42. ¿EL AMOR ES SUFICIENTE?
¿ E L AMOR ES SUFICIENTE?
Anthony y yo nos giramos al mismo tiempo.
Kraus estaba tocando la pasta de hierbas con cara de asco.
Sus ojos estaban rojos y su piel aún se mostraba pálida, pero el hematoma del costado se había suavizado bajo aquella capa verde y marrón que se deslizaba hacia abajo con la fuerza de la gravedad.
Estaba apoyado sobre un codo, aún echado en el suelo.
Anthony respiró hondo y me soltó para acercarse a Kraus. Creí que lo abrazaría y besaría, pero se limitó a darle un tortazo en la mano y a tumbarlo de nuevo en el suelo para que el ungüento no se moviera.
—Te dije que te estuvieras quieto.
Kraus dibujó una sonrisa torcida y alzó la mano para acariciarle el ceño.
—Me has llamado cabrón en mi lecho de muerte. —Se dio un golpecito en la boca con el dedo índice—. Merezco una disculpa.
Anthony relajó su expresión. Le acarició el pelo y le dio un beso en los labios antes de levantarse.
—Voy a atender a la señorita Allen. —Le dirigió una mirada reprensiva—. No te muevas. Deja que se terminen de cerrar las heridas internas.
Kraus encogió un hombro. Yo me atreví a dar un paso.
—¿Profesor? —dije, sorbiendo por la nariz.
—Señorita Allen, no me diga que ha llorado por mí, por favor.
Parpadeé y me pasé la mano por la cara.
—No... no respiraba.
Kraus sonrió.
—Qué le puedo decir, mi cuerpo adora el drama. —Me tendió una mano—. Vamos, deme un abrazo. Yo también la he echado de menos.
—Has estado inconsciente cinco minutos —murmuró Anthony con aburrimiento mientras aguardaba con el paño húmedo en aguardiente a que yo lo contentara.
Me arrodillé y lo abracé.
Y, entonces, la puerta de la cocina se abrió.
Anthony, Kraus y yo nos limitamos a mirar a Viktor sin movernos.
La estampa que vio debió de aturdirle por un momento, porque no dijo ni hizo nada mientras sus ojos saltaban de unos a otros varias veces.
La imagen, sin duda, debía de resultar confusa: Kraus y yo, medio abrazados en el suelo, él con el torso desnudo y un hematoma a medio curar, yo con el rostro probablemente lleno de lágrimas mezcladas con sangre.
Anthony, con una botella de aguardiente en la mano y un paño en la otra.
La lumbre encendida y la estancia con olor a ortiga.
Viktor se apretó el tabique nasal y cerró los ojos.
—¿Me puede explicar alguien qué narices está pasando?
Se encontraba vestido con unos pantalones anchos y una camisa por fuera con varios botones del cuello desabrochados. No se había acostado aún.
Me levanté y me alisé el vestido.
—Yo... yo puedo explicarlo.
Viktor se acercó a mí y me alzó el mentón para estudiar mi rostro. Con un simple movimiento de la mano, pidió a Anthony el paño húmedo. Él se lo entregó.
—¿Quién te ha hecho esto, Marshel? —me preguntó, alejándose de las formalidades, mientras me limpiaba la cara con cuidado. Guiñé un ojo cuando pasó el aguardiente por la herida del pómulo.
—Unos hombretones muy grandes y muy desfigurados —respondió Kraus por mí.
Sentí la mano de Viktor tensarse bajo mi barbilla. Su mirada se oscureció y su mandíbula se endureció. Casi me encogí ante el despliegue de odio que, de alguna forma, estaba dirigido también a mí.
—¿Cuándo? —dijo.
Yo tragué saliva.
—Hace una hora —respondí, y, tras un eterno momento de duda, añadí—: Tengo que contarte algo.
Miré a Kraus, que me devolvió la mirada de forma inexpresiva.
Supuse que iba a apoyarme, dijera lo que dijera.
Así que me insté valor y miré a Viktor a los ojos.
Sus pupilas se dilataron mientras detenía por un momento el paño en mi mejilla.
Me colocó un mechón detrás de la oreja y, entonces, me dispuse a hablar.
—Se han enterado de que la señorita Allen es tu punto débil, Frank —me interrumpió Kraus—. Se disponían a llevársela.
Me quedé con la boca abierta y la voz cortada.
Lo miré, confusa. Él me sonrió mientras trataba de ponerse en pie con ayuda de Anthony, que se acercó al comprender sus intenciones.
Se quedó apoyado en la mesa mientras Viktor atendía a la narración de lo sucedido en St. Martin’s Lane.
Yo no escuché nada. Lo único que pensé fue que Kraus me había detenido.
No había querido que le dijera la verdad a Viktor.
¿Por qué? Dos veces habíamos hablado de ello y las dos veces me había animado a contárselo. Y ahora que me proponía hacerlo...
—Tienen una fuerza inhumana —concluyó Kraus, llevándose la mano al costado.
Viktor respiró hondo.
—Anthony, por favor, acompaña a Marshel al dormitorio de invitados. Esta noche dormirá aquí.
—¿Qué? No. No puedo quedarme —me negué—. Tengo que volver con Emily.
Viktor colocó la mano en mi brazo.
—Te facilitaré un carruaje para que puedas salir mañana temprano a tu casa —me dijo—, pero esta noche no permitiré que te expongas más. —Miró a Kraus—. Voy a salir. Quédate con ella.
