46. LO QUE ME QUEDA POR VIVIR
L O QUE ME QUEDA POR VIVIR
El émbolo no se movió. Por mucha fuerza que aplicó el presidente, ni una gota de líquido me atravesó la piel.
—Suelte esa jeringa, presidente —dijo de pronto una voz.
Esta, carente de tono, de género y de emoción, resonó en toda la sala de operaciones, como un eco que no debería existir en aquel lugar abierto y roto.
Se impulsó en cada uno de nuestros oídos y nos golpeó el pecho como rebotes de tambor.
Incluso la lluvia pareció apaciguarse ante aquella nueva autoridad.
El presidente emitió un quejido silencioso. Casi pude intuir el gesto de desagrado de su rostro tras la máscara antes de levantarse y agachar la cabeza con sumisión, igual que el resto de los miembros del Consejo.
Me arranqué la jeringa y me llevé la mano al brazo mientras miraba alrededor, encogida, en busca de lo que fuera que había hablado.
Se materializó en el centro de la sala, una figura imponente bajo una capa tan oscura como la máscara que ocultaba su rostro.
Era de un negro mate tan intenso que daba el aspecto de encontrarse allí un pozo oscuro sin fondo en lugar de un ser humano.
Junto a esa figura, se encontraba otra, menos imponente, aunque de más altura, con una fina máscara que solo le ocultaba los ojos.
—Supremo —se atrevió a hablar el presidente—. Con su permiso, esta criatura es fruto de un crimen contra la alquimia. El objeto debe ser eliminado.
El Supremo dio un paso al frente con determinación.
—No veo objeto alguno, consejero —dijo—. Auxiliar, atienda al doctor —añadió sin mirar a Viktor.
La persona que se encontraba a su lado obedeció al instante.
Respiré hondo, aliviada, pero inmediatamente después, volví a encogerme al descubrir la mirada del Supremo puesta en mí.
—Lo que veo —prosiguió— es a una joven aterrorizada por el Consejo.
—Es un monstruo.
—No, presidente. Desde que el doctor Frank dotó de vida a este cuerpo, es tan humano como lo pueda ser usted.
Me limpié una lágrima cuando vi cómo las costillas de Viktor empezaban a regresar a su lugar una a una.
No sabía qué tipo de alquimia estaba empleando el auxiliar, pero sabía que era legal, lejos de la sangre que hacía todo tan sencillo.
Se podía aplicar la medicina de alguna forma que desconocía.
Parpadeé, fascinada. Pero recordé inmediatamente después dónde me encontraba y volví a encogerme.
El Supremo me tendió una mano enguantada.
Yo la miré con desconfianza. Pero sus dedos, pacientes, continuaron allí para mí, para cuando yo lo decidiera.
Dirigí los ojos a Kraus, que contemplaba la escena con una ceja levantada.
Había dejado de retorcerse entre los que lo tenían apresado y ahora se limitaba a mirar con curiosidad. Aquello me hizo sentir segura.
Alcé la mano y tomé la del Supremo, que tiró de mí para levantarme del suelo.
Yo me tambaleé. Las heridas abiertas me tiraban de la piel y me molestaban. Sentía que alguna se rasgaba más con cada movimiento, así que decidí permanecer quieta sobre la pierna sana, retorciéndome los dedos, junto a la figura del Supremo, que volvía a encarar al Consejo.
—Esto ha llegado demasiado lejos —dijo.
—Es la ley —respondió el presidente.
El Supremo ladeó la cabeza.
—Ley —repitió—. Toda ley que atente contra la vida es una ley mal establecida —dijo—. Me encargaré personalmente del artículo.
—Con todo el respeto...
El Supremo levantó el dedo índice para interrumpirlo.
—Ya han terminado aquí, señores. —Señaló el hueco donde había estado tiempo atrás la puerta—. Fuera. Es una orden.
Los consejeros dudaron, pero terminaron inclinando con respeto la cabeza y dando un paso atrás para desvanecerse en el viento, liberando de esta forma a Kraus, Edward y Emily.
La corriente de aire circuló por la sala de operaciones unos segundos, casi como si trataran de retar la paciencia del Supremo.
Este, con los hombros relajados y las manos entrelazadas tranquilamente en su regazo, aguardó a que el Consejo abandonara el lugar.
Entonces, me miró.
—¿Cómo está el doctor, auxiliar? —le preguntó sin apartar sus ojos de mí.
—Sanando.
El Supremo asintió.
—Bien. Bien.
Pareció estudiar entonces mi aspecto.
—Emplear la sangre no es una práctica apropiada, señorita Allen —dijo, contemplando mis heridas abiertas sin hemorragia.
Tragué saliva y asentí.
—Lo... lo siento.
El Supremo negó con la cabeza. Parecía agotado.
—Terminemos con esto.
Llevó una mano hacia delante y la agitó hacia abajo. Un bastón se materializó para soportar el repentino peso de un cuerpo anciano. La capa se esfumó, igual que la máscara, y la figura erguida y poderosa del Supremo fue dando forma a otra conocida e igual de imponente.
—Vaya —dijo Kraus—, esto sí que no me lo esperaba.
