42. ¿EL AMOR ES SUFICIENTE? #2
Me dejé guiar por sus dedos precisos y suaves sobre mi piel.
De mi mejilla, descendieron por mis brazos y atraparon con dulzura mi cintura.
El beso se convirtió en un susurro. El aliento que antes bañaba el mío recorrió mi cuello, mi clavícula y el centro de mi pecho.
Su mano derecha ascendió desde mi cintura hasta el lazo que descansaba bajo mi busto, que repasó con sus dedos, haciéndome temblar.
—¿Puedo? —preguntó con voz ronca.
Asentí despacio. Y su mano, poco a poco, se deslizó con suavidad entre mis pechos para descansar después sobre uno de ellos. El contacto de la palma de su mano hizo que se endureciera. Gemí cuando la movió en círculos mientras sus labios regresaban a los míos.
—Detenme, Marshel, si no quieres que siga —susurró sobre ellos.
No lo detuve.
Él tomó aquel silencio como una invitación y, con cuidado, empezó a caminar hacia delante para echarme sobre la cama con suavidad. Colocado sobre mí, me contempló mientras me acariciaba la mejilla.
—Eres preciosa —dijo antes de besarme.
Llevé las manos a su cabello para hundirlas en él.
Y, después, descendí por su cuello hacia su nuez, más abajo, hasta que mis dedos dieron con el vello que sobresalía por encima de su camisa desabotonada.
Terminé de desabrocharla para quitársela y acceder a su pecho.
Repasé cada borde de sus músculos con adoración, el abdomen, las dos líneas marcadas que me guiaban hacia sus pantalones y la dureza que empujaba mi cadera bajo ellos.
Viktor llevó una mano a mi falda para levantarla con suavidad y acariciar mi muslo, por el exterior y, después, por el interior.
Cuando alcanzó el lugar entre mis piernas, le desabroché el cinturón.
Eché la cabeza hacia atrás ante la primera ola de placer.
Sus dedos se abrieron hueco y se internaron en mí.
Gemí y, entre una claridad y otra, fui capaz de desabrocharle por completo los pantalones.
Introduje las manos bajo ellos y acaricié sus nalgas, su cadera.
Los labios de Viktor se abrieron sobre los míos para exhalar cuando alcancé por fin la dureza que tanto me intrigaba.
Había nacido con conocimiento de la anatomía humana, pero jamás había sentido ni visto la de un hombre corriente, y no había comprendido su utilidad hasta aquel momento.
El conocimiento de una mujer sobre estos actos era limitado.
Pero Viktor parecía dispuesto a que comprendiera cada detalle de ellos.
Terminó de bajarse los pantalones hasta liberar por completo su erección y me miró con aquellos ojos marrones que decían infinidad de cosas. Retiró los dedos de mí y me abrió las piernas. Yo aparté las manos y me aferré a sus brazos.
No fue necesario que dijera nada. Alcé la cadera y lo atraje hacia mí.
Viktor colocó su antebrazo junto a mi cabeza y sus labios sobre los míos mientras se hundía poco a poco entre mis piernas.
Le mordí el labio cuando se internó por completo en mí.
Se quedó allí un instante hasta que la tensión de mi cuerpo desapareció.
—¿Te duele, Marshel?
Dibujé una sonrisa bajo su aliento.
—No.
Y, entonces, Viktor se movió. Me llenó por dentro y por fuera, de placer y de caricias.
Se deslizó en mi interior una y otra vez, hasta que empecé a sentir una corriente más intensa.
Viktor se detuvo un momento y, después, continuó.
Más rápido. Su cuerpo se tensó sobre el mío al mismo tiempo que la corriente se transformaba en un estallido de placer.
Gemí con fuerza y mis manos se sostuvieron en su espalda.
Viktor exhaló en mi cuello mi nombre mientras un espasmo terminó por dejarme los músculos débiles y la mente emborronada.
El cansancio se apoderó de mí. No recuerdo lo que dije, solo las manos dulces de Viktor acariciando mi cabello y besando mi frente. Después, me quedé plácidamente dormida.
Cuando desperté, Viktor no estaba. Yo me encontraba arropada, libre de zapatos, y la luz del día ya iluminaba por completo el dormitorio.
Me froté los ojos para despejarme y rememoré con una sonrisa cada instante de la noche mientras me estiraba y buscaba las fuerzas para levantarme de la cama.
Estaba hambrienta, y eso fue suficiente para arrastrarme al borde.
Me quedé un momento sentada y me acaricié los labios, que aún sentía calientes.
Viktor me había hecho el amor. Me había cuidado.
