En el corazón del monstruo 39. LA DECISIÓN DEL SUPREMO #2
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39. LA DECISIÓN DEL SUPREMO #2

—Oh, dudo mucho que pudieran tocarlo ni aunque quisieran.

Miré a Viktor, que me contemplaba con fijeza.

No le gustaba aquella situación, ni mucho menos.

Aunque el Consejo no tuviera permiso para tocarme, sí podían inmiscuirse en mi vida, perseguirme y abrumarme con decenas de preguntas personales.

Me dejé caer en la butaca que antes había ocupado Viktor.

La manzanilla llegó en algún momento entre aquel ruidoso silencio.

Anthony me la ofreció y me instó a beber.

—La calmará, señorita Allen —aseguró. Obedecí, con la mente llena de pensamientos alarmantes que, para mi sorpresa, con cada sorbo, fueron tornándose menos graves. Me encontré dando de pronto respuesta a cada pregunta desesperada y vi salida a un pozo que antes solo se me presentaba cerrado.

Miré la taza y, después, alcé los ojos hacia Anthony.

—¿Qué es esto?

—Una manzanilla.

Kraus apoyó la mano en el hombro de Anthony.

—¿No se lo había dicho, señorita? —dijo con tono juguetón—. Tengo a un alquimista especializado en hierbas a mi servicio.

Anthony puso los ojos en blanco.

—Céntrate, Heinrich —dijo con hastío.

Viktor resopló.

—No dejaré que le molesten, señorita Allen —me aseguró—. Cuando el Consejo visita Londres, se aloja en Somerset House. Un conocido me avisará de su llegada, y usted y la señorita Abbott se mudarán aquí el tiempo que dure su visita.

Parpadeé.

—Pero eso es...

—Políticamente incorrecto —apuntó Kraus—. Pero ¿a quién demonios le importa eso? —Miró a Anthony y le dedicó una media sonrisa pícara. Él se la devolvió con la discreción que le caracterizaba.

—No sé si Emily estará dispuesta a venir aquí. —Miré a Kraus—. ¿No puedo hablar yo con el Supremo?

—Querida, me ha costado sudor y lágrimas disponer de cinco minutos con él. —Se quedó pensando—. Tal vez lágrimas no, pero sudor le aseguro que mucho. He tenido que hacer recados para varias personas y saldar alguna deuda.

Resoplé.

—Hablaré entonces con Emily. Pero dudo que le haga gracia a Edward.

Kraus miró a Viktor, confuso. Luego a mí.

—¿Edward...?

—Está cortejando a la señorita Abbott —dijo Viktor, casi al mismo tiempo que él preguntaba. Me dio la extraña sensación de que quería cortar su pregunta antes de que la concluyera.

Kraus asintió.

—Ya veo. —Sonrió—. Dudo bastante que le importe que su amiga venga a vivir precisamente a esta casa. —Hizo una pausa y, después, miró a Viktor—. Quiero decir, Frank le está cortejando a usted.

Casi me atraganté con la manzanilla. Viktor, sin embargo, se mostró impasible. Lo único que hizo fue dedicarle una mirada amarga a Kraus por el incómodo comentario. Vi de soslayo a Anthony darle un toque con el pie como reprimenda.

Yo dejé la taza en el escritorio al tiempo que Viktor me tendía la mano para ayudarme a levantar.

—La acompañaré a la salida, señorita Allen.

Acepté su mano y me dejé guiar. Antes de que cerrara la puerta, vi cómo Kraus besaba el ceño fruncido de Anthony de forma traviesa, haciendo que lo frunciera aún más.

—¿Puedo venir mañana? —pregunté—. Necesito hablar con el prof...

—No.

La mano de Viktor sobre mi espalda era sólida. No me permitió detenerme ni ralentizar el paso. Parecía que me estuviera echando.

—No soy un objeto —me quejé.

—No. Ahora mismo, eres una diana a la que están apuntando los integrantes del Consejo. —Se detuvo al llegar a la puerta y me miró—. Necesito que hables con la señorita Abbott cuanto antes, Marshel.

Una persona de servicio apareció entonces para entregarme mi capa. Viktor la instó a marcharse inmediatamente después con una sola mirada.

Me llevé la capa a los hombros.

—Y yo necesito hablar con el profesor Kraus —dije mientras me la anudaba al cuello.

—Le diré que te visite más tarde o mañana. Ahora, por favor, esto es importante.

Resoplé y llevé la mano a la puerta.

—Si no viene a verme —dije—, volveré a buscarlo. Díselo de mi parte.

Viktor asintió. No preguntó de qué quería hablar, no se inmiscuyó en mis asuntos. Respetó mi silencio y me despidió con una fugaz caricia en la mejilla.

Cuando estuve fuera, aproveché para respirar profundamente el aire limpio de Mayfair.

El frío de diciembre parecía allí más pesado ante la escasez de viandantes, y aquello me despertó aún más los sentidos que la extraña manzanilla que me había servido Anthony.

Necesitaba contarle a Kraus mi situación sobre el vestigio y sobre lo que pretendían hacer los monstruos conmigo.

Además de Emily, Kraus era la única persona que conocía mi condición y, además, el único amigo de Viktor.

Me mordisqueé la uña del pulgar y me dirigí al carruaje que se había quedado esperándome fuera.

Empezaba a sentirme ahogada. El extenso recinto al aire libre en el que llevaba viviendo desde que me había librado de los monstruos había comenzado a estrecharse.

Pronto el cercado me quemaría el bajo del vestido.

Pero tenía que haber una salida. Una salida a la caza de Viktor, una salida al acecho de los monstruos, una salida a la amenaza del Consejo.

Me senté en el carruaje y me alisé la falda del vestido.

«Todo va a salir bien —me dije—, todo saldrá bien».

Me lo repetí, una y otra vez. Una y otra vez.

Pero cuando llegué a Russel Street, aún no me lo había creído.