En el corazón del monstruo 45. TODOS LOS MONSTRUOS DE VIKTOR FRANK
97%

45. TODOS LOS MONSTRUOS DE VIKTOR FRANK

T ODOS LOS MONSTRUOS DE V IKTOR F RANK

Un trueno hizo temblar las paredes al tiempo que William sonreía y sacaba un puñal del otro lado de su cinturón.

—¡No! —grité.

No pudo tocarlo. Viktor era rápido empleando los elementos básicos de la alquimia. Valiéndose de su sangre, se integró con el viento para encararlo desde otro lado.

Unas manos amables me recogieron del suelo cuando el resto de los monstruos intervinieron en la lucha al mismo tiempo que Kraus y Edward.

—Tienes sangre por todas partes —indicó la voz de Emily en mi oído mientras se esforzaba enormemente por sacarme de allí a rastras.

—Ha venido —musité, levantándome casi sin respiración del suelo apoyada en su hombro.

El estruendo de otro trueno me agitó el corazón, pero en esa ocasión no hizo que me encogiera.

Ni siquiera la tormenta podría hacer que apartara los ojos de Viktor, aunque él no me había dedicado ni una sola mirada.

—Sí. —Emily pasó mi brazo ileso por sus hombros y continuó avanzando hacia la salida—. No ha querido dejar pasar la oportunidad de tener a todos los monstruos en un mismo lugar.

Bajé la mirada al suelo, decepcionada.

—Ha sido por ellos. —Cerré los ojos y parpadeé para deshacerme del escozor. Asentí un par de veces—. Entiendo.

Tropecé y Emily casi perdió el equilibrio, pero logró sostenerse en un trozo de pared a tiempo.

—Es difícil saberlo —respondió—. El profesor Kraus le sugirió que aguardáramos hasta después de la medianoche para pillarlos desprevenidos, que tu muerte sería un mal menor. El doctor Frank salió por la puerta mandándole al diablo.

Tragué saliva.

—¿Kraus... Kraus quería que me mataran?

Emily negó con la cabeza. Se detuvo un momento para recuperar el aliento.

—No —dijo—. Lo estaba provocando. Cuando el doctor cerró de un portazo, el profesor se levantó, se alisó el chaleco y nos guiñó un ojo. Anthony le pidió que hiciera el favor de no dejarse matar y, después, salimos todos detrás del doct... Oh, vaya.

Seguí la dirección de los ojos de Emily. Uno de los monstruos se había interpuesto entre la salida y nosotras. Me llevé la mano al colgante con un gemido de dolor por el movimiento del brazo.

—Vosotras no vais a ninguna parte —dijo.

Casi no me dio tiempo a trazar el símbolo de defensa.

Logré detener la primera embestida, que hizo que la intención de agarrarnos se convirtiera en un golpe seco contra una pared invisible.

Emily me soltó, aprovechando la confusión del monstruo, y sacó una jeringa del bolso bandolera que llevaba colgado.

La cogió como si fuera un puñal, con la aguja hacia abajo, preparada para clavar.

Yo me dejé caer al suelo sin poder evitarlo. Las piernas me fallaron, y lo único que pude hacer fue mirar a Emily mientras rugidos, disparos y golpes sonaban a nuestra espalda en la sala de operaciones.

El monstruo dobló las rodillas y echó los brazos hacia delante, preparado para atacar. Emily ladeó la cabeza.

—No pareces muy ágil.

El monstruo se abalanzó sobre ella, que hizo un quiebro sencillo, haciendo que él abrazara el vacío. No pudo esquivar el otro golpe, sin embargo, cuando este se dio la vuelta. Emily cayó al suelo y alzó una ceja, como si estuviera verdaderamente sorprendida de la capacidad de reacción del monstruo.

Le atrapé una pierna antes de que pudiera echarse sobre Emily.

Él la sacudió, librándose de mí sin esfuerzo, pero la distracción fue suficiente para que Emily saltara sobre su espalda y le clavara la jeringa en el cuello.

Antes de caer al suelo, inerte y desintegrado, logró empotrarla contra la pared, haciendo que perdiera el conocimiento.

—¡Emily!

Me arrastré hacia ella para asegurarme de que estuviera bien, ignorando el cuerpo del monstruo, cuyas cicatrices se habían abierto y lo habían transformado en solo carne muerta.

Cubrí a Emily con mi cuerpo mientras echaba la vista atrás.

El Tercero, el Cuarto y el Primero se enfrentaban a Edward, Kraus y Viktor correspondientemente.

Pensé que con la alquimia sería una lucha con un claro bando vencedor, pero me equivocaba: el Cuarto y el Primero también estaban empleando la alquimia para atacar.

Habían estudiado y practicado, igual que yo.

Y, aunque su conocimiento distara mucho del de los alquimistas experimentados, lograban de alguna forma defenderse lo suficiente.

