40. ES HORA DE DEFENDERME
E S HORA DE DEFENDERME
Hablé con Emily aquella tarde mientras paseábamos por los jardines de Lincoln’s Inn Fields.
Ella canturreaba sin apartar la mirada de los árboles desnudos y los pájaros que los ocupaban.
Sabía que estaba buscando a Prometeo, pero la última vez que lo había visto había sido tras el rastreo de Viktor, y dudaba que el ave se hubiera quedado en Londres tras ser descubierta.
Emily no opinaba lo mismo, y por ello seguía buscándola.
—No tiene sentido que se haya ido —me había dicho.
Los jardines estaban vacíos a esas horas tardías y con aquel manto plomizo y bajo que ocultaba el cielo.
Se había levantado niebla durante el mediodía que aún perduraba, lo suficientemente espesa como para ocultar en parte el sendero.
Caminamos unos minutos en silencio, hasta que Emily respondió a lo que le había narrado.
—El doctor Frank cree que el Consejo me molestará a mí si no puede acceder a ti —dijo.
—Sí —dije, distraída, balanceando el retículo que tenía atado a la muñeca.
Cogió una ramita del suelo y empezó a partirla, teniendo cuidado en que cada trozo fuera de igual tamaño que el anterior.
—A Edward no le importará.
Cuando partió tres, dejó caer uno con cada paso y continuó.
—¿Cómo lo sabes?
Volvió a partir tres trozos.
—Allí solo vive el profesor Frank, y sabe que te está cortejando.
—¿Se lo has dicho?
—No. —Volvió a dejar caer los otros tres trozos en otros tres pasos—. Os marchasteis juntos del salón en Somerset House.
—¿Qué estás haciendo?
Ella parpadeó y miró la ramita.
—Contar.
—¿Contar qué?
Sin dejar de caminar, señaló el último trozo que había tirado.
—Cada paso que hemos dado mide dos pies —respondió, volviendo a partir la ramita en tres. Le sobró un trozo pequeño.
—¿Y qué?
Guardó silencio mientras dejaba caer los últimos tres trozos.
—He dejado caer nueve trozos en total, más otros seis pasos que hemos dado sin que dejara caer nada. Quince pasos, treinta pies. Hemos recorrido diez yardas desde que tiré el primer trozo al suelo. —Se llevó lo que quedaba de la ramita a la boca y empezó a mordisquearla—. Le llevamos ventaja.
Giré la cabeza y llevé los ojos al espesor de la niebla. Me pareció más densa y oscura. El viento sopló. Y la piel se me erizó.
—¿A quién? —susurré.
De pronto, escuché el crujido de uno de los trozos de ramita que Emily había tirado.
—A quienquiera que nos esté siguiendo.
Maldije por lo bajo y la agarré de la mano para salir corriendo.
El resto de los trozos de ramita crujieron de golpe a la misma velocidad a la que habíamos echado a correr.
Me conocía el jardín de memoria, por lo que no necesité ver más que las tres yardas que me permitía la niebla para moverme por los senderos.
—¿Por qué no dijiste que nos seguían? —gruñí con la respiración entrecortada.
Me levanté la falda igual que Emily para alargar las zancadas.
—No estaba segura al cien por cien.
Agité la cabeza. No faltaba mucho para llegar a la salida en Chancery Lane, pero hasta que no alcanzáramos la gran avenida Holborn, al norte, no estaríamos seguras. Chancery Lane estaba tan vacía como los jardines.
Emily y yo resbalamos por los adoquines al girar, pero no nos soltamos la mano.
Tiramos la una de la otra hasta equilibrarnos de nuevo para seguir corriendo.
Pero, de pronto, una figura se materializó frente a nosotras.
Nos detuvimos en seco. La máscara de metal que ocultaba el rostro del presidente del Consejo relució, reflejando nuestra imagen distorsionada flanqueada por otros dos integrantes encapuchados.
—Señorita Allen —dijo el presidente.
Emily y yo miramos alrededor para confirmar que, en efecto, solo eran tres los que nos habían seguido. El de la derecha nos contemplaba bajo una máscara hecha a partir de huesos de algún animal y el de la izquierda tenía la máscara de porcelana gris que ya había contemplado una vez.
—¿Qué quieren?
—Respuestas.
Tragué saliva.
—Ya dije todo lo que tenía que decir en su momento.
—Creo que sabe más de lo que dijo.
