En el corazón del monstruo 39. LA DECISIÓN DEL SUPREMO
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39. LA DECISIÓN DEL SUPREMO

L A DECISIÓN DEL S UPREMO

Me acababa de poner el camisón cuando dos fuertes golpes en la puerta de casa hicieron que Emily y yo diéramos un respingo. El té de Emily se salió de la taza que se estaba llevando a los labios, algo que hizo que alzara una ceja.

—Ponte la manta. Se te ve la cicatriz —me dijo tranquilamente mientras se levantaba de la silla con la taza y se dirigía a la puerta.

La voz de Viktor habló entonces desde el otro lado.

—Marshel.

Cogí la manta precipitadamente. Emily abrió la puerta.

—Hola, doctor Frank —saludó antes de salir al rellano y sentarse en las escaleras.

—Señorita Abbott —respondió—, disculpe. Solo... —me miró— quería asegurarme de que estaba bien, señorita Allen.

Sus ojos me miraron con alivio cuando se aseguraron de que no tenía en mi cuerpo ninguna herida. El golpe en la cabeza había sido leve y Emily se había encargado de curarlo al llegar.

—Estoy bien —dije, envolviéndome con la manta hasta el cuello. Me acerqué y cerré la puerta, dejando a Emily fuera, que se limitó a soplar el té. Me abracé a él con fuerza—. Edward nos sacó de allí. Siento no haberme quedado en la biblioteca.

Colocó los labios sobre mi frente y me acarició el pelo con cuidado.

—No importa —dijo—. Estás bien.

—¿Qué ha ocurrido ahí dentro, Viktor?

Su cuerpo se tensó, su voz se oscureció.

—Ellos. —Se separó de mí y se dirigió a la ventana para mirar por ella—. Buscaban algo.

Empecé a mordisquearme la uña del pulgar.

Abrí la boca para hablar, pero volví a cerrarla.

Viktor se perdió por un momento en sus pensamientos y yo no me atreví a interrumpirle.

Lo que fuera que estuviera meditando era lo suficientemente importante como para ensombrecer su mirada y retorcer su expresión hasta convertirla en aquella platina atormentada que había conocido tiempo atrás.

—Mañana llega Kraus —terminó diciendo simplemente. Después, miró la puerta—. Tengo que irme.

—Espera, ¿qué?

Lo cogí de la mano. Aquel gesto pareció despertarlo de alguna forma, como si hubiera estado todo ese tiempo en otro plano, uno lejano, oscuro y frío. Miró los dedos que envolvían su mano y se los llevó a los labios.

—Por Dios, Marshel, estás helada.

Agité la cabeza.

—¿Qué significa que viene Kraus? —pregunté—. ¿Tiene ya una respuesta del Supremo?

Viktor me frotó los brazos.

—Sí. Mañana te mandaré un carruaje para que venga a buscarte y te lleve a mi casa. Hablaremos los dos con él. —Miró su reloj de bolsillo. Después, de nuevo a mí—. Por favor, no salgas a la calle de noche.

Me besó los labios de forma fugaz y se dirigió a la puerta. Yo me envolví más en la manta mientras frotaba un pie contra el gemelo contrario y después el otro. Teníamos encendida la lumbre, pero el suelo seguía frío.

Viktor se detuvo antes de abrir y volvió a mirarme. Se acercó de nuevo.

—Lo que ha pasado en la biblioteca...

Se me encendieron las mejillas al recordar la caricia de sus dedos entre mis piernas. Las junté sin ser consciente y alcé un poco la manta para cubrirme parte de la cara.

—No me arrepiento —me apresuré a decir.

La comisura de los labios de Viktor se elevó un poco, espantando por un momento su preocupación. Se aproximó hasta que sus botas alcanzaron la punta de mis pies y recogió entre los dedos un mechón de mi cabello enmarañado.

—Cuando todo termine —susurró, mirándome a los ojos—, responderé por mis actos, Marshel.

Me besó la frente y entonces sí, se marchó. Le dedicó una inclinación de cabeza a Emily y desapareció escaleras abajo. Ella entró y cerró la puerta. Se acercó a la lumbre y se sentó en el suelo frente a ella con las piernas cruzadas mientras tarareaba una canción.

—¿Has escuchado todo? —le pregunté, acomodándome a su lado. El frío del suelo hizo que me recorriera un escalofrío hasta la nuca.

—Sí.

Me removí para que la manta se deslizara por mis hombros y cubriera el suelo por debajo de mis nalgas.

—¿Y qué opinas?

—Que sería muy poco caballeroso por su parte si no te pidiera matrimonio.

—¿Qué? No. Me refiero a... Espera, ¿crees que va a pedirme matrimonio?

Emily miró a la ventana.

—No ha vuelto a venir Prometeo. Le había dejado migas de bollo.

—Emily.

Me miró y parpadeó.

—Está mal visto en la sociedad que una pareja intime sin estar casada. Si tuvieras padre y se enterara, probablemente le retaría a un duelo por mancillarte.

—Los duelos son ilegales.

Emily se encogió de hombros.

—Dudo que a un padre le importe eso. —Se levantó del suelo y dejó la taza en la mesa—. Pero tú no tienes padre, ni yo tampoco. Así que supongo que podemos hacer lo que nos plazca. —Se sentó al borde de su cama—. Sobre Kraus, serán malas noticias.

Dicho eso, se metió entre las sábanas y cerró los ojos.

