En el corazón del monstruo 38. EL TERCER MONSTRUO DE VIKTOR FRANK
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38. EL TERCER MONSTRUO DE VIKTOR FRANK

E L T ERCER M ONSTRUO DE V IKTOR F RANK

Las manos de Viktor me aprisionaron los brazos antes de volver la cabeza a la puerta. Yo sentía que aún me faltaba el aliento, así que me encontré incapaz de reaccionar ante la oleada de chillidos que empezaron a escucharse a lo lejos. Parpadeé y traté de levantarme.

—¿Qué está ocurriendo?

Viktor me miró y se agachó un poco para que lo mirase a los ojos.

—Quédate aquí —dijo—. ¿Me has entendido?

Yo traté de esquivar su silueta para mirar también la puerta. Viktor se interpuso en la trayectoria e insistió.

—Sí —terminé diciendo. Pero la imagen de Emily me despertó por completo del letargo e hizo que me levantara de la mesa al instante—. Em...

Viktor me recogió para sentarme de nuevo en la mesa.

—Yo la buscaré. —Se separó de mí y comenzó a alejarse—. Quédate aquí, Marshel.

Recogió el guante y abrió la puerta. Los gritos retumbaron entonces de forma aterradora.

Me encogí en la silla y se me cortó la respiración.

Ya había escuchado esa clase de gritos antes.

Me levanté de la mesa y reculé hasta la pared cuando Viktor cerró de nuevo, completamente aterrada.

Los recuerdos iban y venían a medida que me aproximaba a una ventana.

Dolor, desesperación, auxilio. La sala de operaciones resonaba en mi cabeza desde todas las esquinas.

Toda la muerte que había contemplado aquella noche.

Retiré el visillo y miré el exterior, pero en la parte de atrás de Somerset House no sucedía nada. No. Todo estaba dentro.

Volví a mirar la puerta. Emily estaba en el salón. Viktor había asegurado que la encontraría. Pero ¿y si le pasaba algo a él, a ambos?

Hice ademán de aproximarme a la puerta, pero, entonces, una figura enorme salió de entre las sombras de las estanterías para perfilarse solo en parte con la luz de las ventanas.

—Quién iba a decir —su voz me paralizó por completo— que la debilidad del doctor terminaría siendo uno de nosotros. —Se rio—. Cuando me lo dijo el Segundo, no podía creerlo.

No se apreciaba su rostro ni apenas su aspecto, pero reconocí la voz al instante.

Era el Tercer Monstruo de Viktor. No era el que más temía, puesto que ese papel se lo había apropiado el Primero desde el día uno, habiendo sido el que más vidas había quitado en la sala de operaciones y de las formas más horribles.

Pero el Tercero... El Tercero era casi tan cruel como él.

—¿Qué haces aquí? —dije.

El monstruo dio un paso más hacia la luz, mostrando de su rostro todo lo que aquella penumbra le permitió.

El Tercer Monstruo no era como los demás, sino que parecía más un prototipo de todos nosotros.

A su cuerpo le faltaban piezas. Dos dedos en las manos, una oreja, cinco costillas.

Pero lo que más destacaba era su mandíbula.

La parte de abajo estaba cortada por la mitad y carecía por ello de toda una parte de la cara.

—Al Primero no le basta contigo.

—¿Qué?

—Quería averiguar qué era valioso para el doctor.

Su voz, rasposa, parecía capaz de ensuciarme. Cuando se acercó, me alejé.

—¿Y habéis decidido pasaros por aquí para eso?

El Tercer monstruo se llevó el reverso del dedo índice a su mandíbula para limpiarse un hilo de saliva. Si no hubiera sido por su crueldad, me habría dado lástima ver su condición.

—Algo parecido, sí. —Otro paso. Se inclinó un poco hacia delante—. En los momentos de peligro, uno siempre protege a sus seres queridos. —Repasó mi figura con ojos hambrientos y sonrió con crueldad—. No se lo has dicho, ¿verdad? No sabe lo que eres.

—Cállate.

—Es sencillo vivir de una mentira cuando no tienes este aspecto.

