En el corazón del monstruo 44. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD
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44. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

U NA LUZ EN LA OSCURIDAD

Pasaron tres días. Tres días donde nada cambió.

Edward venía, me traía algo de comida, me hablaba sobre la desesperación de Kraus, la terquedad de su hermano, y sobre lo difícil que resultaba evitar a Emily para no tener que hacer frente a sus preguntas.

Después, se marchaba más alicaído aún que cuando había llegado.

En todos ellos me dieron ataques de dolor, y en cada uno traté de sufrir en silencio.

El tercero, sin embargo, fue tan violento que no pude evitar gritar.

Recuerdo que Edward apareció con el rostro desencajado y que abrió la puerta torpemente, cayéndosele las llaves dos veces.

Me estrechó entre los brazos y soportó mi sufrimiento en silencio.

Comprendí que Viktor le había hablado de nuestra conversación, aunque, por sus palabras, entendí que ninguno de los dos me había creído hasta entonces.

—Decías la verdad —susurró cuando el dolor cesó—. Marshel...

Me arrastré como pude hasta la manta para ovillarme de nuevo en silencio, limpiándome la nariz y las mejillas. Edward apretó la mandíbula.

—Se acabó. Te voy a sacar de aquí. Vamos.

Se acercó a mí y trató de levantarme por las axilas, pero, entonces, un ruido detuvo su movimiento.

Por un momento, pensé que se trataría de Viktor.

Hasta que escuché los pasos pesados de más de un par de botas.

Se me tensó el cuerpo de los pies a la cabeza.

Edward terminó de levantarme y me colocó tras él.

Era casi tan alto como su hermano, y más que alguno de los monstruos.

Pero todos ellos le ganaban en envergadura.

Así que cuando se colocaron frente a la puerta abierta, supe que, se propusieran lo que se propusieran, iban a salirse con la suya.

—Edward —susurré—. Apártate.

Pero él no se movió. El Cuarto Monstruo se abrió paso entre los otros dos y dibujó una sonrisa cruel, casi diabólica.

—Es hora de acabar con esto, criatura —me dijo.

Edward se irguió en toda su altura y lo encaró.

—No vais a tocarla. —Sacó un revólver de la parte de atrás de su cinturón, que había estado oculto por su frac, y le apuntó a la cabeza—. Fuera de mi casa.

Nunca había escuchado a Edward hablar con ese tono firme y amenazante. Por primera vez, vi en él un parecido casi evidente a Viktor. El mismo porte, los mismos pómulos, el mismo mentón. Su mano no tembló cuando echó hacia atrás el martillo.

El Cuarto Monstruo amplió su sonrisa y aproximó su rostro a la boca del cañón.

—No tienes valor, chico.

Edward disparó a la pared, haciendo que los otros monstruos dieran un paso atrás, y volvió a apuntarle a la cabeza.

El impacto resquebrajó la piedra y liberó una capa de polvo que ensució sus botas.

El Cuarto dudó un momento. Después, con una velocidad imposible, golpeó la mano de Edward, haciendo que soltara el arma, y lo agarró del brazo con fuerza.

Temí que fuera a rompérselo, así que me lancé a por el monstruo para arrancarle los ojos si hacía falta.

Entonces, el resto de las criaturas actuaron. Me cogieron en volandas mientras yo gritaba y pataleaba.

—¡Suéltalo! ¡Suéltalo! ¡Él no ha hecho nada!

Edward le pegó un puñetazo en la cara que pareció dolerle más a él que al Cuarto. Terminó estampado contra la pared, con el monstruo aferrándolo del cuello de la camisa. Por mucho que luchó, Edward fue incapaz de liberarse de su fuerza.

—Quiero que le des un mensaje al doctor Frank —le gruñó.

Edward tensó la mandíbula, frustrado, con los brazos paralizados bajo el agarre del monstruo—: vamos a matarla, de forma lenta, sangrienta, dolorosa.

Vamos a desgarrar su cuerpo como si fuera carne muerta.

—Ladeó la cabeza—. A menos que quiera ser testigo de su muerte, le esperaremos hasta la medianoche donde todo comenzó.

Si viene, prometemos que la muerte de su Séptimo Monstruo será rápida, y la suya también.

Si no, repartiremos los restos de su cuerpo —me señaló— por todo Londres.

No habrá una esquina que Viktor Frank pueda mirar sin ver sangre, tendones, músculos, vísceras y huesos.

Edward se puso pálido. Me miró y, después, al Cuarto. Asintió una vez, de forma casi imperceptible. Después, el monstruo le dio un golpe y lo dejó inconsciente.

Contraje el gesto al ver el cuerpo inerte de Edward en el suelo.

—Sois unos ilusos si creéis que así conseguiréis vengaros de Viktor —dije, agotada, apresada entre los brazos del Tercer Monstruo—. Me odia. Le repugno tanto como vosotros.

El Cuarto Monstruo me pellizcó la mejilla. Lo hizo tan fuerte que por poco me arranca la piel.

—Eso ya lo veremos, criatura.

Me llevaron con ellos.

