41. ME DUELE EL CORAZÓN
M E DUELE EL CORAZÓN
El Segundo, el Tercero y el Cuarto. Cualquiera que hubiera visto la imagen que Kraus y yo teníamos en ese momento frente a nosotros, habría creído que un hombre común había formado una pareja de heridos de guerra para asaltar caminos.
El hombre común, por supuesto, habría sido el Cuarto Monstruo de Viktor.
No había nada en él diferente a un humano corriente.
Nada visible, al menos. Sabía que una cicatriz rodeaba su torso bajo la ropa, igual que a mí, como si su cuerpo hubiera estado partido en dos una vez.
Habían unido la parte de arriba de un cuerpo y la parte de debajo de otro, ambas similares en cuanto a complexión.
Habían hecho un trabajo tan impecable como conmigo.
—Frank debería haber escogido mejor a alguno de sus alquimistas —dijo Kraus, comparando los aspectos de unos monstruos y otros, incluyéndome a mí—. No me extraña que estén enfadados.
—No están enfadados por su aspecto.
Kraus alzó una ceja con una pregunta silenciosa. Los monstruos no le permitieron hablar.
—Es hora de que vuelvas con nosotros, pequeña —dijo el Segundo.
No nos dio tiempo a responder.
Los tres se lanzaron a por nosotros, decididos a matar al profesor y a llevarme a mí.
Recordé las palabras de Kraus, que me centrara en mí y no en él.
Pero sabía que a mí no iban a hacerme daño aún.
Así que llevé la mano al colgante y, antes de que pudiera alcanzarme el Tercero, tracé el símbolo de defensa alrededor de Kraus.
Después, el impacto del monstruo en mi torso me cortó la respiración.
Caí al suelo con un fuerte golpe y me revolví bajo los brazos del Tercero.
Dirigí una mirada fugaz a Kraus para asegurarme de que estaba bien.
El Cuarto estaba tratando de golpearlo, pero Kraus se defendía bien, casi pareciera que había participado en peleas en algún momento de su vida.
Mi protección le había servido para sacar ventaja.
—Lamentarás habernos traicionado —rugió el Segundo por encima de mi cabeza.
Me agarró de las axilas mientras el Tercero me cogía por los pies.
Pataleé y golpeé su cabeza con el zapato, haciéndolo sangrar y consiguiendo que me liberara los tobillos.
Me impulsé en el suelo para empujar al Segundo, que cayó a los adoquines conmigo encima.
El Tercero se repuso para golpearme con fuerza la mejilla con el dorso de la mano, aturdiéndome.
La visión se emborronó y solo vi puntitos negros.
Otro golpe en la mejilla opuesta casi me dejó inconsciente.
Parpadeé, tratando de aclararme la vista.
Y, entonces, empecé a sentirlo; la primera punzada en la parte baja de la espalda.
Me doblé hacia atrás y cerré con fuerza los ojos.
«No. No».
La voz de Kraus sonó lejana cuando habló. Decía mi nombre.
Otra punzada. Y, después, las garras. Sentí unos brazos tratar de recogerme del suelo con suavidad mientras aquellas manos afiladas e intangibles se internaban alrededor de mi columna vertebral y la aprisionaban con fuerza, sesgando músculos y tendones.
Sentí cómo empezaban a tirar, como si quisieran arrancarme cada vertebra del cuerpo.
Chillé.
—Marshel. ¿Qué está ocurriendo?
Abrí los ojos como pude, y descubrí que todos los monstruos estábamos sufriendo la misma tortura. Nos retorcíamos en el suelo como gusanos, tratando de liberarnos de un dolor impuesto.
Kraus repitió mi nombre, una vez y otra.
—En... el... retículo —dije apenas sin voz. Volví a chillar cuando otro tirón pareció abrirme la piel.
Kraus se precipitó a coger el pequeño bolso y a rebuscar en él. Comprendió que lo que quería era el frasco que se hallaba en el interior, así que lo recogió y me alzó la cabeza para que pudiera beber.
Con un trago bastó, las garras parecieron retirarse, y sentí la piel, músculos y tendones recuperarse, como si nada hubiera pasado.
Mi cuerpo se relajó y el dolor cesó. Me llevé el elixir al pecho y lo apreté con fuerza contra mí.
Tragué saliva antes de hablar entre los rugidos de sufrimiento que aún emitían los otros monstruos.
—Por esto —dije—, por esto están enfadados.