Edward y Kraus no estaban acostumbrados a usar la materia para la lucha.

Los monstruos, sin embargo, parecían haber estudiado solo para eso.

William, en especial, parecía haber vivido aquellos tres años únicamente para encarar al doctor esa noche. Me quedé pálida cuando lo vi enfrentándose a Viktor entre el viento que agitaba aquella enorme sala. Sus cuerpos se materializaban de forma difusa en el aire, arrastrando objetos a su paso.

Kraus y el Cuarto, por su parte, buscaban herirse empleando objetos pesados transformados a partir de otros.

Edward se limitaba a luchar con las manos después de haberse quedado sin balas en el revólver.

El monstruo tenía dos disparos que no le impedían defenderse: uno en el hombro, otro en el costado que parecía haberle rozado.

La figura difusa de Viktor golpeó de refilón al Tercero para ayudar a su hermano, lo que le valió una desventaja contra el Primero.

Cerré los ojos con fuerza. Tenía que ayudar a Edward.

Me llevé la mano al cuello para humedecerme los dedos de sangre y la contemplé un momento.

Jamás la había usado en la alquimia. Quizá de forma indirecta cuando me había librado de las ropas manchadas en casa de Kraus, pero no como lo haría ahora.

Era una mala práctica, dados los efectos secundarios.

Pero Anthony, un hombre con la cabeza asentada, coherente y responsable, la había usado para salvar a Kraus.

Y yo haría lo mismo para ayudarlos a ellos.

Recordé el símbolo que había empleado para la cura y lo tracé por mis heridas.

Poco a poco, la sangre se fue cortando, aunque las heridas continuaron abiertas.

El dolor desapareció, y me vi de pronto recuperada y dispuesta.

Ya no había monstruos ni peligro más allá de la sala de operaciones, así que dejé a Emily recostada en la pared, me arranqué un buen trozo del bajo del vestido con las manos para mejorar mi movilidad, y salí corriendo armada con una jeringa de su bandolera.

Cuando Edward me vio aparecer, se alejó hacia su derecha para desviar la vista del Tercero y darme vía libre para actuar.

Pero el Cuarto lo previno, y él se dio la vuelta a tiempo de golpearme para empujarme.

Salí disparada hacia atrás, a la poca distancia que le permitió el brazo del hombro herido.

Edward aprovechó el giro del monstruo para atestarle un golpe en el costado que sangraba, lo que hizo que se doblara más aún.

Por un instante, sentí lástima. Y dudé. La jeringa tembló en mi mano. Y aquel segundo fue suficiente para que el monstruo alargara la mano al cuello de Edward con la intención de romperlo.

Se lo clavé sin pensar. Edward cayó al suelo, casi sin respiración, y el Tercero terminó doblándose sobre sí mismo para ir despedazándose después poco a poco, ya sin vida. Clavé las rodillas junto a Edward.

—¿Estás bien?

Él dejó caer la espalda en el suelo, tratando de recuperar el aliento.

—Has dudado —dijo, tosiendo.

—Yo... lo siento... No...

Edward agitó la cabeza y sonrió.

—Has dudado porque eres noble, Marshel. —Se incorporó sobre los codos—. ¿Emily?

—Está bien.

Se levantó con esfuerzo y siguió con la mirada la dirección que le señalé.

Él miró un momento hacia la lucha que estaba teniendo lugar a lo largo de la sala de operaciones y al otro lado.

El enfrentamiento de Viktor y del Primero era difícil de seguir.

Apenas nos dio tiempo a saltar a un lado cuando el cuerpo de William impactó con violencia contra una pared.

Esta se vino abajo en cuestión de segundos, haciendo que los pedazos de piedra quebraran las baldosas que pisábamos y se deslizaran hasta chocar con nuestros pies.

Edward corrió hacia el cuerpo desprotegido de Emily, saltando con agilidad sobre los obstáculos que se encontraba en el camino, sin quitarle del todo los ojos de encima a su hermano.

El golpe había hecho temblar el resto de la estructura de la casa y Edward pretendía sacar de allí a Emily antes de que todo se viniera abajo.

Miré hacia Kraus, que parecía tener el control de la situación. Había sacado ya la jeringa y parecía estar divirtiéndose, a pesar de tener la cara llena de sangre. El Cuarto estaba en peores condiciones.

Decidí que allí molestaría más que ayudar, así que...

—¡ MARSHEL !

El grito de Edward, con sus ojos aterrorizados clavados sobre algo a mi espalda, hizo que me girara.

El tiempo pareció ralentizarse.

Recuerdo a William como un espectro entre el aire, sus ojos inyectados en sangre, acercándose velozmente hacia mí.

Un relámpago iluminó la sala. Recuerdo que supe con certeza que moriría, que el Primer Monstruo de Viktor Frank me desgarraría en cuanto pasara junto a mí.

