En el corazón del monstruo 43. EL SÉPTIMO MONSTRUO DE VIKTOR FRANK
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43. EL SÉPTIMO MONSTRUO DE VIKTOR FRANK

E L S ÉPTIMO M ONSTRUO DE V IKTOR F RANK

El suelo estaba frío y húmedo, y una corriente proveniente de algún lugar agitaba mi cabello, haciéndome cosquillas en el cuello. Abrí los ojos con esfuerzo, confusa.

Me encontraba en una estancia oscura y gris, con las paredes y el suelo de piedra desnuda.

Lo único que había allí, aparte de mí, era un orinal de loza, medio tapado con una tela arrugada.

Una pequeña rendija rectangular, muy cerca del techo, permitía el paso de la luz y del aire, que traía consigo un familiar aroma a rosas.

Una puerta de hierro con una pequeña abertura se hallaba cerrada al otro lado de aquella rendija.

No necesitaba levantarme y tirar de ella para saber que estaba encerrada.

Me llevé la mano al cuello, al pinchazo. No me habían inyectado la fórmula de Viktor, sino un sedante.

—¿Marshel? —dijo la voz de Edward al otro lado.

Me arrastré hacia atrás por inercia hasta una esquina y me abracé las piernas.

No respondí. No comprendía nada y no estaba segura de querer comprender.

Agité la cabeza. No quise pensar ni sentir.

Y por ello, traté de cerrar mi mente a todo recuerdo.

Pero Edward insistió. Se asomó a la abertura de la puerta y me habló de nuevo.

—Marshel. —Tragó saliva. Yo alcé los ojos y me limpié la cara, que sentía llena de una suciedad pegajosa—. Siento... siento todo esto. —Miró la estancia con evidente malestar. Suspiró—. Viktor es mi hermano.

Me incorporé un poco.

—¿Her... mano?

Edward se frotó la frente.

—Es complicado —respondió. Dudó—. Cuando nuestra madre enfermó, Viktor se obsesionó con la vida y la muerte.

Me miraba siempre con miedo a perderme, y terminó cometiendo la peor de las estupideces.

—Respiró hondo—. Viktor estaba allí aquella noche, la noche de la masacre.

Él fue quien os dio vida, Marshel, y quien escuchó el primer grito en la sala de operaciones.

Quiso entrar, pero uno de vosotros había atrancado la puerta.

Cuando terminó dándose por vencido por la vía corriente, usó su sangre y la alquimia para moverse con el viento y entrar por el ventanal del techo.

Pero ya era tarde. Vio la masacre que habíais hecho y trató de perseguiros para mataros.

Pero jamás os alcanzó. Cuando atacasteis a Kraus, empezó a sospechar que tratabais de vengaros de él hiriéndolo con pérdidas.

Decidió sacarme de su vida para evitar que fueran a por mí, y se alejó de sus amistades y de todo lo conocido, se hundió en su propia oscuridad, y se convirtió en una persona atormentada y lejana.

Cerré los ojos con cansancio y apoyé la cabeza en la pared.

—Yo jamás maté a nadie, Edward —suspiré y me limpié con rabia una lágrima de la mejilla—. Jamás quise herir a nadie.

—Te creo. —Dejó caer la frente en el borde de la abertura—. Reviviste a mi hermano, Marshel. Lo sacaste de aquel pozo. Eso es lo único que hiciste.

Agité la cabeza.

—Eso ya no importa. —Lo miré sin separarme de la pared, agotada y aún somnolienta—. Ahora lo único que desea es matarme.

—Marshel, si Viktor quisiera eso, ya estarías muerta —respondió—.

Él solo me previno por si ibas a la escuela.

Me dijo que podías ser peligrosa, que si aparecías, te sedara.

—Se frotó la frente de nuevo—. Trataré de hablar con él para que entre en razón y te saque de aquí.

No mereces... —Resopló—. No mereces estar aquí.

Y, después, se marchó.