Kraus miró a su alrededor. Y los ojos que antes contemplaban a los monstruos con aversión lo hicieron ahora con lástima.
—¿Lo sabe Frank?
—No.
Kraus suspiró y me ayudó a levantarme del suelo antes de que los monstruos se recuperaran y decidieran volver a atacarnos, me dio la mano y echamos a correr.
—Vamos, hay que tratar esos golpes —dijo. Sentí entonces varios hilos de sangre recorrer partes de mi rostro. Me pasé el dorso de los dedos por ellos para limpiarme y me dejé guiar por Kraus.
—No quiero que Emily se despierte y me vea así —dije—. No puede moverse y se frustrará.
Kraus asintió.
—Te llevaré a casa de Frank —dijo, tomando dirección a Drury Lane, donde aguardaba su carruaje—. Entraremos por la puerta de servicio.
La casa de Viktor, por la noche, parecía fantasmal.
No se escuchaba siquiera el silbido del viento adentrándose por los rincones de alguna ventana, ni el tictac de ningún reloj, ni el crepitar de ninguna chimenea.
Todo era silencio, a excepción de nuestros pasos, que se adentraron con cuidado hasta la cocina.
Kraus había prendido una lámpara de gas antes de entrar, iluminado por la luz de un farol del exterior. Ahora, dentro de la cocina, todo era oscuridad, a excepción de aquella llama que parpadeaba entre los cristales tiznados.
Me senté en un taburete mientras Kraus buscaba un trapo. Las sombras que proyectaba la lámpara se movían, como si los objetos estuvieran vivos. Pronto me sentí mareada y decidí mirar al suelo. Sentí a Kraus moverse torpemente entre los muebles.
—¿Dónde tiene el servicio...?
La puerta de la cocina se abrió, haciendo que Kraus y yo enderezáramos la espalda con espanto. Se trataba de Anthony, que aún estaba ataviado con la ropa de mayordomo y absolutamente lúcido.
—Heinrich. —Nos miró a uno y a otro y cerró tras él—. ¿Puedo saber qué estás buscando?
Kraus suspiró con alivio y le tomó de la mano para prácticamente arrastrarlo hasta mí.
—Digamos que hemos tenido un pequeño problema. Necesito limpiarle las heridas.
Anthony se inclinó sobre mí para estudiar mi estado. Después, miró a Kraus, tratando de encontrar en él un daño parecido. Alzó una ceja casi con decepción antes de dirigirse con seguridad a un armario.
—¿Por qué tú estás ileso? —preguntó mientras sacaba una botella de aguardiente.
Kraus sonrió.
—Habrías preferido que estuviera en peores condiciones que ella, ¿verdad? —Se frotó el mentón mientras lo miraba moverse por la cocina como si llevara allí toda la vida—. En ocasiones eres sumamente cruel.
Anthony ignoró su provocación.
—Solo me pregunto por qué has usado «hemos tenido», en lugar de «ha tenido» —dijo con tranquilidad, cogiendo un paño de varios apilados en otro armario bajo—. Por lo que veo, el único problema lo tiene ella.
Kraus apoyó el codo en la mesa y dejó reposar el cuerpo. Pero enseguida rectificó la postura, como si se hubiera quemado.
—¿Hay algo que pueda hacer? —dijo.
Anthony dirigió la mirada a Kraus ante su brusco movimiento y detuvo el avance del paño empapado en aguardiente que se dirigía a mi mejilla. Clavó los ojos en el costado de Kraus, que se limitó a parpadear.
—¿Qué?
Anthony suspiró con cansancio y le dio la espalda.
—Quítate la camisa —dijo mientras me colocaba el paño en la primera herida. Yo arrugué la nariz ante el fuerte olor y el escozor.
—¿No crees que no es momento para eso? —se burló Kraus.
—Quítate la camisa, Heinrich.
El aludido terminó resoplando y obedeciendo.
—Solo es un golpe.
El golpe en cuestión había coloreado de un morado intenso la mayor parte del costado izquierdo de Kraus.
Tenía una pinta terrible. Anthony debió de ver en ello más gravedad incluso que yo porque soltó de golpe el paño y abandonó mi cura para dirigirse con prisa a un armario lleno de todo tipo de hierbajos.
—Avive la lumbre, señorita Allen. Ya.
Me levanté del taburete y corrí a la chimenea.