Los tres dieron un paso hacia nosotras. Emily y yo nos juntamos más.
—Le pedimos amablemente que nos acompañe, señorita Allen —intervino el de la máscara de hueso.
—No creo que sea amable si nos están rodeando con amenaza —argumentó Emily con una objetividad axiomática.
—Cállate —susurré.
—Señorita Abbott, no se meta en asuntos que no le conciernen —dijo el tercero.
De pronto, el presidente se acercó veloz como si se deslizara por el suelo cual espectro en lugar de caminar y, con un solo dedo, trazó un símbolo fugaz y empujó hacia atrás a Emily, haciendo que desapareciera entre el aire como si nunca hubiera estado allí.
El olor a óxido de la sangre que había usado el presidente del Consejo para alejar a Emily de mi lado hizo que se me revolviera el estómago.
—Eso es ilegal —dije.
—No para mí. —Me atrapó la capa con la mano y me acercó hasta que vi reflejado mi rostro por completo en su máscara, mi cabello erizado, mi nariz roja por el frío y el aliento vaporoso que empañó el metal con cada respiración—.
Pero sí para el doctor Frank. Ya la ha usado antes, y podría encarcelarle por ello.
—Suélteme.
—Acepte acompañarnos, señorita Allen.
Me revolví.
—¿Por qué no me arrastran con ustedes? Ya lo han hecho antes.
—El presidente guardó silencio, pero su guante me atrapó la capa con más fuerza, casi con frustración.
Abrí los ojos, sorprendida—. No tienen permiso del Supremo —comprendí, confusa—.
No pueden obligarme a hacer nada que no quiera, ¿verdad?
De pronto, algo tiró de mí, una fuerza que me liberó del agarre del presidente y que, en tan solo un parpadeo, me posicionó tras otro cuerpo. Uno que conocía bien.
—Doctor Frank —siseó el presidente.
Emily debía de haberle avisado.
—La señorita Allen ha rechazado su invitación —dijo con una tranquila hostilidad—. No comprendo por qué continúan aquí.
Asomé medio cuerpo tras el gabán de Viktor para mirar al presidente. No podía contemplar su rostro, pero podía intuir el gesto de aversión.
—Hemos tenido una entrevista con Petrov —dijo. Yo me tensé. Viktor, sin embargo, no reaccionó—. ¿Para qué necesitaba un símbolo de localización, doctor?
—Había perdido mi reloj de bolsillo —respondió.
La mentira era descarada, y todos allí lo sabíamos.
Las palabras crisparon por ello al presidente, que dio un paso al frente con la clara intención de enfrentar a Viktor.
Pero, en lugar de hacerlo, terminó desapareciendo de allí con una risa escalofriante, seguido de los otros dos.
Suspiré, aliviada. Viktor se dio la vuelta y me acunó la mejilla.
—¿Estás bien?
—Hmm... ¿no se suponía que te avisarían de su llegada?
—Han actuado antes de pisar el alojamiento. —Llevó la mano a mi espalda y me invitó a caminar. En lugar de dirigirnos hacia Holborn, empezamos a callejear hacia Russel Street. Supongo que evitaba dar así con ojos curiosos.
La niebla comenzó a disiparse poco a poco mientras el sol alcanzaba el horizonte. Había ya faroleros encendiendo el gas de los faroles cuando cruzamos Drury Lane.
—La señorita Abbott es creativa —me dijo antes de adentrarnos en Russel—. Me ha pedido que te avise de que tardará en abrirte la puerta. Al parecer le ha dado toda la velocidad de la que disponía a la paloma mensajera que me ha llevado la nota sobre tu localización y situación.
Me reí.
—Es una buena amiga.
Viktor se detuvo al llegar a mi puerta y alzó los ojos a la ventana de mi casa.
—Visitaré al Consejo mañana —dijo. Me miró—. Trataré de mantener una conversación civilizada para dejarte apartada de este tema de forma definitiva.
—¿Vas a entregarte? —pregunté con espanto.
—No. —Apoyó su frente en la mía—. Lo habría hecho, tiempo atrás, después de destruir a todos los monstruos que creé. Pero ahora —recogió mis mejillas y me besó—, ahora tengo algo por lo que vivir. Tengo esperanza e ilusión, Marshel. Quiero poder sentirte, besarte y amarte todos los días de mi vida.
—Viktor...
Me calló con otro beso. Demasiado fugaz. Pero que caldeó mi interior lleno de miedos. Miró alrededor y me abrió la puerta del edificio.