Emily alzó una ceja.
—Creí que una fórmula de alquimia no les permitía revelar su rostro —dijo sin mostrar ni un ápice de sorpresa. Yo, sin embargo, me había quedado muda.
Los ojos de la doctora Teressa Green miraban el cielo, ya libre de tormenta, con cansancio, ignorándolos a ambos.
Las estrellas se mostraban claras entre los restos del techo derrumbado de la sala de operaciones.
Algunas parpadeaban, como si quisieran hablar sobre todo lo que habían visto y oído. Sangre y muerte.
—Así es, señorita Abbott —respondió finalmente—. Para el Consejo. —Nos repasó entonces con la mirada a cada uno de nosotros—. Ahora, van a decirme qué ha ocurrido aquí.
—Por supuesto, doctora —dijo Kraus con el respeto que profesaba a aquella mujer. Empezó a narrarle los hechos con particular detalle.
Mientras, Edward vigilaba el bienestar de su hermano desde la distancia y Emily daba palmaditas en su falda.
Se me desviaron los ojos hacia Viktor, que aún yacía en el suelo con el gesto contraído de dolor mientras sus heridas se iban cerrando. Tragué saliva y probé a dar un paso hacia él. Como la doctora no dijo nada, me atreví a dar uno más, y otro. Y ya no me detuve hasta llegar a su lado.
Me arrodillé junto a su brazo, en el lado opuesto sobre el que trabajaba el auxiliar, y le acaricié la mejilla.
—Kraus tiene un pico de oro —dijo, cansado, con los ojos cerrados, y buscó a tientas mi mano. Cuando se la entregué, enredó nuestros dedos y la estrechó contra el pecho.
El auxiliar permaneció impasible y continuó dibujando símbolos por todo el torso herido.
Había rasgado su camisa, dejando el costado al aire, y había seguido un recorrido riguroso por las costillas hasta alcanzar el esternón.
Viktor guardó silencio hasta que concluyó, trazando con dedos finos un último dibujo, como si fuera un lazo, en la clavícula.
Entonces, se levantó y se alejó para situarse de nuevo junto a la doctora.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté.
Viktor me miró. Sus pupilas estaban tan dilatadas que daba la impresión de ser una ventana a su mundo interior. Casi podía ver a través de ellas las formas difusas de emociones desordenadas. Intuía culpa, amargura y alivio, pero había más, infinidad de ellas.
Tragué saliva y decidí ovillarme a su lado. Le apoyé la mejilla en el hombro y contemplé el movimiento de su pecho subiendo y bajando.
—Te encerré —fue lo primero que dijo. Y su voz sonó tan dolida que por un momento creí que era fruto del dolor físico en sus costillas—. Durante tantos días...
Respiré hondo. Aguardé a que continuara, a que dijera algo más, pero no parecía encontrar las palabras adecuadas.
Podía sentir todas ellas agolpadas en su garganta, pero, por primera vez, el doctor Viktor Frank no parecía ser capaz de resolver la ecuación que le permitiría expresarse como necesitaba.
Apoyé la frente en un lado de su mentón y decidí hablar yo. Lo hice despacio, midiendo las palabras como si se hubieran transformado de pronto en un lenguaje complejo.
—La primera emoción que sentí después de despertar fue miedo —dije—.
Acababan de darme vida y lo primero que vi fue muerte.
—Cerré los ojos—. Después, vino la culpa.
Me persiguió como un fantasma, cada día y cada noche mientras vagábamos por los caminos.
—Hice una pausa—. Mi respuesta fue huir como una cobarde.
—Tragué saliva—. Robé para sobrevivir. Fui descubriendo más emociones, la mayor parte desagradables.
Pero había una que me movía más que todas las demás: la curiosidad.
Me intrigaba mi vida, la razón de mi existencia, el poder que había permitido que abriera los ojos en esa camilla.
Empecé a visitar bibliotecas y a estudiar la alquimia.
Me sentí fascinada. Aquello era lo único que tenía, y me aferré a ello como si fuera lo único que merecía la pena de aquel mundo.
—Sonreí—. Entonces conocí a Emily. Y, con ella, otras emociones, de esperanza, diversión, alegría, gratitud, compasión.
Emily me enseñó que el mundo podía ofrecer todo lo que imaginaras.
El mal y el bien. Lo negativo y lo positivo.
—Respiré hondo—. Quise conocerte entonces.
Solo conocerte. Averiguar tal vez cómo había sido formada para comprender mi dolor y tratar de deshacerme de él.
Pero yo no... Jamás pretendí dañarte. —Negué con la cabeza y me froté el pecho—.
Algo empezó a formarse en mi interior. No entendía qué me ocurría, solo sabía que verte feliz me hacía feliz a mí también.
La mano de Viktor estrechó más la mía. Giró un poco la cabeza para alcanzarme la frente con los labios y darme un beso.
—Lo siento —repitió sin apartarlos de mi piel—. Lo siento mucho, Marshel. —Respiró hondo—. Me acerqué a la puerta del sótano decenas de veces, y me quedaba allí, mirando, inmóvil. Me sentí un iluso por haber caído en un engaño tan cruel. Y, sin embargo, era incapaz de hacerte daño.