Solo necesitaría tirar de mí. A esa velocidad, con esa fuerza, me arrancaría el pecho del cuerpo con una única mano.

Me encogí.

Y, entonces, otro cuerpo recibió el impacto.

No comprendí lo que había sucedido hasta que el olor a libros y madera bañó el aire que respiraba. Y, después, sangre. Viktor emitió una exhalación antes de caer de rodillas y, después, al suelo.

El tiempo recuperó entonces su velocidad. Y todo alrededor se volvió confuso. Nuevos cuerpos llenaron la sala como fantasmas, capas negras y máscaras por todas partes, creando el caos. Pero yo solo tenía ojos para Viktor.

Mis manos se precipitaron hacia él antes de que mi mente pudiera reaccionar.

Se había desplomado de costado. Le di la vuelta con cuidado mientras pronunciaba su nombre una y otra vez sin voz.

Mis manos se llenaron de sangre en cuanto alcanzaron su torso.

El agua caía incesante, tiñendo el suelo de rojo a nuestro alrededor.

—No...

Sus costillas estaban rotas y sobresalían de la parte izquierda de su cuerpo como garras astilladas. Apenas podía respirar. Cerró los ojos con fuerza cuando terminé de darle la vuelta y su espalda tocó el suelo.

—¿Viktor? —susurré. Las lágrimas bañaron mis mejillas y emborronaron mi visión.

—Marshel... —dijo con voz ronca—. Estás... bien.

Trató de alzar la mano para alcanzar mi rostro, pero no lo consiguió. Me incliné para apoyar la frente en la suya.

—Viktor... —fue lo único que alcancé a decir.

Él trató de respirar hondo, pero emitió un gemido de dolor antes de que pudiera llenar sus pulmones.

—Lo siento —dijo—. Lo siento tanto, Marshel.

—Negué con la cabeza y le acaricié el rostro y el pelo—.

Estaba dolido y confundido. —Soltó un quejido errático—.

Te quiero... A ti. Siendo quien eres. —Contrajo el gesto de dolor—.

Una mujer... dulce, cálida, apasionada y sensible.

—Exhaló—. Te quiero. —Su mano rodeó la mía, que tenía en ese momento sobre su mejilla—.

Desde el primer día que pisaste mi despacho.

Sonreí sin poder evitarlo y sorbí por la nariz. Apoyé los labios en su frente.

—Viktor... —Lloré—. Yo tamb...

Alguien me agarró por detrás y me separó de él. Chillé.

—¡No! ¡No!

Viktor trató de levantarse, pero las costillas crujieron y volvió a desplomarse. No detuvo sus intentos, sin embargo. Sus ojos fijos en quienquiera que me estuviera arrastrando hacia atrás juraban muerte. Si no hubiera estado herido, le habría roto el cuello.

Me dieron la vuelta y me tiraron a una distancia de Viktor imposible de acortar.

Descubrí entonces que me hallaba frente a todos los miembros del Consejo. La carne descompuesta del Primero y el Cuarto estaba tras ellos. Kraus, Edward y Emily, ya despierta, se encontraban apresados y, por mucho que trataban de liberarse del agarre de la guardia del Consejo, eran incapaces.

Miré a Viktor.

—El doctor Frank no morirá —aseguró el presidente. Lo miré con cara de odio—. Pero sí será castigado por su crimen.

—No la toquéis —siseó Viktor con amenaza.

El problema de haber usado sangre para una transmutación era que no podía volver a usarse inmediatamente después para otra. Yo no había podido aliviar el dolor ni cortar la sangre de Viktor, él, tampoco.

Volví a mirarlo.

Estaba malherido, estaba sufriendo un dolor insoportable.

Pero poseía una poderosa voluntad de moverse.

Trataba de valerse de una pared para levantarse, a pesar de que el movimiento de todas aquellas fracturas abiertas le hacía sudar y palidecer.

Pero el cuerpo tenía sus límites. Cuando volvió a desplomarse, ya no pudo moverse. Solo pudo mirar con miedo.

—Sabe, señorita Marshel, que es usted fruto de un experimento —continuó el presidente. Volví a mirarlo, y reculé hacia atrás cuando dio un paso hacia mí—. Usted no debería existir. Igual que el ave, e igual que todos los otros semihumanos.

Tragué saliva.

—Matasteis a Prometeo —musité, encogida.

—Cabrones —dijo Kraus—. Marshel es un ser humano más decente que todos vosotros.

Escupió a los pies de uno de los integrantes del Consejo.

Ninguno se inmutó ante el insulto.

Con una jeringa en la mano, el presidente se acuclilló frente a mí. Yo no pude recular más cuando mi espalda alcanzó un gran bloque de techo que había caído durante el enfrentamiento de Viktor.

—Todos los monstruos del doctor Frank deben ser exterminados —concluyó.

Y, con velocidad, agarró mi brazo y me clavó la jeringa.