora y sigue sin escucharse un alma. Se me ha pasado por la cabeza llamar a la policía. Pero no hablo nada de alemán y no sé si me voy a poder defender en inglés sin hacer mucho ruido. Y ni siquiera sé cuál es el número. Este sueño empieza a cansarme. Me levanto y salgo del retrete. El baño sigue en calma. Avanzo hasta la puerta, con dos dedos la empujo y entreveo lo que hay fuera. Parece que todo ha pasado. Agudizo el oído. No se oye ni el zumbido de una mosca. Miro hacia el suelo y veo un gran charco rojo. Si es lo que parece, creo que no tengo ganas de ver más. Mi sentido común me dice que vuelva a mi escondite y me quede allí hasta que llegue la policía. Y eso es lo que quiero hacer, pero hay algo que tira de mí. Algo que no recuerdo que hubiera estado ahí nunca antes, ¿valor? Dejémoslo en inconsciencia mezclada con curiosidad y con un toque de culpabilidad. Sírvase frío a ser posible.
Aquí estoy, en medio del bar. No parece haber nadie más. Al menos nadie con vida. Procuro no posar la vista sobre la chica de la barra. Alguien se ha dedicado a pintarrajear las paredes con la sangre de uno de estos pobres infelices. Cuento cuatro en total. El tipo de la herida en el cuello, la chica de la barra, el camarero, que está empotrado en la estantería para las botellas y ha mezclado su sangre con varios licores en un espantoso mural, y por último casi a la entrada, bajo una de las mesas hay un cuarto cuerpo. No lo reconozco, nadie lo hará ya. A medida que avanzo mis zapatos van pisando la sangre que corre bajo mis pies. Procuro dar pasos cortos y certeros para no salpicarme los pantalones. De acuerdo que los voy a tirar, pero no es plan volver al hotel cubierto de sangre hasta las cejas. Miro de nuevo a la pared. Hay una especie de inscripciones hechas con sangre. Parecen símbolos. Me llevo la mano al bolsillo y les hago una foto con el móvil. Bonito souvenir de mi viaje de negocios. Disculpad si estoy un poco sarcástico, pero es que esto no me ocurre a menudo.
Unos pasos más y estaré fuera. Cuando esté a salvo avisaré a la policía. Lo juro, chicos. Esto último lo digo en voz alta. Una vez toco el pomo de la puerta y comienzo a abrirla comienzo a respirar con normalidad. Afuera hace frío. Una bocanada de viento helador me sacude en la cara. Jamás me había sentado tan bien. La calle está mojada. En unas pocas zancadas la sangre de mis suelas se ha mezclado con el agua de lluvia. Me abrocho el abrigo y me meto la corbata por dentro del traje. Comienzo a correr calle abajo. Hacia la avenida donde todavía hay tráfico. No miro atrás. Apenas pasan un par de coches. Ningún taxi. Me estoy pelando el culo de frío. Avanzo por la avenida, alejándome cada vez más del bar. En la habitación 237 alguien se ha dejado la ventana abierta porque estoy realmente muerto de frío. El miedo se me ha pasado un poco. Es difícil determinar si los escalofríos son por el miedo o por los diez grados bajo cero. Veo un taxi de lejos y corro hacia él como un loco, saltando por el medio de la avenida. El coche se detiene. El turco que va al volante me pregunta algo en alemán.
—Hotel Regent, please.
Le respondo. Otra nueva parrafada en teutón y yo me monto en el coche. Al sentarme en el calor del interior del coche, me entran mareos. Tengo las manos y las orejas ardiendo, me duelen de veras. Creo que tengo ganas de vomitar. Por cortesía al amable taxista intentaré aguantar hasta el hotel. El turco me mira por el espejo retrovisor. Estoy asfixiado y respiro fuerte. Le devuelvo la mirada y él continúa con los ojos en la carretera. Me tranquilizo. A través del espejo solo puede ver a un tipo barrigudo a punto de cumplir los cuarenta, que se está quedando calvo y que tiene la nariz y las orejas rojas del frío. No puede saber lo que acabo de ver. No puede saber que soy un españolito en viaje de negocios que había salido a tomar unas copas a ver si ligaba con alguna alemana borracha. No puede saber que hay monstruos y que se comen las entrañas de la gente. No, el turco no sabe nada de eso. Bastante tiene con conducir su taxi. El taxímetro marca once euros. Le pago con quince y salgo del taxi sin esperar respuesta.
En recepción pido mi llave.
La chiquita que está de guardia me la entrega y me meto en el ascensor. Dos plantas más arriba me dirijo hacia la puerta de la habitación y entro en ella, dispuesto a fundirme con mi yo durmiente. Cuando me meta en la cama y me quede dormido me habré fundido con mi otro yo. El que lleva toda la noche dormido. Y entonces, al despertar mañana, la pesadilla habrá pasado. Sincronizo la alarma del móvil a las 6:35 de la mañana. Aún tengo cuatro horas para olvidarme de esta noche.
Alguien golpea mi puerta. Abro los ojos, sobresaltado. Es Jaume. Me pregunta si ya estoy listo. No sé qué responderle. Estoy en calzoncillos y he dormido con la camisa del traje puesta.
—¿Qué, ayer hubo fiesta?
Me pregunta. Balbuceo algo incoherente. Y él me dice que en cinco minutos tendremos el taxi en la puerta. Le digo que no se preocupe, no tardaré tanto. Hago lo que me falta de maleta y me lavo la cara en el lavabo. A los cuatro minutos salgo del ascensor en el recibidor de la entrada. Él ya está allí con su equipaje preparado. Le pregunto si podemos desayunar algo. Él me dice que mejor en el aeropuerto. Aún es de noche en el exterior, cargamos las maletas en el taxi y Jaume se sienta delante con el taxista. Va hablando con él en alemán. Yo me dedico a mirar por la ventanilla. Al final no he tenido tiempo de ver la ciudad. Otra vez será.
Nuestro vuelo sale a las 8:35, apenas tenemos tiempo para un café rápido y nada de comer. Mi estómago me lo echa en cara durante el vuelo. Jaume me vuelve a preguntar por la noche anterior. En concreto qué hice después de que él se fuera al hotel y me dejara con una analista irlandesa con la que habíamos estado reuniéndonos toda la semana. La verdad es que ni yo le interesaba, ni ella a mí. Le digo a Jaume. Así que nos fuimos cada uno a nuestros respectivos hoteles, no pasó más. Me mira con cara de pícaro. Yo sonrío y le digo que de verdad, no hay nada interesante que contar. Jaume está casado. Conocí a su mujer en un viaje que hicieron a Madrid. Una chica encantadora, demasiado para Jaume. No me malinterpretéis, Jaume me cae bien. Digámoslo así: es buen compañero y muy trabajador, pero no excesivamente fiel a la empresa. Es unos diez años más joven que yo y, si le dejan, se comerá el mundo. Tiempo al tiempo. Yo me conformo con bastante menos. Para empezar, me gustaría dejar de viajar una temporada. Empecé en esta empresa hace doce años y todavía sigo siendo analista de sistemas, un cargo medio, tirando a menor. Así se ha premiado mi fidelidad. No me importa, la verdad. Me gusta mi rutina. Me gusta la gente con la que trabajo y no está mal pagado. Me permite mis caprichos y pagar el piso en el que vivo.