Descubrí, mientras salía sobre el hombro del Tercero, que la cárcel en la que había estado metida se encontraba en el sótano de la casa. Había una puerta que daba directamente al exterior, tan oscura y húmeda por dentro como el pasillo y los escalones que acabábamos de subir.

Me planteé, mientras caminaban por el jardín hacia el exterior de la parcela, pisando y arrasando los rosales sin cuidado, si merecía la pena tratar de escapar.

Estaba cansada de huir, de todos y de todo.

Los monstruos no dejarían de tratar de atraparme para herir a Viktor, y el Consejo no cesaría en su búsqueda de la verdad para castigarlo.

Yo era todo lo que estaba mal en la vida del doctor Frank, todo lo que hacía peligrar su paz.

Si desaparecía, tarde o temprano Viktor sería capaz de acabar con ellos.

Y no habría ya ningún cabo suelto que llevara al Consejo a meterlo en prisión por su crimen.

Mi muerte era su liberación. Y yo estaba cansada de seguir existiendo, presa de una vida que ya no podría disfrutar.

Lo único que lamentaba era no poder volver a ver a Emily. Y que me mataran con crueldad. Aunque quizá, acostumbrada al dolor de aquellos últimos días, lo más probable era que ni siquiera sufriera.

Llegamos a unos caballos que tenían atados a los troncos de varios árboles que salpicaban los alrededores de la parcela.

El Tercero me subió en el que ocuparía él.

Me colocó delante y alzó un pie como buenamente pudo para meterlo en el estribo.

Su cuerpo deformado le impedía moverse con agilidad, pero parecía ya acostumbrado a su condición.

No tardó por ello en acomodarse en la silla.

Cuando el Cuarto lo liberó, agarró las riendas y espoleó al animal.

Sentí el aliento del monstruo en mi nuca todo el trayecto. Su torso deformado casi me obligaba a inclinarme hacia delante, y, como no estaba acostumbrada a montar a caballo, el galope me hería los muslos. El trayecto fue un tormento.

Estaba ya anocheciendo cuando al fin vimos aparecer la casa a lo lejos.

La lluvia había empezado a caer fuerte y constante, y una tormenta eléctrica parecía aproximarse por el este, haciendo que me recorriera un escalofrío por la espalda.

El miedo hizo que me encogiera al rememorar la noche de nuestro nacimiento.

Parecía estar reviviéndolo. Cuando atendí al paso de los caballos, cada vez más lentos, comprendí que no era la única que me sentía así.

Aquellos monstruos sentían tanta fobia como yo a la escena que teníamos delante.

Intuí entonces que la idea de regresar para terminar allí con todo había sido del Primer Monstruo.

No me apetecía en absoluto reencontrarme con él.

Tragué saliva y di un respingo ante la repentina luz de un relámpago. El trueno sonó aún lejano.

Detuvieron los caballos en la explanada que precedía a la casa y desmontamos sin importar dónde acabaran los animales.

El Tercero me rodeó el brazo con la mano y tiró de mí con una fuerza tan desmedida que por poco me dislocó el hombro.

Emití un quejido breve, pero me mantuve en silencio mientras me apartaba el pelo empapado de la cara.

La casa estaba diferente. La media puerta de entrada que hacía días aún se mantenía en pie ya no estaba.

Faltaba un trozo de pared, que permitía el paso a los monstruos con facilidad.

El pasillo se había abierto. El corredor estrecho ahora carecía de paredes sólidas, cuyos restos se hallaban tirados por el suelo.

Podía ver desde la entrada la sala de operaciones y la estancia que había permanecido cerrada durante tanto tiempo.

Un lugar pequeño que lo único que albergaba de interés era una palanca desencajada de su posición, que colgaba inservible, balanceándose con el fuerte viento que se adentraba desde todos los rincones.

Y, en el centro de la sala, bajo un techo medio hundido, se hallaba el Primero.

Me tiraron al suelo encharcado, a los pies de las escaleras que me separaban de él.

Varios trozos de cristal que habían caído del ventanal del techo me rasgaron las manos al caer, tiñendo el agua estancada de sangre.

Me las llevé al vientre mientras, poco a poco, alzaba los ojos hacia el Primer Monstruo que había despertado en aquella misma sala hacía casi tres años.

Tuve que entrecerrarlos debido a la lluvia.

Su mirada, inyectada en sangre, se colocó a mi altura cuando bajó los escalones e hincó una rodilla en el suelo para observarme.

Su rostro era perfecto. Quienquiera que hubiera sido el alquimista que lo diseñó, se había tomado tiempo y deleitado en su creación, mucho más que en la mía, mucho más que en la del Cuarto.

El Primero no tenía ni un defecto. Con una piel suave y barba fina, unos músculos definidos y estilizados, una altura destacable, y unas capacidades físicas asombrosas, el ser que se hallaba ante mí podría haberlo tenido todo.

Sus cicatrices se encontraban en los costados, casi invisibles.

No parecía una creación humana, sino divina.

Sonrió.

—Bienvenida a casa, pequeña. —Su voz reverberó en las paredes, bajó el ruido de la lluvia.

Se me erizó el vello de la nuca.

—No vas a conseguir nada, William.

Pasó su dedo por mi mejilla.