—Perdón. —Sollocé—. Perdóname, Viktor, por favor.
Él negó con la cabeza y suspiró.
—No tengo que perdonarte nada, Marshel. —Apoyó la mejilla en mi pelo—. Te quiero. Y ya no importa nada más.
—Doctor Frank, ¿puede levantarse? —dijo de pronto la doctora Green.
Él no respondió. Se irguió un poco y, despacio, con mi ayuda, fue poniéndose en pie. Apoyó una mano en la pared para mantener el equilibrio mientras yo sostenía el poco peso que él permitía que cayera sobre mí.
La doctora Green lo contemplaba con severidad.
Kraus parecía haber concluido ya la narración de los hechos, y ahora era el turno de que Viktor respondiera por sus actos.
La mirada de la doctora hizo que yo enredara las manos en su camisa con nerviosismo.
Dio unos golpecitos con el bastón en el suelo antes de hablar.
—Doctor Frank —dijo—, Wilhelm Meyer aseguró que se había saltado usted la ley de todas las formas posibles.
Le di el beneficio de la duda, puesto que no había pruebas.
Bien —miró a su alrededor—, ahora las tengo.
Ha provocado la muerte de inocentes y un dolor insoportable a aquellos a los que dio vida, incluyendo a la señorita Allen.
—No es...
—Silencio.
Me callé.
—Pero —continuó la doctora— no es usted del todo culpable de los actos que llevaron a cabo sus otras seis creaciones.
La señorita Allen es un claro ejemplo de que disponían de criterio para elegir el camino correcto.
—Miró a su auxiliar, que había sacado un pliego y se disponía a redactar con una pluma.
Después, volvió a dirigir la mirada a Viktor—.
Queda suspendido —dictó—. No volverá a hacer uso de la alquimia bajo pena de prisión.
Si lo hace, aunque sea para calentar agua en el invierno, lo sabremos, doctor Frank.
No tiente a la suerte. —Me miró—. En cuanto a usted, señorita Allen, un ayudante del Consejo pasará a recogerla próximamente.
Tendré listo el Azoth de Vitalidad para que mi auxiliar pueda librarle de esa tortura.
Calculo que necesitaré un centenar de criminales presos para repartir su dolor sin dejar secuelas en ellos.
Estarán encantados de prestarse voluntarios para la prueba.
Y dicho eso, el auxiliar dobló el pliego y se lo entregó a la doctora. Después, esta dio un golpe con el bastón en el suelo y ambos se esfumaron. Yo tragué saliva ante la perspectiva de deshacerme al fin del dolor.
Kraus soltó un silbido.
—Te has librado por los pelos de la cadena perpetua, Frank. —Se aproximó—. En mi opinión, la señorita Allen le cae bien y no deseaba romperle el corazón.
Viktor no le respondió. En su lugar, me miró.
—Iré contigo.
Asentí mientras Kraus le cogía del brazo.
—¿Me permite, señorita Allen? —me dijo, y me lo quitó de encima para apoyarlo sobre sus hombros. Viktor dejó caer todo su peso en él para que lo ayudara a caminar hacia la salida. Edward se acercó para cogerlo por el otro lado.
—¿Estás bien? —le preguntó Viktor a su hermano.
—Eso debería decirlo yo. Estás hecho un asco.
Al escucharlo, recordé de pronto mi intrusión en el despacho de Viktor cuando traté de encontrar la documentación del experimento Demiurgo. La persona que había gritado «ladrón» había sido Edward. A pesar de que Viktor lo había alejado de él, su hermano siempre había estado ahí para apoyarlo.
Emily se acercó a mí mientras observaba a los tres avanzando con lentitud.
—Guardaré el elixir de recuerdo —dijo—. Hicimos un buen trabajo.
Yo la miré. Sus ojos estaban puestos en Edward.
—Sabías que eran hermanos, ¿verdad? —pregunté.
—Tienen el mismo mentón.
Empezamos a caminar tras ellos.
—Hay muchos mentones iguales.
—El doctor Frank sacó a Edward el primero de Somerset House.
—Sacó a más gente de allí.
Emily se encogió de hombros.
—Fue directo a él.
—¿Y qué?
—Que tienen el mismo mentón —respondió—. Vamos, buscaremos el carruaje que nos ha traído. Debe de estar en algún lugar del camino.
Asentí y saltamos por una pared derruida.
Antes de echar a correr por el terreno que separaba la casa del sendero, miré hacia atrás una vez.
Viktor contraía el gesto por el dolor con algunos movimientos, pero se recuperaría.
Nadie había salido herido, y todos habían arriesgado su vida por mí.
Me sentí afortunada. Hacía mucho tiempo había tomado la arriesgada decisión de abandonar a los míos, había huido con el corazón en la garganta y los músculos de los brazos agarrotados por el miedo.
Pero, a pesar de todo, lo había hecho. Y había merecido la pena.
Sí. Todo había salido bien. Y estaba segura de que las experiencias que había vivido hasta el momento no eran nada en comparación con lo que me quedaba por vivir.