Yo clavé la mirada en la rendija que daba al exterior y volví a dejarme caer al suelo para hacerme un ovillo.

El aroma a rosas era revelador. Me encontraba sin duda en Rosewood Manor, tan lejos de casa, de Emily, de Kraus.

Lloré en silencio. El recuerdo de la mirada de repulsión de Viktor hizo que me encogiera.

Los ojos que me habían contemplado la noche anterior con adoración ya no existían.

Viktor Frank había vuelto a hundirse en aquel pozo.

Quizá creería que aquella había sido mi venganza, que mientras los demás trataban de arrebatarle a sus seres queridos, yo había preferido ser más cruel.

Me detestaba, le asqueaba. ¿Qué iba a hacer conmigo?

Me froté los brazos.

Y lo sentí, igual que la noche anterior.

Otra vez el familiar comienzo del dolor.

Y en aquella ocasión no tenía conmigo ningún elixir.

Tal vez lo merecía. Tal vez merecía sufrir por mis mentiras.

Apreté los labios para no gritar y me doblé hacia delante ante el primer latigazo.

Sentí la piel rasgarse y las costillas astillarse.

En lugar de fuera, el dolor pareció llegar esta vez de dentro, impulsado por mi propio corazón.

Me sostuve en la pared mientras las lágrimas inundaban mis ojos, el fuego me quemaba los órganos y las garras arañaban y desgarraban mi espalda para retorcer mi columna vertebral.

Clavé las uñas en la piedra y grité en silencio con cada rotura de hueso.

La última vez que me había golpeado el dolor sin el elixir había durado una hora. Esta vez, el dolor me había arrebatado el aliento durante más de dos. Cuando hubo terminado, vomité en una esquina y me volví a arrinconar en la otra, abrazada a mis piernas encogidas.

El día había dado paso a la noche y el frío se había vuelto más afilado. La oscuridad era casi absoluta.

Me tumbé con la espalda pegada a la pared y traté de taparme cada rincón de piel con el vestido.

Permanecí allí con las manos arropadas con mi aliento, hecha un ovillo, hasta que un ruido hizo que me sentara.

Un delicioso olor a estofado hizo que me rugieran las tripas.

Me levanté con ayuda de la pared y me acerqué a la puerta.

Una triste sonrisa de Edward me saludó desde la abertura.

—Te he traído algo de comer. Debes de estar hambrienta.

Sorbí por la nariz y alcancé el cuenco que me dio a través del hueco. Las manos se me calentaron al instante.

—También te he traído una manta.

La dejó colgada en la abertura. Yo sonreí mientras me limpiaba una lágrima. Volví a sorber por la nariz y cogí también la gruesa tela de lana para cubrirme los hombros. Me llevé una cucharada de estofado a los labios.

—¿Sabes dónde se esconden, Marshel? —me preguntó.

Negué con la cabeza mientras empezaba a comer.

—Solo... aparecen. —Tragué y lo miré—. ¿Emily ha preguntado por mí? ¿Ha ido a buscarme?

Edward se pasó la mano por el pelo.

—Sí —suspiró—. Ha ido a casa de Viktor. —Sonrió sin fuerzas—.

Me ha pedido ayuda para buscarte. Dice que no se fía de él.

—Volvió a suspirar—. No la culpo; la excusa de mi hermano para todo el mundo es que nunca llegaste al laboratorio y que no te ha visto desde ayer.

Ni siquiera finge estar preocupado por encontrarte.

—Apoyó la espalda en la pared del pasillo y continuó hablando con cansancio—.

El profesor Kraus me ha acorralado esta tarde, ya que es incapaz de sonsacarle nada a Viktor.

Me ha asegurado que sabía lo que ibas a hablar con él y me ha exigido que le diga dónde estás y qué te ha hecho.

—Agitó la cabeza—. Me ha faltado muy poco para confesárselo —dijo, y apretó la mandíbula—, pero mi hermano siempre sabe en qué momento aparecer.

Prácticamente, ha echado al profesor de su casa.