—¿Adónde vas? —me apresuré a cubrir la salida de la cocina.
—A buscarlos. Si han estado en St. Martin’s Lane, no pueden andar lejos.
Me apartó con cuidado y salió de la estancia, dejando un extraño vacío en mi pecho que no tardó en llenarse de inquietud. Me giré bruscamente para mirar a Kraus y lo señalé con el dedo.
—Usted. Me ha interrumpido, profesor.
Él se encogió de hombros.
—No creo que fuese el momento adecuado de mantener esa conversación —dijo—. Y, además... —dudó—, es la primera vez que veo a Frank demostrar tanta aversión por algo. No...
—No quería que me mirara igual.
Sonrió.
—No. La verdad es que no me apetecía en absoluto ser testigo de eso, no.
Me froté los ojos con cansancio.
—Eso es lo que usted piensa entonces. Piensa que me rechazará por ser...
Anthony carraspeó. Recordé entonces que no estábamos solos. Cuando lo miré, sin embargo, no mostró ni confusión ni curiosidad.
—No sabe nada —me aseguró Kraus con un largo bostezo—. Aunque ponga esa cara inexpresiva de ser conocedor de todo. —Sonrió—. Le aseguro que no le he contado nuestro secreto.
Anthony puso los ojos en blanco.
—No es difícil intuirlo después de su diálogo. —Abrió la puerta—. La acompaño, señorita Allen.
Asentí. Me despedí de Kraus con un breve movimiento de mano, y salí de la cocina guiada por Anthony.
Pensé que la casa por la noche sería todo oscuridad, pero me sorprendió ver varios candelabros de pared prendidos. Anthony no se molestó en coger ninguna lámpara, así que supuse que todo el camino hasta el dormitorio estaría iluminado. No me equivoqué.
Cuando llegamos a la habitación, en el piso superior, sin embargo, encontré en el interior un entorno diferente.
Al abrir, el dormitorio exhaló un aire helado e inhóspito.
La poca luz que se adentraba entre las sombras provenía del pasillo y apenas permitía ver una cama, una cómoda y una chimenea apagada.
Anthony me pidió que aguardara un momento mientras se internaba en aquella estancia fría.
Alcanzó un candelero con una vela sin consumir que reposaba sobre la chimenea y la prendió con una de las llamas que iluminaba el pasillo.
—Pediré que le traigan un calentador para caldear las sábanas y que no pase frío durante la noche —me dijo—. Acomódese.
Me tendió el candelero con la vela y se alejó por el pasillo en dirección a las escaleras.
Yo me quedé un momento bajo el marco de la puerta, sin atreverme a traspasarlo.
No sabía si era prudente quedarme. Si Viktor iba a tratar de rastrear a los monstruos con trozos de sus vestigios, sería capaz de llegar hasta mí.
Un escalofrío me recorrió la espalda, haciendo temblar el candelero.
Entré, insegura, y me dirigí a la cama, donde me senté, a la espera de que llegara alguien. Una mujer de servicio no tardó en aparecer con el calentador. Me pidió permiso para entrar y permiso para colocar las brasas bajo las sábanas. Después, me deseó buenas noches y cerró la puerta.
Dejé el candelero sobre la chimenea y me froté los brazos, que terminé cubriendo con la manta que yacía a los pies de la cama.
Después, volví a sentarme al borde y aguardé.
Cuando llamaron a la puerta, aún no había amanecido, pero ya se empezaba a intuir un cielo más claro tras la pesada cortina gris. El negro había dado paso a un azul aún demasiado oscuro que, con la vela a punto de consumirse, no tardaría en dejar la estancia en penumbra.
Me levanté de golpe cuando Viktor abrió sin que le hubiera permitido aún el paso.
Creí que iba a hacerme frente, que me había descubierto finalmente, pero sus ojos cansados y aliviados al verme me transmitieron paz y seguridad. Cerró tras él y se acercó para acunarme la mejilla y estudiar mis heridas, que acarició despacio con los dedos.
Entrecerré los ojos por el escozor.
—Perdón. ¿Te he hecho daño?
Negué con la cabeza y lo miré a los ojos.
—¿Qué ha ocurrido?
Él resopló. Parecía agotado.
—No he podido rastrearlos. No llevaba conmigo el instrumental; lo dejé en el laboratorio.
Creí que podría encontrarlos si aún estaban por los alrededores, pero no he logrado dar con ellos.
—Apoyó su frente sobre la mía—. Lo siento tanto, Marshel.
Jamás quise colocarte en esta situación.
Si esas criaturas saben lo que siento...
—Su cuerpo se tensó y sus palabras se cerraron con rabia.
Se alejó de mí para mirarme con determinación—.
No permitiré que te toquen. Acabaré con esto hoy. No peligrarás ni un solo día más.
Lo acaricié, suavizando así su expresión.
—Está bien —susurré.
Él volvió a mirar mis heridas y, con cuidado, una a una, las fue besando hasta llegar a mis labios.
Fue apenas un roce antes de abrir la boca y acariciarme con suavidad con la lengua.
Entreabrí los labios y me acerqué, dejando caer la manta, hasta que mi cuerpo encajó con el suyo.
Y si las veces anteriores nos había devorado la prisa y la desesperación por alimentarnos el uno del otro, en esta ocasión la atención de Viktor fue lenta y cuidada, como si yo fuera una pieza frágil de porcelana.