La casa de Viktor se encontraba en Mayfair, en una de las zonas más sofisticadas del barrio. Había estado allí antes, cuando nos habíamos reunido con Edward para viajar a Surrey, pero apenas había tenido tiempo de empaparme de aquel lugar de Londres que parecía un mundo aparte.

Cuando bajé del carruaje, me sorprendió descubrir el silencio que en nuestras calles se llenaba con el ruido de los vendedores.

En Mayfair, todo era discreto, ni siquiera el aire silbaba apenas, como si se adaptara al ambiente del barrio.

Las aceras eran más anchas, y las casas, más cuidadas, parecían estar vestidas para asistir a una fiesta, con sus fachadas de ladrillo claro y sus puertas negras, flanqueadas por columnas y coronadas por aldabas doradas que relucían bajo la luz de aquel día despejado.

En las ventanas asomaban cortinas blancas corridas a los lados, que recogían entre ellas imágenes de salones elegantes y estancias adornadas con cuadros y figuras exquisitas. Olía a flores.

La casa de Frank era un calco de todas las demás. La única diferencia eran sus cortinas grises echadas, como si quisiera ocultar el interior de ojos curiosos.

Anthony fue quien me abrió la puerta cuando la golpeé dos veces con la aldaba.

—Señorita Allen, es un gusto volver a verla. ¿Me permite la capa?

Sonreí.

—No sabía que usted también vendría. —Deshice el nudo del cuello y le entregué la prenda—. Gracias.

—Heinrich insistió —respondió con aburrimiento—. Le esperan en ese salón. Daré indicaciones a la señora Fisher para que le prepare una manzanilla con limón.

Asentí y miré alrededor antes de dirigirme a las puertas señaladas.

Todo era sencillo, no había cuadros ni decoración, solo paredes cubiertas por un papel verde oscuro que absorbía la luz y la devolvía con sobriedad.

En el suelo, una alfombra gris cubría en parte el amplio vestíbulo, sin terminar de alcanzar las paredes ni el borde de las escaleras, que se alzaban a un lado de la entrada.

Al otro, un gigantesco arco sin puertas daba paso a un enorme salón de techos altos abovedados y ventanales cubiertos por las cortinas que ya había visto en el exterior.

Había una gran chimenea apagada al final, con dos sillones de gruesos brazos descansando frente a ella.

No había un rincón de pared sin cubrir por una estantería.

Todo eran libros, frascos, instrumentos de medición y cuadernos de cuero.

El orden imperaba. Aquel salón era una imagen fiel de su señor.

Caminé sin poder apartar la mirada de allí y llamé distraída a las puertas que me había indicado Anthony.

—Pase, señorita Allen —dijo la voz de Viktor.

Abrí la puerta.

Lo primero que escuché fue el tictac de un reloj.

Después, el repiqueteo de unos dedos aburridos sobre alguna superficie.

Cuando entré a la estancia, descubrí que se trataba de un estudio.

No era pequeño, pero tampoco tan grandioso como el salón contiguo.

Compartían los dos, sin embargo, la simpleza y el orden.

Papeles alineados, tinteros en una hilera perfecta, una pequeña vasija de mármol negro con tres plumas.

Los estantes estaban también repletos de libros, pero había allí más material de alquimia que en el otro salón.

Kraus se encontraba de pie, entre un precioso reloj de pie y un estante bajo, donde tenía apoyada la mano. Viktor, por el contrario, se encontraba sentado frente al fuego de una chimenea más modesta que la primera, inclinado hacia delante, con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas.

Cuando entré, los dos me miraron al unísono. Kraus se despegó de su rincón y Viktor se levantó de su asiento.

—Señorita Allen —me saludó el primero con una sincera sonrisa—, está usted más bonita que en Hamburgo.

Me tomó la mano y me besó los nudillos. Yo le devolví la sonrisa.

—Es un placer verle de nuevo, profesor Kraus.

Viktor carraspeó.

—Heinrich.

Kraus levantó las manos y me guiñó un ojo.

—Está bien —dijo—, vayamos a lo que importa. El Supremo ha dado el visto bueno a la investigación del Consejo —soltó sin preámbulos.

Miré a Viktor, que permaneció con gesto serio junto a la chimenea.

—¿Qué? —dije. Devolví la mirada a Kraus—. ¿Por qué?

—Oh, porque tienen una sospecha, y con eso basta.

Kraus me dirigió una mirada significativa.

Recordaba lo que me había dicho en Hamburgo, que sería mejor confesarle la verdad a Viktor.

Esto agravaba más la situación. Si el Consejo tenía el apoyo del Supremo, podrían molestarnos a Viktor y a mí las veces que fueran necesarias.

Podrían descubrir quién era yo, si es que Viktor no lo descubría antes.

Tragué saliva.

—¿Van a...?

—¿Pasarse por Londres? —me interrumpió Viktor—. Sí. Probablemente.

Kraus paseó por la estancia hasta la ventana.

—Lo positivo es —dijo— que el Supremo ha limitado su actuación.

No tienen permiso para hacerle daño, señorita Allen.

—Abrió un poco la cortina y miró al exterior—.

No disponen de una base sólida para afirmar que usted participó en el experimento de Frank, por lo que torturarla no resultaría un beneficio para nadie, según palabras textuales del Supremo.

—Apartó la mirada de la calle y sonrió—. No tiene que temer por su salud física.

—¿Y qué hay del doctor Frank?