El servicio parecía tener costumbre de enterrar las brasas en ceniza para conservar el calor, así que solo tuve que apartar la ceniza con una pala y usar un fuelle para hacer brillar de nuevo las brasas.
Cogí de una cesta unas virutas secas y las eché para encender una pequeña llama.
Anthony apareció a mi lado para colocar en el brazo de hierro de la chimenea una cacerola con poca agua y algunas hierbas que había ido aplastando. Milenrama, ortiga blanca y toronjil.
—Acelere el proceso. Que hierva ya el agua.
Obedecí, usando el símbolo apropiado. Cuando miré el interior de la cacerola, descubrí que había otro símbolo trazado con sangre en la superficie del agua. Miré a Anthony, que había regresado con Kraus para obligarlo a sentarse.
—Tienes una hemorragia interna, Heinrich —dijo con una voz tranquila que en absoluto casaba con la precipitación de sus acciones—. ¿Crees que puedes estarte quieto y callado durante cinco minutos?
Kraus se limitó a asentir. Descubrí entonces que había palidecido y que sus movimientos se habían vuelto erráticos.
—¿Cómo está la mezcla, señorita Allen? —me preguntó sin apartar la mirada de Kraus—. No cierres los ojos —le dijo.
—Estoy cansado —se quejó.
—El agua se ha evaporado —respondí al mismo tiempo—. Está pastosa.
—Traiga la cacer...
Kraus se desplomó. Cayó al suelo como un saco, casi arrastrando a Anthony, que trató de sujetarlo antes de que impactara duramente contra las baldosas. Quedó de rodillas a su lado, con Kraus completamente inerte.
Me llevé la mano a la boca. Por un momento, creí que había muerto, pero Anthony me insistió para que le acercara la mezcla y advertí que el pecho de Kraus seguía subiendo y bajando.
Cogí un bol y eché la pasta de hierbas sin importarme quemarme los dedos, inundando la cocina de un aroma terroso.
Anthony le untó todo aquello sobre el costado y los alrededores y aguardó.
—Vamos —murmuró, impaciente.
Pero Kraus no reaccionó. Su pecho empezó a moverse con mayor lentitud.
Los segundos entre una inhalación y otra se ensancharon cada vez más.
El tiempo se volvió difuso. Me empezaron a temblar las manos y a palpitar los ojos ante la falta de parpadeo, incapaz de apartar la mirada de aquel pecho que aún mostraba vida.
Anthony colocó la mano en su mejilla pálida.
—Vamos —repitió una y otra vez—. Vamos. Vamos. —Miró la mezcla untada en su costado y la extendió más. Ante la falta de reacción, terminó apoyando con rabia la frente en la del profesor—. Vamos, cabrón egoísta —susurró—. Despierta.
Era la primera vez que escuchaba a Anthony hablar así y perder los papeles. Mis ojos se encharcaron. Todo aquello era mi culpa. Me levanté, trastabillando con el taburete, sin apartar la mirada del pecho de Kraus, que finalmente había dejado de moverse.
Me limpié la cara y los ojos. Mi codo dio con el mango de un cuchillo. No lo pensé, no pensé nada cuando lo cogí, casi sin ser consciente, y me aproximé de nuevo.
Yo no tendría que estar en este mundo. Pero Kraus... Kraus se merecía vivir.
«Una vida por una muerte».
Todo estaba a punto de terminar de una forma o de otra para mí. ¿Por qué no hacer un último sacrificio? ¿Por qué no irme feliz de un lugar que ya me había dado más de lo que hubiera imaginado?
Me llevé la hoja del cuchillo al vientre.
Pero, antes de que pudiera hundirla, Anthony me vio. Se levantó corriendo y me detuvo, arrancándome el cuchillo de las manos.
—No. No. No. Aún hay tiempo. —Me revolví mientras sus brazos me rodeaban para tratar de controlarme—. Puedo hacerlo. —Sollocé—. Déjeme hacerlo.
Mis piernas cedieron y Anthony me abrazó en el suelo.
—Está bien, señorita Allen —susurró con la voz partida—. No es su culpa. Esto no es su culpa, ¿me ha entendido?
Agité la cabeza y me llevé las manos al pecho. Me dolía. Sentía el corazón retorcerse de dolor.
—No quiero que se vaya, Anthony.
—Yo tampoco.
Hundí el rostro en su pecho y lloré.
Y, entonces, de pronto, el silencio se rompió.
—¿Me has... llamado... cabrón egoísta?