Me quería. Y aquella mañana, por primera vez, me sentí valiente y decidida.
Iba a decírselo. Porque el amor sería suficiente para aceptarme, y estaba tan segura de aquello como de que el sol saldría igual al día siguiente y por el resto de mi vida.
Salí del dormitorio descalza, con las botas en la mano, y recorrí la moqueta del pasillo hacia las escaleras, en busca de Viktor. Pero fue a Kraus a quien encontré en el comedor, almorzando.
Se levantó al verme.
—Señorita Allen, ha dormido usted mucho —dijo. Anthony se encontraba de pie junto a una mujer del servicio, a disposición de su señor—. ¿Quiere comer algo?
—¿Dónde se encuentra el doctor Frank?
—Ha salido temprano al laboratorio.
Asentí.
—Necesito... necesito ir a hablar con él. —Miré a Kraus—. Voy a hablar con él.
Él comprendió el significado de mis palabras.
—Deje entonces que la acompañe.
—No. Esto tengo que hacerlo sola, profesor. —Respiré hondo—. Necesito un carruaje.
Un cochero estuvo a mi disposición a los pocos minutos. Cogí mi capa y mi retículo y subí los estribos con ayuda de Kraus, que me deseó toda la suerte del mundo.
Sería mentira si dijera que los nervios no me abrumaron durante el trayecto a la Golstadt.
Sentí náuseas, y la seguridad que me había invadido al despertar titiló como la llama de una vela.
Pero no se apagó. En ningún momento. Apreté el retículo con fuerza y retorcí la tela.
Todo iba a terminar. Enfrentaría con él el peligro de los monstruos y la amenaza del Consejo.
Lo protegería, por encima de mi vida si fuera necesario.
Cuando el carruaje se detuvo a las puertas de la escuela, salté sin esperar a que el cochero dispusiera los estribos, y traspasé el rellano casi corriendo hasta el laboratorio. Ni siquiera llamé.
Encontré a Viktor frente a una mesa de ensayo, con las manos apoyadas en el borde, observando el líquido rosado de una pipeta. Cuando entré, levantó la vista. Y toda la seguridad que sentía se esfumó como si una brisa helada la hubiera apagado de golpe.
Sus ojos me miraron con una oscuridad aterradora. Su mandíbula, tensa, parecía sostener decenas de palabras afiladas. Me encogí. Y, cuando al fin habló, en su voz no existió más que frialdad.
—¿Sabes? —dijo, sacando del bolsillo de su chaleco un frasco que conocía bien—.
Por un momento, casi confié. Cuando quise sacar tus cosas de la cocina para dejarlas en el dormitorio y vi esto en tu retículo, casi lo dejé pasar.
—El frasco del elixir brilló con la luz que entraba de la ventana.
Mis manos notaron por primera vez su ausencia en el bolso, que apretaban con pánico—.
Pero el olor que emanaba del frasco me resultó familiar.
Así que opté por venir aquí y salir de dudas.
—Sus ojos brillaron con desprecio—. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí un ingrediente en particular.
—Viktor...
—Sangre seca —me interrumpió—. La misma sangre que dio vida a mis monstruos.
—Por favor, deja que te explique...
Abrió un cajón y sacó de él un trozo de mi vestigio. Se me cortó la respiración.
—Solo se creó una hembra. —Miró un momento el pedazo. Y, después, a mí. No dudó cuando usó el trozo de vestigio para revelarlo.
Tanto él como yo lo vimos. De mi espalda emanó una luz oscura que fue tomando forma desde mi piel hasta el techo.
Primero salieron las patas, que se alargaron como tendones necrosados y frágiles, y luego se unieron unas a otras hasta formar aquella criatura espantosa que se retorcía entre una neblina.
Viktor lanzó el trozo de vestigio contra la pared, haciendo que se rompiera y desapareciera al momento la evidencia del monstruo.
Di un respingo y reculé hacia atrás.
Viktor me miró con los ojos inexpresivos.
—No sé qué me repugna más —dijo con voz afilada—, si mi ceguera o tu engaño.
Una lágrima descendió por mi mejilla. Quise hablar, pero, entonces, sentí en mi cuello el pinchazo de una jeringa.
La misma jeringa que una vez había desintegrado el cuerpo del Sexto Monstruo.
Me llevé la mano al cuello en un torpe intento de evitar lo inevitable, pero el líquido ya se había adentrado en mi piel y en mis venas.
—Lo siento mucho, Marshel —dijo la voz de Edward en mi oído.
Mi cuerpo falló y yo caí.
Lo último que pensé antes de desvanecerme fue en lo equivocada que estaba.
El amor no había sido suficiente.