—El aspecto no quita benevolencia. Habéis decidido vivir así porque habéis querido.

Dio otro paso al frente. Esta vez no me moví.

—Tienes el rostro de un ángel —siseó—, pero sigues siendo el Séptimo Monstruo de Viktor Frank.

Eres una criatura artificial, sin padres y sin nombre.

—Alargó la mano para atraparme la mandíbula.

Me atrajo hacia él con un tirón brusco—.

Y morirás siendo lo que eres: solo un cuerpo creado a partir de otro.

Llevé las manos a su brazo para intentar soltarme.

—No soy un monstruo —gimoteé mientras se me encharcaban los ojos.

—Tuviste la suerte de caer en las manos de un alquimista tan esmerado en el diseño como en la funcionalidad, igual que el Cuarto y el Primero.

—Apretó más el agarre—. Eso es lo único que te diferencia.

Pero —llevó la otra mano a mi espalda y hundió los dedos en mis cicatrices.

Chillé y me revolví— si tu querido doctor se ocupara de ti igual que hizo con el Sexto, acabarías igual que él.

—¡Suéltame!

Me soltó la mandíbula para agarrarme el cuello.

—Me parece que no, pequeño monstruo. Porque yo estoy aquí por ti.

Me lanzó contra el suelo con fuerza, haciendo que me golpeara la cabeza con la pata de la mesa.

El golpe me aturdió por un momento. Parpadeé y traté de no perderlo de vista.

Su figura, borrosa, se movía hacia mí mientras sacaba algo parecido a una cuerda.

Iba a llevarme con ellos. Quise incorporarme para huir, pero todo a mi alrededor empezó a dar vueltas en cuanto me moví.

Me arrastré como pude hacia las estanterías y pataleé con fuerza cuando la mano del Tercero me agarró del tobillo.

No. No iban a sacarme de aquí. No me usarían contra Viktor.

—Revolverte solo va a retrasar lo inevitable —gruñó.

Yo pataleé de nuevo, y él me pasó la cuerda por los tobillos, que apretó hasta casi partírmelos.

Y, entonces, cuando el nudo estaba casi cerrado, el forcejeo se detuvo de golpe.

Después, el enorme cuerpo del Tercero cayó inerte al suelo, a mi lado, haciendo temblar la mesa y los libros de las estanterías más cercanas.

Me di la vuelta. Emily tenía el dedo en alto, como si acabara de dibujar un símbolo.

—Pensaba que serían más grandes —dijo.

Miré la espalda del Tercer Monstruo, donde había una sencilla X trazada con sangre.

Un símbolo para dejar inconsciente a algo vivo.

Se había empleado mucho antiguamente en la medicina, para las operaciones, pero no había tardado en abandonarse aquella práctica, puesto que era impredecible.

Para dejar inconsciente a un paciente, se debía coger como tinta algo proveniente de un cuerpo dormido.

Este se despertaría y entregaría su reciente inconsciencia al paciente.

Normalmente, se había usado la baba de los neonatos.

Pero no habían podido asegurar que el bebé llevara unos minutos o varias horas durmiendo, lo que haría que el paciente obtuviera un sueño de minutos u horas.

Algunos se habían despertado en mitad de la operación.

—¿Me ayudas?

Ella se agachó para deshacerme de la cuerda sin dejar de mirar al monstruo.

—¿Quién es este?

Tiré del nudo.

—El Tercero. ¿De quién es esa sangre?

Emily se encogió de hombros.

—No lo sé —dijo—. La situación es un caos en el salón.

Alguien ha prendido fuego en varios lugares y todo está lleno de humo.

Se están pisando unos a otros al huir, hay varias personas inconscientes en el suelo.

Supuse que eran los monstruos, así que —me enseñó los dedos manchados— prefería prevenir al venir a buscarte.

Me quitó la cuerda de encima y me levantó por las axilas. Contemplamos al monstruo en silencio un minuto.

—¿Lo matamos? —preguntó Emily.

—No. No solucionaríamos nada. —La miré—. Viktor.

—Oh, sí. Está rastreando vestigios. Tenemos que irnos.