Ha dicho que ya es hora de que regrese a Hamburgo.

Tragué saliva.

—¿El profesor se ha ido?

Edward negó con la cabeza.

—No —dijo—. Le dio un puñetazo a Viktor como respuesta.

Dejé la cuchara en el cuenco.

—¿Kraus... le ha pegado?

—Y ni siquiera se ha defendido, Marshel. Creo que sabe que esto está mal. Pero está confuso. No sabe cómo gestionar la situación. —Agachó la cabeza y miró hacia un lado del pasillo—. Tengo que irme.

Lo vi alejarse en silencio y, cuando desapareció escaleras arriba, reculé hasta la pared y me senté en el mismo rincón. Me terminé el estofado y me hice un ovillo de nuevo, dejando el cuenco a un lado.

Me desperté al sentir la presencia de alguien.

Cuando alcé los ojos, vi a Viktor contemplándome a través de la abertura de la puerta.

Su mirada continuaba tan inexpresiva como en el laboratorio, pero era incapaz de discernir si se trataba de una máscara o si realmente se había perdido de nuevo en la oscuridad.

Me senté despacio y me alisé el vestido, esperando que dijera algo.

Viktor tenía un hombro apoyado en la puerta. La luz de la lámpara que llevaba con él dibujaba sombras en su rostro llano. Tenía un hematoma en el pómulo derecho, muy cerca del ojo.

Miró la rendija que ventilaba el lugar y guardó silencio un momento antes de hablar.

—Te quería de verdad —susurró—. Te llegué a querer de verdad.

Se me encharcaron los ojos. Que usara el pasado hizo que me ardiera el pecho de dolor. Me miró, sin mostrar nada. Ni rencor, ni tristeza, ni odio. Nada.

—¿De eso se trataba? —dijo—. ¿De romperme el corazón? —Se acercó un poco más—. He perdido algo que ni siquiera existía.

Negué con la cabeza y sollocé.

—Sí existía...

—¿Por qué tanto odio? —me interrumpió—. ¿Por qué tantas ansias de venganza? Los matasteis. A todos.

—Yo no...

—¿Por qué? —insistió con severidad, interrumpiéndome.

Me mordí el labio y ahogué un sollozo.

—Por el dolor —musité, levantándome con esfuerzo tras tanto tiempo encogida.

La inexpresión de Viktor cambió, y en sus ojos vi intriga, lo que me animó a continuar—.

El dolor que nos transmitiste al darnos vida.

—Me pasé las manos por el pelo para despejarme la cara—.

El mismo dolor que sufría tu madre. Cada una de nuestras cicatrices es un tormento.

Viktor parpadeó y bajó la mirada hacia la luz de la lámpara. Se quedó allí, pensando. Sus labios pronunciaron la palabra dolor sin voz.

—Yo no quise venganza —susurré—. Viktor, yo nunca quise hacerte daño. Por favor, créeme. El frasco que encontraste... El elixir...

Se apartó de la puerta. Me di cuenta entonces de que mi mano se había colocado por voluntad propia sobre la suya. Me la llevé al pecho y reculé.

—No me vuelvas a tocar —dijo.

Llevé las manos a la manta para retorcer los bordes y asentí.

—Solo quiero... Solo escúchame.

Pero los ojos de Viktor se oscurecieron de nuevo. Y supe que sus oídos ya estaban sellados. No escucharía nada, no creería nada. Se aproximó a la puerta, sin embargo, una última vez.

—Dame una razón —dijo— para liberarte después de todo el daño que has causado. Una sola razón.

Me abracé y sollocé.

—Sigo siendo yo —musité—. Sigo siendo Marshel.

Viktor me miró con aversión.

—No —dijo con odio—. Eres mi Séptimo Monstruo. El que nunca debí crear.

Y, sin decir nada más, me dio la espalda y se marchó.

Yo me dejé caer al suelo y hundí el rostro en las manos. Y lloré. Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas que derramar.