—Descansa, Marshel.
Suspiré y me interné en la penumbra del rellano. Viktor cerró la puerta y yo subí las escaleras sin mirar atrás bajo la poca luz que llegaba desde las lámparas.
Para mi sorpresa, encontré la casa abierta y a Kraus sentado cómodamente en una silla mientras vigilaba la vieja sartén que reposaba sobre el brasero. Olía a patata y puerro quemado. Cuando cerré la puerta, encontré a Emily echada en la cama.
Kraus se levantó al verme.
—¿Qué está haciendo? —dije, apresurándome a ver la sartén. Me quité la capa y el retículo de mi muñeca y las dejé por el camino encima de mi cama.
—He venido a verla, señorita Allen —respondió con una sonrisa—. Viktor me dijo que quería hablar conmigo.
—¿Estaba cocinando?
—La señorita Abbott me ha dicho que tendría hambre. Verá —comentó mientras volvía a sentarse—, yo ya estaba aquí cuando su amiga se ha materializado como un fantasma. Me dijo que encendiera el fuego y me dio instrucciones para hacerle la cena.
Tomé un trapo para coger la sartén.
—Se supone que tiene que darle la vuelta para que se dore el pastel de patata por ambos lados. Y el puerro tendría que estar mezclado, no en el fondo.
—Su amiga no dijo nada de eso.
—Es de sentido común. —Resoplé y dejé la sartén sobre una tabla en la mesa. Tiré el trapo a la silla—. Tengo que contarle algo.
Kraus se levantó y sonrió.
—Soy todo oídos. —Me pasó el brazo por los hombros—. Demos una vuelta.
Empecé a hablar en cuanto salimos a la calle.
El profesor guardó silencio y compostura mientras paseábamos por los alrededores de Covent Garden.
Me permitió narrarle todo sin interrumpirme, y, cuando terminé, me encontré de pronto más ligera.
Desahogarme con Kraus era diferente a hacerlo con Emily.
Ella vería únicamente mi beneficio. Kraus optaría por lo mejor para ambos, inclinando quizá más la balanza hacia su amigo, algo que encontré más satisfactorio.
—Ciertamente, está usted en serios problemas, señorita Allen. Demasiadas flechas apuntándola —dijo. Me mordí el labio y retorcí las asas de mi retículo—. Si no la descubre uno, la descubrirá otro o pondrá en peligro la vida de Frank.
—No quiero ponerle en peligro.
—Lo sé. —Me miró—. Siento decirle esto, pero mantengo lo que le aconsejé en Hamburgo.
Ya no solo por la mentira, sino por la amenaza.
Debe avisar a Frank. —Dirigió la mirada al cielo.
Las nubes de aquella tarde se habían despejado en parte—.
¿Sabe? Usted me recuerda a mí y a mi insensatez.
Llevo sintiendo verdadero afecto por Anthony desde hace años, y no me atreví a confesarle mis sentimientos hasta hace dos, por miedo.
Miedo a perderlo y miedo a que me denunciara.
Pero más aún, me aterrorizaba por encima de todo que me correspondiera, puesto que pondría en peligro su vida por mí.
—Me miró y sonrió—. La ley de Sodomía es un fastidio, ¿no cree?
¿Qué le importa al mundo si dos hombres se aman? ¿Realmente merecemos morir por ello?
—Lo siento mucho.
Agitó la mano.
—Oh, no se preocupe. Anthony y yo vivimos en paz. Lo que quiero decir es que la decisión no es suya, sino de Frank. Usted debe sincerarse. Él es quien debe decidir estar a su lado, a pesar de la amenaza de los monstruos y de que el Consejo la descubra y, por consiguiente, a él. ¿Entiende?
—Sí.
De pronto, se detuvo. Habíamos llegado a St. Martin’s Lane, una calle amplia y luminosa. Pensé por un momento que se había cansado de caminar y que deseaba regresar, pero sus ojos me dijeron otra cosa. Miraban alrededor con recelo, como si hubiera oído o visto algo que yo no era capaz de apreciar.
—¿Profesor?
—Frank me ha dicho que ha estado practicando defensa —susurró. Me llevé la mano al colgante de Emily de forma inconsciente—. No se preocupe por mí. Preocúpese por usted. ¿Me ha entendido?
—¿Qué...?
Entonces, tres monstruos salieron a nuestro encuentro.