No lo dudé. La cogí de la mano y la arrastré fuera de la biblioteca. Ya tendría tiempo de explicarme más adelante, cuando Viktor me buscara por haber desobedecido su petición. Vería la estancia vacía y un monstruo en el suelo. Probablemente se desquiciaría. Pero para entonces yo ya estaría a salvo.

—Tienes sangre en el pelo —dijo Emily cuando nos detuvimos un momento en el pasillo, donde el humo ya comenzaba a serpentear por el techo, proveniente del salón. La entrada de Somerset House estaba inundada de gente tratando de salir de allí.

—¿Edward está bien? —le pregunté.

—El doctor Frank lo ha sacado del salón junto a otros alumnos. Quería ayudar, pero el doctor se ha negado con ese tono autoritario de profesor, y Edward ha decidido entonces ayudarme a mí.

La miré.

—¿Ayudarte cómo?

Emily me acercó al ventanal más próximo y apartó la cortina. Señaló un pequeño carro al otro lado de la plaza.

—Creía que iba a detenerme cuando le he dicho que iba a por ti, pero me ha dicho que entonces él iría a buscar un carro para llevarnos. —Saludó con la mano. Edward le devolvió el saludo—. Le queda bien el sombrero de cochero —añadió, confusa.

—Vamos.

Emily se internó entre la multitud antes que yo.

Zigzagueó como una lagartija tan rápido que a punto estuve de perderla.

Pero su mano se enredó con la mía antes de que su falda fuera absorbida por otra decena de ellas.

Me sacó de aquella caótica huida con agilidad y le cedí el control completo de la situación mientras me giraba para echar un último vistazo a la enorme fachada del edificio.

Me preocupó el bienestar de Viktor, pero sabía que los monstruos no iban a herirlo.

No sin antes hacerlo sufrir. Así que me dejé guiar por Emily a través del frío de la noche, sin pensar en lo que dejaba atrás, mientras mi cabeza daba vueltas y vueltas a lo que acababa de suceder con el Tercer Monstruo.

—Me querían a mí, Emily —le dije sin dejar de correr, con el corazón en la garganta—. Quieren usarme contra él —insistí—. ¿Me estás oyendo?

Emily se detuvo antes de llegar al carro, a una distancia prudente, donde Edward no pudiera oírnos. Su pecho subía y bajaba tan rápido como el mío.

—No vas a decirle nada —dijo.

Me mordí el carrillo por dentro.

—Tiene que saberlo, Emily. Tiene derecho a saber quién soy. —Me pasé la mano por la cara para limpiarme sudor y lágrimas—. Me ha dicho que me quería. —Me quité los guantes y los arrojé al suelo con rabia—. Quiere a una mentira.

—No eres una mentira. Eres una persona buena y apasionada. Quiere a lo que conoce, Marshel, a lo que le has mostrado. Y esa persona es real.

—Tú no lo entiendes. No eres...

—¿Un monstruo? —Dio un paso al frente—. Yo iba a matar sin remordimientos ahí dentro. Te aseguro que lo habría hecho. Tú eres quien se ha apiadado de esa bestia que quería secuestrarte.

Parpadeé. El viento helado enfrió la humedad de mis mejillas.

Emily se acercó y me dio un abrazo fuerte, pero apenas pude deleitarme en su calor.

Fue demasiado fugaz. Cuando quise devolverle el abrazo, ella ya se me había escurrido como el agua entre las manos y había echado a correr de nuevo hacia el carro.

Edward la ayudó a subirse y, después, me ayudó a mí.

Cuando tomé asiento, volví a mirar el edificio. La gente seguía corriendo, los caballos se movían inquietos, y algunos carruajes habían echado a andar sin cochero. El baile del final del trimestre se había convertido en una pesadilla.

Miré al frente cuando Edward azuzó al caballo. Emily cogió su retículo del suelo del carro y se lo colocó sobre las piernas. Cuando lo abrió, encontré el interior a rebosar de bollos. Cogió uno y le dio un mordisco. Después, me tendió el retículo.

—¿Quieres?

—No.

Se encogió de hombros y siguió comiendo.