En el corazón del monstruo EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Viktor recorrió la cicatriz de mi espalda desnuda con sus labios, haciendo que se me erizara el vello de la nuca. Sus manos me acariciaron la piel desde el muslo hasta la cintura. Me di la vuelta entre las sábanas y me estiré con pereza.

—Buenos días, señora Frank —susurró sobre mis labios antes de darme un beso.

Yo lo atraje hacia mí por el cuello y profundicé el beso. Estaba completamente desnudo después de que le hubiera arrebatado anoche hasta el pulcro peinado que llevaba.

Le rodeé la cadera con las piernas.

—Tal vez deberíamos bajar —dijo, mirando la puerta—. Emily acaba de marcharse.

Negué con la cabeza.

—Estarán bien —respondí, enredándome con su aliento.

—No creo que mi hermano opine lo mismo.

Apreté los labios para sostener una sonrisa.

—Y yo creo —dije, empujándolo para que su espalda quedara sobre la cama y yo encima de su abdomen— que el tío Viktor tiene ganas de saludar a su sobrino.

No lo culpaba, en realidad yo sentía la misma necesidad cada vez que despertaba.

Cuando todo había vuelto a la normalidad tras mi paso por las manos de la doctora Green y el Azoth, Viktor me había confesado una verdad que yo desconocía: había diseñado a sus creaciones de tal forma que fueran incapaces de procrear. Jamás tendríamos un hijo.

Por eso, cuando Emily se había quedado encinta unos meses después de casarse con Edward, Viktor y yo habíamos amado a aquel bebé desde ese mismo instante.

Kraus y Anthony nos habían visitado después de que diera a luz, y sus visitas se habían incrementado desde entonces.

Parecían sentir por ese niño un afecto parecido, y a mí me satisfacía pensar que en Rosewood Manor habíamos encontrado cada uno la pieza que nos faltaba para hacer de nuestra familia algo completo.

—Tal vez pueda apañárselas solo unos minutos —valoró Viktor después de un momento, devolviéndome al dormitorio. Llevó las manos a mi cintura y paseó por ella los pulgares hasta rozar la cicatriz del abdomen. Su respiración se aceleró.

Me incliné sobre él hasta acariciarle los pectorales con los pechos.

—Emily no tardará en llegar —le aseguré—. ¿Cuánto suele tardar en comprar los bollos? —medité—. ¿Quince minutos? ¿Veinte?

—Posiblemente menos.

Elevé la cadera y me preparé sobre él.

—Pero si quieres bajar...

Viktor tiró de mí y me besó al tiempo que me llevaba contra el colchón.

Se hundió en mi interior sin vacilar, haciendo que gimiera.

Cerré los ojos e inhalé el intenso olor a rosas que se adentraba por la ventana, entre las largas cortinas blancas, y me dejé llevar por el placer. Sin dolor, sin tristeza, sin miedos.

Me abracé a Viktor y él me miró como cada mañana, como si me contemplara por primera vez. Me acarició la mejilla y unió nuestras frentes.

—Te quiero —susurró—. Siempre.