En el corazón del monstruo 44. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD #2
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44. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD #2

—Ya... —Se quedó pensativo—. Me han dicho que el doctor se ha portado mal contigo.

—Suspiró—. Un largo encierro. —Negó con la cabeza con desaprobación—.

Y luego dicen que somos nosotros los monstruos.

—Chasqueó la lengua y ladeó la cabeza. Después, sacó una afilada daga de un costado de su cinturón.

Llevaba puesta una camisa y unos pantalones amplios y, aun así, parecía todo un aristócrata—.

No me gusta que traten mal a los míos —continuó, pasando la yema del dedo por el filo.

Un hilo de sangre brotó de la piel—, es como si me estuvieran insultando a mí.

—Se señaló el pecho con la punta de la daga—.

Solo yo —alzó la mano con velocidad para atraparme el pelo por la nuca y llevarme hasta él con un tirón.

Me incliné hacia delante con brusquedad y volví a apoyar las manos en el suelo.

Un cristal me atravesó la piel cerca del pulgar— puedo meterme con los míos.

—Trazó con la daga una línea fugaz en el lado izquierdo de mi cuello, abriéndome la piel.

Yo chillé—. Con los traidores. —Volvió a trazar otra línea, esta vez en mi hombro, rasgándome una manga del vestido, que se empapó de sangre.

Apreté los labios mientras una lágrima descendía por mi mejilla, mezclándose con las gotas de lluvia—.

Tranquila, criatura. No vas a morir. Aún no.

Me empujó hacia atrás, haciendo que cayera con violencia. Me llevé la mano al cuello y reculé para apartarme de él. La herida era superficial, igual que la del hombro.

—A pesar de todo —dijo, poniéndose de nuevo en pie—, el amor sana las heridas del corazón.

—No vendrá —le aseguré con rabia—. Así que mátame de una vez.

—Sigues siendo tan inocente como el día que nos abandonaste —respondió, admirando la daga—. Tu querido doctor te encerró por una razón.

—Porque me odia.

—No. No. —Sonrió—. Los humanos son más complejos.

¿Es que no has aprendido nada conviviendo con ellos?

—Se frotó la frente—. Tiempo, criatura. El doctor Frank necesitaba tiempo.

Tiempo para perdonarte, tiempo para perdonarse, tiempo para aclararse —agitó la mano—, lo que sea.

Si te odiara tanto como a nosotros —continuó—, créeme, estarías muerta.

Agité la cabeza y me recogí las piernas con el brazo que tenía libre.

Alcé los ojos al cielo cuando otro relámpago iluminó la noche, haciéndome temblar.

William no lo entendía. Él no había visto los ojos de Viktor, no había visto su gesto de repulsión.

No había visto cómo se teñía su mirada de oscuridad. No había visto nada.

Hundí el rostro entre las rodillas y aguardé.

Los monstruos tomaron posición entre los restos de las camillas.

Paseaban en ocasiones y hablaban en otras, aburridos.

El Primero se mantuvo en silencio, apoyado con la espalda en la pared.

Sabía que me estaba mirando. Sabía que estaba impaciente.

Contemplaba en ocasiones un reloj de bolsillo, y yo sentía que la vida se me escurría entre los dedos cada vez que lo hacía.

Mi mente repasó en aquellas horas el tiempo vivido, mi amistad con Emily, mi fascinación por la alquimia, mi amor por Viktor.

Me pregunté si me había faltado algo por experimentar, y no pude evitar sonreír cuando me di cuenta de que no, de que realmente no me había faltado nada.

Así que, cuando William estrelló el reloj contra la pared al llegar la medianoche sin noticias de Viktor, cuando me agarró del brazo para levantarme con violencia y llevarme al centro de la sala, no sentí tristeza por mi final. De hecho, me regodeé en su miseria.

—Te dije que no vendría. Y todos vosotros acabaréis muriendo en sus manos.

Me golpeó la cara con el mango de la daga, abriéndome una brecha en el pómulo. Y, después, me clavó la hoja en el brazo. Chillé al sentir la punta adentrarse hasta el hueso. Me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme mientras arrancaba la daga para volver a clavarla en mi muslo. Volví a chillar.

—Puede que no venga esta noche —siseó—. Pero haré que se arrepienta de abandonarte.

Me empujó y rodé por los escalones. Una vez abajo, me dio una patada en el vientre que me dejó sin respiración. Me agarró después por el cuello y me levantó con rudeza. Me contempló un momento en silencio.

—Jamás tendrías que haber vivido —dijo, envenenado.

Y tiró la daga al suelo. Supe lo que iba a hacer antes incluso de que acercara sus dedos a mi brazo herido.

Ya había visto antes eso. La noche que desperté.

Había descuartizado solo con sus manos al científico que lo había diseñado.

Le había arrancado los brazos, las piernas, y partido por la mitad.

Aguanté la respiración y, sin ser consciente, pataleé, supongo que fruto del instinto de supervivencia. Contemplé aquellos dedos con pánico cuando me rozaron, cuando me aprisionaron el bíceps, y cuando comenzó a tirar de él.

Y, entonces, cuando mi hombro crujió, otra fuerza se interpuso para apartarme de él. Mi cuello y mi brazo quedaron libres, y yo caí de costado con un fuerte impacto. Cuando alcé los ojos, el cuerpo de Viktor Frank encaraba al Primer Monstruo.